Tamaño del texto
Lección 341

Solo puedo atacar mi propia impecabilidad, Y es solo eso lo que me mantiene a salvo.

Y es solo eso lo que me mantiene a salvo. Padre, Tu Hijo es santo. Yo soy aquel sobre quien sonríes con un amor y una ternura tan profundos, queridos y quietos que el universo Te devuelve la sonrisa y comparte Tu santidad. Qué puros, qué seguros, qué sagrados somos, pues, morando en Tu Sonrisa, con todo Tu amor derramado sobre nosotros, viviendo uno contigo, en una fraternidad y una Paternidad completas; en una impecabilidad tan perfecta que el Señor de la Impecabilidad nos concibe como Su Hijo, un universo de Pensamiento que Lo completa.

No ataquemos, pues, nuestra impecabilidad. Pues contiene la Palabra de Dios para nosotros, y en su bondadoso reflejo somos salvados.

✨ Resumen y puesta en práctica

Solo puedes atacar tu propia impecabilidad, y es ella la que te mantiene a salvo.

El Hijo de Dios es santo. Eres aquel a quien Dios sonríe con una ternura y un amor tan grandes, tan profundos y tan calmos, que el universo Le sonríe a su vez. Qué puro eres, entonces, qué a salvo estás, qué santo eres, tú que moras en Su sonrisa. Eres tan perfectamente impecable que el Señor de la Impecabilidad te concibe como Su hijo. Así que no ataques tu impecabilidad, pues contiene la Palabra de Dios dada a ti.

La verdad esencial es que no puedes realmente atacar tu impecabilidad, pero puedes creer que lo haces. Cuando te juzgas, cuando te condenas, cuando te sientes culpable, atacas tu naturaleza impecable. Pero ese ataque es una ilusión, pues la impecabilidad no puede ser dañada. Sin embargo, creer que puedes atacarla te causa un gran sufrimiento. La solución es simple: deja de atacar lo que Dios creó perfecto. Reconoce que eres santo y vive desde esa santidad.

Esta lección es el complemento de la lección anterior sobre la seguridad. Si tu impecabilidad te protege, atacarla te hace vulnerable. Las lecciones anteriores te enseñaron a no herirte, a no juzgarte. Aquí comprendes por qué: todo ataque contra ti mismo es un ataque contra la santidad de Dios en ti. El suave reflejo de tu impecabilidad es tu salvación. Es en ese reflejo donde eres salvado, pues al ver tu pureza, te ves tal como Dios te creó.

Para poner en práctica esta lección, hoy, niégate a atacarte. Cada vez que se presente un pensamiento de autocrítica, de culpa o de indignidad, detenlo. Di: "No ataco mi impecabilidad. Soy santo, soy puro, soy amado." Luego elige un pensamiento de amor hacia ti mismo. Trátate con la misma dulzura con que tratarías a un niño al que amas. Verás que la culpa se desvanece cuando dejas de atacarte. En su lugar, se instala una paz suave y profunda.

Eres santo e impecable. Nunca ataques esta verdad, pues es tu seguridad y tu alegría.

Inscribirme para recibir las lecciones cada día por correo o Telegram y gestionar mis preferencias

Me inscribo gratis →
Preguntar a Un Curso de Milagros