— ¿Quiénes somos nosotros, tu grupo, con respecto al camino en el que vamos a embarcarnos? Explícanos también las costumbres y el ceremonial que se observan entre los reyes, pues no queremos comportarnos insensatamente en este asunto. Todos encontramos dificultades en nuestro espíritu, y para este camino se necesita un espíritu libre de preocupaciones.
Al preguntarte por las dificultades que se presentan a nuestros pensamientos, queremos disipar las dudas de nuestro espíritu. Desata, pues, desde ahora estas dificultades, para que emprendamos el camino de buen grado, pues sabemos bien que no podemos ver con claridad en este largo camino si carecemos de toda la información necesaria. Cuando nuestro espíritu se haya librado de toda ansiedad, nuestro cuerpo se pondrá en camino, e iremos luego a posar la cabeza en el umbral sagrado, sin espíritu ni cuerpo.
Al preguntarte por las dificultades que se presentan a nuestros pensamientos, queremos disipar las dudas de nuestro espíritu. Desata, pues, desde ahora estas dificultades, para que emprendamos el camino de buen grado, pues sabemos bien que no podemos ver con claridad en este largo camino si carecemos de toda la información necesaria. Cuando nuestro espíritu se haya librado de toda ansiedad, nuestro cuerpo se pondrá en camino, e iremos luego a posar la cabeza en el umbral sagrado, sin espíritu ni cuerpo.
Entonces la abubilla se dispuso a hablarles a los pájaros. Para ello, se sentó en un trono antes de comenzar su discurso. Cuando los pájaros la vieron en su trono con su corona, quedaron encantados. Ante ella se formaron en filas más de cien mil individuos del ejército de los pájaros. El ruiseñor y la tórtola se acercaron juntos para dirigirse a ella. Como se acercaron para decir lo mismo, eran como dos recitadores de dulce voz. Ambos hicieron oír entonces su canto hasta tal punto que todo el mundo se enteró. Todos los que lo oyeron perdieron el reposo y el sentido. Un estado extraordinario se apoderó de cada uno de ellos; nadie estaba en sí ni fuera de sí. Después la abubilla pronunció su discurso y, con ello, levantó el velo del rostro del misterio.
Entonces un pájaro interrogó a la abubilla en estos términos: «¡Oh, tú que te pones a nuestra cabeza! Dinos en qué nos aventajas. Puesto que en realidad eres como nosotros, y nosotros como tú, ¿de dónde viene la diferencia que hay entre nosotros? ¿Qué falta hemos cometido en el alma o en el cuerpo para que tú pertenezcas a una categoría pura y nosotros a una categoría impura?»
Entonces un pájaro interrogó a la abubilla en estos términos: «¡Oh, tú que te pones a nuestra cabeza! Dinos en qué nos aventajas. Puesto que en realidad eres como nosotros, y nosotros como tú, ¿de dónde viene la diferencia que hay entre nosotros? ¿Qué falta hemos cometido en el alma o en el cuerpo para que tú pertenezcas a una categoría pura y nosotros a una categoría impura?»
La abubilla respondió: «Sabe, ¡oh, pájaro!, que Salomón me vio por casualidad una vez, y que la felicidad que me ha correspondido no fue resultado ni del oro ni de la plata, sino de aquel feliz encuentro. ¿Cómo, en efecto, habría de obtener una criatura tan gran ventaja solo por obedecer? Pues en vano obedece Satanás. Sin embargo, si alguien dijera que hay que rechazar la obediencia, ¡que la maldición caiga sobre él para siempre! No descuides, pues, jamás la obediencia, pero no le des ningún valor a esa obediencia. Pasa tu vida obedeciendo, y entonces obtendrás una mirada del verdadero Salomón. Si Él te acepta, serás aún más de lo que yo podría decir».
MAHMÜD Y EL PESCADOR
Se cuenta que un día el rey Mahmüd se había separado accidentalmente de su ejército. Solo, sin escolta, hacía avanzar a su caballo, veloz como el viento, cuando vio a un niño sentado a la orilla del río, que había arrojado su red al fondo del agua. El rey lo saludó y se detuvo ante él; pero el niño estaba triste, tenía el corazón herido y el alma afligida. «Querido niño —le dijo el rey—, ¿cuál es la causa de tu tristeza? Nunca he visto a nadie tan afligido como tú».
MAHMÜD Y EL PESCADOR
Se cuenta que un día el rey Mahmüd se había separado accidentalmente de su ejército. Solo, sin escolta, hacía avanzar a su caballo, veloz como el viento, cuando vio a un niño sentado a la orilla del río, que había arrojado su red al fondo del agua. El rey lo saludó y se detuvo ante él; pero el niño estaba triste, tenía el corazón herido y el alma afligida. «Querido niño —le dijo el rey—, ¿cuál es la causa de tu tristeza? Nunca he visto a nadie tan afligido como tú».
