Taoísmo

Tchoang-tzeu, capítulo 2 — Armonía universal

El maestro Qi estaba sentado en un escabel, con los ojos elevados hacia el cielo, respirando débilmente. Su alma debía de estar ausente. —Asombrado, el discípulo You, que lo atendía, se dijo: ¿Qué es esto? ¿Es posible que un ser vivo, sin estar muerto, se vuelva así, insensible como un árbol seco, inerte como ceniza apagada? Ya no es mi maestro. —Sí, dijo Qi, volviendo de su éxtasis, sigo siendo yo. Solo que, por un tiempo, había perdido mi yo. Pero ¿qué puedes entender tú de esto, que solo conoces los acordes humanos, ni siquiera los terrestres y mucho menos los celestes? —Por favor, intente hacer que lo entienda con alguna comparación, dijo You. —De acuerdo, dijo el maestro Qi. El gran aliento indeterminado de la naturaleza se llama viento. El viento, por sí mismo, no tiene sonido. Pero, cuando los agita, todos los seres se vuelven para él como un juego de tubos de órgano. Las montañas, los bosques, las rocas, los árboles, todas las asperezas, todas las cavidades, resuenan como otras tantas bocas, suavemente cuando el viento es suave, con fuerza cuando el viento es fuerte. Son bramidos, retumbos, silbidos, órdenes, lamentos, estallidos, gritos, llantos. Una llamada responde a otra. Es un conjunto, una armonía. Luego, cuando el viento cesa, todos esos sonidos callan. ¿No has observado esto en un día de tempestad? —Lo entiendo, dijo You. Los acordes humanos son los de los instrumentos musicales hechos por los hombres. Los acordes terrestres son los de las voces de la naturaleza.
—Pero las armonías celestes, maestro, ¿qué son? —B. —dijo el maestro Qi—. Son la armonía de todos los seres, en su naturaleza común, en su devenir común. Allí no hay contraste, porque no hay distinción. Abarcarlo todo, he ahí la gran ciencia, la gran palabra. Distinguir es ciencia y hablar de orden inferior. —Todo es uno. Durante el sueño, el alma no distraída se absorbe en esta unidad; durante la vigilia, distraída, distingue seres diversos. —¿Y cuál es la ocasión de estas distinciones? Lo que las ocasiona es la actividad, las relaciones, los conflictos de la vida. De ahí las teorías, los errores. Del tiro con ballesta se derivó la noción del bien y del mal. De los contratos se extrajo la noción de lo justo y lo injusto. Se dio crédito a estas nociones imaginarias; se llegó hasta atribuirlas al Cielo. Ya es imposible hacer volver atrás a los humanos. Y, sin embargo, sí: complacencia y resentimiento, pena y alegría, proyectos y pesar; pasión y razón, indolencia y firmeza, acción y pereza, todos los contrastes, otros tantos sonidos que salen de un mismo instrumento, otros tantos hongos nacidos de una misma humedad, modalidades fugaces del ser universal. En el curso del tiempo, todo eso se presenta. ¿De dónde vino? ¡Llegó a ser! ¡Nació, entre una mañana y una noche, por sí mismo, no como un ser real, sino como una apariencia! No hay seres reales distintos. Solo hay un yo por contraste con un él.
Como él y yo no somos más que seres de razón, tampoco existe, en realidad, eso que está más cerca y que se llama lo mío, ni eso que está más lejos y que se llama lo tuyo. — Pero ¿quién es el agente de este estado de cosas, el motor del gran Todo? Todo sucede como si hubiera un verdadero gobernador, cuya personalidad, sin embargo, no puede constatarse. La hipótesis que explica los fenómenos es aceptable, con la condición de que no se haga de este gobernador universal un ser material distinto. Es una tendencia sin forma palpable, la norma inherente al universo, su fórmula evolutiva inmanente. Las normas de toda clase, como la que hace un cuerpo de varios órganos, una familia de varias personas, un Estado de numerosos súbditos, son otras tantas participaciones del rector universal así entendido. Estas participaciones no lo aumentan ni lo disminuyen, pues son comunicadas por él, no separadas de él. Prolongación de la norma universal, la norma de tal ser, que es su ser, no deja de ser cuando él termina. Existió antes que él y existe después de él, inalterable, indestructible. El resto de él no fue más que apariencia. — De la ignorancia de este Principio derivan todas las penas y todos los sufrimientos de los hombres: la lucha por la existencia, el temor a la muerte, la aprensión ante el misterioso más allá. La ceguera es casi general, aunque no universal.
Todavía hay algunos hombres, pocos, a quienes no ha seducido el tradicionalismo convencional, que no reconocen otro maestro que su razón y que, mediante el esfuerzo de esta, han deducido la doctrina expuesta anteriormente de sus meditaciones sobre el universo. Estos saben que solo la norma universal es real. El vulgo irreflexivo cree que todo existe realmente. El error moderno ha anegado la verdad antigua. Está tan arraigado, tan inveterado, que incluso los mayores sabios según el mundo, incluido Yu el Grande, han sido víctimas suyas. Para defender la verdad, me encuentro casi solo.
