Cuando esto se entienda firmemente y se mantenga en plena consciencia, no intentarás hacerte daño, ni harás de tu cuerpo un esclavo de la venganza. No te atacarás a ti mismo, y comprenderás que atacar a otro no es sino atacarte a ti mismo. Estarás libre de la insana creencia de que atacar a un hermano te salva a ti. Y comprenderás que su seguridad es la tuya, y que en su curación tú eres sanado.
Quizá al principio no comprendas cómo la misericordia, ilimitada y con todas las cosas sostenidas en su segura protección, puede hallarse en la idea que practicamos hoy. De hecho, puede parecer una señal de que el castigo nunca puede evitarse, porque el ego, bajo lo que ve como amenaza, se apresura a citar la verdad para salvar sus mentiras. Pero necesariamente fracasa en comprender la verdad que usa de ese modo. Pero tú puedes aprender a ver estas aplicaciones necias y negar el significado que parecen tener.
Así enseñas también a tu mente que no eres un ego. Pues los modos en que el ego quisiera distorsionar la verdad ya no te engañarán. No creerás que eres un cuerpo que ha de ser crucificado. Y verás en la idea de hoy la luz de la resurrección, mirando más allá de todos los pensamientos de crucifixión y de muerte hacia pensamientos de liberación y de vida.
La idea de hoy es un paso que damos para conducirnos de la esclavitud al estado de perfecta libertad. Demos este paso hoy para que podamos recorrer rápidamente el camino que la salvación nos muestra, dando cada paso en su secuencia señalada a medida que la mente abandona sus cargas una por una. No es tiempo lo que necesitamos para esto. Es solo disposición. Y lo que parecería necesitar mil años puede hacerse fácilmente en un solo instante por la gracia de Dios.
El pensamiento sombrío y desesperanzado de que puedes atacar a otros y escapar tú mismo te ha clavado en la cruz. Quizá parecía ser la salvación. Pero meramente representaba la creencia de que el miedo a Dios es real. ¿Y qué es eso sino el infierno? ¿Quién podría creer que su Padre es su enemigo mortal, separado de él y a la espera de destruir su vida y borrarlo del universo, sin el miedo al infierno en su corazón?
Tal es la forma de locura que crees, si aceptas el pensamiento temible de que puedes atacar a otro y ser libre tú mismo. Hasta que esta forma cambie, no hay esperanza. Hasta que veas que esto, al menos, debe ser enteramente imposible, ¿cómo podría haber escape? El miedo a Dios es real para cualquiera que piense que este pensamiento es verdadero. Y no percibirá su necedad, ni siquiera verá que está ahí de modo que sea posible cuestionarlo.
Para cuestionarlo en absoluto, su forma debe ser cambiada primero al menos lo suficiente para permitir que el miedo a la represalia disminuya, y que la responsabilidad te sea devuelta hasta cierto punto. Desde ahí puedes al menos considerar si quieres seguir por este doloroso camino. Hasta que se haya logrado este cambio, no puedes percibir que son solo tus pensamientos los que te traen miedo, y que tu liberación depende de ti.
Nuestros próximos pasos serán fáciles, si das este hoy. Desde ahí avanzamos con bastante rapidez. Pues una vez que comprendas que es imposible que se te dañe salvo por tus propios pensamientos, el miedo a Dios debe desaparecer. Ahora no crees que el miedo sea causado desde fuera. Y Dios, a Quien habías pensado desterrar, puede ser acogido de nuevo dentro de la santa mente que nunca abandonó.
El canto de la salvación puede ciertamente oírse en la idea que practicamos hoy. Si solo puedes ser tú a quien crucifiques, no hiciste daño al mundo y no necesitas temer su venganza y persecución. Ni necesitas esconderte aterrado del mortal miedo a Dios tras el cual se oculta la proyección. Lo que más temes es tu salvación. Eres fuerte y es fuerza lo que quieres. Y eres libre, y te alegras de la libertad. Has procurado ser débil y estar atado, porque temías tu fuerza y tu libertad. Sin embargo, la salvación está en ellas.
Hay un instante en que el terror parece apoderarse de tu mente tan por completo que el escape parece del todo desesperado. Cuando te das cuenta, de una vez por todas, de que eres a ti a quien temes, la mente se percibe a sí misma como escindida. Y esto había estado oculto mientras creías que el ataque podía dirigirse hacia fuera y volver del exterior hacia dentro. Parecía haber un enemigo fuera de ti al que debías temer. Y así un dios fuera de ti mismo se convirtió en tu enemigo mortal, la fuente del miedo.
Ahora, por un instante, se percibe dentro de ti a un asesino, ávido de tu muerte, empeñado en urdir castigos para ti hasta el momento en que por fin pueda matarte. Sin embargo, en este instante es también cuando llega la salvación. Pues el miedo a Dios ha desaparecido. Y puedes invocarlo para que te salve de las ilusiones en Su Amor, llamándolo Padre y a ti mismo Su Hijo. Ruega que el instante llegue pronto, hoy. Retrocede ante el miedo y avanza hacia el amor.
No hay Pensamiento de Dios que no vaya contigo para ayudarte a alcanzar ese instante y a ir más allá de él con rapidez, con seguridad y para siempre. Cuando el miedo a Dios haya desaparecido, no quedan obstáculos entre tú y la santa paz de Dios. ¡Qué bondadosa y misericordiosa es la idea que practicamos! Acógela, como debes, pues es tu liberación. Es en verdad solo a ti a quien tu mente puede tratar de crucificar. Pero tu redención también vendrá de ti.
✨ Resumen y puesta en práctica
Cuando atacas a otro, es a ti a quien hieres.
Cuando esta lección sea firmemente comprendida y mantenida en plena conciencia, ya no intentarás hacerte daño a ti mismo ni hacer de tu cuerpo esclavo de la venganza. Ya no te atacarás, porque comprenderás que atacar a otro no es sino atacarte a ti mismo. Serás libre de la insana creencia de que atacar a tu hermano puede salvarte. Comprenderás que su seguridad es la tuya, y que en su curación tú te curas.
Las maneras en que el ego querría deformar la verdad ya no te engañarán. Ya no creerás que eres un cuerpo que hay que crucificar. Verás en la idea de hoy la luz de la resurrección, que mira más allá de todos los pensamientos de crucifixión y de muerte hacia los pensamientos de liberación y de vida.
Lo que parecería requerir mil años puede hacerse en un solo instante por la gracia de Dios. El lúgubre pensamiento de que puedes atacar a los demás y escapar tú mismo es la fuente de toda angustia. Pero ese pensamiento no es verdadero. Todo lo que haces a otro, te lo haces a ti mismo. Si atacas, eres tú quien sufre.
Puesta en práctica:
Hoy, cada vez que te sientas tentado de atacar, aunque sea en pensamiento, detente y recuerda: «Lo que hago a este hermano, me lo hago a mí mismo». Elige una palabra suave, un silencio comprensivo o una mirada de perdón. Observa la paz que te invade cuando eliges no atacar. No estás perdiendo un combate: te estás ofreciendo la libertad. Cada ataque contenido es un paso más hacia tu propia resurrección.
El dolor que causas a otro nunca está separado del tuyo: al cuidar de tu hermano, cuidas de ti mismo, porque sois uno solo.
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