Tú que te sientes amenazado por este mundo cambiante, sus vaivenes de fortuna y sus burlas amargas, sus relaciones breves y todos los dones que solo presta para volver a quitarlos, atiende bien esta lección. El mundo no proporciona seguridad. Está enraizado en el ataque, y todos sus dones de aparente seguridad son engaños ilusorios. Ataca y luego vuelve a atacar. No es posible paz mental alguna donde el peligro amenaza así.
El mundo solo da lugar a la actitud defensiva. Pues la amenaza trae enojo, el enojo hace que el ataque parezca razonable, honestamente provocado y justo en nombre de la defensa propia. Pero la actitud defensiva es una doble amenaza. Pues atestigua debilidad, y establece un sistema de defensa que no puede funcionar. Ahora los débiles quedan aún más socavados, pues hay traición fuera y una traición aún mayor dentro. La mente está ahora confundida, y no sabe adónde volverse para encontrar escape de sus imaginaciones.
Es como si un círculo la sujetara con firmeza, dentro del cual otro círculo la atara, y otro dentro de ese, hasta que ya no se puede esperar ni obtener escape. Ataque, defensa; defensa, ataque, se convierten en los círculos de las horas y de los días que atan la mente con pesadas bandas de acero recubiertas de hierro, volviendo solo para empezar de nuevo. Parece no haber interrupción ni fin en la presa cada vez más estrecha del encarcelamiento sobre la mente.
Las defensas son el más costoso de todos los precios que el ego exigiría. En ellas yace la locura en una forma tan sombría que la esperanza de cordura parece ser solo un sueño ocioso, más allá de lo posible. La sensación de amenaza que el mundo fomenta es mucho más profunda y está mucho más allá del frenesí y de la intensidad que puedes concebir, de modo que no tienes idea de toda la devastación que ha causado. Eres su esclavo. No sabes lo que haces por miedo a ella. No comprendes cuánto se te ha hecho sacrificar a ti, que sientes su presa de hierro sobre tu corazón.
No te das cuenta de lo que has hecho para sabotear la santa paz de Dios con tu actitud defensiva. Pues contemplas al Hijo de Dios como una mera víctima del ataque de fantasías, de sueños y de ilusiones que él mismo ha hecho; sin embargo impotente en su presencia, necesitado solo de la defensa de aún más fantasías y sueños con los que las ilusiones de su seguridad lo consuelan.
La indefensión es fortaleza. Atestigua el reconocimiento del Cristo en ti. Quizá recuerdes que el curso sostiene que la elección se hace siempre entre Su fortaleza y tu propia debilidad vista aparte de Él. La indefensión nunca puede ser atacada porque reconoce una fortaleza tan grande que atacar es una necedad, o un juego tonto que un niño cansado podría jugar cuando tiene tanto sueño que olvida lo que quiere.
La actitud defensiva es debilidad. Proclama que has negado a Cristo y llegado a temer la ira de Su Padre. ¿Qué puede salvarte ahora de tu delirio de un dios airado cuya temible imagen crees ver actuando en todos los males del mundo? ¿Qué sino ilusiones podría defenderte ahora, cuando son solo ilusiones lo que combates?
Hoy no jugaremos a juegos tan pueriles. Pues nuestro verdadero propósito es salvar al mundo, y no cambiaríamos por necedad la alegría sin fin que nos ofrece nuestra función. No dejaríamos que nuestra felicidad se escape porque un fragmento insensato de un sueño haya cruzado por nuestras mentes, y hayamos confundido las figuras que hay en él con el Hijo de Dios; su diminuto instante con la eternidad.
Miramos más allá de los sueños hoy, y reconocemos que no necesitamos defensa alguna porque hemos sido creados inatacables, sin ningún pensamiento, deseo ni sueño en el que el ataque tenga significado. Ahora no podemos temer, pues hemos dejado atrás todos los pensamientos de miedo. Y en la indefensión nos mantenemos seguros, serenamente ciertos de nuestra seguridad ahora, seguros de la salvación; seguros de que cumpliremos nuestro propósito elegido a medida que nuestro ministerio extiende su santa bendición por el mundo.
