Cuando Hallaj fue consumido por completo por el fuego que habían encendido para él, un sufí ardiendo de amor por Dios llegó por casualidad, con un bastón en la mano, y se sentó sobre el montón de cenizas en que había quedado reducido Hallaj. Luego abrió la boca y agitó la lengua, semejante a una llama, para hablar, hasta el punto de que las cenizas se removieron. Entonces dijo a los presentes: «Respóndanme con precisión y díganme dónde está Hallaj, que dijo: “Yo soy la verdad (Dios)”».
Todo lo que has dicho y todo lo que has oído, todo lo que has sabido y todo lo que has visto, no es siquiera el comienzo de lo que debes saber. Aníquilate, pues la morada en ruinas del mundo no es tu lugar. Debes buscar el tronco del árbol; debe bastarte, no importa que las ramas existan o no. El sol verdadero brilla siempre; no lo consideres ni un átomo ni una sombra.
Todo lo que has dicho y todo lo que has oído, todo lo que has sabido y todo lo que has visto, no es siquiera el comienzo de lo que debes saber. Aníquilate, pues la morada en ruinas del mundo no es tu lugar. Debes buscar el tronco del árbol; debe bastarte, no importa que las ramas existan o no. El sol verdadero brilla siempre; no lo consideres ni un átomo ni una sombra.