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Lección 273

La quietud de la paz de Dios es mía.

Quizá estemos ahora preparados para un día de tranquilidad imperturbable. Si esto aún no es factible, nos contentamos y estamos incluso más que satisfechos de aprender cómo puede lograrse un día así. Si cedemos a una perturbación, aprendamos a descartarla y a volver a la paz. Solo necesitamos decir a nuestras mentes, con certeza: La quietud de la paz de Dios es mía, y nada puede irrumpir en la paz que Dios Mismo ha dado a Su Hijo.

Padre, Tu paz es mía. ¿Qué necesidad tengo de temer que algo pueda robarme lo que Tú quieres que conserve? No puedo perder Tus dones. Y así la paz que diste a Tu Hijo sigue conmigo, en quietud y en mi propio amor eterno por Ti.

✨ Resumen y puesta en práctica

La paz de Dios es tuya, nada puede perturbarla.

Después de haber reconocido que solo las cosas divinas pueden satisfacerte (lección 272), esta lección te ofrece un día de tranquilidad. En el currículo, es una invitación al descanso. Quizá estés listo para un día de tranquilidad imperturbada. Y si aún no lo estás, alégrate de aprender cómo se puede lograr un día así. Si surge una perturbación, aprende a apartarla y a volver a la paz. Una simple afirmación basta: "La calma de la paz de Dios es mía."

La idea central es que la paz de Dios te ha sido dada y nada puede arrebatártela. No tienes que crearla, ganarla ni merecerla: ya es tuya. ¿Qué necesidad tendrías de temer? Los dones de Dios no pueden perderse. La paz que Dios dio a Su Hijo sigue contigo, en la quietud y en tu amor eterno por Él. Ninguna intrusión es posible en la paz que Dios mismo ha dado. Es inviolable.

Esta lección se inscribe en la serie de las lecciones 271-275 sobre la elección, la satisfacción y la paz. Prepara la lección 274 (este día pertenece al amor) y la 275 (la voz curadora de Dios). Hace eco de la lección 255 (elijo la paz perfecta) y de la lección 267 (mi corazón late en la paz de Dios). La paz no es un estado que haya que alcanzar, sino una realidad que hay que reconocer.

Para vivir esta lección hoy, empieza declarando: "La calma de la paz de Dios es mía." Repite esta frase con regularidad. Cuando surja una preocupación, una irritación o un miedo, no luches. Di simplemente: "Esta no es mi paz. Mi paz está en Dios." Luego vuelve a la declaración. Observa cómo las perturbaciones pierden su poder cuando te niegas a aferrarte a ellas. Al final del día, verás cuánto más apacible ha sido de lo que habrías creído posible.

La paz que Dios da no es frágil. Es más fuerte que todas las tormentas del mundo. Está en ti, inquebrantable, eterna. Hoy, deja de buscarla y simplemente reconócela.

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