Alabanza al santo Creador del alma, que ha dotado de alma y de fe a la vil tierra, que ha puesto Su trono sobre las aguas y que ha hecho vivir en los aires a criaturas terrestres. Ha dado el dominio a los cielos y la dependencia a la tierra; ha impreso a los cielos un movimiento perpetuo y a la tierra un reposo uniforme. Ha colocado sobre la tierra el firmamento como una tienda sin estacas que la sostengan. En seis días creó los siete planetas y, con dos letras, creó las nueve cúpulas de los cielos. Ha dorado los dados de las estrellas para que durante la noche el cielo pudiera jugar al trictrac. Ha dotado de diversas propiedades la red del cuerpo; ha puesto polvo en la cola del pájaro del alma; ha vuelto líquido el Océano en señal de servidumbre y ha helado la montaña por el temor que le inspiró. Ha secado por completo el mar; de la piedra ha hecho nacer el rubí y de la sangre, el almizcle. A la montaña le dio el puñal y el cinturón; por eso alza la cabeza con orgullo. A veces ha hecho nacer matas de rosas sobre la faz del fuego, y otras, puentes sobre la faz del agua. Ha hecho que un pequeño mosquito atacara a Su enemigo, que sintió su picadura durante cuatrocientos años.
En Su Sabiduría, inspiró a una araña para que tejiera sabiamente su tela y así proteger al más eminente de los hombres. Ha estrechado la cintura de la hormiga hasta hacerla parecer un cabello, y la ha convertido en compañera de Salomón; le ha dado el hermoso traje negro de los abasíes y una túnica de brocado digna del pavo real, que no costó trabajo tejer. Al ver que la alfombra de la naturaleza estaba defectuosa, la remendó convenientemente. Tiñó la espada del color rojo de la tulipa, y del humo hizo un parterre de nenúfares. Empapó de sangre los terrones para sacar de ellos la cornalina y el rubí.
El sol y la luna, uno de día y la otra de noche, inclinan la frente para adorarlo sobre el polvo del camino. A esa adoración deben su movimiento: ¿podría producirse sin ella? Dios es quien extendió el día blanco y lo hizo resplandecer; Él es quien plegó la noche y la ennegreció como si la hubiera…
El sol y la luna, uno de día y la otra de noche, inclinan la frente para adorarlo sobre el polvo del camino. A esa adoración deben su movimiento: ¿podría producirse sin ella? Dios es quien extendió el día blanco y lo hizo resplandecer; Él es quien plegó la noche y la ennegreció como si la hubiera…
Le dio un collar de oro al loro; convirtió a la abubilla en mensajera del camino. El firmamento es como un ave que bate las alas por el camino que Dios le ha trazado; viene a golpear su puerta con la cabeza, como con un martillo. Dios hace girar el día y la noche en el firmamento; la noche conduce al día, y el día, a la noche. Si Dios sopla sobre el barro, crea al hombre y forma el mundo con un poco de vapor. A veces hace que el perro vaya delante del viajero, y otras, hace que el gato le descubra el camino. Así, mientras hace que el perro se familiarice con el hombre, permite que este, por muy valiente...
A veces es como un león, o se asemeja al perro. A veces concede a un bastón el poder de Salomón; otras, se lo concede a la tierra. De un bastón hace salir una serpiente, y de un horno hace brotar un torrente de agua. Si coloca en el firmamento el orgulloso globo de la luna, la herrera con el hierro del menguante, enrojecido al fuego. Hace salir una camella de una roca; hace mugir al becerro de oro. En invierno esparce la nieve plateada; en otoño, el oro de las hojas amarillentas. Si cubre de un tinte rojo una espina, es porque está teñida con la sangre del capullo. Da cuatro pétalos al jazmín y pone sobre la cabeza del tulipán un gorro rojo. A veces coloca una corona de oro en la frente del narciso; otras, engasta en ella las perlas del rocío. ¡Oh, alabanzas a Dios!, el espíritu se desconcierta, el alma desfallece; por causa de Dios, el cielo gira, la tierra se estremece. Desde el lomo del pez hasta la luna, cada átomo da testimonio de Su existencia. La profundidad de la tierra y la altura del cielo dan, cada uno por su lado, testimonio de Él.
Dios produce el viento, la tierra, el fuego, la sangre; por medio de estas cosas anuncia Su secreto. Tomó tierra, la amasó con agua y, después de cuarenta mañanas, puso en ella el alma, que, al entrar en el cuerpo, le dio vida. Dios le concedió la inteligencia para que discerniera las cosas; cuando vio que la inteligencia estaba en posesión del discernimiento, le concedió la ciencia para que pudiera apreciarlas. Cuando el hombre tuvo sus facultades, confesó su impotencia y quedó sumido en el asombro, mientras su cuerpo se entregaba a los actos exteriores. Amigos o enemigos, todos inclinan la cabeza bajo el yugo de Dios, impuesto por Su sabiduría, y, cosa asombrosa, Él vela por todos nosotros.
En el principio de los siglos, Dios empleó las montañas como clavos para fijar la tierra; luego lavó con el agua del Océano la faz del globo. Como colocó la tierra sobre el lomo de un toro, el toro está sobre el pez y el pez está en el aire. Pero ¿sobre qué descansa entonces el aire? Sobre nada; pero nada es nada, y todo eso no es nada. Admira la obra de este rey, aunque Él mismo no la considere más que como pura nada. En efecto, puesto que Su esencia existe únicamente, ciertamente no hay nada fuera de ella. Su trono está sobre el agua, y el mundo está en el aire; pero deja de lado el agua y el aire, pues todo es Dios. El trono celestial y el mundo no son más que un talismán. Dios es todo eso, y estas cosas solo tienen un valor nominal. Sabe que el mundo visible y el mundo invisible son Él mismo. No hay más que Él, y lo que existe es Él. Pero, ¡ay!, nadie tiene la posibilidad de verlo. Los ojos están ciegos, aunque el mundo esté iluminado por un sol brillante. Si logras percibirlo, pierdes la sabiduría; si Lo ves por completo, te pierdes a ti mismo. ¡Cosa asombrosa! todos los hombres, disculpándose por su ignorancia, se recogen respetuosamente el borde de la túnica y dicen con fervor: ¡Oh Tú, a quien no se percibe, aunque Te das a conocer! todo el mundo eres Tú, y nada más que Tú se manifiesta. El alma está oculta en el cuerpo, y Tú estás oculto en el alma, ¡oh Tú, que estás oculto en lo que está oculto! ¡Oh alma del alma! Tú eres más que todo y anterior a todo. Todo se ve por Ti, y se Te ve en todas las cosas. Tu techo está lleno de guardias y centinelas; ¿cómo, pues, se puede llegar hasta Tu persona? Ni el espíritu ni la razón pueden llegar hasta Tu esencia, y nadie conoce Tus atributos. Aunque eres un tesoro oculto en el alma, eres, no obstante, manifiesto, tanto en el alma como en el cuerpo. El espíritu humano no tiene rastro alguno de Tu existencia; los profetas mismos se pierden en el polvo de Tu camino. Aunque el espíritu pueda descubrir Tu existencia, ¿encontrará acaso alguna vez el camino de Tu esencia?
Porque Tú eres eterno y perfecto en Tu existencia, has desconcertado constantemente a todo el mundo.
