« Después del valle del que acabo de hablar (continuó la abubilla), se presenta otro a la vista. Es el de la gnosis (ma’rifat), que no tiene principio ni fin. No hay nadie que pueda tener una opinión diferente sobre la longitud del camino que hay que recorrer a través de este valle. Ningún camino se le parece realmente; pero una cosa es el viajero temporal y otra el viajero espiritual. El alma y el cuerpo, por la perfección o por el debilitamiento, están siempre en progreso o en decadencia. Necesariamente, el camino espiritual solo se manifiesta dentro de los límites de las fuerzas respectivas de cada cual. En efecto, en ese camino que recorrió Abraham, el amigo de Dios, ¿cómo podría la débil araña seguir el paso del elefante? La marcha de cada individuo será proporcional a la excelencia que haya podido adquirir, y cada uno solo se acercará a la meta según su disposición. Si un mosquito volara con todas sus fuerzas, ¿podría alguna vez igualar la impetuosidad del viento? Así, puesto que hay distintas maneras de recorrer este espacio, cada pájaro no puede volar de la misma forma. La gnosis espiritual (ma’rifat) tiene allí distintas facetas. Unos han encontrado el mihrab, otros el ídolo.»
Cuando el sol del conocimiento brilla en la bóveda de este camino, que no se puede describir adecuadamente, cada cual se ilumina según su mérito y encuentra el rango que le está asignado en el conocimiento de la verdad. Cuando el misterio de la esencia de los seres se le muestre claramente, el horno del mundo se convertirá en un jardín de flores. El adepto verá la almendra, aunque esté rodeada por su película. Ya no se verá a sí mismo, solo verá a su amigo; en todo lo que vea, verá Su rostro; en cada átomo verá el todo; contemplará bajo el velo millones de secretos tan brillantes como el sol. Pero ¿cuántos individuos no se han perdido en esta búsqueda por cada uno que ha podido descubrir estos misterios? Hay que ser perfecto si se quiere recorrer este difícil camino y sumergirse en este océano tempestuoso. Cuando se tiene un gusto verdadero por estos secretos, se siente a cada instante un nuevo ardor por conocerlos. Se está realmente sediento del deseo de penetrar estos misterios, y uno se ofrecería mil veces en sacrificio para alcanzarlo. Aunque llegaras a tocar con la mano el trono glorioso, no dejes ni un instante de pronunciar estas palabras del Corán: «¿Acaso no hay nada más?» Sumérgete en el océano del conocimiento; si no, al menos ponte sobre la cabeza el polvo del camino. En cuanto a ti, que estás dormido y a quien no se puede felicitar por el éxito, ¿por qué no estás de duelo? Si no tienes la dicha de unirte al objeto de tu afecto, levántate y lleva al menos el duelo de la ausencia. Tú, que aún no has contemplado la belleza de tu amigo, deja de seguir sentado, levántate y busca este secreto. Si no sabes cómo hacerlo, avergüénzate. ¿Hasta cuándo serás como un asno sin brida?