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Lección 224

Dios es mi Padre, y ama a Su Hijo.

Mi verdadera Identidad es tan segura, tan elevada, impecable, gloriosa y grande, totalmente benéfica y libre de culpa, que el Cielo La mira para que le dé luz. Ella ilumina también el mundo. Es el regalo que mi Padre me hizo, el mismo que yo hago también al mundo. No hay más regalo que Este que pueda ser dado o recibido. Esto es la realidad, y solo Esto. Este es el fin de la ilusión. Es la Verdad.

Mi Nombre, oh Padre, aún Te es conocido. Yo lo he olvidado y no sé adónde voy, quién soy ni qué hago. Recuérdamelo, Padre, ahora, pues estoy cansado del mundo que veo. Revela lo que Tú quieres que vea en su lugar.

✨ Resumen y puesta en práctica

Dios es tu Padre y te ama infinitamente

Esta lección celebra la relación más fundamental del universo: Dios es tu Padre y te ama con un amor infinito. Tu verdadera Identidad es tan segura, tan elevada, sin pecado, gloriosa y grande, enteramente benéfica y libre de culpa, que el Cielo mismo se vuelve hacia Ella para ser iluminado. Esa Identidad no es solo tuya para tu beneficio personal: ilumina también al mundo. la ilusión. La oración reconoce haber olvidado nuestro Nombre y pide.

La oración de esta lección es conmovedora en su honestidad: «Mi Nombre, oh Padre, todavía es conocido de Ti. Lo he olvidado y no sé adónde voy, quién soy ni qué es lo que hago.

La petición que sigue es simple y directa: «Recuérdamelo ahora, Padre, porque estoy cansado del mundo que veo. Revélame lo que Tú querrías que viera en su lugar». Estás cansado del mundo que ves, cansado de las ilusiones, cansado del sufrimiento, cansado de buscar sin encontrar. Al integrar esta sabiduría, transformas cada instante en una ocasión de regreso a la paz verdadera.

Puesta en práctica:

Hoy, repite varias veces: «Dios es mi Padre, y ama a Su Hijo». Cuando te sientas perdido, confuso u olvidado, añade: «Tú conoces mi Nombre verdadero. Recuérdamelo». Luego permanece en silencio y abierto. No busques recibir una respuesta en una forma particular. La respuesta vendrá como una certeza interior, una paz repentina o un cambio sutil en tu percepción. Confía en el Padre que conoce tu nombre y te espera.

Dios no ha olvidado quién eres, aunque tú lo hayas olvidado: conoce tu nombre verdadero y espera a que te vuelvas hacia Él para recordártelo.

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