¡Oh, Tú, que estás en el interior y en el exterior del alma! No eres y eres todo lo que digo. En Tu corte, la razón se marea; pierde el hilo que debe guiarla por Tu camino. Veo claramente todo el universo en Ti y, sin embargo, no lo percibo en absoluto en el mundo. Todos los seres llevan Tu marca, pero visiblemente no hay ninguna huella Tuya. Te has reservado el secreto de Tu existencia. Por muchos ojos que haya abierto el firmamento, no ha podido ver ni un átomo de polvo del sendero que conduce a Ti. Tampoco la tierra ha visto ese polvo, aunque, de dolor, se haya cubierto la cabeza de polvo. El sol ha perdido la razón por amor a Ti, y cada noche se frota la oreja contra la tierra. La luna se derrite por su parte a causa de Tu amor; cada mes lunar se desvanece de asombro. El Océano, alzando sus olas para proclamar Tu gloria, ha acabado con la túnica mojada y los labios secos. La montaña se ha quedado cien veces en el camino que conduce a Ti, con el pie profundamente hundido en la tierra húmeda, como una brizna de paja. A causa de Tu amor, el fuego se ha encendido, y, si se ha elevado tanto, es porque tiene el pie en el fuego. Sin Ti, el viento no tiene cabeza ni pie; lleva polvo en el hueco de la mano y mide el aire. Mientras el agua tenga agua en el corazón, quedará rezagada en Tu amor. Me he quedado en Tu puerta, como el polvo del camino, con ceniza y polvo sobre la cabeza.
¿Qué diré aún, puesto que no se te puede describir? ¿Podría acaso describirte, puesto que no Te conozco? ¡Oh, corazón mío! Si quieres iniciarte en este conocimiento, entra en la vía espiritual; mira delante y detrás, avanza con cautela.
Mira a los adeptos que han llegado a esta corte; se han sostenido unos a otros en este camino. Para cada átomo hay una puerta diferente, y de cada átomo se abre un camino diferente que conduce al ser misterioso del que hablo. ¿Qué sabes de andar por semejante ruta y de llegar a esa puerta por tal camino? Cuando quisieras ver manifiestamente a este ser, está oculto; si lo deseas oculto, está manifiesto. En fin, si quieres encontrar a este ser incomparable, visible e invisible a la vez, entonces no es ni lo uno ni lo otro. No has podido hacer nada, así que no busques ya nada; todo lo que dices no es lo que conviene, así que no digas nada. Lo que dices y lo que sabes es lo que eres. Conocerse a sí mismo es existir cien veces. Pero debes conocer a Dios por Él mismo, y no por ti; es Él quien abre el camino que conduce a Él, y no la sabiduría humana. Su descripción no está al alcance de los retóricos; el hombre que tiene energía y el que carece de ella son incapaces de trazarla. La ciencia o la ignorancia son aquí lo mismo, pues este ser no se puede explicar ni describir. Las opiniones de los hombres sobre este asunto no son más que producto de su imaginación; es absurdo querer deducirlas. Que se expresen bien o mal, lo que han dicho de Él, lo han dicho por sí mismos. Dios está, en efecto, por encima de la ciencia y por encima de la evidencia, pues nada puede dar una idea de Su santa majestad. De Su huella, nadie ha encontrado más que la ausencia de huella; nadie ha encontrado otra cosa que hacer que abandonarse a Él. Todo hombre, ya esté sereno o fuera de sí, no tiene otra cosa que hacer que reconocer al Dios de la revelación. Los seres atómicos de los dos mundos no son más que producto de tus conjeturas. Todo lo que sabes, excepto Dios, no es más que resultado de tus propias concepciones. La palabra imperfección no puede alcanzar la altura donde Él reside, y ¿cómo llegará un alma humana…
¿Dónde está? Está mil veces por encima del alma, está muy por encima de todo lo que puedo decir. La razón queda impedida por su amor apasionado por Él; el espíritu está desconcertado. ¡Qué! El alma está desolada por Él, ¡el corazón está ensangrentado con Su propia sangre!
¡Tú, que aprecias la verdad!, no busques analogías en esto, pues la existencia del Ser sin par no admite analogía alguna. Su gloria ha sumido en el abatimiento al espíritu y a la razón; ambos están en una indecible estupefacción. Como ninguno de los profetas ni de los mensajeros celestiales ha comprendido la menor parte del todo, en su impotencia han inclinado la frente hasta el polvo, diciendo: «No Te hemos conocido como debes ser conocido». ¿Qué soy yo, pues, para enorgullecerme de conocerlo? Lo ha conocido aquel que no ha buscado conocerlo sino por Él. Como no hay otro ser que Él en los dos mundos, ¿con quién, si no es con Él, se podrá entablar una relación de afecto y amor? El Océano agita sus olas para proclamar Su esencia; pero tú no comprendes este discurso y permaneces en la incertidumbre. Aquel que no sabe encontrar en este Océano la esencia de la que se trata deja de existir, pues no encuentra otra cosa que la nada y la negación. No hables de este Ser cuando no se te manifieste alegóricamente; no digas nada de Él cuando no se te muestre mediante emblemas. Es cierto que ninguna alegoría ni explicación puede dar una idea justa de Él; nadie Lo conoce ni ha encontrado Su rastro. Aniquílate; esa es la perfección, y eso es todo. Renuncia a ti mismo; esa es la garantía de tu unión con Él, y eso es todo. Piérdete en Él para penetrar este misterio; todo lo demás es superfluo. Camina en la unidad y mantente alejado de la dualidad; ten un solo corazón, una sola quibla, un solo rostro.
¡Oh, ignorante hija del primer hombre, vicaria de Dios en la tierra!
Te corresponde participar de la ciencia espiritual de tu padre. Todas las criaturas que Dios sacó de la nada a la existencia se postraron ante Él para adorarlo. Cuando por fin quiso crear a Adán, lo hizo salir de detrás de cien velos. Le dijo: «¡Oh, Adán! Sé un océano de bondad; todas las criaturas Me adoran, sé adorado tú también». El único que apartó el rostro de Su adoración fue transformado de ángel en demonio; fue maldito y no llegó a conocer este secreto. Cuando su rostro se volvió negro, dijo a Dios: «¡Oh, Tú que gozas de absoluta independencia, no me abandones y haz algo por mí!». El Altísimo le respondió: «Tú, cuyo camino está maldito, sabe que Adán es a la vez Mi lugarteniente y el rey de la naturaleza. Hoy ve a su encuentro y mañana quema para él el ispand». Cuando el alma se unió al cuerpo, fueron la parte y el todo: jamás se hizo un talismán más maravilloso. Al alma le correspondió la elevación y al cuerpo la bajeza terrenal; se formó una amalgama de vil tierra y espíritu puro. Por la unión de lo elevado y lo bajo, el hombre fue el más asombroso de los misterios. Sin embargo, nadie llegó a conocer este secreto y, en efecto, este asunto no es para cualquier indigente. No sabemos, no comprendemos, ni siquiera podemos disponer un poco de nuestro espíritu. Digas lo que digas, no tienes mejor opción que guardar silencio, pues nadie podría siquiera suspirar al respecto. Muchas personas conocen la superficie de este océano, pero ignoran su profundidad. Ahora bien, en esa profundidad hay un tesoro, y el mundo visible es el talismán que lo protege; pero este talismán de las ataduras corporales acabará por romperse. Encontrarás el tesoro cuando el talismán haya desaparecido; el alma se manifestará cuando el cuerpo haya sido apartado. Pero tu alma es otro talismán; es otra sustancia para este misterio. Sigue el camino que te indico y no pidas explicaciones; no pidas remedio para una enfermedad así.
Muchos hombres se han ahogado en las profundidades de este océano sin fondo, y ya no se ha vuelto a hablar de ninguno de ellos. En este inmenso océano, el mundo es un átomo y el átomo, un mundo. El mundo es una burbuja de agua de este océano, sábelo bien. El átomo es idéntico a la burbuja, sábelo bien. Si no quedara un solo átomo del mundo, también desaparecerían las dos burbujas de este océano, tan pequeño en comparación con la inmensidad divina. ¿Sabe alguien si en este profundo océano tiene valor la grava o la cornalina?
