Taoísmo

Tchoang-tzeu, capítulo 9 — Caballos domados

Los caballos tienen naturalmente cascos capaces de pisar la nieve y un pelaje impenetrable para el viento helado. Pacen, beben agua, corren y saltan. Esa es su verdadera naturaleza. No necesitan palacios ni establos. ... Cuando Pai-lao, el primer maestro de caballerizas, declaró que solo él sabía tratar a los caballos; cuando enseñó a los hombres a marcarlos con hierro, esquilarlos, herrarlos, embridarlos, trabarlos y encerrarlos, entonces dos o tres caballos de cada diez murieron prematuramente, a consecuencia de esas violencias contra su naturaleza. Cuando el arte de la doma siguió progresando, y se les hizo sufrir hambre y sed para endurecerlos; cuando se los obligó a galopar en escuadrones, en orden y acompasadamente, para adiestrarlos; cuando el freno atormentó su boca y el látigo azotó sus ancas, entonces, de cada diez caballos, cinco murieron prematuramente, a consecuencia de esas violencias contra natura. — Cuando el primer alfarero anunció que sabía tratar la arcilla, se hicieron con esa materia vasijas redondas en el torno y ladrillos rectangulares en el molde. — Cuando el primer carpintero declaró que sabía tratar la madera, se dieron a esa materia formas curvas o rectas, con ayuda de la escuadra y el cordel. — ¿Es esto realmente tratar a los caballos, la arcilla y la madera de acuerdo con su naturaleza? ¡Ciertamente no!
Y, sin embargo, de generación en generación, los hombres han elogiado al primer domador de caballos, al primer alfarero y al primer carpintero por su genio y sus invenciones.
Del mismo modo se elogia, por su genio y sus invenciones, a quienes imaginaron la forma moderna de gobierno. A mi parecer, eso es un error. La condición de los hombres era muy distinta bajo los buenos soberanos de la Antigüedad. Su pueblo seguía su naturaleza, y nada más que su naturaleza. Todos los hombres, por igual, obtenían sus vestidos tejiendo y sus alimentos cultivando la tierra. Formaban un todo sin divisiones, regido únicamente por la ley natural. En aquellos tiempos de perfecto naturalismo, los hombres caminaban como les placía y dejaban vagar la mirada con toda libertad, pues ningún ritual reglamentaba sus pasos ni sus miradas. En las montañas no había senderos ni trincheras; en las aguas no había barcos ni diques. Todos los seres nacían y habitaban en común. Las aves y los cuadrúpedos vivían de la hierba que crecía espontáneamente. Como el hombre no les hacía daño, los animales se dejaban conducir por él sin desconfianza, y a las aves no les preocupaba que alguien mirara en sus nidos. Sí, en aquellos tiempos de perfecto naturalismo, el hombre vivía como hermano de los animales, en pie de igualdad con todos los seres. Felizmente, entonces se ignoraba la distinción que Confucio hizo tan célebre entre el Sabio y el vulgo. Todos, igualmente desprovistos de ciencia, actuaban según su naturaleza. Todos, igualmente carentes de ambición, actuaban con sencillez. En todo, la naturaleza florecía libremente.
Así fue cuando apareció el primer Sabio. Al verlo envararse y contorsionarse ritualmente, y al oírlo perorar sobre la bondad y la equidad, los hombres, asombrados, se preguntaron si no se habrían equivocado hasta entonces. Después llegaron la embriaguez de la música y el apego a las ceremonias. ¡Ay! Lo artificial venció a lo natural. Como consecuencia, la paz y la caridad desaparecieron del mundo. El hombre hizo la guerra a los animales, sacrificados a su lujo. Para hacer sus vasijas de ofrendas, sometió la madera a tortura. Para hacer los cetros rituales, hizo tallar el jade. Con el pretexto de la bondad y la equidad, violentó la naturaleza. Los ritos y la música arruinaron la naturalidad de los movimientos. Las reglas de la pintura pusieron desorden en los colores. La escala oficial puso desorden en los tonos. En resumen, los artistas son culpables de haber atormentado la materia para ejecutar sus obras de arte, y los Sabios son execrables por haber sustituido lo natural por la bondad y la equidad artificiales. — Antiguamente, en el estado natural, los caballos pastaban hierba y bebían agua. Cuando estaban contentos, se frotaban el cuello unos contra otros. Cuando estaban enojados, daban media vuelta y se coceaban. Como no sabían más, eran perfectamente simples y naturales. Pero cuando Pai-lao los unció y los enjaezó, se volvieron taimados y astutos, por odio al bocado y a las riendas. Este hombre es culpable del crimen de haber pervertido a los caballos.
En tiempos del antiguo emperador Ho-su, los hombres permanecían en sus moradas sin hacer nada, o paseaban sin saber adónde iban. Cuando tenían la boca bien llena, se daban palmadas en el vientre como señal de satisfacción. Al no saber nada más, eran perfectamente sencillos y naturales. Pero cuando el primer Sabio les enseñó a hacer las reverencias rituales al son de la música, y contorsiones sentimentales en nombre de la bondad y la equidad, entonces comenzaron las competiciones por el saber y la riqueza, las pretensiones desmesuradas y las ambiciones insaciables. Ese es el crimen del Sabio: haber desorientado así a la humanidad.

Fuente Tchoang-tzeu, trad. Léon Wieger, Les Pères du système taoïste (1913), fr.wikisource.org — traducción I Choose Peace desde el francés · Índice