Quédate quieto un momento, y piensa en silencio cuán santo es tu propósito, cuán seguro descansas, intocable dentro de su luz. Los ministros de Dios han elegido que la verdad esté con ellos. ¿Quién es más santo que ellos? ¿Quién podría estar más seguro de que su felicidad está plenamente garantizada? ¿Y quién podría estar más poderosamente protegido? ¿Qué defensa podría posiblemente necesitarse por quienes están entre los elegidos de Dios por Su elección y también por la suya propia?
Es la función de los ministros de Dios ayudar a sus hermanos a elegir como ellos lo han hecho. Dios ha elegido a todos, pero pocos han llegado a darse cuenta de que Su Voluntad es sencillamente la suya. Y mientras no enseñes lo que has aprendido, la salvación espera, y la oscuridad mantiene al mundo en un sombrío encarcelamiento. Ni aprenderás que la luz ha venido a ti, y que tu escape se ha logrado. Pues no verás la luz hasta que la ofrezcas a todos tus hermanos. Al tomarla ellos de tus manos, así la reconocerás como tuya.
La salvación puede pensarse como un juego que juegan niños felices. Fue diseñado por Uno que ama a Sus hijos, y que reemplazaría sus temibles juguetes con juegos alegres que les enseñan que el juego del miedo ha terminado. Su juego instruye en la felicidad porque no hay perdedor. Todos los que juegan deben ganar, y en su ganancia queda asegurado el beneficio de todos. El juego del miedo se deja gustosamente a un lado cuando los niños llegan a ver los beneficios que trae la salvación.
Tú que has jugado a estar perdido para la esperanza, abandonado por tu Padre, dejado solo en el terror en un mundo temible vuelto loco por el pecado y la culpa, sé feliz ahora. Ese juego ha terminado. Ahora ha llegado un tiempo de quietud en el que guardamos los juguetes de la culpa, y encerramos para siempre nuestros pintorescos y pueriles pensamientos de pecado lejos de las mentes puras y santas de los hijos del Cielo y del Hijo de Dios. Hacemos una pausa solo un momento más, para jugar nuestro último juego feliz sobre esta tierra. Y luego vamos a ocupar nuestro lugar legítimo donde mora la verdad y los juegos carecen de sentido.
Así termina la historia. Que este día acerque el último capítulo al mundo, para que todos aprendan que los relatos que lee de destino aterrador, de derrota de todas sus esperanzas, de su lastimosa defensa contra una venganza de la que no puede escapar, no fueron sino su propia fantasía delirante. Los ministros de Dios han venido a despertarlo de los oscuros sueños que esta historia ha evocado en su confusa y desconcertada memoria de este relato distorsionado. El Hijo de Dios puede sonreír por fin, al saber que no es verdad.
Hoy practicamos de una forma que mantendremos durante bastante tiempo. Comenzaremos cada día dando nuestra atención al pensamiento diario durante el mayor tiempo posible. Cinco minutos es ahora lo mínimo que damos a la preparación de un día en que la salvación es la única meta que tenemos. Diez sería mejor; quince, mejor aún. Y a medida que dejen de surgir distracciones que nos desvíen de nuestro propósito, descubriremos que media hora es un tiempo demasiado corto para pasarlo con Dios. Ni daremos de buen grado menos por la noche, con gratitud y alegría.
Cada hora añade a nuestra creciente paz, a medida que recordamos ser fieles a la Voluntad que compartimos con Dios. A veces, quizá, un minuto, o incluso menos, será lo máximo que podamos ofrecer cuando den las horas. A veces olvidaremos. Otras veces los asuntos del mundo se cerrarán sobre nosotros, y no podremos apartarnos un rato y volver nuestros pensamientos a Dios.
