Un anciano se quejó a su médico de sufrir dolores de cabeza. El médico respondió: «Eso se debe a la vejez». El anciano se quejó después de tener la vista débil, y el médico le dijo de nuevo que su mal se debía a la vejez. El anciano continuó diciendo que sufría de dolores de espalda, dispepsia, falta de aliento, debilidad nerviosa, incapacidad para caminar, y así sucesivamente; el médico respondió que cada uno de esos males también se debía a la vejez. Perdiendo la paciencia, el anciano dijo: «¡Oh, necio, no sabes que Dios ha dispuesto un remedio para cada mal!». El médico respondió: «Esa ira y esa irritabilidad también son síntomas de la vejez. Como todos tus miembros están débiles, has perdido el dominio de ti mismo y te enojas por cada palabra».
Las malas disposiciones siempre producen malas acciones.
Las malas disposiciones siempre producen malas acciones.
Los insensatos alaban y ensalzan la mezquita,
mientras se empeñan en oprimir a los hombres de corazón puro.
Pero la primera no es más que forma; los segundos son espíritu y verdad.
La única mezquita verdadera es la que se encuentra en el corazón de los santos.
La mezquita edificada en el corazón de los santos
es el lugar de culto de todos, porque Dios mora allí.
Mientras el corazón de los santos no esté afligido,
Dios jamás destruye a la nación.
Nuestros antepasados alzaron la mano contra los profetas;
al ver sus cuerpos, los tomaron por hombres ordinarios.
Las costumbres de aquellos hombres de antaño también habitan en ti;
¿cómo podrías no temer actuar como ellos?
Las costumbres de esos ingratos permanecen en ti,
tu cántaro no siempre volverá intacto del pozo.
Puesto que todos esos malos signos se manifiestan en ti,
y eres uno con esos hombres, ¿cómo podrías escapar de ello?
mientras se empeñan en oprimir a los hombres de corazón puro.
Pero la primera no es más que forma; los segundos son espíritu y verdad.
La única mezquita verdadera es la que se encuentra en el corazón de los santos.
La mezquita edificada en el corazón de los santos
es el lugar de culto de todos, porque Dios mora allí.
Mientras el corazón de los santos no esté afligido,
Dios jamás destruye a la nación.
Nuestros antepasados alzaron la mano contra los profetas;
al ver sus cuerpos, los tomaron por hombres ordinarios.
Las costumbres de aquellos hombres de antaño también habitan en ti;
¿cómo podrías no temer actuar como ellos?
Las costumbres de esos ingratos permanecen en ti,
tu cántaro no siempre volverá intacto del pozo.
Puesto que todos esos malos signos se manifiestan en ti,
y eres uno con esos hombres, ¿cómo podrías escapar de ello?