Otro pájaro dijo a la abubilla: «¡Oh, tú, cuyas intenciones son puras! Dime qué hay que hacer para actuar con sinceridad en la vía de Dios. Puesto que no me está permitido entregarme al ardor de mi corazón, gasto todo lo que tengo para alcanzar mi objetivo. Lo que adquiero me pierde y se vuelve como un escorpión en mis manos. No me ato con ningún vínculo; he rechazado toda cadena y toda traba. Actúo con franqueza en la vía espiritual, con la esperanza de ver el rostro del objeto de mi culto».
La abubilla respondió: «Este camino no está abierto para todo el mundo; es preciso llevar la rectitud como provisión. Quien se esfuerza por emprenderlo debe hacerlo con franqueza y serenidad. ¡No apegues tu corazón desgarrado a un corazón roto! Más bien, quema por completo todo lo que posees en él. Cuando lo hayas quemado todo con tus suspiros ardientes, reúne las cenizas y siéntate sobre ellas. Cuando hayas obrado de esta manera, estarás libre de todo; si no lo estás, bebe sangre hasta que por fin lo estés. Mientras no hayas muerto a todas las cosas, una por una, no podrás poner el pie en este pórtico. Puesto que solo puedes permanecer poco tiempo en la prisión del mundo, apártate de todo; pues, a la hora de la muerte, ¿acaso las cosas que te esclavizan apartarán la mano que debe golpearte? Empieza primero por retirar la mano de ti mismo, y luego emprende el camino espiritual. Mientras no tengas desde el principio la sinceridad por compañera, no podrás realizar este viaje».