Un día, un individuo lloraba ante Schabli y parecía sumido en la aflicción. El sufí le preguntó por qué lloraba. «¡Oh, schaïkh! —respondió—, tenía un amigo cuya belleza hacía florecer mi alma. Murió ayer y moriré de pena, pues el mundo se ha vuelto negro para mí a causa de la tristeza que me domina».
Schabli le respondió: «¿Por qué está tu corazón tan fuera de sí por este amigo? ¿Por qué tanto dolor? Ya has recibido tu compensación. Ahora, búscate otro amigo que no muera, para no verte en la situación de morir de aflicción. En efecto, la amistad de un ser expuesto a morir no puede sino causar pesar a su amigo. Quien se deja seducir por el amor a la forma exterior caerá por ello mismo en cien aflicciones. Pronto esa forma se le escapará de las manos y, en su desconcierto, se hundirá en medio de la sangre».
Schabli le respondió: «¿Por qué está tu corazón tan fuera de sí por este amigo? ¿Por qué tanto dolor? Ya has recibido tu compensación. Ahora, búscate otro amigo que no muera, para no verte en la situación de morir de aflicción. En efecto, la amistad de un ser expuesto a morir no puede sino causar pesar a su amigo. Quien se deja seducir por el amor a la forma exterior caerá por ello mismo en cien aflicciones. Pronto esa forma se le escapará de las manos y, en su desconcierto, se hundirá en medio de la sangre».
Un mercader, rico en mercancías y capital, tenía una esclava dulce como el azúcar. Sin embargo, un día decidió venderla; pero enseguida se arrepintió, se lamentó y quedó turbado y agitado. Desesperado, fue a ver al nuevo amo de la esclava, ofreciéndole mil monedas de oro de ganancia. Su corazón ardía de deseo; pero el nuevo amo de la esclava no quiso volver a venderla. El mercader iba sin cesar por la vía pública, echándose polvo sobre la cabeza. Decía, gimiendo y hablándose a sí mismo: «Merezco el dolor que sufro; es, en efecto, el justo castigo de mi falta; pues, por locura, después de haber cosido mi ojo y mi razón, vendí a mi señora por una moneda de oro. Me infligí este perjuicio a mí mismo un día de bazar, después de haberla acicalado bien para venderla a mejor precio.»
Cada una de tus respiraciones, que miden tu existencia, es una perla, y cada uno de tus átomos es una guía para ti hacia Dios. Los beneficios de este amigo te cubren de pies a cabeza; se manifiestan visiblemente en ti. Si conocieras al Ser de quien estás alejado, ¿soportarías con paciencia la separación? Dios ha cuidado de ti con cien muestras de consideración y atenciones, y tú, por ignorancia, te has quedado con otro ser.