Una fuerza transformadora uniforme emana del inmenso complejo del cielo y la tierra; una regla única rige a la multitud de los seres; un solo soberano gobierna a la numerosa humanidad. El poder del soberano deriva del del Principio; su persona es elegida por el Cielo; de ahí que se le llame Misterioso, como el Principio. Los soberanos de la Antigüedad, absteniéndose de toda intervención personal, dejaban que el Cielo gobernara por medio de ellos. Como el Principio actuaba por medio del soberano, sus ministros y sus funcionarios, a ese gobierno recto, justo e iluminado todos los seres respondían con sumisión absoluta. En lo más alto del universo, el primer Principio influye sobre el Cielo y la tierra, los cuales transmiten a todos los seres esa influencia, que, convertida en el mundo de los hombres en buen gobierno, hace brotar allí los talentos y las capacidades. En sentido inverso, toda prosperidad proviene del gobierno, cuya eficacia deriva del Principio, por intermedio del Cielo y la tierra. Por eso, como los antiguos soberanos no deseaban nada, el mundo vivía en la abundancia; no actuaban y todo evolucionaba; permanecían absortos en su meditación, y el pueblo se mantenía en el más perfecto orden. Esto es lo que resume así el antiguo adagio: para quien se une a la Unidad, todo prospera; ante quien no tiene intereses personales, hasta los espíritus de los difuntos se someten.
¡Qué ciertas son estas palabras del Maestro! ¡Qué grande, qué inmenso es el Principio que cubre y sostiene a todos los seres! ¡Que el soberano se guarde bien de seguir su parecer particular! La acción natural es la acción celeste; la palabra espontánea es la influencia celeste; amar a todos los hombres y hacer el bien a todos los seres es la verdadera bondad; fundir en uno todas las diferencias es la verdadera grandeza; no querer dominar a los demás en nada es la verdadera amplitud de espíritu; poseer cosas diversas sin dividir el corazón es la verdadera riqueza; seguir el influjo celeste es la continuidad en las operaciones; obrar bajo este influjo es la operación eficaz; servir de intermediario dócil al Principio es la perfección; no dejar que nada quebrante la determinación es la constancia. Que el soberano concentre en sí estos diez principios y luego los aplique al gobierno, y todo seguirá su curso normal. Que deje el oro en las rocas y las perlas en el abismo, que desprecie la riqueza y el honor, que le sea indiferente vivir muchos años o morir joven, que no se envanezca de la prosperidad ni se sienta humillado por la adversidad, que desdeñe todos los bienes del mundo, que no se gloríe de su exaltación. Que su gloria consista en haber comprendido que todos los seres forman un único complejo universal, que la muerte y la vida son dos modalidades de un mismo ser.
El Maestro dijo:
La acción del Principio por medio del Cielo es infinita en su expansión e inasible en su sutileza. Reside, imperceptible, en todos los seres, como causa de su existencia y de todas sus cualidades. Es ella la que resuena en los metales y las piedras sonoras. También está en el golpe que las hace resonar. Sin ella, nada existiría. ... El hombre que recibe de ella cualidades de rey actúa con sencillez y se abstiene de ocuparse de muchas cosas. Manteniéndose en el origen, en la fuente, unido a la unidad, conoce como los genios, por intuición en el Principio. Por consiguiente, su capacidad se extiende a todo. Cuando su espíritu sale por la puerta de un sentido, por la vista, por ejemplo, en cuanto encuentra un ser, lo capta, lo penetra, lo conoce a fondo. Pues, como los seres han llegado a existir por participación del Principio, se los conoce por participación de la virtud del Principio. Conservar los seres con pleno conocimiento de su naturaleza y actuar sobre ellos con plena inteligencia del Principio: tales son las atribuciones del ser nacido para ser rey. Aparece inesperadamente en la escena del mundo, desempeña su papel y todos los seres se entregan a él. Es que ha recibido del Principio las cualidades que hacen al rey. Ve en las tinieblas del Principio, oye el verbo mudo del Principio. Para él, la oscuridad es luz, el silencio es armonía. Capta el ser en lo más profundo del ser, y su razón de ser, en lo más alto de la abstracción, en el Principio.
La acción del Principio por medio del Cielo es infinita en su expansión e inasible en su sutileza. Reside, imperceptible, en todos los seres, como causa de su existencia y de todas sus cualidades. Es ella la que resuena en los metales y las piedras sonoras. También está en el golpe que las hace resonar. Sin ella, nada existiría. ... El hombre que recibe de ella cualidades de rey actúa con sencillez y se abstiene de ocuparse de muchas cosas. Manteniéndose en el origen, en la fuente, unido a la unidad, conoce como los genios, por intuición en el Principio. Por consiguiente, su capacidad se extiende a todo. Cuando su espíritu sale por la puerta de un sentido, por la vista, por ejemplo, en cuanto encuentra un ser, lo capta, lo penetra, lo conoce a fondo. Pues, como los seres han llegado a existir por participación del Principio, se los conoce por participación de la virtud del Principio. Conservar los seres con pleno conocimiento de su naturaleza y actuar sobre ellos con plena inteligencia del Principio: tales son las atribuciones del ser nacido para ser rey. Aparece inesperadamente en la escena del mundo, desempeña su papel y todos los seres se entregan a él. Es que ha recibido del Principio las cualidades que hacen al rey. Ve en las tinieblas del Principio, oye el verbo mudo del Principio. Para él, la oscuridad es luz, el silencio es armonía. Capta el ser en lo más profundo del ser, y su razón de ser, en lo más alto de la abstracción, en el Principio.
