Un excelente doctor, que era el eje del mundo y estaba dotado de las más excelentes cualidades, contaba lo siguiente: «Una noche —decía— vi a la vez en sueños, en un camino, a Bâyazid y a Tarmazi, y estos dos hombres de preeminencia me tomaron, sin embargo, por guía. Busqué explicar este sueño de manera satisfactoria: por eso les corresponde a ustedes saber por qué estos dos schaïkhs me habían tratado con tanta deferencia. Entonces recordé que una mañana un suspiro brotó involuntariamente de mi corazón. Ahora bien, aquel suspiro se elevó, me abrió el camino espiritual y agitó el aldabón de la puerta del santuario, de modo que esta se abrió. Cuando fui admitido allí, me hablaron sin servirse de la lengua, y todos los maestros espirituales y sus discípulos me pidieron algo, excepto Bâyazid Bastami. Este se levantó de entre todos; quiso verme, pero no para pedirme algo. Me dijo: “Cuando esta noche oí la llamada de tu corazón, dije: Ni esto ni aquello me parece justo. Cuando deseo verte, tú no me correspondes, y si te busco, no eres alguien que se deje encontrar. Lo que deseo es seguir tus órdenes; lo que llevo en el corazón es conducirme según tu voluntad. No hay en mí ni rectitud ni desvío; ¿quién soy yo para formular un deseo? Basta con que el siervo acate las órdenes que recibe. Lo que ordenas me basta”».
Por este discurso, estos dos sheijs me trataron con respeto y me dieron la precedencia. Cuando el hombre camina constantemente en la obediencia, actúa conforme a la palabra de Dios. No es servidor de Dios quien se jacta de serlo; el verdadero servidor se revela en el momento de la prueba. Sométete a esta prueba para darte a conocer.