El halcón llegó después con orgullo y vino a revelar el secreto de los misterios ante la asamblea de las aves. Hizo alarde de su equipo militar y de la caperuza que le cubre la cabeza. Dijo: «Yo, que deseo descansar en la mano del rey, no miro a las demás criaturas; me cubro los ojos con una caperuza para apoyar mi pata en la mano del rey. Me han educado en la más estricta etiqueta y practico la abstinencia como los penitentes, para que, cuando un día me lleven ante el rey, pueda cumplir exactamente el servicio que se me exige. ¿Por qué habría de querer ver al Simorg, aunque fuera en sueños? ¿Por qué habría de apresurarme insensatamente a acercarme a Él? Me basta con que me alimente la mano del rey: Su corte me basta en el mundo. No me siento dispuesto a participar en el viaje propuesto; la mano del rey ya me honra bastante. Quien goza del favor real obtiene lo que desea. Ahora bien, para complacer al rey, no tengo más que emprender el vuelo por valles sin límites. Así pues, no tengo otro deseo que pasar alegremente mi vida en esta situación, unas veces junto al rey y otras yendo de caza por orden Suya».
La abubilla le dijo: «¡Oh, tú, que eres sensible a las cosas exteriores sin ocuparte de las cualidades esenciales y que has permanecido apegado a la forma! Sabe que, si el rey tuviera un igual en su reino, tal realeza no le convendría. El Simorg es el ser a quien conviene la realeza, porque es único en poder. No es rey quien hace caprichosamente su voluntad en un país; rey es quien no tiene igual, quien es fiel y conciliador. Aunque el rey del mundo sea a menudo justo, sin embargo, algunas veces se entrega a la injusticia. Cuanto más cerca se está de Él, más delicada es, sin duda, la posición; siempre se teme desagradar al rey; la vida misma está a menudo en peligro. El rey del mundo puede compararse con el fuego; aléjate de Él, pues es mejor que acercarse. Es bueno vivir lejos de los reyes, ¡oh, tú, que has vivido junto a ellos! Sábelo bien».