Los indios tenían un rey anciano que fue hecho prisionero por el ejército de Mahmûd. Cuando lo condujeron ante este, acabó haciéndose musulmán. Entonces conoció el amor de Dios y la renuncia a los dos mundos. Se sentó solo en una tienda; su corazón se elevó mientras se sentaba en el amor. Día y noche estuvo entre lágrimas y fervor, más de día que de noche y más de noche que de día. Como sus gemidos eran profundos, Mahmûd acabó oyéndolos. Lo llamó a su presencia y le dijo: «Te daré cien reinos mejores que aquel que has perdido. Eres rey, no te aflijas tanto; deja ya de llorar y lamentarte». —«¡Oh, padichá! —respondió el rey hindú—, no lloro por mi reino ni por mi dignidad: lloro porque, si mañana, el día de la resurrección, Dios, el verdadero poseedor de gloria, me interroga, me dirá: “¡Oh, hombre sin lealtad ni fidelidad! Tú, que sembraste contra Mí la semilla de la injuria, mientras Mahmûd no te atacó con orgullo al frente de un mundo de jinetes, no te acordaste de Mí; ¿cómo se explica eso? ¿Cómo puedes abandonar así la senda de la fidelidad? No ocurrió lo mismo cuando tuviste que reunir un ejército para ti contra otro. Sin los soldados que fue preciso encontrar, no te habrías acordado de Mí. ¿Debo llamarte entonces amigo o enemigo? ¿Hasta cuándo habrá fidelidad de mi parte e ingratitud de la tuya? Tal conducta no está permitida según la justicia. Ahora bien, si Dios pronuncia estas palabras, ¡qué cuentas no tendré que rendir por mi infidelidad!”. ¡Oh, joven rey! Es esta vergüenza que siento y esta turbación que experimento lo que me hace derramar lágrimas a mí, anciano».
Escucha las palabras de la justicia y de la fidelidad, escucha la lectura del diwán de las buenas obras. Si eres fiel, emprende el viaje al que te invito; de lo contrario, siéntate y retira de él tu mano. Lo que no se encuentra en el índice de la fidelidad no puede leerse en el capítulo de la generosidad.