En la época en que Zalikha estaba en posesión de su rango y dignidad, un día hizo encarcelar a Joseph y le dijo a uno de sus esclavos: «Ponlo allí ahora mismo y dale cincuenta bastonazos. Golpea con tanta fuerza el cuerpo de Joseph que pueda oír sus quejas desde lejos». El esclavo no se preocupó por cumplir su cometido, pues vio el rostro de Joseph, y su corazón no le permitió actuar. Aquel hombre excelente había visto una piel de animal, y fue sobre esa piel donde golpeó con energía. Con cada golpe que el esclavo descargaba a la vista de todos, Joseph lloraba copiosamente. Cuando Zalikha oyó aquellos gritos desde lejos, dijo: «Golpea con más fuerza, porque eres demasiado indulgente». Entonces el esclavo le dijo a Joseph: «¡Oh, tú que eres brillante como el sol! Si Zalikha te mira y no ve en ti ninguna herida de bastón, no hay duda de que me castigará severamente: descubre, pues, tus hombros y fortalece tu corazón, y luego soporta los bastonazos que te daré. Si te duelen los golpes, al menos ella verá las marcas que dejen». Joseph descubrió entonces su cuerpo, y sus gritos llegaron hasta el cielo. El esclavo alzó la mano y le dio unos bastonazos tales que Joseph cayó al suelo. Cuando esta vez Zalikha oyó sus gritos, dijo: «Basta, porque estos gritos han surtido efecto. Antes, sus suspiros no eran nada; pero esta vez son muy reales».
Aunque hubiera cien plañideros a sueldo por un duelo, solo sería eficaz el suspiro del hombre afligido. Si hubiera un círculo de cien personas afligidas formando un anillo, el hombre verdaderamente afligido sería su engaste. Mientras no poseas el verdadero amor, no serás digno de figurar en la categoría de los hombres espirituales; pero quien participa del tormento y del ardor del amor, ¿encontrará descanso día y noche?