Situado a esa altura, completamente vacío y despojado, da a cada uno lo que le conviene. Su acción se extiende en el espacio y en el tiempo.
El emperador Hoang-ti, después de haber llegado hasta el norte del río Rojo y haber subido al monte K’ounn-lunn para examinar las regiones del Sur, perdió su perla negra (su tesoro, la noción del Principio, por haberse entregado a sus sueños ambiciosos). Mandó a Ciencia a buscarla, pero no la encontró. Investigación y Discusión tampoco la encontraron. Finalmente, Abstracción la encontró. Hoang-ti se dijo:
¿no es extraño que haya sido Abstracción quien la encontró? Ella, a quien el vulgo considera la menos práctica de las facultades.
Yao fue instruido por Hu-You, discípulo de Nie-k’ue, discípulo de Wang-i, discípulo de Pei-i. Yao, que pensaba abdicar para entregarse a la contemplación, preguntó a Hu-You:
¿Tiene Nie-k’ue lo necesario para colaborar con el Cielo (para ser emperador en mi lugar)? Si es así, haré que su maestro Wang-i le imponga el cargo.
—Eso sería, dijo Hu-You, hacer algo cuando menos arriesgado, quizá funesto. Nie-k’ue es demasiado inteligente y demasiado hábil. Aplicará al gobierno su inteligencia y su habilidad humanas, impidiendo así que el Cielo, el Principio, gobierne. Multiplicará los cargos, dará importancia a los eruditos, tomará decisiones, se preocupará por las tradiciones, se enredará en complicaciones, tendrá en cuenta la opinión, aplicará teorías a priori sobre la evolución de las cosas, etc. Este hombre es demasiado inteligente para ser emperador. Aunque, por su nobleza, esté calificado para ese puesto, por su excesiva habilidad solo sirve para ser un pequeño funcionario. Tiene lo necesario para apresar bandidos. Si llegara a ser ministro, sería una desgracia; si llegara al trono, sería la ruina del país.
El emperador Hoang-ti, después de haber llegado hasta el norte del río Rojo y haber subido al monte K’ounn-lunn para examinar las regiones del Sur, perdió su perla negra (su tesoro, la noción del Principio, por haberse entregado a sus sueños ambiciosos). Mandó a Ciencia a buscarla, pero no la encontró. Investigación y Discusión tampoco la encontraron. Finalmente, Abstracción la encontró. Hoang-ti se dijo:
¿no es extraño que haya sido Abstracción quien la encontró? Ella, a quien el vulgo considera la menos práctica de las facultades.
Yao fue instruido por Hu-You, discípulo de Nie-k’ue, discípulo de Wang-i, discípulo de Pei-i. Yao, que pensaba abdicar para entregarse a la contemplación, preguntó a Hu-You:
¿Tiene Nie-k’ue lo necesario para colaborar con el Cielo (para ser emperador en mi lugar)? Si es así, haré que su maestro Wang-i le imponga el cargo.
—Eso sería, dijo Hu-You, hacer algo cuando menos arriesgado, quizá funesto. Nie-k’ue es demasiado inteligente y demasiado hábil. Aplicará al gobierno su inteligencia y su habilidad humanas, impidiendo así que el Cielo, el Principio, gobierne. Multiplicará los cargos, dará importancia a los eruditos, tomará decisiones, se preocupará por las tradiciones, se enredará en complicaciones, tendrá en cuenta la opinión, aplicará teorías a priori sobre la evolución de las cosas, etc. Este hombre es demasiado inteligente para ser emperador. Aunque, por su nobleza, esté calificado para ese puesto, por su excesiva habilidad solo sirve para ser un pequeño funcionario. Tiene lo necesario para apresar bandidos. Si llegara a ser ministro, sería una desgracia; si llegara al trono, sería la ruina del país.
Cuando Yao inspeccionaba el territorio de Hoa, el funcionario encargado de ese territorio le dijo:
¡Oh, Sabio! ¡Le deseo prosperidad y longevidad!
—¡Cállese! —dijo Yao.
