Confiar en tus hermanos es esencial para establecer y sostener tu fe en tu capacidad de trascender la duda y la falta de convicción segura en ti mismo. Cuando atacas a un hermano, proclamas que está limitado por lo que has percibido en él. No miras más allá de sus errores. Más bien, estos se magnifican, convirtiéndose en bloqueos para tu conciencia del Ser que yace más allá de tus propios errores, y más allá de sus aparentes pecados así como de los tuyos.
La percepción tiene un foco. Es esto lo que da coherencia a lo que ves. Cambia solo este foco, y lo que contemplas cambiará en consecuencia. Tu visión se desplazará ahora para apoyar la intención que ha reemplazado a la que sostenías antes. Retira tu foco de los pecados de tu hermano, y experimentarás la paz que viene de la fe en la impecabilidad. Esta fe recibe su único apoyo seguro de lo que ves en otros más allá de sus pecados. Pues sus errores, si te centras en ellos, son testigos de pecados en ti. Y no trascenderás su vista ni verás la impecabilidad que yace más allá.
Por lo tanto, al practicar hoy, dejamos primero que todos esos pequeños focos cedan ante nuestra gran necesidad de hacer evidente nuestra impecabilidad. Instruimos a nuestras mentes que es esto lo que buscamos y solo esto, por un breve rato. No nos importan nuestras metas futuras, y lo que veíamos un instante antes no nos concierne dentro de este intervalo de tiempo en el cual practicamos cambiar nuestra intención. Buscamos la inocencia y nada más. La buscamos sin más preocupación que el ahora.
Un peligro importante para el éxito ha sido el apego a tus metas pasadas y futuras. Has estado bastante preocupado por cuán extremadamente diferentes son las metas que este curso aboga de las que sostenías antes. Y también te ha desalentado el pensamiento deprimente y restrictivo de que, aunque tuvieras éxito, perderás inevitablemente tu camino de nuevo. ¿Cómo podría importar esto? Pues el pasado se ha ido; el futuro es solo imaginado. Estas preocupaciones no son sino defensas contra el cambio presente de foco en la percepción. Nada más.
Dejamos a un lado estas limitaciones sin sentido por un breve rato. No miramos a creencias pasadas, y lo que creeremos no se inmiscuirá en nosotros ahora. Entramos en el tiempo de práctica con una intención; mirar la impecabilidad que hay dentro. Reconocemos que hemos perdido esta meta si el enojo bloquea nuestro camino de cualquier forma. Y si los pecados de un hermano se nos ocurren, nuestro foco estrechado restringirá nuestra vista y volverá nuestros ojos hacia nuestros propios errores, que magnificaremos y llamaremos nuestros pecados.
Así, por un breve rato, sin atender al pasado ni al futuro, si surgieran tales bloqueos, los trascenderemos con instrucciones a nuestras mentes de que cambien su foco, mientras decimos:
No es esto lo que querría mirar.
Confío en mis hermanos, que son uno conmigo.
Y usaremos también estos pensamientos para mantenernos a salvo durante todo el día. No buscamos metas a largo plazo. Cuando cada obstrucción parezca bloquear la visión de nuestra impecabilidad, buscamos solo un respiro de un instante de la desdicha que traerá el foco en el pecado, y que sin corrección permanecerá.
Ni pedimos fantasías. Pues lo que buscamos mirar está realmente ahí. Y a medida que nuestro foco vaya más allá de los errores, contemplaremos un mundo totalmente impecable. Cuando ver esto sea todo lo que queramos ver, cuando esto sea todo lo que busquemos en nombre de la verdadera percepción, los ojos de Cristo serán inevitablemente nuestros. Y el amor que Él siente por nosotros se convierte también en el nuestro. Esto será lo único que veamos reflejado en el mundo y en nosotros mismos.
El mundo que una vez proclamó nuestros pecados se convierte en la prueba de que somos impecables. Y nuestro amor por todos a quienes miramos atestigua nuestro recuerdo del santo Ser que no conoce pecado, y nunca podría concebir nada sin Su impecabilidad. Buscamos este recuerdo al volver nuestras mentes a la práctica de hoy. No miramos ni hacia delante ni hacia atrás. Miramos directamente al presente. Y damos nuestra confianza a la experiencia que pedimos ahora. Nuestra impecabilidad no es sino la Voluntad de Dios. Este instante es nuestro querer uno con el Suyo.
✨ Resumen y puesta en práctica
Confía en tus hermanos, son tú mismo.
Esta lección te enseña algo muy importante: para tener confianza en ti mismo y superar la duda que te habita, debes primero confiar en tus hermanos. Cuando atacas a alguien, ya sea con una palabra, un pensamiento o un juicio, anuncias que esa persona está limitada por lo que has percibido en ella. de otro, experimentamos la paz nacida de la fe en la impecabilidad. Los ejercicios consisten en dejar que los pequeños puntos de.
La percepción funciona como un proyector: tiene un punto de mira que da coherencia a todo lo que ves. Si cambias solamente ese punto de mira, todo lo que ves cambia también. Deja de concentrarte en los pecados de tu hermano, y experimentarás la paz que viene de la fe en la impecabilidad.
Así es como puedes practicar hoy: deja primero que todos esos pequeños puntos de mira den lugar a tu gran necesidad de dejar que tu impecabilidad se haga visible. Instruye a tu mente en que es eso lo que buscas, y solo eso, apenas por un pequeño momento. No te preocupes por tus metas futuras. Al integrar esta sabiduría, transformas cada instante en una ocasión de regreso a la paz verdadera.
Puesta en práctica:
Hoy, tómate tres veces cinco minutos para sentarte con calma. Repite la idea del día y deja que tu mente descanse en el pensamiento de que tus hermanos son inocentes. Cuando surja un pensamiento de juicio contra alguien, dite suavemente: «Dejo que este punto de mira dé lugar a la paz». Observa cómo cambia tu percepción de esa persona cuando dejas de concentrarte en sus errores.
Recuerda: tu confianza en tus hermanos no es otra cosa que la confianza que Dios ha puesto en ti, porque sois uno solo en la verdad de vuestra creación.
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