Hoy daremos de nuevo gracias por nuestra identidad en Dios. Nuestro hogar está a salvo, la protección está garantizada en todo lo que hacemos, y tenemos a nuestra disposición poder y fortaleza en todas nuestras empresas. No podemos fracasar en nada. Todo lo que tocamos adquiere una luz resplandeciente que bendice y que sana. Uno con Dios y con el universo, seguimos nuestro camino regocijándonos, con el pensamiento de que Dios Mismo va a todas partes con nosotros.
¡Cuán santas son nuestras mentes! Y todo lo que vemos refleja la santidad que hay en la mente que es una con Dios y consigo misma. Con cuánta facilidad desaparecen los errores, y la muerte cede su lugar a la vida eterna. Nuestras huellas resplandecientes señalan el camino hacia la verdad, pues Dios es nuestro compañero mientras caminamos un poco por el mundo. Y quienes vengan a seguirnos reconocerán el camino porque la luz que llevamos se queda atrás, y sin embargo permanece con nosotros mientras seguimos andando.
Lo que recibimos es nuestro don eterno para quienes vienen después, y para quienes fueron antes o se quedaron con nosotros un tiempo. Y Dios,
Que nos ama con el amor igual con el que fuimos creados, nos sonríe y nos ofrece la felicidad que dimos. Hoy no dudaremos de Su Amor por nosotros, ni cuestionaremos Su protección y Su cuidado.
Ninguna ansiedad sin sentido puede interponerse entre nuestra fe y nuestra conciencia de Su Presencia. Hoy somos uno con Él en reconocimiento y en recuerdo. Lo sentimos en nuestros corazones. Nuestras mentes contienen Sus Pensamientos, nuestros ojos contemplan Su hermosura en todo lo que miramos. Hoy solo vemos lo amoroso y lo amable.
Lo vemos en las apariencias de dolor, y el dolor cede ante la paz. Lo vemos en los frenéticos, en los tristes y afligidos, en los solitarios y asustados, que son restaurados a la tranquilidad y a la paz mental en que fueron creados. Y lo vemos también en los moribundos y los muertos, devolviéndoles la vida. Todo esto lo vemos porque primero lo vimos dentro de nosotros mismos.
Ningún milagro puede negarse jamás a quienes saben que son uno con Dios. No hay pensamiento suyo que no tenga el poder de sanar todas las formas de sufrimiento en cualquiera, en tiempos pasados y en tiempos aún por venir, tan fácilmente como en quienes caminan a su lado ahora. Sus pensamientos son atemporales, y están tan al margen de la distancia como del tiempo.
Nos unimos en esta conciencia al decir que somos uno con Dios. Pues con estas palabras decimos también que estamos salvados y sanados; que podemos salvar y sanar en consecuencia. Hemos aceptado y ahora queremos dar, pues queremos conservar los dones que nuestro Padre nos dio. Hoy queremos experimentarnos uno con Él, para que el mundo pueda compartir nuestro reconocimiento de la realidad. En nuestra experiencia el mundo queda libre; al negar nuestra separación de nuestro Padre, se sana junto con nosotros.
La paz sea contigo hoy. Asegura tu paz practicando la conciencia de que eres uno con tu Creador, así como Él lo es contigo. En algún momento de hoy, cuando parezca mejor, dedica media hora al pensamiento de que eres uno con Dios. Este es nuestro primer intento de un período prolongado para el cual no damos reglas ni palabras especiales que guíen tus meditaciones. Confiaremos en que la Voz de Dios hable como Él considere oportuno hoy, ciertos de que no fallará. Permanece con Él esta media hora.
Él hará el resto. Tu beneficio no será menor si crees que no ocurre nada. Quizá no estés preparado hoy para aceptar la ganancia. Sin embargo, en algún momento, en algún lugar, te llegará, y no dejarás de reconocerla cuando amanezca con certeza en tu mente. Esta media hora estará enmarcada en oro, con cada minuto como un diamante engastado alrededor del espejo que este ejercicio te ofrecerá. Y verás en él el Rostro de Cristo, en reflejo del tuyo propio.
Quizá hoy, quizá mañana, verás tu propia transfiguración en el cristal que esta santa media hora te tenderá, para que te mires a ti mismo. Cuando estés preparado, lo encontrarás ahí, dentro de tu mente, esperando ser encontrado. Recordarás entonces el pensamiento al que diste esta media hora, agradecidamente consciente de que ningún tiempo fue jamás mejor empleado.
Quizá hoy, quizá mañana, mirarás en este cristal, y comprenderás que la luz sin pecado que ves te pertenece; que la belleza que contemplas es tuya. Cuenta esta media hora como tu regalo a Dios, con la certeza de que Su retorno será una sensación de amor que no puedes comprender, una alegría demasiado profunda para que la abarques, una visión demasiado santa para que los ojos del cuerpo la vean; y sin embargo puedes estar seguro de que algún día, quizá hoy, quizá mañana, comprenderás y abarcarás y verás.
Añade más joyas al marco dorado que sostiene el espejo que se te ofrece hoy, repitiéndote cada hora:
Que recuerde que soy uno con Dios, uno con todos mis hermanos y con mi Ser, en santidad y paz eternas.
✨ Resumen y puesta en práctica
Nunca estás solo: eres uno con Dios.
Es hora de recordar quién eres realmente. No eres este cuerpo frágil, esta persona inquieta, esta historia limitada. Eres uno con Dios. Tu morada es segura, tu protección garantizada, y el poder y la fuerza están a tu disposición en todo lo que haces. Siendo uno con Dios y con el universo, sigues tu camino sabiendo que Dios mismo camina contigo a cada instante.
¡Qué santa es tu mente! Todo lo que tus ojos miran refleja esa santidad interior. Los errores desaparecen fácilmente cuando sabes quién eres. La muerte misma deja sitio a la vida eterna. Tus pasos dejan huellas luminosas que muestran el camino a quienes te siguen. Y quienes vienen detrás de ti reconocerán la senda porque tu luz permanece tras de ti aun morando contigo. Eres un faro.
Esta lección es la cumbre de lo que precede: el perdón (121, 122) y la gratitud (123) te han preparado para este reconocimiento de tu unidad con Dios. Anuncia también la lección 125 sobre la escucha silenciosa, pues es en la conciencia de esa unidad donde puedes oír Su Palabra. La lección 127 sobre el amor único de Dios prolongará esta verdad: si eres uno con Él, eres amor como Él.
Puesta en práctica:
Hoy, cada vez que te sientas solo, inquieto o débil, detente un instante. Pon la mano sobre tu corazón y repite con suavidad: « Soy uno con Dios. » Respira profundamente dejando que esta verdad llene todo tu ser. Observa cómo se suavizan tus miedos. No estás solo, nunca lo has estado.
Recuerda: tu identidad verdadera está en Dios. Nada puede amenazarla.
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