Pero el funcionario continuó:
¡Le deseo riqueza! —¡Cállese! —dijo Yao. —¡Y muchos hijos varones! —concluyó el funcionario. —¡Cállese! —dijo Yao por tercera vez. —
El funcionario retomó:
La longevidad, la riqueza y la descendencia masculina son cosas que todos los hombres desean; ¿por qué solo usted no las quiere? —Porque —dijo Yao— quien tiene muchos hijos tiene muchas inquietudes; quien tiene muchas riquezas tiene muchas preocupaciones; quien vive mucho tiempo soporta muchas contradicciones. Estos tres inconvenientes obstaculizan el cultivo de la virtud moral; por eso no he aceptado sus deseos. —Entonces —dijo el funcionario—, ya no lo considero un Sabio, sino un hombre común. A todos los individuos que procrea, el Cielo les da el sentido necesario para conducirse; por tanto, sus hijos se las arreglarían solos. Para deshacerse de las riquezas que lo agobian, no tendría más que repartirlas. Usted se preocupa más de lo que corresponde a un Sabio. El verdadero Sabio vive en este mundo como la codorniz en un campo, sin apego a una morada, sin preocuparse por su alimento. En tiempos de paz, toma su parte de la prosperidad común. En tiempos de perturbación, se ocupa de sí mismo y se desentiende de los asuntos. Al cabo de mil años, cansado de este mundo, lo abandona y asciende hacia los Inmortales. Montado sobre una nube blanca, llega a la región del Soberano.
¡Oh, Sabio! ¡Le deseo prosperidad y longevidad!
—¡Cállese! —dijo Yao.
Pero el funcionario continuó:
¡Le deseo riqueza! —¡Cállese! —dijo Yao. —¡Y muchos hijos varones! —concluyó el funcionario. —¡Cállese! —dijo Yao por tercera vez. —
El funcionario retomó:
La longevidad, la riqueza y la descendencia masculina son cosas que todos los hombres desean; ¿por qué solo usted no las quiere? —Porque —dijo Yao— quien tiene muchos hijos tiene muchas inquietudes; quien tiene muchas riquezas tiene muchas preocupaciones; quien vive mucho tiempo soporta muchas contradicciones. Estos tres inconvenientes obstaculizan el cultivo de la virtud moral; por eso no he aceptado sus deseos. —Entonces —dijo el funcionario—, ya no lo considero un Sabio, sino un hombre común. A todos los individuos que procrea, el Cielo les da el sentido necesario para conducirse; por tanto, sus hijos se las arreglarían solos. Para deshacerse de las riquezas que lo agobian, no tendría más que repartirlas. Usted se preocupa más de lo que corresponde a un Sabio. El verdadero Sabio vive en este mundo como la codorniz en un campo, sin apego a una morada, sin preocuparse por su alimento. En tiempos de paz, toma su parte de la prosperidad común. En tiempos de perturbación, se ocupa de sí mismo y se desentiende de los asuntos. Al cabo de mil años, cansado de este mundo, lo abandona y asciende hacia los Inmortales. Montado sobre una nube blanca, llega a la región del Soberano.
Allí ninguno de los tres males lo alcanza; su cuerpo dura mucho tiempo sin sufrimiento; ya no padece contradicciones. —
Dicho esto, el oficial se alejó. Reconociendo en él a un Sabio oculto, Yao corrió tras él y le dijo:
Quisiera hacerle unas preguntas. — Déjeme en paz, respondió el oficial.
Cuando Yao gobernaba el imperio, el Maestro Kao, dijo Pai Tch’eng, recibió de él un feudo. Yao transmitió el imperio a Chounn, quien lo transmitió a U. Entonces el Maestro Kao renunció a su feudo y se puso a cultivar la tierra. U fue a visitarlo y lo encontró ocupado arando en la llanura. Se acercó a él respetuosamente y le dijo:
Maestro, el emperador Yao le concedió un feudo, que usted ha conservado hasta ahora. ¿Por qué quiere renunciar a él ahora?
—Porque el mundo ya no es lo que fue bajo Yao —dijo el Maestro Kao—. El pueblo de Yao se comportaba bien, sin que se le recompensara por su buena conducta; era obediente, sin que hiciera falta obligarlo mediante castigos. Ahora usted recompensa y castiga sistemáticamente, y eso ha hecho que el pueblo pierda sus cualidades naturales. La naturaleza ha desaparecido, las leyes la han reemplazado; de ahí todos los desórdenes. ¿Por qué me hace perder el tiempo? ¿Por qué entorpece mi trabajo?…
Y, apoyándose en su arado, el Maestro Kao continuó el surco que había empezado y ya no volvió a mirar a U.
Dicho esto, el oficial se alejó. Reconociendo en él a un Sabio oculto, Yao corrió tras él y le dijo:
Quisiera hacerle unas preguntas. — Déjeme en paz, respondió el oficial.
Cuando Yao gobernaba el imperio, el Maestro Kao, dijo Pai Tch’eng, recibió de él un feudo. Yao transmitió el imperio a Chounn, quien lo transmitió a U. Entonces el Maestro Kao renunció a su feudo y se puso a cultivar la tierra. U fue a visitarlo y lo encontró ocupado arando en la llanura. Se acercó a él respetuosamente y le dijo:
Maestro, el emperador Yao le concedió un feudo, que usted ha conservado hasta ahora. ¿Por qué quiere renunciar a él ahora?
