Tener ideas incrustadas en el cerebro y una elevada opinión de sus costumbres singulares; romper con el mundo y apartarse de los demás; hablar en voz alta y criticar a los otros; en una palabra, comportarse como pedantes: así hacen quienes viven como anacoretas en las montañas y los valles, despreciadores de las vías comunes, los cuales terminan muriendo de hambre o ahogados en algún torrente. —
Disertar sobre la bondad y la equidad, la lealtad y la fidelidad; practicar el respeto a los demás, la sencillez, la modestia; en una palabra, imponerse restricciones en todo: así hacen quienes pretenden pacificar el mundo y corregir a los hombres, maestros ambulantes o sedentarios. — Exaltar sus méritos, trabajar para hacerse un nombre, discutir sobre los ritos y la etiqueta, querer reglamentarlo todo: así hacen quienes frecuentan las cortes, políticos en busca de un amo a quien servir, de un principado que organizar, de alianzas que mediar. —
Retirarse a la orilla de las aguas o a lugares solitarios, pescar con caña o no hacer nada: eso hacen los amantes de la naturaleza y de la ociosidad. —
Respirar con ritmo, expulsar el aire contenido en los pulmones y reemplazarlo por aire fresco, ayudar a la respiración con movimientos semejantes a los del oso que trepa o del pájaro que vuela: así hacen quienes desean vivir mucho tiempo, los imitadores de P’eng-tsou. — Todos estos son unos chiflados. Hablemos ahora de los hombres serios.
Disertar sobre la bondad y la equidad, la lealtad y la fidelidad; practicar el respeto a los demás, la sencillez, la modestia; en una palabra, imponerse restricciones en todo: así hacen quienes pretenden pacificar el mundo y corregir a los hombres, maestros ambulantes o sedentarios. — Exaltar sus méritos, trabajar para hacerse un nombre, discutir sobre los ritos y la etiqueta, querer reglamentarlo todo: así hacen quienes frecuentan las cortes, políticos en busca de un amo a quien servir, de un principado que organizar, de alianzas que mediar. —
Retirarse a la orilla de las aguas o a lugares solitarios, pescar con caña o no hacer nada: eso hacen los amantes de la naturaleza y de la ociosidad. —
Respirar con ritmo, expulsar el aire contenido en los pulmones y reemplazarlo por aire fresco, ayudar a la respiración con movimientos semejantes a los del oso que trepa o del pájaro que vuela: así hacen quienes desean vivir mucho tiempo, los imitadores de P’eng-tsou. — Todos estos son unos chiflados. Hablemos ahora de los hombres serios.
Tener aspiraciones elevadas, sin prejuicios preconcebidos; tender a la perfección, pero no según el esquema de la bondad y la equidad; gobernar sin aspirar a hacerse un nombre; no retirarse del mundo; vivir sin ejercicios respiratorios; tenerlo todo y no darle importancia a nada; atraer a todo el mundo sin hacer nada para ello: esa es la vía del Cielo y de la Tierra, la que sigue el sabio taoísta. —
Vacío, paz, contento, apatía, silencio, visión global, no intervención: esa es la fórmula del Cielo y de la Tierra, el secreto del Principio y de su virtud. El sabio taoísta actúa a semejanza de Él. Tranquilo, sencillo, desinteresado, ninguna tristeza se insinúa en su corazón, ningún deseo puede conmoverlo; su conducta es perfecta; sus espíritus vitales permanecen intactos. Durante toda su vida actúa a semejanza del Cielo; al morir, entra en la gran transformación. En reposo, comulga con el modo yin; en movimiento, con el modo yang del universo. No causa a los demás ni felicidad ni desgracia. Solo se decide a actuar cuando se ve obligado, cuando no puede hacer otra cosa. Rechaza toda ciencia, toda tradición, todo precedente. En todo imita la indiferencia oportunista del Cielo. Así, no tiene nada que sufrir, ni del Cielo, ni de los seres, ni de los hombres, ni de los fantasmas. Durante la vida navega a merced de los acontecimientos; al morir, se detiene. No piensa en el futuro ni hace planes.