Pero cuando podamos, observaremos nuestra confianza como ministros de Dios en el recuerdo cada hora de nuestra misión y de Su Amor. Y nos sentaremos en silencio a esperarlo y a escuchar Su Voz, y aprenderemos lo que Él querría que hiciéramos la hora que está por venir; mientras Le damos las gracias por todos los dones que nos dio en la que ya pasó.
Con el tiempo, con la práctica, nunca dejarás de pensar en Él, y oirás Su amorosa Voz guiar tus pasos hacia caminos tranquilos donde andarás en verdadera indefensión. Pues sabrás que el Cielo va contigo. Ni querrías mantener tu mente lejos de Él un momento, aunque tu tiempo se dedique a ofrecer la salvación al mundo. ¿Piensas que Él no hará esto posible para ti, que elegiste llevar a cabo Su plan para la salvación del mundo y del tuyo?
Hoy nuestro tema es nuestra indefensión. Nos vestimos con ella al prepararnos para recibir el día. Nos levantamos fuertes en Cristo, y dejamos que nuestra debilidad desaparezca al recordar que Su fortaleza mora en nosotros. Nos recordaremos que Él permanece a nuestro lado durante el día, y nunca deja nuestra debilidad sin el apoyo de Su fortaleza.
Invocamos Su fortaleza cada vez que sentimos que la amenaza de nuestras defensas socava nuestra certeza de propósito. Haremos una pausa de un momento, mientras Él nos dice: Estoy aquí. Tu práctica empezará ahora a adquirir la seriedad del amor para ayudarte a evitar que tu mente se desvíe de su intención.
No tengas miedo ni timidez. No puede haber duda de que alcanzarás tu meta final. Los ministros de Dios nunca pueden fracasar, porque el amor, la fortaleza y la paz que brillan desde ellos hacia todos sus hermanos vienen de Él. Estos son Sus dones para ti. La indefensión es todo lo que necesitas darle a cambio. Solo dejas a un lado lo que nunca fue real, para mirar a Cristo y ver Su impecabilidad.
✨ Resumen y puesta en práctica
Suelta las armas, encuentra la paz.
Te sientes amenazado por este mundo cambiante y sus promesas engañosas. Entonces te defiendes: construyes muros, preparas respuestas, anticipas los ataques. Pero las defensas son el precio más alto que el ego puede exigir. Te encierran en círculos concéntricos de ataque y defensa, sin salida. Porque la amenaza engendra la ira, la ira hace razonable el ataque, y el ciclo continúa. La defensa es una doble amenaza que atestigua tu debilidad.
La no-defensa es la única seguridad verdadera. Al deponer las armas, reconoces que estás más allá de toda amenaza. La no-defensa no es una vulnerabilidad: es la mayor fuerza que existe, porque no depende de ninguna protección exterior. Las defensas que construyes son intentos desesperados de ocultar la luz que eres. Pero la luz no necesita ser protegida. Brilla pase lo que pase, y nada puede apagarla.
Esta lección se apoya en la 135 (si me defiendo, soy atacado) y en la 136 (la enfermedad es una defensa). La 154 (ministro de Dios) y la 155 (ceder el paso a Dios) son aplicaciones concretas de esta no-defensa. Los repasos 172 y 173 harán la conexión. El curso te ofrece aquí un camino radicalmente distinto: en lugar de fortificarte contra el mundo, reconoces que el mundo no tiene ningún poder sobre ti.
Puesta en práctica:
Hoy, en la primera ocasión en que te sientas atacado o criticado, no respondas. No te justifiques. No te defiendas. Simplemente respira y permanece en silencio por dentro. Observa lo que ocurre. Quizá descubras que, sin tu defensa, el ataque se derrumba por sí solo. La paz que buscas está en ese soltar.
Deja las armas. Tu seguridad está en Dios, no en tus defensas.
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