Después de que Bâyazid abandonara el palacio del mundo, uno de sus discípulos lo vio esa misma noche en sueños y preguntó a aquel excelente pir cómo había podido escapar de Munkir y Nakir. «Cuando esos dos ángeles me interrogaron —respondió el sufí—, a mí, desdichado, acerca del Creador, les dije: “Esta pregunta no puede ser perfecta ni por parte de ustedes ni con respecto a mí, pues si digo: ‘Él es mi Dios’, y nada más, estas palabras no expresarán sino un deseo mío. Pero no sería así si ustedes quisieran regresar junto a Dios y preguntarle qué piensa de mí. Si Él me llama Su servidor, ese es mi asunto: ustedes sabrán que en efecto lo soy. De lo contrario, es evidente que Dios me abandona a los lazos que me aprietan. No es fácil alcanzar la unión con Dios. ¿De qué me serviría, entonces, llamarlo mi Señor? Si Él no acepta mi servicio, ¿cómo podría pretender tenerlo por amo? Es cierto que he inclinado la cabeza bajo Su poder, pero aún hace falta que Él me llame Su esclavo”».
Si el amor viene de Su parte, es una prueba de que eres digno de ese amor; pero cuando el amor viene de tu parte, es solo porque te conviene. Si Dios se une de buen grado a ti, puedes, con razón, arder como el fuego por efecto de tu satisfacción. Dios es quien puede hacerlo todo en esto, y no el hombre: sábelo bien, ¡oh, tú que careces de mérito! ¿Cómo encontrará la inteligencia de mis palabras quien ignora las cosas espirituales?