Hemos arriesgado nuestra vida, nuestra razón, nuestro espíritu, nuestra religión, para comprender la perfección de un átomo. Cósese los labios, no pregunte nada acerca del empíreo y del trono de Dios; no pregunte absolutamente nada sobre este asunto. Puesto que su espíritu se consume por algo tan sutil como un cabello, debe coserse los dos labios y no preguntar nada. En efecto, nadie conoce realmente la esencia de un átomo; pregunte qué hay de él o hable de él, da igual. ¿Qué es el cielo, semejante a una cúpula invertida, sin estabilidad, móvil e inmóvil a la vez? Usted se ha perdido por completo en el camino de este misterio; no es más que velo sobre velo. ¿Qué es, para semejante cosa, el cielo, cuya cabeza da vueltas y cuyo pie se extravía? ¿Puede saber qué hay detrás del velo quien, durante tantos años, sin cabeza ni cuerpo, gira impotente alrededor de esta puerta? Si ignora el misterio que el velo oculta, ¿cómo podría ser manifiesto a un ser como usted? El mundo, asombrado y desesperado, no puede hacer otra cosa que permanecer sumido en un profundo estupor. En un asunto semejante, que es como una superficie sin principio ni fin, uno es como la figura pintada en la pared y se muerde el dorso de la mano. Quienes antes que nosotros emprendieron el camino espiritual han estudiado este misterio a tiempo y a destiempo. Se han atormentado mucho y, en definitiva, no han obtenido como resultado más que debilidad y desconcierto.
Mira primero lo que le ocurrió a Adán, mira cuántos años pasó en el duelo, ocupado con ese pensamiento. Contempla el diluvio de Noé y todo lo que sufrió este patriarca durante mil años a manos de los impíos. Mira a Abraham, que estaba lleno de amor por Dios. Sufre torturas y es arrojado al fuego. Mira al desdichado Ismael, sacrificado en
el camino del amor divino. Vuélvete hacia Jacob, que se quedó ciego de tanto llorar a su hijo. Mira a Joseph, admirable tanto en su poder como en la esclavitud, en el pozo y en la prisión. Mira al desdichado Job, tendido ante su puerta, a merced de los gusanos y los lobos. Mira a Jonas, que, extraviado en su camino, fue de la luna (mâh), adonde lo habían llevado las olas, al vientre de un pez (mâhî), donde permaneció algún tiempo. Admira a Moisés desde su nacimiento; un cofre le sirvió de cuna y el Faraón lo crió. Mira a David, que se ocupaba en fabricar corazas y que, con los suspiros abrasadores de su corazón, volvía el hierro blando como la cera. Mira al rey Salomón, cuyo imperio fue arrebatado por un dive. Mira a Zacharie, tan ardiente en el amor de Dios que no profirió queja alguna y guardó silencio cuando le aserraron el cuello. Mira a Jean-Baptiste, vilipendiado ante el pueblo, cuya cabeza, cortada como una vela, fue puesta en una bandeja. Admira a Cristo al pie de la horca, cuando se salvó en varias ocasiones de las manos de los judíos. Admira, por último, todo lo que el jefe de los profetas sufrió en injurias y tormentos por parte de los impíos.
¿Crees, entonces, que es tan fácil llegar al conocimiento de las cosas espirituales? Es menos fácil que renunciar a la vida. ¿Qué diré aún, puesto que ya no me queda nada que decir y no queda ni una rosa en el rosal? Estoy completamente aniquilado por el asombro; no conozco otro recurso ante este estado que la falta de recursos. ¡Oh, sabiduría! En esta vía eres como un niño de pecho, y la razón del anciano experimentado se extravía en esta búsqueda. ¿Cómo podré yo, insensato, llegar a esta esencia? Y, si llego a ella, ¿cómo podré hacerlo sin entrar por la puerta?
No estás al alcance de la ciencia y, sin embargo, no eres manifiesto a todos. Ni el beneficio ni el daño te alcanzan. No obtenías ningún beneficio de Moisés, ni sufrías daño alguno por parte del Faraón. ¡Oh Dios, que eres infinito! ¿Quién lo es, si no Tú? ¿Quién es como Tú, sin límite ni frontera? ¿Existe, en efecto, algo que sea realmente infinito e interminable? ¡Oh Tú, ante quien el mundo creado ha quedado maravillado, Tú que has permanecido oculto bajo un velo! Retira por fin ese velo, para que mi alma no se pierda buscándote; no me consumas ya en secreto detrás de ese velo. De pronto estoy perdido en tu océano agitado por las olas; líbrame del aturdimiento en que estoy sumido. He quedado en el océano del mundo, rodeado por el firmamento y expulsado del interior del velo hacia afuera. ¡Ah! Saca a tu servidor de este mar que le es ajeno; Tú mismo me precipitaste en él, así que sácame de allí. La concupiscencia se apodera por completo de mi ser. Si no me tomas de la mano, ¡ay!, ¿qué será de mí? Mi alma está mancillada por la vanidad, pero no quiero soportar esta mancha. ¡Ah! Límpiame de ella, o bien sumérgeme en sangre y luego redúceme a polvo. Los hombres te temen; pero yo me temo a mí mismo, pues me he convencido de que el bien viene de Ti y el mal, de mí. Aunque camino sobre la superficie de la tierra, estoy, sin embargo, muerto. ¡Vivifica mi alma, oh santo Creador! Los creyentes y los incrédulos están igualmente sumidos en la sangre; se les da vueltas la cabeza y están extraviados. Si me llamas, mi razón se extravía; si me rechazas, me quedo desconcertado. ¡Oh Rey mío! Estoy manchado de sangre, completamente mareado como el cielo.
Quiero, amigos míos, repetirles día y noche mi discurso. ¡Ah! No permanezcan ni un instante sin pensar en la búsqueda de la verdad.
Somos vecinos el uno del otro; tú eres como el sol y yo como la sombra. ¡Oh, tú, que eres generoso con los indigentes! ¿Por qué no prestarías atención a tus vecinos? Mi corazón está afligido, mi alma está apenada; el ardor que me impulsa hacia ti hace correr mis lágrimas como el agua de la nube. Lamento no poder estar unido a ti; pero no por eso te busco menos. ¡Ah! Sé mi guía, pues me he extraviado en mi camino; dame la felicidad, aunque te la pida
quizá intempestivamente. Quien tuvo la dicha de entrar en tu senda se hartó de sí mismo y se perdió en ti. No estoy sin esperanza, pero soy impaciente. Espero que, de entre cien mil, elijas a uno.
Somos vecinos el uno del otro; tú eres como el sol y yo como la sombra. ¡Oh, tú, que eres generoso con los indigentes! ¿Por qué no prestarías atención a tus vecinos? Mi corazón está afligido, mi alma está apenada; el ardor que me impulsa hacia ti hace correr mis lágrimas como el agua de la nube. Lamento no poder estar unido a ti; pero no por eso te busco menos. ¡Ah! Sé mi guía, pues me he extraviado en mi camino; dame la felicidad, aunque te la pida
quizá intempestivamente. Quien tuvo la dicha de entrar en tu senda se hartó de sí mismo y se perdió en ti. No estoy sin esperanza, pero soy impaciente. Espero que, de entre cien mil, elijas a uno.
