Que este día sea un día de calma y de escucha tranquila. Tu Padre quiere que oigas Su Palabra hoy. Te llama desde lo profundo de tu mente, donde Él mora. Óyelo hoy. No es posible paz alguna hasta que Su Palabra sea oída en todo el mundo; hasta que tu mente, en escucha tranquila, acepte el mensaje que el mundo debe oír para inaugurar el tiempo sereno de la paz.
Este mundo cambiará por medio de ti. Ningún otro medio puede salvarlo, pues el plan de Dios es simplemente este: El Hijo de Dios es libre de salvarse a sí mismo, dada la Palabra de Dios como su Guía, para siempre en su mente y a su lado para conducirlo con seguridad a la casa de su Padre por su propia voluntad, libre para siempre como la de Dios. No es conducido por la fuerza, sino solo por el amor. No es juzgado, sino solo santificado.
En la quietud oiremos hoy Su Voz, sin la intrusión de nuestros mezquinos pensamientos, sin nuestros deseos personales, y sin juicio alguno de Su santa Palabra. Hoy no nos juzgaremos a nosotros mismos, pues lo que somos no puede ser juzgado. Nos mantenemos apartados de todos los juicios que el mundo ha echado sobre el Hijo de Dios. Este no lo conoce. Hoy no escucharemos al mundo, sino que esperaremos en silencio la Palabra de Dios.
Oye, santo Hijo de Dios, a tu Padre hablar. Su Voz quiere darte Su santa Palabra para que difundas por el mundo las nuevas de la salvación y el santo tiempo de la paz. Nos reunimos hoy ante el trono de Dios, el lugar sereno dentro de tu mente donde Él mora para siempre en la santidad que creó y que nunca abandonará.
Él no ha esperado a que devuelvas tu mente a Él para darte Su Palabra. No se ha ocultado de ti mientras te has alejado un poco de Él. No acaricia las ilusiones que tienes sobre ti mismo. Conoce a Su Hijo, y quiere que siga siendo parte de Él, a pesar de sus sueños; a pesar de su locura de que su voluntad no es suya.
Hoy te habla. Su Voz espera tu silencio, pues Su Palabra no puede oírse hasta que tu mente esté quieta un rato, y los deseos sin sentido se hayan aquietado. Espera Su Palabra en quietud. Hay paz dentro de ti a la que puedes recurrir hoy para ayudar a preparar tu santísima mente para oír hablar a la Voz de su Creador.
Tres veces hoy, en los momentos más adecuados para el silencio, dedica diez minutos aparte de escuchar al mundo, y elige en su lugar una suave escucha de la Palabra de Dios. Él habla desde más cerca que tu corazón. Su Voz está más cerca que tu mano. Su Amor es todo lo que tú eres y lo que Él es; igual que tú, y tú igual que Él.
Es tu voz la que escuchas mientras Él te habla. Es tu Palabra la que Él dice. Es la Palabra de libertad y de paz, de unidad de voluntad y de propósito, sin separación ni división en la única Mente del Padre y del Hijo. En quietud escucha hoy a tu Ser, y deja que Él te diga que Dios nunca ha abandonado a Su Hijo, y que tú nunca has abandonado a tu Ser.
Solo sé quieto. No necesitarás más regla que esta para que tu práctica de hoy te eleve por encima del pensamiento del mundo, y libere tu visión de los ojos del cuerpo. Solo sé quieto y escucha. Oirás la Palabra en la que la Voluntad de Dios el Hijo se une a la Voluntad de Su Padre, una con Ella, sin ilusiones interpuestas entre lo totalmente indivisible y verdadero.
A medida que pase cada hora de hoy, sé quieto un momento, y recuérdate que tienes un propósito especial para este día; recibir en quietud la Palabra de Dios.
✨ Resumen y puesta en práctica
Haz silencio y escucha la Palabra que salva.
El mundo hace tanto ruido a tu alrededor y dentro de ti. Pensamientos que se agitan, preocupaciones que dan vueltas en círculo, miedos que murmuran. Hoy elegimos otra cosa: un día de silencio y de escucha. Tu Padre quiere que oigas Su Palabra. Te llama desde lo más profundo de tu mente, allí donde Él mora. Ninguna paz es posible mientras Su Palabra no sea oída. Pero hoy puede ser ese día.
Es a través de ti como este mundo cambiará. No hay otro medio. El plan de Dios es sencillo: el Hijo de Dios es libre de salvarse a sí mismo, guiado por la Palabra de Dios que está para siempre en su mente. No eres conducido por la fuerza, sino solo por el amor. No eres juzgado, sino santificado. Así que haz silencio ahora. Deja caer tus pensamientos mezquinos, tus deseos personales, tus juicios. Escucha.
Esta lección es el corazón palpitante de las lecciones 121-124. Tras haber comprendido que el perdón es la llave (121), que el perdón ofrece todo (122), que la gratitud abre el corazón (123) y que eres uno con Dios (124), es hora de escuchar. La lección 126 sobre el don y la recepción vendrá después, pues es en el silencio donde recibes para luego dar. Y la lección 157 te invitará a entrar en Su Presencia, una preparación para este mismo silencio sagrado.
Puesta en práctica:
Encuentra un lugar tranquilo hoy, aunque sea solo para cinco minutos. Siéntate cómodamente, cierra los ojos y escucha. No repitas nada, no pidas nada. Conténtate con estar presente y en silencio. Si vienen pensamientos, déjalos pasar como nubes. La Palabra de Dios no necesita palabras para ser oída. Está ahí, en el silencio.
Escucha. Tu Padre te habla. Su Palabra es suave, pero puede sanarlo todo.
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