—Porque el mundo ya no es lo que fue bajo Yao —dijo el Maestro Kao—. El pueblo de Yao se comportaba bien, sin que se le recompensara por su buena conducta; era obediente, sin que hiciera falta obligarlo mediante castigos. Ahora usted recompensa y castiga sistemáticamente, y eso ha hecho que el pueblo pierda sus cualidades naturales. La naturaleza ha desaparecido, las leyes la han reemplazado; de ahí todos los desórdenes. ¿Por qué me hace perder el tiempo? ¿Por qué entorpece mi trabajo?…
Y, apoyándose en su arado, el Maestro Kao continuó el surco que había empezado y ya no volvió a mirar a U.
En el gran comienzo de todas las cosas, existía la nada de forma, el ser imperceptible; no había ningún ser sensible y, por consiguiente, ningún nombre. El primer Ser que existió fue el Uno, insensible, el Principio. Se llama tei a la norma, la virtud emanada del Uno, que dio nacimiento a todos los seres. Al multiplicarse sin fin en sus productos, esta virtud participada se llama en cada uno de ellos ming, su parte, su lote, su destino. Es mediante concentraciones y expansiones alternadas como la norma da así nacimiento a los seres. En el ser que nace, ciertas líneas determinadas especifican su forma corporal. En esta forma corporal está encerrado el principio vital. Cada ser tiene su manera de actuar, que constituye su naturaleza propia. Así es como los seres descienden del Principio. A él remontan mediante el cultivo taoísta mental y moral, que devuelve la naturaleza individual a la conformidad con la virtud universal actuante, y al Ser particular a la unión con el Principio primordial, el gran Vacío, el gran Todo. Este retorno, esta unión, se realizan no mediante la acción, sino mediante la cesación. Como un pájaro que, cerrando el pico, deja de cantar y guarda silencio. Fusión silenciosa con el cielo y la tierra, en una apatía que parece estúpida a quienes no entienden nada de ella, pero que en realidad es virtud mística, comunión con la evolución cósmica.
Confucio preguntó a Lao-tsé:
Algunos se esfuerzan por identificarlo todo y sostienen que lo lícito y lo ilícito, el sí y el no, son una misma cosa. Otros se esfuerzan por distinguirlo todo y declaran que la no identidad de la sustancia y los accidentes es evidente. ¿Son estos sabios?
—Son, respondió Lao-tan, hombres que se fatigan sin provecho para sí mismos, como los ayudantes de los funcionarios, los perros de los cazadores y los monos de los titiriteros. K’iu, voy a decirte una verdad que no podrás comprender ni siquiera repetir con exactitud. ¡Ya no hay sabios! Ahora hay muchos hombres que, aunque tienen cabeza y pies, no tienen mente ni oídos. Pero buscarás en vano a quienes, en su cuerpo material, hayan conservado intacta su parte del Principio original. Esos (los sabios, cuando los hay,) no actúan ni descansan, no viven ni mueren, no se elevan ni descienden mediante esfuerzo alguno, sino que se dejan llevar por el curso de la evolución universal. Hacer esto (y, por consiguiente, llegar a ser un verdadero sabio taoísta) está al alcance de todo hombre. Para llegar a ser un sabio, no hay más que olvidar a los seres (individuales), olvidar el Cielo (las causas), olvidarse de uno mismo (de sus intereses). Mediante este olvido universal, el hombre se hace uno con el Cielo, se funde en el Cosmos.
Algunos se esfuerzan por identificarlo todo y sostienen que lo lícito y lo ilícito, el sí y el no, son una misma cosa. Otros se esfuerzan por distinguirlo todo y declaran que la no identidad de la sustancia y los accidentes es evidente. ¿Son estos sabios?
—Son, respondió Lao-tan, hombres que se fatigan sin provecho para sí mismos, como los ayudantes de los funcionarios, los perros de los cazadores y los monos de los titiriteros. K’iu, voy a decirte una verdad que no podrás comprender ni siquiera repetir con exactitud. ¡Ya no hay sabios! Ahora hay muchos hombres que, aunque tienen cabeza y pies, no tienen mente ni oídos. Pero buscarás en vano a quienes, en su cuerpo material, hayan conservado intacta su parte del Principio original. Esos (los sabios, cuando los hay,) no actúan ni descansan, no viven ni mueren, no se elevan ni descienden mediante esfuerzo alguno, sino que se dejan llevar por el curso de la evolución universal. Hacer esto (y, por consiguiente, llegar a ser un verdadero sabio taoísta) está al alcance de todo hombre. Para llegar a ser un sabio, no hay más que olvidar a los seres (individuales), olvidar el Cielo (las causas), olvidarse de uno mismo (de sus intereses). Mediante este olvido universal, el hombre se hace uno con el Cielo, se funde en el Cosmos.
Tsianglu-mien, tras visitar a su maestro Ki-tch’ee, le dijo:
El príncipe de Lou me pidió que lo aconsejara sobre el buen gobierno de su principado. Le respondí que usted no me había dado instrucciones para ello. Insistió en saber mi opinión personal. Esto fue lo que le dije; juzgue si hablé bien o mal. ... Le dije al príncipe: Sea digno y moderado; emplee a funcionarios leales y despida a los egoístas interesados; si hace esto, todo el mundo estará de su parte. —
Ki tch’ee soltó una carcajada.