Mustafa (el elegido) es el tesoro de la fidelidad, el Señor del mundo espiritual y del mundo temporal: es su luna llena y su centro, el sol de la ley y el océano de la certidumbre, la luz del universo, una misericordia de Dios para las criaturas. El alma de los seres más puros es polvo de la suya; es el liberador del alma: la creación es su polvo. Es el señor de los dos mundos y el rey del universo, el sol del alma y de la fe de todos. Ha ascendido a los cielos; es el centro de las criaturas, la sombra de Dios, el sol de Su esencia.
Los dos mundos están sometidos a Él: el trono y el dosel de Dios han adorado Su polvo. Es el jefe de este mundo y del otro, el jefe de los seres visibles y de los seres invisibles. El más grande y el primero de los profetas, quien dirige a los puros y a los santos, el guía del islamismo, el conductor por los caminos rectos, quien decide sobre las cosas oscuras, el imán de todos y de cada uno en particular.
Los dos mundos están sometidos a Él: el trono y el dosel de Dios han adorado Su polvo. Es el jefe de este mundo y del otro, el jefe de los seres visibles y de los seres invisibles. El más grande y el primero de los profetas, quien dirige a los puros y a los santos, el guía del islamismo, el conductor por los caminos rectos, quien decide sobre las cosas oscuras, el imán de todos y de cada uno en particular.
Está por encima de todo lo que puedo decir; está antes que todo en todas las cosas. Se declaró Señor de los espacios; dijo: «Soy una misericordia para la tierra». Los dos mundos dependen de Su existencia; Él es quien sostiene el dosel del trono de Dios. Por Él, las criaturas del mundo llegaron del océano de la liberalidad a la existencia, como el rocío. Las criaturas se dirigen hacia Su luz. Él es el origen de todo lo que existe y de todo lo que podría existir. Cuando Dios vio esta luz suprema, creó de esa luz un océano de luz. Fue para Sí mismo que creó esta alma pura, y para ella creó el mundo. Al crear el mundo, no tuvo otro propósito que Mahomet; pues ningún ser fue más puro que Él.
Lo primero que se manifestó del seno del misterio fue, sin duda, aquella luz pura. Luego apareció aquella luz elevada, y se manifestaron el trono, el dosel, la tablilla de los decretos divinos y el cálamo. Una huella de aquella luz fue el mundo; la otra, la humanidad, es decir, Adán. Cuando este último procedió de aquella luz suprema, se postró para adorar al Creador. Todas las generaciones participaron, por medio de Adán, en aquella adoración; todas las almas estuvieron en aquella postración. Permaneció de pie durante años enteros y, durante un largo período, pronunció la profesión de fe musulmana.
Fue a causa de la oración (namâz) que hizo entonces Mahomet, luz de aquel océano del misterio, que la oración (namâz) se hizo obligatoria para toda la nación musulmana. Dios consideró aquella luz (Mahomet) como el sol y la luna, y como única para siempre. Luego, de repente, se abrió ante aquella luz, en el océano de la verdad, un camino manifiesto. Cuando aquella luz, es decir, Mahomet, vio la superficie del océano del secreto, quedó conmovido por su grandeza y su atractivo. Volvió siete veces a aquella búsqueda, y entonces se manifestaron las siete cúpulas de los cielos. Las miradas que Dios posó sobre Él fueron otras tantas estrellas, y así se formó el cielo. Después Mahomet, aquella luz pura, descansó. Entonces aparecieron el dosel y el trono celestiales; fueron un reflejo de Su esencia; los ángeles
Fue a causa de la oración (namâz) que hizo entonces Mahomet, luz de aquel océano del misterio, que la oración (namâz) se hizo obligatoria para toda la nación musulmana. Dios consideró aquella luz (Mahomet) como el sol y la luna, y como única para siempre. Luego, de repente, se abrió ante aquella luz, en el océano de la verdad, un camino manifiesto. Cuando aquella luz, es decir, Mahomet, vio la superficie del océano del secreto, quedó conmovido por su grandeza y su atractivo. Volvió siete veces a aquella búsqueda, y entonces se manifestaron las siete cúpulas de los cielos. Las miradas que Dios posó sobre Él fueron otras tantas estrellas, y así se formó el cielo. Después Mahomet, aquella luz pura, descansó. Entonces aparecieron el dosel y el trono celestiales; fueron un reflejo de Su esencia; los ángeles
También allí encontraron su existencia. De sus suspiros se formaron los esplendores celestiales, y de los pensamientos de Su espíritu se revelaron los misterios. A esos pensamientos debemos el secreto del alma, según estas palabras del Altísimo: «He insuflado en Él algo de Mi espíritu». En efecto, fue cuando se reunieron esos suspiros y esos misterios que las almas pudieron oírse unas a otras. Por efecto de Su luz, todas las naciones que debían poblar el mundo acudieron en torno a esta palabra: «Todos surgirán». En cuanto a Él, existe hasta el día de la resurrección, para bien de todas las criaturas del mundo.
Cuando llamó a Satanás, este hizo profesión del islamismo. Con el permiso del Altísimo, Mahomet llamó también manifiestamente a los genios en una noche especial. También hizo sentar a los ángeles y a los profetas, a quienes convocó esa misma noche. Cuando llamó a los animales, acudieron corriendo el cabrito y la comadreja. Invitó a la religión a todos los seres del mundo, quienes se apresuraron a presentarse humildemente ante Él. Mahomet, esa esencia inmaculada, llamó también a todos los átomos del mundo, y así toda la tierra participó por medio de Él en las alabanzas a Dios. ¿Quién, entre los profetas, ha estado en posesión de semejante prerrogativa? ¿Quién, como Él, ha podido llamar a la fe a todas las naciones de la tierra? Puesto que Su luz fue la fuente de todos los seres y Su esencia produjo las demás esencias, debió, en efecto, llamar a la fe a los dos mundos, a los átomos manifiestos y a los átomos ocultos. Todos los individuos que formaron parte de Su nación cosecharon algo de Sus elevadas visiones. El día de la resurrección, dirá tan solo en favor del puñado de tierra (que haya adoptado el islamismo): «Este es mi pueblo»; y estas palabras bastarán. Dios, en efecto, por el alma de este faro de la guía, concederá la salvación a Su nación. Como Él es el señor de todas las cosas, todo está sometido a Él. Aunque no lo haya visto todo (con Sus ojos), no hay que afligirse por ello. Todo lo que existe está bajo Su amparo, y Él dirige todas las intenciones. Conoce todos los deseos del mundo; es el remedio del corazón de cada herido. ¿Podría alguien concebir, siquiera en sueños, las prerrogativas del Profeta? Él se vio por completo a Sí mismo y vio a todo el mundo; vio tanto delante como detrás. Dios lo hizo el sello de la profecía; hizo de Él la maravilla de la naturaleza y de la generosidad. Le ordenó invitar a la fe a los grandes y a los pequeños; lo colmó de la plenitud de la gracia. Dio un plazo a los infieles antes de castigarlos; no llevó a cabo su castigo en tiempos del Profeta. Las cosas espirituales y las cosas temporales están bajo la protección de Su gloria; dio Su vida en favor de Su nación.
Una noche ascendió al cielo, y todos los secretos le fueron revelados. Entonces, por su majestad y su dignidad, se convirtió en el objeto de las dos quiblas; y la sombra de su cuerpo, cuya sombra nunca se había visto, se extendió por ambos horizontes. De Dios recibió un libro excelente, y por él conoció por completo todas las cosas.