Vacío, paz, contento, apatía, silencio, visión global, no intervención: esa es la fórmula del Cielo y de la Tierra, el secreto del Principio y de su virtud. El sabio taoísta actúa a semejanza de Él. Tranquilo, sencillo, desinteresado, ninguna tristeza se insinúa en su corazón, ningún deseo puede conmoverlo; su conducta es perfecta; sus espíritus vitales permanecen intactos. Durante toda su vida actúa a semejanza del Cielo; al morir, entra en la gran transformación. En reposo, comulga con el modo yin; en movimiento, con el modo yang del universo. No causa a los demás ni felicidad ni desgracia. Solo se decide a actuar cuando se ve obligado, cuando no puede hacer otra cosa. Rechaza toda ciencia, toda tradición, todo precedente. En todo imita la indiferencia oportunista del Cielo. Así, no tiene nada que sufrir, ni del Cielo, ni de los seres, ni de los hombres, ni de los fantasmas. Durante la vida navega a merced de los acontecimientos; al morir, se detiene. No piensa en el futuro ni hace planes.
Brilla sin deslumbrar; es fiel sin haberse comprometido. Durante el sueño no tiene sueños; mientras está despierto, no siente melancolía. Como sus espíritus vitales están siempre dispuestos, su alma está siempre lista para actuar. Vacío, apacible, contento, sencillo, comulga con la virtud del Cielo. —
El dolor y la alegría son igualmente vicios; el afecto y el resentimiento son asimismo excesos; quien ama u odia ha perdido el equilibrio. No conocer ni el disgusto ni el placer: he aquí la cima de la virtud; ser siempre el mismo, sin alteración: he aquí la cima de la paz; no apegarse a nada: he aquí la cima del vacío; no relacionarse con nadie: he aquí la cima de la apatía; dejar que las cosas sigan su curso, dejar que se hagan: he aquí la cima del desinterés. —
El esfuerzo muscular incesante desgasta el cuerpo; el gasto incesante de energía lo agota. Mire el agua. Por naturaleza, es pura y tranquila. Solo se vuelve impura o agitada cuando se la perturba violentamente. He aquí la imagen perfecta de la virtud del Cielo: calma espontaneidad. Pureza sin mezcla, reposo sin alteración, apatía sin acción; movimiento conforme al del Cielo, inconsciente, sin gasto de pensamiento ni de esfuerzo: he aquí lo que conserva los espíritus vitales. — El poseedor de un excelente sable de Kan-ue lo guarda cuidadosamente en una vaina y solo lo usa en las grandes ocasiones, por temor a desgastarlo en vano. Cosa extraña: la mayoría de los hombres se esfuerza menos por conservar su espíritu vital, más precioso, sin embargo, que la mejor hoja de Kan-ue.
El dolor y la alegría son igualmente vicios; el afecto y el resentimiento son asimismo excesos; quien ama u odia ha perdido el equilibrio. No conocer ni el disgusto ni el placer: he aquí la cima de la virtud; ser siempre el mismo, sin alteración: he aquí la cima de la paz; no apegarse a nada: he aquí la cima del vacío; no relacionarse con nadie: he aquí la cima de la apatía; dejar que las cosas sigan su curso, dejar que se hagan: he aquí la cima del desinterés. —
El esfuerzo muscular incesante desgasta el cuerpo; el gasto incesante de energía lo agota. Mire el agua. Por naturaleza, es pura y tranquila. Solo se vuelve impura o agitada cuando se la perturba violentamente. He aquí la imagen perfecta de la virtud del Cielo: calma espontaneidad. Pureza sin mezcla, reposo sin alteración, apatía sin acción; movimiento conforme al del Cielo, inconsciente, sin gasto de pensamiento ni de esfuerzo: he aquí lo que conserva los espíritus vitales. — El poseedor de un excelente sable de Kan-ue lo guarda cuidadosamente en una vaina y solo lo usa en las grandes ocasiones, por temor a desgastarlo en vano. Cosa extraña: la mayoría de los hombres se esfuerza menos por conservar su espíritu vital, más precioso, sin embargo, que la mejor hoja de Kan-ue.
Porque este principio de vida se extiende a todo, desde el cielo allá arriba hasta la tierra allá abajo, y a las transformaciones de todos los seres, siendo tan poco sensible que no se lo podría representar, confundiendo su acción con la del Soberano (aquí el Soberano cósmico, el alma del mundo). La integridad y la pureza son lo que conserva el alma e impide que se desgaste. En su estado de integridad y pureza, esta comulga con la regla Celeste (sinónimo del Soberano, más arriba). De ahí los siguientes aforismos: El vulgo estima la fortuna, el letrado la reputación, el sabio los cargos, el Sabio la integridad de su espíritu vital. El principio de vida es la pureza y la integridad que lo conservan. Pureza quiere decir ausencia de toda mezcla; integridad significa ausencia de toda carencia. Aquel cuyo espíritu vital es perfectamente íntegro y puro, ese es un Hombre verdadero.