«¡Oh, ilustre príncipe! Sabe que somos siete hijos, sin padre. Nuestra madre sigue con nosotros; pero es muy pobre y no tiene apoyo. Todos los días lanzo mi red para pescar un pez, a fin de tener un refugio para pasar la noche. Solo cuando, señor, consigo pescar un pez tras mucho esfuerzo, tenemos con qué vivir esa noche». —«¿Quieres, pobre niño mío —le dijo el rey—, compartir conmigo tu pesca?»
El niño consintió, y el rey lanzó al río la red del pequeño. Y la red participó de la buena fortuna del rey y pescó aquel día cien peces. Cuando el niño vio todos aquellos peces delante de sí, se dijo: «Me asombra mi buena suerte. ¡Oh, niño mío, qué afortunado eres porque todos estos peces…»
«han caído en tus redes». Pero el rey le dijo: «No debes engañarte, joven mío. Aprende la verdad de quien pescó para ti. Tu buena fortuna se debe aquí a mí, pues fue el rey quien pescó para ti». Así habló y volvió a montar en su caballo. El niño quería que el rey apartara su parte. El rey dijo que no quería llevarse nada aquel día, pero que la pesca del día siguiente sería para él. «Mañana pescarás para mí —le dijo—, y ciertamente no daré esa pesca a nadie».
El niño consintió, y el rey lanzó al río la red del pequeño. Y la red participó de la buena fortuna del rey y pescó aquel día cien peces. Cuando el niño vio todos aquellos peces delante de sí, se dijo: «Me asombra mi buena suerte. ¡Oh, niño mío, qué afortunado eres porque todos estos peces…»
«han caído en tus redes». Pero el rey le dijo: «No debes engañarte, joven mío. Aprende la verdad de quien pescó para ti. Tu buena fortuna se debe aquí a mí, pues fue el rey quien pescó para ti». Así habló y volvió a montar en su caballo. El niño quería que el rey apartara su parte. El rey dijo que no quería llevarse nada aquel día, pero que la pesca del día siguiente sería para él. «Mañana pescarás para mí —le dijo—, y ciertamente no daré esa pesca a nadie».
Al día siguiente, cuando el rey volvió a su palacio, pensó en su asociado. Un oficial fue a llamar al niño. El rey lo hizo sentarse con él en su trono, en calidad de asociado. «Señor, le decían, este niño es un mendigo». —«No importa —respondió el rey—, es mi asociado. Puesto que hemos formado juntos una sociedad, no puedo rechazarlo». En efecto, el rey lo trató como a un igual. Mientras tanto, alguien le preguntó al niño: «¿Cómo has alcanzado tal grado de honor?». Respondió: «Me llegó la alegría y pasó mi tristeza, porque me encontré con un monarca afortunado».
ANÉCDOTA SOBRE UN ASESINO.
Un rey, enfurecido, condenó a muerte a un asesino. Esa misma noche, un sufí vio en sueños a ese asesino en el paraíso del Edén, donde paseaba, satisfecho de su dichoso estado. El sufí le dijo: «Has asesinado y has vivido en la infamia; ¿cómo es posible, entonces, que te encuentres en este lugar al que no se puede acceder cuando se han cometido los crímenes de los que eres culpable?». El asesino respondió: «Cuando mi sangre corría por la tierra, pasó por allí un amigo. Era un santo pîr que había avanzado en el camino espiritual. Este venerable personaje me lanzó furtivamente una mirada. Gracias a la excelencia de esa única mirada, obtuve el honor del que me ves gozando, y otros cien favores que no te imaginas».
ANÉCDOTA SOBRE UN ASESINO.
Un rey, enfurecido, condenó a muerte a un asesino. Esa misma noche, un sufí vio en sueños a ese asesino en el paraíso del Edén, donde paseaba, satisfecho de su dichoso estado. El sufí le dijo: «Has asesinado y has vivido en la infamia; ¿cómo es posible, entonces, que te encuentres en este lugar al que no se puede acceder cuando se han cometido los crímenes de los que eres culpable?». El asesino respondió: «Cuando mi sangre corría por la tierra, pasó por allí un amigo. Era un santo pîr que había avanzado en el camino espiritual. Este venerable personaje me lanzó furtivamente una mirada. Gracias a la excelencia de esa única mirada, obtuve el honor del que me ves gozando, y otros cien favores que no te imaginas».
Aquel sobre quien recae una mirada afortunada posee al instante cien secretos. Mientras la mirada de un hombre espiritual no recaiga sobre ti, ¿cómo conocerás tu propia existencia? Si permaneces en el aislamiento, no podrás recorrer el camino espiritual. Necesitas un pîr: no vayas solo, no entres a ciegas en este océano. Nuestro pîr es un guía seguro para este camino y un refugio para todo. Cuando ignoras por completo qué debes hacer para salir del pozo del mundo, ¿cómo podrás ponerte en marcha sin un guía armado con un bastón? No tienes la mirada puesta en el asunto, y el camino no es corto; el pîr es tu guía en la senda.
Quienquiera que descanse bajo la sombra de un hombre en posesión de la dicha nunca estará confundido. En efecto, en la mano de aquel que está unido a la dicha, las espinas se transforman en ramos de rosas.