Sus esposas eran las madres de los creyentes; su ascensión fue objeto del respeto de los profetas. Estos son sus seguidores, y él es su guía; los sabios de su nación son como profetas. El Altísimo, por la consideración que tuvo por Mahomet, mencionó su nombre en el Pentateuco y en el Evangelio. Por él, una piedra obtuvo honor y elevación, y su manto tenía poder divino. La tierra donde está sepultado se convirtió, como consecuencia del respeto que se le…
Sus esposas eran las madres de los creyentes; su ascensión fue objeto del respeto de los profetas. Estos son sus seguidores, y él es su guía; los sabios de su nación son como profetas. El Altísimo, por la consideración que tuvo por Mahomet, mencionó su nombre en el Pentateuco y en el Evangelio. Por él, una piedra obtuvo honor y elevación, y su manto tenía poder divino. La tierra donde está sepultado se convirtió, como consecuencia del respeto que se le…
Es decir, en vez de volverse para orar hacia Jerusalén y La Meca, se volvieron hacia él, o más bien hacia Medina, donde se encuentra su tumba, como se verá más adelante. La palabra قبلنین también puede emplearse en sentido figurado para designar el oriente, una quibla que no ha sido ni cambiada ni abandonada por su nación. Su aparición derribó los ídolos; su nación es la mejor de todas las naciones. Una gota de agua de su boca llenó de agua clara un pozo durante un año de sequía. Su dedo dividió la luna, y el sol retrocedió por orden suya. Entre sus dos hombros, tan brillantes como el sol, se veía claramente el sello de la profecía. Fue el guía de los hombres en el mejor de los países, y el mejor de los hombres en la mejor de las tribus. Por Él, la Kaaba se convirtió en la noble casa de Dios y en un lugar seguro para quien entra en ella. Gabriel recibió del Profeta el manto de la iniciación, y por eso se hizo célebre. En vida de Mahoma, la tierra cobró más vigor; vio al mismo tiempo una mezquita y un Sinaí. Todos los secretos fueron conocidos por el apóstol de Dios; recibió esta orden: «Habla, sin leer en el libro». Puesto que el lenguaje de Dios fue el Suyo, Su tiempo fue el mejor de los tiempos. En el último día, todas las lenguas serán aniquiladas, excepto la Suya, de modo que al final de los siglos, cuando las cosas cambien, intercederá ante Dios.
Como su corazón estaba realmente agitado en el océano del misterio, este ardor se manifestaba sobre todo en la oración. Decía a Bilal: «Refréscame, para que salga de estos pensamientos estrechos». Luego, volviéndose turbado, decía: «Háblame, ¡oh, Hamira (Aïscha)!». Sin embargo, si se reflexiona seriamente, no se sabe si ganaba un alma de cada cien. La razón no puede hacerse una idea de la conversación secreta de Mahomet con Dios durante su ascensión, y la ciencia no conoce cuánto duró. Cuando Dios toma aparte a Su amigo en un banquete misterioso, Gabriel no es admitido allí; se le quemarían las alas. Cuando el Simorg de la esencia divina se manifiesta, Moisés (Muça) se vuelve tan temeroso como una lavandera (mucicha). Moisés fue, sin embargo, a sentarse sobre la alfombra de esta majestad; pero solo después de recibir la orden de Dios de quitarse el calzado. Cuando se hubo acercado descalzo, penetró en el valle del santo por excelencia y quedó sumido en la luz; pero más tarde, en la noche de la ascensión de Mahomet, Bilal, el faro de la gloria celestial, oyó el ruido de sus suelas, mientras que Moisés, hijo de Amran, aunque era rey, no pudo, sin embargo, llegar ante Dios con su calzado. Admira el favor que Dios hizo al servidor de Su corte (Mahomet) en consideración a su dignidad; lo convirtió en el hombre de Su camino; le permitió llegar hasta Él con su calzado. Cuando Moisés, hijo de Amran, fue testigo del favor de que gozaba este servidor de Dios, dijo: «¡Oh, Señor! Admíteme en su nación, haz que participe en el banquete de sus elevadas visiones». Pero fue en vano que Moisés pidiera este favor; solo le fue concedido a Jesús. Después de este encuentro, Mahomet invita al pueblo a su fe; desciende del cuarto cielo a la tierra y descansa.
El Mesías, que adquirió tan gran fama, no fue sino una efímera del rostro de Mahoma. Dios se sirvió de él para anunciar el nombre del Profeta. Si alguien dice que habría hecho falta un testigo de esta ascensión, responde (dirigiéndote a Mahoma): «Tú partiste de este mundo y regresaste a él; apartaste nuestras dificultades una a una, de modo que no dejaste una sola duda en nuestro corazón».
Nadie en los dos mundos, salvo Mahoma, vino del cielo, ni manifiestamente ni de manera oculta. Lo que vio con sus ojos en aquel lugar, los demás profetas solo lo conocieron por la ciencia divina. Él es su rey y todos son Sus invitados: Él es su emperador y ellos forman Su ejército. Cuando su cabeza recibió la corona expresada por las palabras «juro por tu vida», enseguida la gente se convirtió, ante su puerta, en el polvo del camino. Una vez que el mundo se hubo llenado del perfume del almizcle de sus cabellos, el Océano se vio consumido por el deseo de verlo.
Nadie en los dos mundos, salvo Mahoma, vino del cielo, ni manifiestamente ni de manera oculta. Lo que vio con sus ojos en aquel lugar, los demás profetas solo lo conocieron por la ciencia divina. Él es su rey y todos son Sus invitados: Él es su emperador y ellos forman Su ejército. Cuando su cabeza recibió la corona expresada por las palabras «juro por tu vida», enseguida la gente se convirtió, ante su puerta, en el polvo del camino. Una vez que el mundo se hubo llenado del perfume del almizcle de sus cabellos, el Océano se vio consumido por el deseo de verlo.
MANTIC UTTAÏR.
respirar hasta que se le sequen los labios. ¿Quién no queda alterado al verlo y no afronta por Él la madera y la piedra? Cuando este océano de luz subió al minbar, se oyeron a lo lejos tiernos suspiros. Los cielos, que no están sostenidos por columnas, se llenaron de luz, y esas columnas (suponiendo que existieran) se afligieron por Su ausencia. Cuando quiero describir Sus perfecciones, mi piel se cubre de un sudor de sangre. Él es el más elocuente del mundo; a Su precio, guardo silencio; ¿cómo podría, pues, dar una explicación satisfactoria de lo que Le concierne? ¿Será aceptable para mi debilidad una descripción semejante? Solo el Creador del universo es capaz de ello.
respirar hasta que se le sequen los labios. ¿Quién no queda alterado al verlo y no afronta por Él la madera y la piedra? Cuando este océano de luz subió al minbar, se oyeron a lo lejos tiernos suspiros. Los cielos, que no están sostenidos por columnas, se llenaron de luz, y esas columnas (suponiendo que existieran) se afligieron por Su ausencia. Cuando quiero describir Sus perfecciones, mi piel se cubre de un sudor de sangre. Él es el más elocuente del mundo; a Su precio, guardo silencio; ¿cómo podría, pues, dar una explicación satisfactoria de lo que Le concierne? ¿Será aceptable para mi debilidad una descripción semejante? Solo el Creador del universo es capaz de ello.