—Su política —dijo— vale tanto como los gestos de esa mantis que quiso detener un carro. Es completamente ineficaz y puede llegar a ser perjudicial.
—Pero entonces —dijo Tsianglu-mien—, ¿en qué consiste el arte de gobernar?
—Así —dijo Ki-tch’ee— procedían los grandes Sabios. Incitaban al pueblo a enmendarse, a progresar, inspirándole el deseo de enmendarse, de progresar; luego lo dejaban evolucionar espontáneamente, dejándolo creer que quería y actuaba por sí mismo. Esos son los grandes políticos. No toman como modelo a los antiguos Yao y Chounn (como preconiza Confucio), pues son más antiguos que esos Venerables, ya que pertenecen al origen primordial; su política consistía en reavivar en todos los corazones la chispa de virtud cósmica que reside en cada uno.
El príncipe de Lou me pidió que lo aconsejara sobre el buen gobierno de su principado. Le respondí que usted no me había dado instrucciones para ello. Insistió en saber mi opinión personal. Esto fue lo que le dije; juzgue si hablé bien o mal. ... Le dije al príncipe: Sea digno y moderado; emplee a funcionarios leales y despida a los egoístas interesados; si hace esto, todo el mundo estará de su parte. —
Ki tch’ee soltó una carcajada.
—Su política —dijo— vale tanto como los gestos de esa mantis que quiso detener un carro. Es completamente ineficaz y puede llegar a ser perjudicial.
—Pero entonces —dijo Tsianglu-mien—, ¿en qué consiste el arte de gobernar?
—Así —dijo Ki-tch’ee— procedían los grandes Sabios. Incitaban al pueblo a enmendarse, a progresar, inspirándole el deseo de enmendarse, de progresar; luego lo dejaban evolucionar espontáneamente, dejándolo creer que quería y actuaba por sí mismo. Esos son los grandes políticos. No toman como modelo a los antiguos Yao y Chounn (como preconiza Confucio), pues son más antiguos que esos Venerables, ya que pertenecen al origen primordial; su política consistía en reavivar en todos los corazones la chispa de virtud cósmica que reside en cada uno.
Zigong, discípulo de Confucio, regresaba de la principauté de Chu a la de Jin. Cerca del río Han, vio a un hombre ocupado en regar su huerto. Llenaba en el pozo una vasija que luego vaciaba en los surcos de sus bancales; un trabajo penoso y de escaso resultado. —¿No sabe usted —le dijo Zigong— que existe una máquina con la que se pueden regar fácilmente cien bancales en un día y sin esfuerzo? —¿Cómo funciona? —preguntó el hombre. —Es —dijo Zigong— un cazo basculante que vierte el agua en un canal. La toma por un lado y luego la vierte por el otro. —Demasiado bueno para ser verdad —dijo el jardinero, disgustado—. He aprendido de mi maestro que toda máquina encierra una fórmula, un artificio. Ahora bien, las fórmulas y los artificios destruyen la ingenuidad natural, perturban los espíritus vitales e impiden que el Principio resida en paz en el corazón. No quiero su cazo basculante.—
Perplejo, Zigong bajó la cabeza y no replicó. A su vez, el jardinero le preguntó:
—¿Quién es usted? —Un discípulo de Confucio —dijo Zigong—. —¡Ah! —dijo el jardinero—, uno de esos pedantes que se creen superiores al vulgo y que buscan hacerse interesantes cantando lamentaciones sobre el mal estado del imperio. ¡Vamos! Olvide su espíritu, olvide su cuerpo, y habrá dado el primer paso en la vía de la sabiduría. Y si es incapaz de enmendarse a sí mismo, ¿con qué derecho pretende enmendar el imperio?
Perplejo, Zigong bajó la cabeza y no replicó. A su vez, el jardinero le preguntó:
—¿Quién es usted? —Un discípulo de Confucio —dijo Zigong—. —¡Ah! —dijo el jardinero—, uno de esos pedantes que se creen superiores al vulgo y que buscan hacerse interesantes cantando lamentaciones sobre el mal estado del imperio. ¡Vamos! Olvide su espíritu, olvide su cuerpo, y habrá dado el primer paso en la vía de la sabiduría. Y si es incapaz de enmendarse a sí mismo, ¿con qué derecho pretende enmendar el imperio?
