Después del valle de la unidad viene el del asombro, donde uno está presa de la tristeza y los gemidos. Allí los suspiros son como espadas, y cada aliento es una amarga queja. No hay más que lamentos, dolores y ardor abrasador; es a la vez día y noche, y no es ni día ni noche. Allí, de la punta de cada cabello, sin que siquiera haya sido cortado, se ve gotear sangre. Allí hay fuego, y el hombre cae abatido, quemado y consumido. ¿Cómo podrá el hombre, en su asombro, avanzar hasta ese lugar? Quedará estupefacto y se perderá en ese camino. Pero quien tiene la unidad grabada en el corazón lo olvida todo y se olvida de sí mismo. Si se le pregunta:
«¿Eres o no eres; tienes o no tienes el sentimiento de la existencia; estás en medio o no estás, o estás al borde; eres visible u oculto; eres perecedero o inmortal; eres lo uno y lo otro o ni lo uno ni lo otro; existes, en fin, o no existes?», responderá afirmativamente: «No lo sé, lo ignoro y me ignoro a mí mismo. Estoy enamorado, pero no sé de quién; no soy ni fiel ni infiel. ¿Qué soy, entonces? Incluso ignoro mi amor; tengo el corazón a la vez lleno y vacío de amor».
«¿Eres o no eres; tienes o no tienes el sentimiento de la existencia; estás en medio o no estás, o estás al borde; eres visible u oculto; eres perecedero o inmortal; eres lo uno y lo otro o ni lo uno ni lo otro; existes, en fin, o no existes?», responderá afirmativamente: «No lo sé, lo ignoro y me ignoro a mí mismo. Estoy enamorado, pero no sé de quién; no soy ni fiel ni infiel. ¿Qué soy, entonces? Incluso ignoro mi amor; tengo el corazón a la vez lleno y vacío de amor».