¡Oh Mahomet! El mundo, pese a su excelencia, no es más que el polvo de tus pies; las almas de los dos mundos no son más que el polvo de tu alma pura. Los profetas, asombrados, han renunciado a alabarte; incluso quienes conocen los secretos divinos han apartado la cabeza de esta alabanza. El sol es el comensal de tu sonrisa, la nube obedece a tus lágrimas. Los dos mundos son el polvo de tus pies. Te contentabas con dormir sobre una alfombra de derviche y, sin embargo, ¿qué espacio podría contenerte? ¡Oh generoso! Levanta la cabeza de encima de tu alfombra y pisotea la dignidad de Moisés. Toda ley ha sido abrogada por la tuya; todo tronco ha sido destruido por tu rama; tu ley y tus mandamientos son eternos; tu nombre está asociado al de Dios; todos los profetas y apóstoles acuden desde sus diversos caminos a tu ley. Como antes de Ti ningún profeta estuvo por encima de Ti, necesariamente no habrá ninguno después de Ti. Tú estás a la vez después y antes del mundo; eres al mismo tiempo anterior y posterior. Nadie alcanza tu polvo; nadie llega a tu dignidad. Solo en Mahomet, Su enviado, ha fijado Dios para la eternidad el imperio de los dos mundos.
¡Oh, Profeta de Dios! Estoy desanimado, me he quedado con las manos llenas de viento y la cabeza cubierta de polvo. Tú eres el apoyo constante de quienes han sido abandonados, y no tengo a nadie más que a Ti en los dos mundos. ¡Ah! Mira con compasión a este que está sumido en la tristeza; remedia los males de este desdichado. Es verdad que he perdido la vida por mis faltas; pero me arrepiento; intercede por mí ante Dios. Aunque temo la sentencia del Corán: «No te entregues a la confianza», también leo en el mismo libro sagrado estas palabras: «No desesperes».
Día y noche permanezco sentado, sumido en la tristeza, hasta que intercedas por mí un momento. Si intercedes aunque sea un poco, el sello de la obediencia cubrirá mis transgresiones. ¡Oh Tú, que intercedes por este puñado de tierra desdichado! Enciende con benevolencia la lámpara de la intercesión, para que, como una mariposa, venga a agitar mis alas ante Tu antorcha, en medio de Tu asamblea.
Día y noche permanezco sentado, sumido en la tristeza, hasta que intercedas por mí un momento. Si intercedes aunque sea un poco, el sello de la obediencia cubrirá mis transgresiones. ¡Oh Tú, que intercedes por este puñado de tierra desdichado! Enciende con benevolencia la lámpara de la intercesión, para que, como una mariposa, venga a agitar mis alas ante Tu antorcha, en medio de Tu asamblea.
Quien vea claramente Tu antorcha someterá su espíritu a su corazón, como la mariposa nocturna. Basta con que el alma te contemple, y con que los dos mundos te complazcan. El remedio para la pena de mi corazón es Tu amor; la luz de mi alma es el sol de Tu rostro. Mi alma está a Tu puerta; mis riñones están ceñidos por mi cinturón. Mira las perlas de la espada de mi lengua; cada perla que dejo caer de mi boca en Tu camino proviene del fondo de mi corazón. Si así esparzo perlas del océano de mi alma, es porque recibo la indicación de Ti, que eres ese océano. Cuando mi alma encontró por Ti un rastro, mi propio rastro se volvió nulo.
¡Oh esencia elevada! Lo que deseo es que, en Tu bondad, quieras echarme una mirada. Con esa mirada aniquilarás para siempre mi existencia separada. Purifícame de todos los pensamientos que me agitan, de las asociaciones politeístas y de las vanidades, ¡oh esencia pura! No ennegrezcas mi rostro con el pecado; ten en cuenta que llevo Tu nombre. Soy un niño sumergido en Tu camino; el agua negra me rodea como un círculo; espero que me saques de esa agua negra y me devuelvas a Tu camino.
¡Oh esencia elevada! Lo que deseo es que, en Tu bondad, quieras echarme una mirada. Con esa mirada aniquilarás para siempre mi existencia separada. Purifícame de todos los pensamientos que me agitan, de las asociaciones politeístas y de las vanidades, ¡oh esencia pura! No ennegrezcas mi rostro con el pecado; ten en cuenta que llevo Tu nombre. Soy un niño sumergido en Tu camino; el agua negra me rodea como un círculo; espero que me saques de esa agua negra y me devuelvas a Tu camino.
Anécdota alegórica.
Un niño cayó al agua y su madre se sumió en la agitación y la angustia. En su sobresalto, el niño se agitó con brazos y piernas, pero el agua lo llevó hasta la barca del molino. El agua lo empujó, y aquel niño amado se fue rodando sobre la superficie del agua. Su madre, al ver lo ocurrido, habría querido estar en la barca; sin embargo, se arroja al agua y salva al niño; luego lo toma en sus brazos, lo alimenta con su leche y lo estrecha contra su pecho.
Un niño cayó al agua y su madre se sumió en la agitación y la angustia. En su sobresalto, el niño se agitó con brazos y piernas, pero el agua lo llevó hasta la barca del molino. El agua lo empujó, y aquel niño amado se fue rodando sobre la superficie del agua. Su madre, al ver lo ocurrido, habría querido estar en la barca; sin embargo, se arroja al agua y salva al niño; luego lo toma en sus brazos, lo alimenta con su leche y lo estrecha contra su pecho.
¡Oh, Tú, cuya ternura es semejante a la de las madres! En este abismo, eres para mí una barca protectora. Cuando caí en este abismo de estupor, me encontré ante la barca del océano de los suspiros. Permanecí presa del vértigo, como ese niño en el agua, agitando en mi turbación los pies y las manos. ¡Oh, Tú, que sientes tanta ternura por los hijos de Tu camino! Mira ahora con benevolencia a quienes están sumergidos, apiádate de nuestro corazón lleno de angustias, ven en nuestra ayuda al ver que las aguas nos arrastran, haznos probar la leche de los pechos de Tu generosidad, no retires de delante de nosotros la mesa de Tu munificencia; ¡oh, Tú, que estás más allá de la inteligencia y no puedes ser definido! ¡Tú, a quien no podrían describir los relatos de los narradores! Ninguna de nuestras manos ha podido alcanzar la brida de Tu corcel, y necesariamente no somos sino el polvo de Tu polvo; Tus santos amigos se han convertido en Tu polvo, y los habitantes del mundo no son sino el polvo de Tu polvo.
Quien no sea como el polvo ante tus amigos, ese es su enemigo; el primero es Abû Bekr, y el último, Ali. Son las cuatro columnas de la Kaaba de la verdad y de la pureza. El primero (Abû Bekr) fue digno, por su sinceridad, de ser el confidente de Mahomet y su ministro; el segundo (Omar) era un sol resplandeciente de justicia; el tercero (Osman) es un océano de modestia y contención; el cuarto, por último (Ali), es un rey, dueño de ciencia y generosidad.
Elogio de Abû Bekr.
Elogio de Abû Bekr.
El primero es, pues, Abû Bekr, el primer amigo de Mahomet y el segundo de los dos personajes que estuvieron en la caverna; el centro de la región, el verídico del Altísimo, el polo del Dios verdadero, aquel que en todo tuvo la preeminencia. Todo lo que Dios derramó desde Su elevada corte sobre el noble pecho de Mahomet, también lo derramó íntegra y realmente sobre el pecho de Abû Bekr. Cuando Dios sacó de la nada los dos mundos con una palabra, mantuvo gravemente la boca cerrada y contuvo Sus agradables palabras. Del mismo modo, Abû Bekr permanecía con la cabeza inclinada toda la noche hasta el día; a medianoche dejaba oír gemidos, por efecto del ardor de su amor por Dios. Sus suspiros fragantes llegaban hasta China, y la sangre del ciervo de Tartaria producía el almizcle. Por eso el sol de la ley y de la religión dijo: «Hay que ir de aquí a China en busca de la ciencia». La sabiduría regulaba tan bien los movimientos de la boca de Abû Bekr que sus labios pronunciaban sin cesar la palabra Hu con la gravedad debida. ¡Qué digo! Su gravedad se manifestaba en su lengua, de modo que no pronunciaba otro nombre que el de Dios. Hace falta gravedad para que la dignidad se manifieste: ¿cómo puede servir de algo un hombre sin gravedad? Omar vio una muestra de la grave dignidad de Abû Bekr y dijo: «Quisiera tener algo de ella en suerte, aunque solo fuera el valor de uno de los pelos de su pecho».