¡Ahora váyase de aquí! ¡Ya me ha hecho perder bastante tiempo! —
Tzeu-koung se fue, pálido de emoción. No se recuperó hasta después de recorrer treinta estadios. Entonces los discípulos que lo acompañaban le preguntaron:
—¿Quién es ese hombre que tanto lo ha turbado? —¡Ah!, dijo Tzeu-koung, hasta ahora creía que solo había en el imperio un hombre digno de ese nombre: mi maestro Confucio. Es que no conocía a ese hombre. Le expliqué la teoría confuciana de la tendencia a alcanzar la meta por el medio más cómodo y con el menor esfuerzo. Yo tomaba eso por la fórmula de la sabiduría. Pero él me refutó y me dio a entender que la sabiduría consiste en la integración de los espíritus vitales, la conservación de la naturaleza y la unión con el Principio. Esos verdaderos Sabios no se distinguen exteriormente de la gente común; su rasgo distintivo interior es la ausencia de propósito: dejar que la vida transcurra sin querer saber hacia dónde fluye. Para ellos, todo esfuerzo, toda tendencia, todo arte son efecto de haber olvidado lo que el hombre debe ser. Según ellos, el hombre verdadero solo se mueve por el impulso de su instinto natural. Desprecia por igual el elogio y la censura, que no lo benefician ni lo perjudican. Esta es la sabiduría estable, mientras que yo soy zarandeado por los vientos y las olas. —
Cuando regresó al principado de Lou, Tzeu-koung, convertido al Taoísmo, contó su aventura a Confucio. Este dijo:
Ese hombre pretende practicar lo que fue la sabiduría de la edad primordial.
Tzeu-koung se fue, pálido de emoción. No se recuperó hasta después de recorrer treinta estadios. Entonces los discípulos que lo acompañaban le preguntaron:
—¿Quién es ese hombre que tanto lo ha turbado? —¡Ah!, dijo Tzeu-koung, hasta ahora creía que solo había en el imperio un hombre digno de ese nombre: mi maestro Confucio. Es que no conocía a ese hombre. Le expliqué la teoría confuciana de la tendencia a alcanzar la meta por el medio más cómodo y con el menor esfuerzo. Yo tomaba eso por la fórmula de la sabiduría. Pero él me refutó y me dio a entender que la sabiduría consiste en la integración de los espíritus vitales, la conservación de la naturaleza y la unión con el Principio. Esos verdaderos Sabios no se distinguen exteriormente de la gente común; su rasgo distintivo interior es la ausencia de propósito: dejar que la vida transcurra sin querer saber hacia dónde fluye. Para ellos, todo esfuerzo, toda tendencia, todo arte son efecto de haber olvidado lo que el hombre debe ser. Según ellos, el hombre verdadero solo se mueve por el impulso de su instinto natural. Desprecia por igual el elogio y la censura, que no lo benefician ni lo perjudican. Esta es la sabiduría estable, mientras que yo soy zarandeado por los vientos y las olas. —
Cuando regresó al principado de Lou, Tzeu-koung, convertido al Taoísmo, contó su aventura a Confucio. Este dijo:
Ese hombre pretende practicar lo que fue la sabiduría de la edad primordial.
Se atiene al principio, a la fórmula, fingiendo ignorar las aplicaciones y las modificaciones. Ciertamente, si en el mundo actual aún hubiera manera de vivir sin pensar y sin actuar, atento únicamente al bienestar de la propia persona, habría motivo para admirarlo. Pero tú y yo hemos nacido en un siglo de intrigas y luchas, en el que ya no vale la pena estudiar la sabiduría de la edad primordial, pues ya no tiene aplicaciones.
Tch’ounn-mang, yendo hacia el océano oriental, se encontró con Yuan-fong, quien le preguntó:
Maestro, ¿adónde va? —Al mar, dijo Tch’ounn-mang. —¿Por qué?, preguntó Yuan-fong. —Porque es la imagen del Principio, dijo Tch’ounn-mang. Todas las aguas confluyen allí, sin llenarlo. Todas las aguas salen de él, sin vaciarlo. Así como los seres salen del Principio y regresan a él. Por eso voy al mar. —Y de la humanidad, preguntó Yuan-fong, ¿qué piensa? ¿Qué le parece la política de los Sabios inferiores, los confucianos? —Consiste, dijo Tch’ounn-mang, en hacer el bien a todos, favorecer todos los talentos, reglamentar el imperio y hacerse obedecer; esa es la política de los Sabios de esa especie. —¿Y la política de los Sabios taoístas, que colaboran con el influjo cósmico?, preguntó Yuan-fong. —Consiste, dijo Tch’ounn-mang, en no hacer planes; actuar bajo la inspiración del momento; no tener en cuenta las distinciones artificiales entre lo correcto y lo incorrecto, entre el bien y el mal; dar a todos, como a huérfanos, como a extraviados, para satisfacerlos, sin pretender nada a cambio, sin hacerse agradecer, sin siquiera darse a conocer. —¿Y la política de los hombres trascendentes, enteramente superiores?, preguntó Yuan-fong. —Esos, dijo Tch’ounn-mang, funden su espíritu con la luz, y su cuerpo con el universo. El vacío luminoso es la abnegación total del yo. Sometidos a su destino, libres de todo apego, esos hombres disfrutan de la alegría desinteresada del cielo y la tierra, que dejan hacer sin amar ni odiar, y de todas las cosas que espontáneamente llegan a su solución natural.
