Mi santidad está muy por encima de mi propia capacidad de comprender o conocer. Sin embargo, Dios mi Padre, Que la creó, reconoce mi santidad como Suya. Nuestra Voluntad, juntas, la comprende. Y nuestra Voluntad, juntas, sabe que es así.
Padre, mi santidad no es de mí. No es mía para ser destruida por el pecado. No es mía para sufrir ataque. Las ilusiones pueden oscurecerla, pero no pueden apagar su resplandor ni atenuar su luz. Permanece para siempre perfecta e intacta. En ella son sanadas todas las cosas, pues permanecen tal como Tú las creaste. Y puedo conocer mi santidad. Pues la Santidad Misma me creó y puedo conocer mi Fuente porque es Tu Voluntad que Tú seas conocido.
✨ Resumen y puesta en práctica
La santidad eterna reside en ti: no es de este mundo.
Nos acercamos al final. Después de haber abierto tu corazón mediante la gratitud (lección 298), esta lección celebra la santidad que siempre ha estado en ti. En el currículo, es una declaración final de identidad. Tu santidad está muy por encima de tu propia capacidad de comprender o de conocer. Pero Dios, tu Padre, Quien la creó, reconoce tu santidad como Suya. Su Voluntad y la tuya juntas la comprenden y saben que es así. Tu santidad no es de ti: es de Dios.
La idea central es que tu santidad no puede ser destruida por el pecado, ni sufrir ataque. Las ilusiones pueden oscurecerla, pero no pueden apagar su resplandor. Permanece para siempre perfecta e intacta. En ella todas las cosas son curadas, pues permanecen tal como Dios las creó. Puedes conocer tu santidad, pues fue la Santidad misma quien te creó. Puedes conocer tu Fuente, porque la Voluntad de Dios es ser conocido.
Esta lección prepara la lección final (300). Hace eco de la lección 252 (el Hijo de Dios es mi Identidad), de la lección 260 (Dios me creó) y de la lección 285 (mi santidad brilla). Es la cumbre de todo el viaje de las lecciones 241-300: el reconocimiento de que la santidad no es una cualidad que adquieres, sino tu naturaleza eterna, dada por Dios e inalterable.
Para poner esto en práctica hoy, tómate un momento de silencio. Cierra los ojos y siente en ti la presencia de algo santo, inmutable, eterno. No lo busques en tu mente: búscalo en tu corazón. Cuando lo sientas, aunque sea un instante, reconoce: "Esta santidad soy yo. No es de mí, pero es yo. Es la Santidad de Dios." Deja que esa certeza se instale. Es la verdad sobre quién eres, y nada puede cambiarla.
La santidad no es algo en lo que te conviertes: es algo que eres. Siempre has sido santo, lo eres ahora, y lo serás siempre. Porque la Santidad de Dios reside en ti, y Dios no cambia.
Inscribirme para recibir las lecciones cada día por correo o Telegram y gestionar mis preferencias
Me inscribo gratis →