¡Oh Dios! Puesto que aceptaste al segundo de los dos de la caverna, Abû Bekr es ciertamente el segundo después del Profeta.
Es el maestro de la ley, el gran sol de la religión, la sombra de Dios, el notable que resuelve las dificultades, la antorcha de la religión. Puso realmente el sello a la justicia y a la equidad; por su perspicacia tuvo preeminencia sobre todos los hombres. Dios pronunció respecto a él desde el comienzo las palabras «¡oh, ha!», para que fuera purificado y enderezado. Es él quien debe pasar primero por el puente. Fue Mahomet quien le dio su nombre de Omar. ¡Dichoso este hombre eminente, que fue el primero en apoderarse de la túnica de honor de Jerusalén! Así como desde el principio Dios puso Su mano en la suya, al final lo condujo adonde Él está. Por su justicia, las cosas de la religión llegaron a su cumplimiento; el desconcierto y la agitación se calmaron. Era la vela encendida del paraíso, y de esta vela no llegaba sombra a nadie en ninguna reunión. Sin embargo, ¿cómo es que la vela no tiene la sombra de la luz, si el dive huyó lejos de esa sombra? Cuando Omar hablaba, la verdad estaba en su lengua, venía manifiestamente del camino del corazón.
Es el maestro de la ley, el gran sol de la religión, la sombra de Dios, el notable que resuelve las dificultades, la antorcha de la religión. Puso realmente el sello a la justicia y a la equidad; por su perspicacia tuvo preeminencia sobre todos los hombres. Dios pronunció respecto a él desde el comienzo las palabras «¡oh, ha!», para que fuera purificado y enderezado. Es él quien debe pasar primero por el puente. Fue Mahomet quien le dio su nombre de Omar. ¡Dichoso este hombre eminente, que fue el primero en apoderarse de la túnica de honor de Jerusalén! Así como desde el principio Dios puso Su mano en la suya, al final lo condujo adonde Él está. Por su justicia, las cosas de la religión llegaron a su cumplimiento; el desconcierto y la agitación se calmaron. Era la vela encendida del paraíso, y de esta vela no llegaba sombra a nadie en ninguna reunión. Sin embargo, ¿cómo es que la vela no tiene la sombra de la luz, si el dive huyó lejos de esa sombra? Cuando Omar hablaba, la verdad estaba en su lengua, venía manifiestamente del camino del corazón.
Cuando el Profeta vio que ardía de amor por Dios, dijo: «Este hombre ilustre es la antorcha del cielo». En efecto, unas veces quemaba su alma con el ardor del amor y otras su lengua en sus conversaciones con Dios.
Un día, cuando Omar se encontraba en un estado de exaltación en presencia en ۵, dijo: «Quiero poner en venta el califato. Se lo venderé a quien quiera, siempre que lo compre con buena intención». Cuando Awis oyó este discurso de Omar, le dijo: «Déjame el califato y quédate libre de preocupaciones. Aparta a cualquier otro individuo que pudiera desearlo o apoderarse de él».
Cuando se supo que Omar quería dejar el califato, solo se alzó un grito entre sus amigos. Todos le dijeron: «¡Oh, nuestro jefe! Te lo suplicamos, en nombre de Dios, no abandones a Sus criaturas. Abû Bekr ha cargado sobre tus hombros este peso; no lo hizo a ciegas, sino con pleno conocimiento. Si apartas la cabeza de su obediencia, su alma se entristecerá por ti». Cuando Omar oyó este argumento decisivo, sintió su fuerza y se resignó.
Un día, cuando Omar se encontraba en un estado de exaltación en presencia en ۵, dijo: «Quiero poner en venta el califato. Se lo venderé a quien quiera, siempre que lo compre con buena intención». Cuando Awis oyó este discurso de Omar, le dijo: «Déjame el califato y quédate libre de preocupaciones. Aparta a cualquier otro individuo que pudiera desearlo o apoderarse de él».
Cuando se supo que Omar quería dejar el califato, solo se alzó un grito entre sus amigos. Todos le dijeron: «¡Oh, nuestro jefe! Te lo suplicamos, en nombre de Dios, no abandones a Sus criaturas. Abû Bekr ha cargado sobre tus hombros este peso; no lo hizo a ciegas, sino con pleno conocimiento. Si apartas la cabeza de su obediencia, su alma se entristecerá por ti». Cuando Omar oyó este argumento decisivo, sintió su fuerza y se resignó.
Cuando, por efecto del destino, un desgraciado asesino hirió a Ali, enseguida le dieron algo de beber a Ali, y él dijo: «¿Dónde está el que ha hecho correr mi sangre? Denle de beber primero a él y luego a mí; y no lo traten de manera diferente a mí». Así pues, llevaron de beber a aquel hombre, quien exclamó: «¡Qué desgracia! Ali quiere hacerme perecer con veneno». Entonces Ali dijo: «Juro por la verdad del Creador que, si este desgraciado toma esta bebida, no pondré el pie en el jardín de la eternidad sin él, ante Dios». En efecto, Ali no entró en el cielo sin aquel malvado que lo mató. Puesto que intercedió de ese modo por su enemigo, ¿habría podido odiar jamás a Abû Bekr? Dios no crea un mundo nuevo con más facilidad que un amigo como Ali para Abû Bekr. Por más que digas que Ali fue tratado injustamente al ser apartado del califato, puesto que es el león de Dios y es como una corona sobre la cabeza, no se lo habría podido tratar injustamente. Sabe esto, ¡oh hijo mío!
Mahomet fue a un lugar situado más abajo del camino y ordenó que trajeran agua del pozo para el ejército. Un hombre fue, regresó a toda prisa y dijo: «El pozo está lleno de sangre, y no hay agua». Mahomet dijo: «Creo que es porque Ali, lleno de la pena que siente, ha confiado sus secretos a este pozo. El pozo no tuvo fuerzas para oír esos secretos, y por eso está lleno de sangre y no de agua». Aquel cuyo corazón se agitaba con una emoción semejante, ¿cómo habría podido tener la malicia de una hormiga?
Tu alma se debate en el fanatismo; pero no era así Ali. Guarda, pues, silencio; no compares a Ali contigo, pues este amigo de la verdad (Dios) estaba sumergido en Dios (La verdad). Estaba completamente absorbido en sus deberes y sentía aversión por todo lo imaginario. Si Ali hubiera sido como tú, lleno de enemistad, habría librado batalla contra el ejército de Mahomet. Fue más valiente que tú y, sin embargo, no combatió con nadie. ¡Cosa asombrosa! Si Abû Bekr no estaba en la verdad, Ali, que sí lo estaba, debía, por tanto, reclamar el califato. Como el ejército de la madre de los creyentes (Aïcha) no buscaba vengarse de Ali por motivos religiosos, sino por otros motivos, necesariamente Ali, al ver semejante combate y semejante confusión, rechazó por la fuerza a esas tropas. Aïcha, que era capaz de combatir contra la hija de Mahomet, bien podía combatir contra el padre de esta.
¡Oh, hijo mío! No tienes idea de lo que es Ali; solo ves las letras ain, yé y lam, que forman su nombre. Estás impaciente por amor a tu propia vida, y él estaba dispuesto a entregar al viento cien vidas.