Tch’ounn-mang, yendo hacia el océano oriental, se encontró con Yuan-fong, quien le preguntó:
Maestro, ¿adónde va? —Al mar, dijo Tch’ounn-mang. —¿Por qué?, preguntó Yuan-fong. —Porque es la imagen del Principio, dijo Tch’ounn-mang. Todas las aguas confluyen allí, sin llenarlo. Todas las aguas salen de él, sin vaciarlo. Así como los seres salen del Principio y regresan a él. Por eso voy al mar. —Y de la humanidad, preguntó Yuan-fong, ¿qué piensa? ¿Qué le parece la política de los Sabios inferiores, los confucianos? —Consiste, dijo Tch’ounn-mang, en hacer el bien a todos, favorecer todos los talentos, reglamentar el imperio y hacerse obedecer; esa es la política de los Sabios de esa especie. —¿Y la política de los Sabios taoístas, que colaboran con el influjo cósmico?, preguntó Yuan-fong. —Consiste, dijo Tch’ounn-mang, en no hacer planes; actuar bajo la inspiración del momento; no tener en cuenta las distinciones artificiales entre lo correcto y lo incorrecto, entre el bien y el mal; dar a todos, como a huérfanos, como a extraviados, para satisfacerlos, sin pretender nada a cambio, sin hacerse agradecer, sin siquiera darse a conocer. —¿Y la política de los hombres trascendentes, enteramente superiores?, preguntó Yuan-fong. —Esos, dijo Tch’ounn-mang, funden su espíritu con la luz, y su cuerpo con el universo. El vacío luminoso es la abnegación total del yo. Sometidos a su destino, libres de todo apego, esos hombres disfrutan de la alegría desinteresada del cielo y la tierra, que dejan hacer sin amar ni odiar, y de todas las cosas que espontáneamente llegan a su solución natural.
Así gobernados, todos los seres volverían a su instinto innato, y el mundo regresaría a su estado primordial.
Menn-ou-koei y Tch’eu-tchang-man-ki, tras ver desfilar al ejército del emperador Ou, este dijo al primero:
—Si este emperador fuera como Chounn, no habría llegado a tener que hacer la guerra.
—¿Reinó Chounn en una época pacífica o turbulenta? —preguntó Ou-koei.
—Tiene usted razón —dijo Man-ki—; no hay comparación. Chounn reinó en una época tan pacífica que se habría podido prescindir de emperador. Perdió el tiempo ocupándose de nimiedades, como curar las llagas de los ulcerosos, hacer crecer de nuevo el cabello de los calvos y atender a los enfermos. Drogó al imperio, con toda la ansiedad de un hijo que droga a su padre. Los confucianos lo elogian por haber obrado así. Un verdadero Sabio se habría avergonzado de obrar así… En tiempos de la acción perfecta, no se daba importancia ni a la sabiduría ni a la habilidad. Los gobernantes eran como las ramas de los grandes árboles, que dan sombra y protegen sin saberlo ni quererlo; el pueblo era como los animales salvajes, que se refugian bajo esas ramas y disfrutan de su sombra sin darles las gracias. Los gobernantes actuaban con equidad sin conocer el término equidad, con caridad sin conocer el término bondad, con lealtad y fidelidad, con sencillez y sin pedir que se les correspondiera. Dada su extrema sencillez, de aquellos tiempos no ha quedado ningún hecho notable, y no se escribió su historia.
Menn-ou-koei y Tch’eu-tchang-man-ki, tras ver desfilar al ejército del emperador Ou, este dijo al primero:
—Si este emperador fuera como Chounn, no habría llegado a tener que hacer la guerra.
—¿Reinó Chounn en una época pacífica o turbulenta? —preguntó Ou-koei.
—Tiene usted razón —dijo Man-ki—; no hay comparación. Chounn reinó en una época tan pacífica que se habría podido prescindir de emperador. Perdió el tiempo ocupándose de nimiedades, como curar las llagas de los ulcerosos, hacer crecer de nuevo el cabello de los calvos y atender a los enfermos. Drogó al imperio, con toda la ansiedad de un hijo que droga a su padre. Los confucianos lo elogian por haber obrado así. Un verdadero Sabio se habría avergonzado de obrar así… En tiempos de la acción perfecta, no se daba importancia ni a la sabiduría ni a la habilidad. Los gobernantes eran como las ramas de los grandes árboles, que dan sombra y protegen sin saberlo ni quererlo; el pueblo era como los animales salvajes, que se refugian bajo esas ramas y disfrutan de su sombra sin darles las gracias. Los gobernantes actuaban con equidad sin conocer el término equidad, con caridad sin conocer el término bondad, con lealtad y fidelidad, con sencillez y sin pedir que se les correspondiera. Dada su extrema sencillez, de aquellos tiempos no ha quedado ningún hecho notable, y no se escribió su historia.