Quienquiera que descanse bajo la sombra de un hombre en posesión de la dicha nunca estará confundido. En efecto, en la mano de aquel que está unido a la dicha, las espinas se transforman en ramos de rosas.
MAHMUD Y EL LEÑADOR.
Una vez, el rey Mahmud había salido de caza, se alejó de su ejército y se encontró con un viejo leñador que conducía a su asno cargado de ramaje. Este cayó y, al caer, le arañó la cabeza. Mahmud vio a aquel hombre en tan lamentable estado, con el ramaje en el suelo y el asno derribado. Se acercó a él: «¡Oh, desdichado! —le dijo—, ¿quisieras tener un amigo que te ayudara en esta situación?». —«Sí —dijo el leñador—, ese es mi deseo, ¡oh, jinete! Si me ayudas, obtendré un beneficio y tú no sufrirás ningún daño. Tu feliz semblante me presagia algo bueno. No es de extrañar que las personas de feliz semblante inspiren benevolencia». Mientras tanto, el rey desmontó amablemente de su caballo y enseguida tendió su delicada mano, como una rosa, hacia el ramaje espinoso. El gran monarca colocó él mismo de nuevo el haz sobre el asno; luego dirigió otra vez su corcel hacia su ejército y dijo a sus soldados: «Un viejo leñador viene detrás de mí con su asno cargado de ramaje; ciérrenle el paso por todos lados, para que se encuentre cara a cara conmigo».
Una vez, el rey Mahmud había salido de caza, se alejó de su ejército y se encontró con un viejo leñador que conducía a su asno cargado de ramaje. Este cayó y, al caer, le arañó la cabeza. Mahmud vio a aquel hombre en tan lamentable estado, con el ramaje en el suelo y el asno derribado. Se acercó a él: «¡Oh, desdichado! —le dijo—, ¿quisieras tener un amigo que te ayudara en esta situación?». —«Sí —dijo el leñador—, ese es mi deseo, ¡oh, jinete! Si me ayudas, obtendré un beneficio y tú no sufrirás ningún daño. Tu feliz semblante me presagia algo bueno. No es de extrañar que las personas de feliz semblante inspiren benevolencia». Mientras tanto, el rey desmontó amablemente de su caballo y enseguida tendió su delicada mano, como una rosa, hacia el ramaje espinoso. El gran monarca colocó él mismo de nuevo el haz sobre el asno; luego dirigió otra vez su corcel hacia su ejército y dijo a sus soldados: «Un viejo leñador viene detrás de mí con su asno cargado de ramaje; ciérrenle el paso por todos lados, para que se encuentre cara a cara conmigo».
El ejército le bloqueó el paso al viejo leñador, que se vio así obligado a pasar delante del rey. El anciano decía para sí: «¿Cómo podré atravesar este ejército tirá-
« nico con este débil animal?». Mientras tanto, divisó temblando el parasol real y vio que el camino que seguía conducía hasta allí. Hizo entonces avanzar a su asno hasta acercarse al rey; pero, cuando divisó a Mahmûd, se quedó desconcertado. En efecto, vio bajo el parasol un rostro conocido, y se sintió muy preocupado e inquieto. «¡Oh Dios! —decía—, ¿a quién confesar mi situación? Porque hoy he convertido a Mahmûd en mi porteador».
« nico con este débil animal?». Mientras tanto, divisó temblando el parasol real y vio que el camino que seguía conducía hasta allí. Hizo entonces avanzar a su asno hasta acercarse al rey; pero, cuando divisó a Mahmûd, se quedó desconcertado. En efecto, vio bajo el parasol un rostro conocido, y se sintió muy preocupado e inquieto. «¡Oh Dios! —decía—, ¿a quién confesar mi situación? Porque hoy he convertido a Mahmûd en mi porteador».
Cuando el rey vio el apuro del leñador, le dijo con benevolencia: «Mi pobre amigo, dime cuál es tu oficio». El leñador respondió: «Ya lo sabes; obra con rectitud. No me desconozcas: soy un pobre anciano, leñador de oficio; día y noche recojo maleza en el desierto. Vendo mi maleza y, sin embargo, mi asno muere de hambre. Si tienes a bien, dame pan». —«Desdichado anciano —replicó Mahmûd—, dime cuánto puedo darte por tu haz». El leñador respondió: «Ya que no quieres tomarlo gratis y yo no quiero vendértelo, dame una bolsa de oro». Al oír estas palabras, los soldados le dijeron: «Cállate, insensato; esto solo vale dos granos de cebada, dalo gratis». El anciano dijo: «En efecto, esto solo vale realmente dos granos de cebada, pero su valor ha cambiado, porque el comprador es excelente. Cuando un hombre afortunado como el rey ha puesto la mano sobre mis espinas, las ha vuelto cien veces más valiosas que las rosas. Si quiere comprar esta maleza, debe pagar un dinar por la peor. El rey ha dado involuntariamente valor a mis espinas con el contacto de sus manos. Esta maleza no tenía ningún valor, pero el contacto de sus manos le da el valor de cien vidas».