Cuando mataban a uno de los compañeros de Mahoma, el impetuoso Ali se afligía mucho. «¿Por qué —decía— no me matan también a mí? Mi vida, aunque me sea querida, es vil a mis ojos». Alguien le dijo: «¿De qué te quejas, oh Ali, puesto que el rey (Dios) Te ha guardado como en depósito?»
Un día, Bilal recibió en alguna parte de su débil cuerpo numerosos golpes de leños y correas de cuero. La sangre le brotó en abundancia a causa de los golpes, y, sin embargo, no dejaba de exclamar: «¡Dios es único! ¡Dios es único!»
Cuando mataban a uno de los compañeros de Mahoma, el impetuoso Ali se afligía mucho. «¿Por qué —decía— no me matan también a mí? Mi vida, aunque me sea querida, es vil a mis ojos». Alguien le dijo: «¿De qué te quejas, oh Ali, puesto que el rey (Dios) Te ha guardado como en depósito?»
Un día, Bilal recibió en alguna parte de su débil cuerpo numerosos golpes de leños y correas de cuero. La sangre le brotó en abundancia a causa de los golpes, y, sin embargo, no dejaba de exclamar: «¡Dios es único! ¡Dios es único!»
Si de pronto se presentara ante ti un océano de ignominia, no quedaría ni amor ni odio en tu camino. Quien está afligido por la mano del envilecimiento se equivoca al permanecer en tales condiciones. Puesto que esas personas eran así, ¿por qué tú eres diferente? ¿Hasta cuándo permanecerás sumido en el asombro? Tu lengua ha aumentado el número de los adoradores de ídolos; ha herido a los Compañeros del Profeta. Ennegreces tu diwan con la abundancia de palabras y, por el contrario, te llevas la bola del mazo si refrenas la lengua.
Dios Altísimo dijo una vez al íntegro David: «Anuncia esto de Mi parte a Mis siervos, a saber: ¡Oh puñado de tierra! Si no tuviera como recompensa y castigo ni el cielo ni el infierno, ¿no os resultaría desagradable servirme? Si no hubiera ni luz ni fuego, ¿os ocuparíais de Mí? Pero, puesto que merezco el respeto supremo, debéis adorarme entonces sin esperanza ni temor; y, sin embargo, si no os movieran la esperanza o el temor, ¿pensaríais en Mí? No obstante, conviene que, puesto que siempre soy vuestro Señor, Me adoréis desde el fondo del corazón. Di, pues, a Mis siervos que retiren la mano de todo lo que no sea Yo y que Me adoren como merezco».
Dios Altísimo dijo una vez al íntegro David: «Anuncia esto de Mi parte a Mis siervos, a saber: ¡Oh puñado de tierra! Si no tuviera como recompensa y castigo ni el cielo ni el infierno, ¿no os resultaría desagradable servirme? Si no hubiera ni luz ni fuego, ¿os ocuparíais de Mí? Pero, puesto que merezco el respeto supremo, debéis adorarme entonces sin esperanza ni temor; y, sin embargo, si no os movieran la esperanza o el temor, ¿pensaríais en Mí? No obstante, conviene que, puesto que siempre soy vuestro Señor, Me adoréis desde el fondo del corazón. Di, pues, a Mis siervos que retiren la mano de todo lo que no sea Yo y que Me adoren como merezco».
Rechaza por completo todo lo que no sea yo, quémalo después y reúne sus cenizas; luego esparce esas cenizas para que el viento de la excelencia las disperse y no quede rastro de ellas. Cuando hayas obrado así, lo que buscas se manifestará entonces de esas cenizas. Si Dios permite que te ocupes de la eternidad y de las huríes, sabe con certeza que Él te ha alejado de Sí mismo.
Un día, Mahmûd llamó a su favorito Ayâz; le entregó su corona, lo hizo sentar en su trono y le dijo: «Te doy mi reino y mi ejército; reina, porque este país es tuyo. Deseo que ejerzas la realeza y que pongas al servicio de la esclavitud a la Luna y al Pez».
Un día, Mahmûd llamó a su favorito Ayâz; le entregó su corona, lo hizo sentar en su trono y le dijo: «Te doy mi reino y mi ejército; reina, porque este país es tuyo. Deseo que ejerzas la realeza y que pongas al servicio de la esclavitud a la Luna y al Pez».
Cuando todos los que formaban el ejército de Mahmûd, tanto jinetes como infantes, hubieron oído estas palabras, sus ojos se nublaron por efecto de los celos. «Jamás en el mundo —exclamaron— un rey ha honrado tanto a un esclavo». Por su parte, el inteligente Ayâz se puso a llorar copiosamente al enterarse de la voluntad del sultán; pero todos le dijeron: «Estás loco, no sabes lo que haces, careces de inteligencia. Puesto que has alcanzado la realeza, tú, que no eres más que un esclavo, ¿por qué lloras? Siéntate y conténtate». Ayâz les respondió sin vacilar: «Están lejos del camino de la verdad, pues no comprenden que el rey de la gran asamblea me despide así, lejos de Su presencia. Me da una ocupación para que permanezca separado de Él, en medio del ejército. Quiere que gobierne Su reino, pero yo no quiero alejarme del rey ni un solo instante. Quiero obedecerle, pero no quiero dejarlo. ¿Qué me importa su reino y su gobierno? Mi felicidad consiste en ver Su rostro».
Si estudias las cosas espirituales y conoces la verdad, aprende de Ayâz la manera de servir a Dios. ¡Oh tú, que has permanecido ocioso noche y día, ocupado solo de tus primeros deseos vulgares, mientras que cada noche, como para darte ejemplo, oh ambicioso, Ayâz desciende de la cima del poder! En cuanto a ti, no sientes deseo espiritual ni de noche ni de día, y no te mueves de tu sitio, como un hombre sin instrucción. Ayâz desciende de lo alto de la excelencia, y tú has llegado después y te has quedado en guardia. ¡Ay! No eres el hombre que hace falta. ¿A quién podrás contarle, al fin, tu dolor? Mientras el paraíso y el infierno estén en tu camino, ¿cómo conocerá tu espíritu el secreto que te anuncio? Pero cuando dejes estas dos cosas, la aurora de este misterio surgirá de la noche. El jardín del paraíso no es, por lo demás, para los indiferentes, pues el empíreo está reservado a la gente de corazón. En cuanto a ti, renuncia, como la gente espiritual, a uno y otro, y sigue adelante sin apegarles tu corazón. Cuando hayas renunciado a ellos y permanezcas apartado de ellos, aunque fueras mujer, te convertirás en un hombre espiritual.
Râbiah dijo un día a Dios: «¡Oh Tú, que conoces el secreto de las cosas! Cumple los deseos mundanos de mis enemigos y concede a mis amigos la eternidad de la vida futura; pero, en cuanto a mí, soy libre de estas dos cosas. Si poseyera este mundo o el futuro, me importaría poco estar en intimidad Contigo. Pero solo a Ti, oh Dios mío, necesito; Tú me bastas. Si volviera la mirada hacia los dos mundos, o si deseara algo distinto de Ti, me consideraría infiel».
Quien posee a Dios lo posee todo; se tiende para Él un puente sobre los siete océanos. Todo lo que existe y todo lo que existirá es alegórico, salvo el Señor excelente. Encontrarás lo semejante a todo lo que buscas, excepto a Él solo; en cuanto a Él, no tiene igual y existe necesariamente.
Quien posee a Dios lo posee todo; se tiende para Él un puente sobre los siete océanos. Todo lo que existe y todo lo que existirá es alegórico, salvo el Señor excelente. Encontrarás lo semejante a todo lo que buscas, excepto a Él solo; en cuanto a Él, no tiene igual y existe necesariamente.