Un hijo o un ministro que no aprueba lo que su padre o su príncipe hace de malo es proclamado, por aclamación pública y sin argumentos, buen hijo, buen ministro; y la masa adopta dócilmente este veredicto, figurándose cada uno que lo ha pronunciado él mismo. Diga a esas personas que su juicio no es suyo, que se lo han sugerido, y darán un salto, creyéndose ofendidas. Así ocurre, en la mayoría de los casos, con la mayoría de los hombres. Casi todos reciben sus ideas ya hechas y siguen la opinión durante toda su vida. Hablan al estilo de la época, visten según la moda de la época, no por principio alguno, sino para hacer como los demás. Imitadores serviles, que dicen sí o no según se les haya sugestionado, y después creen haberse determinado por sí mismos. ¿No es esto una locura? Una locura incurable, pues los hombres no sospechan que padecen esta manía de la imitación. Una locura general, pues todo el imperio padece esta manía. Por eso, sería en vano que intentara encaminar a los hombres hacia la acción personal espontánea, emanada del yo, del propio instinto. ¡Ay! —
La música noble deja indiferentes a los aldeanos, mientras que una canción trivial los hace deshacerse de placer. Del mismo modo, los pensamientos elevados no penetran en las mentes atiborradas de ideas vulgares. El estruendo de dos tambores de barro cocido cubre el sonido de una campana de bronce. ¿Cómo podría hacerme escuchar por los locos que pueblan el imperio?
La música noble deja indiferentes a los aldeanos, mientras que una canción trivial los hace deshacerse de placer. Del mismo modo, los pensamientos elevados no penetran en las mentes atiborradas de ideas vulgares. El estruendo de dos tambores de barro cocido cubre el sonido de una campana de bronce. ¿Cómo podría hacerme escuchar por los locos que pueblan el imperio?
Si esperara poder lograrlo, yo también estaría loco. Por eso los dejaré hacer, sin intentar aclararles nada. Además, ninguno me lo reprochará, pues se aferran a su locura común. Como aquel leproso al que le nació un hijo a medianoche, que fue a buscar una luz para asegurarse de que el niño era leproso como él y no lo acarició hasta comprobar que así era.
Tomemos un árbol centenario. Se corta una rama. Con un trozo de esa rama se hace un vaso ritual tallado y pintado; el resto se arroja a la zanja y allí se pudre. Luego se dirá: el vaso es hermoso, el resto es feo. Y yo digo que tanto el vaso como el resto son feos, pues ya no son madera natural, sino objetos artificiales deformados. Lo mismo juzgo del bandido Tchee y de los Sabios Tseng-chenn y Cheu-ts’iou. A uno lo llaman vicioso, a los otros virtuosos. A mis ojos, todos tienen igualmente el defecto de haber dejado de ser hombres, porque han obrado contra la naturaleza; poco importa que haya sido bien o mal.
¿Y cuáles son las causas de esta ruina de la naturaleza humana? Son las teorías artificiales sobre los colores (la pintura), que han pervertido la vista; las teorías sobre los sonidos (la música), que han pervertido el oído; las teorías sobre los olores (la perfumería), que han pervertido el olfato; las teorías sobre los sabores (el arte culinario), que han pervertido el gusto; los artificios literarios (retórica y poética), que han perturbado el corazón y falseado la naturaleza (por medio del lirismo y el entusiasmo). Estos son los enemigos de la naturaleza humana, apreciados por Yang-tchou y Mei-ti. Yo jamás consideraré las artes como bienes. Las reglas artificiales oprimen, encarcelan; ¿cómo podrían hacer felices?
Tomemos un árbol centenario. Se corta una rama. Con un trozo de esa rama se hace un vaso ritual tallado y pintado; el resto se arroja a la zanja y allí se pudre. Luego se dirá: el vaso es hermoso, el resto es feo. Y yo digo que tanto el vaso como el resto son feos, pues ya no son madera natural, sino objetos artificiales deformados. Lo mismo juzgo del bandido Tchee y de los Sabios Tseng-chenn y Cheu-ts’iou. A uno lo llaman vicioso, a los otros virtuosos. A mis ojos, todos tienen igualmente el defecto de haber dejado de ser hombres, porque han obrado contra la naturaleza; poco importa que haya sido bien o mal.
¿Y cuáles son las causas de esta ruina de la naturaleza humana? Son las teorías artificiales sobre los colores (la pintura), que han pervertido la vista; las teorías sobre los sonidos (la música), que han pervertido el oído; las teorías sobre los olores (la perfumería), que han pervertido el olfato; las teorías sobre los sabores (el arte culinario), que han pervertido el gusto; los artificios literarios (retórica y poética), que han perturbado el corazón y falseado la naturaleza (por medio del lirismo y el entusiasmo). Estos son los enemigos de la naturaleza humana, apreciados por Yang-tchou y Mei-ti. Yo jamás consideraré las artes como bienes. Las reglas artificiales oprimen, encarcelan; ¿cómo podrían hacer felices?
¿Sería el ideal de la felicidad el estado de la paloma encerrada en una jaula? ¿No sería más bien el estado de la paloma libre en el aire? ¡Pobres gentes! Sus teorías son un fuego que atormenta su interior; sus ritos, un corsé que oprime su exterior. Así torturados y atados, ¿con quién los compararé? ¿Con criminales atormentados? ¿Con fieras enjauladas? ¿Es eso la felicidad? ¡?