Había un rey de noble carácter que sentía afecto por un esclavo cuya belleza había llamado su atención. Estaba tan apegado a él que no podía pasar un momento sin ocuparse de él. Le daba un traje más hermoso que a los demás esclavos; siempre lo tenía ante sus ojos. Cuando el rey se entretenía disparando flechas en su castillo, el esclavo se desmayaba de miedo, porque el rey usaba como blanco una manzana que colocaba sobre la cabeza del esclavo. Y cuando el rey partía la manzana con su flecha, el esclavo, de miedo, se ponía amarillo como la madera tintórea llamada zarir.
Alguien que ignoraba lo que ocurría le dijo un día al esclavo: «¿Por qué tiene el rostro del color del oro? ¿Por qué, a pesar de la consideración de que goza ante el rey, está tan pálido?»
—El rey —respondió el esclavo— toma como blanco de sus flechas una manzana que coloca sobre mi cabeza. Si su flecha me alcanza, me repudia diciendo: «El esclavo no se ha mantenido firme, pues soy el arquero más hábil de mi reino». Si, por el contrario, la flecha da en el blanco, todo el mundo dice que se debe a la destreza del rey. En cuanto a mí, en esta cruel alternativa, estoy angustiado sin que el rey se dé cuenta.
Alguien que ignoraba lo que ocurría le dijo un día al esclavo: «¿Por qué tiene el rostro del color del oro? ¿Por qué, a pesar de la consideración de que goza ante el rey, está tan pálido?»
—El rey —respondió el esclavo— toma como blanco de sus flechas una manzana que coloca sobre mi cabeza. Si su flecha me alcanza, me repudia diciendo: «El esclavo no se ha mantenido firme, pues soy el arquero más hábil de mi reino». Si, por el contrario, la flecha da en el blanco, todo el mundo dice que se debe a la destreza del rey. En cuanto a mí, en esta cruel alternativa, estoy angustiado sin que el rey se dé cuenta.