Cuando todos los pájaros hubieron escuchado esta historia, decidieron renunciar también ellos a la vida. La idea del Simorg quitó el sosiego de sus corazones; su amor único llenó el corazón de los cien mil pájaros. Proyectaron ponerse en camino, proyecto loable, para el cual se prepararon con prontitud. Todos dijeron: «Ahora debemos procurarnos con nuestro dinero un guía para anudar y desanudar. Necesitamos un conductor para nuestro camino, porque no se puede actuar según las propias ideas. Hace falta un excelente administrador en un camino así, con la esperanza de que pueda salvarnos de este mar profundo. Obedeceremos de corazón a este guía; haremos lo que diga, bueno o malo, para que al final nuestra bola caiga, lejos de este lugar de jactancia, en el mazo del Cáucaso. Así nos reuniremos con el majestuoso sol; la sombra del Simorg caerá sobre nosotros». Al final, los pájaros dijeron: «Puesto que no tenemos un jefe reconocido, echemos suertes; es la mejor manera. Aquel sobre quien recaiga la suerte será nuestro jefe; será grande entre los pequeños». Una vez resuelto este sorteo, los corazones de los pájaros impacientes recobraron la tranquilidad.
En efecto, cuando se tomó la decisión, la efervescencia se calmó y todos los pájaros guardaron silencio. Entonces echaron suertes de una
Todos aceptaron como guía a la abubilla amante y resolvieron obedecerla, hasta exponer la vida, hiciera lo que hiciera. Todos dijeron entonces de común acuerdo: «La abubilla es desde ahora nuestra jefa, nuestra guía y nuestra conductora en este camino. Recibiremos sus órdenes y la obedeceremos; para complacerla, no escatimaremos ni nuestra alma ni nuestro cuerpo».
Cuando llegó la abubilla emprendedora, después de su nombramiento, le pusieron la corona sobre la cabeza. Cien mil pájaros acudieron al camino; eran tantos que ocultaban la luna y el pez. Cuando vieron, desde el camino, la entrada del primer valle, volaron de miedo hasta la luna. El terror de aquel camino se apoderó de sus almas, un fuego ardiente se apoderó de sus corazones. Todos levantaron a porfía sus plumas, sus alas, sus patas y su cabeza. Todos, con intención pura, renunciaron a la vida; en efecto, su tarea era pesada y el camino, largo. Era un camino por el que no se podía avanzar y donde, ¡cosa asombrosa!, no había ni bien ni mal. Allí reinaban el silencio y la quietud; no había ni aumento ni disminución.
Todos aceptaron como guía a la abubilla amante y resolvieron obedecerla, hasta exponer la vida, hiciera lo que hiciera. Todos dijeron entonces de común acuerdo: «La abubilla es desde ahora nuestra jefa, nuestra guía y nuestra conductora en este camino. Recibiremos sus órdenes y la obedeceremos; para complacerla, no escatimaremos ni nuestra alma ni nuestro cuerpo».
Cuando llegó la abubilla emprendedora, después de su nombramiento, le pusieron la corona sobre la cabeza. Cien mil pájaros acudieron al camino; eran tantos que ocultaban la luna y el pez. Cuando vieron, desde el camino, la entrada del primer valle, volaron de miedo hasta la luna. El terror de aquel camino se apoderó de sus almas, un fuego ardiente se apoderó de sus corazones. Todos levantaron a porfía sus plumas, sus alas, sus patas y su cabeza. Todos, con intención pura, renunciaron a la vida; en efecto, su tarea era pesada y el camino, largo. Era un camino por el que no se podía avanzar y donde, ¡cosa asombrosa!, no había ni bien ni mal. Allí reinaban el silencio y la quietud; no había ni aumento ni disminución.
Sin embargo, uno de los pájaros preguntó a la abubilla: «¿Por qué está desierto este camino?». La abubilla le respondió: «A causa del respeto que inspira el rey, a cuya morada conduce».
Una vez, el jeque Bayazid salió de la ciudad y encontró por todas partes un profundo silencio. La luna iluminaba el mundo y, con su resplandor, hacía que la noche brillara como el día. El cielo estaba cubierto de Sus estrellas, agrupadas simétricamente, cada una con sus funciones específicas. El jeque caminó durante largo tiempo por los campos sin encontrar el menor movimiento ni ver a nadie. Se conmovió y dijo: «Señor, un vivo sentimiento de pena agita mi corazón. ¿Por qué una corte tan sublime como la Tuya está sin adoradores fervientes?». —«Deja de asombrarte —le dijo una voz interior—, el rey no da acceso a su corte a todo el mundo. Su dignidad no le permite recibir a los mendigos en su puerta. Cuando el santuario de Nuestro esplendor irradia su luz, aparta a los despreocupados que duermen; quienes deben ser admitidos en esta corte esperan durante años enteros, hasta que uno entre mil puede acceder a ella».
Una vez, el jeque Bayazid salió de la ciudad y encontró por todas partes un profundo silencio. La luna iluminaba el mundo y, con su resplandor, hacía que la noche brillara como el día. El cielo estaba cubierto de Sus estrellas, agrupadas simétricamente, cada una con sus funciones específicas. El jeque caminó durante largo tiempo por los campos sin encontrar el menor movimiento ni ver a nadie. Se conmovió y dijo: «Señor, un vivo sentimiento de pena agita mi corazón. ¿Por qué una corte tan sublime como la Tuya está sin adoradores fervientes?». —«Deja de asombrarte —le dijo una voz interior—, el rey no da acceso a su corte a todo el mundo. Su dignidad no le permite recibir a los mendigos en su puerta. Cuando el santuario de Nuestro esplendor irradia su luz, aparta a los despreocupados que duermen; quienes deben ser admitidos en esta corte esperan durante años enteros, hasta que uno entre mil puede acceder a ella».