Pero, me dirán, si todo es uno, si todo se reduce a una norma única, esta norma comprenderá simultáneamente la verdad y el error, todos los contrarios; y si los hechos de los que hablan los hombres son irreales, la palabra humana no es más que un sonido vano, como el cacareo de una gallina. —Respondo: no, solo hay error en la norma para los espíritus limitados; sí, las distinciones de los discípulos de Confucio y de Mei-tsé no son más que vanos cacareos. —En realidad, no hay ni verdad ni error, ni sí ni no, ni distinción alguna, pues todo es uno, incluso los contrarios. Solo hay aspectos diversos, que dependen del punto de vista. Desde mi punto de vista, veo esto; desde otro punto de vista, vería otra cosa. Yo y el otro somos dos posiciones diferentes, que nos hacen juzgar y hablar de manera diferente sobre lo que es uno. Así se habla de vida y muerte, de posible e imposible, de lícito e ilícito. Se discute: unos dicen sí y otros, no. Errores de apreciación subjetivos, debidos al punto de vista. El sabio, por el contrario, empieza por iluminar el objeto con la luz de su razón. Constata primero que esto es aquello, que aquello es esto, que todo es uno. Constata después que, sin embargo, hay sí y no, oposición, contraste. Concluye que la unidad es real y que la diversidad no lo es.
El punto de vista de cada uno es un punto desde el cual esto y aquello, el sí y el no, todavía parecen no estar diferenciados. Este punto es el eje de la norma. Es el centro inmóvil de una circunferencia, en cuyo contorno giran todas las contingencias, las distinciones y las individualidades; desde allí solo se ve un infinito que no es ni esto ni aquello, ni sí ni no. Verlo todo en la unidad primordial aún no diferenciada, o desde una distancia tal que todo se funda en uno, eso es la verdadera inteligencia. — Los sofistas se equivocan al tratar de llegar a ello mediante argumentos afirmativos y negativos, por la vía del análisis o de la síntesis. No llegan sino a maneras subjetivas de ver que, sumadas, forman la opinión y pasan por principios. Así como un sendero se forma con las pisadas multiplicadas de quienes pasan por él, las cosas acaban por ser calificadas según lo que muchos han dicho de ellas. Se dice que es así porque es así; eso es un principio. Se dice que no es así porque no es así; eso es un principio. ¿Es realmente así en la realidad? En absoluto. Considerados desde la norma, una brizna de paja y una viga, un monstruo y una belleza, todos los contrarios son uno. La prosperidad y la ruina, los estados sucesivos, no son más que fases; todo es uno. Pero solo los grandes espíritus son capaces de comprender esto. No nos ocupemos de distinguir, sino veámoslo todo en la unidad de la norma.
No discutamos para imponernos, sino empleemos con los demás el método del criador de monos. Este hombre dijo a los monos que criaba: «Les daré tres taros por la mañana y cuatro por la noche». Todos los monos se mostraron descontentos. Entonces, dijo, «les daré cuatro taros por la mañana y tres por la noche». Todos los monos se mostraron contentos. Con la ventaja de haberlos contentado, este hombre no les dio, en definitiva, más que los siete taros diarios que les había destinado desde el principio. Así obra el Sabio. Dice sí o no por el bien de la paz y permanece tranquilo en el centro de la rueda universal, indiferente al sentido en que gira.
Entre los antiguos, unos pensaban que, en el origen, no había existido nada antes. Esta es una posición extrema. — Otros pensaban que había existido algo antes. Esta es la posición extrema opuesta. — Otros, por último, pensaban que había existido algo indistinto, no diferenciado. Esta es la posición intermedia, la verdadera. — Ese ser primordial no diferenciado es la norma. Cuando se imaginaron las distinciones, se arruinó su noción. Después de las distinciones vinieron las artes y los gustos, impresiones y preferencias subjetivas que no se pueden definir ni enseñar. Así, los tres artistas Tchao wenn, Cheu-k’oang y Hoei tzeu amaban su música porque era su música, que consideraban diferente de la de los demás y, por supuesto, superior. Pues bien, nunca pudieron definir en qué consistían esa diferencia y esa superioridad; nunca pudieron enseñar a sus propios hijos a tocar como ellos. Porque lo subjetivo no se define ni se enseña. El Sabio desdeña esas vanidades, se mantiene en la penumbra de la visión sintética y se contenta con el sentido práctico.
Usted dice, me objetan, que no hay distinciones. Pasemos por alto los términos bastante semejantes; supongamos que la distinción entre ellos es solo aparente. Pero ¿cómo puede reducir a la simple unidad los términos absolutamente opuestos? ¿Cómo conciliar, por ejemplo, estos términos: origen del ser, ser sin origen, origen del ser sin origen; y estos otros: ser y nada, ser antes de la nada, nada antes del ser? Estos términos se excluyen mutuamente; es sí o no. — Respondo: estos términos solo se excluyen si se los considera existentes. Antes del devenir, en la unidad del principio primordial, no hay oposición. Considerados desde esta posición, un pelo no es pequeño, una montaña no es grande; un nacido muerto no es joven, un centenario no es viejo. El Cielo, la tierra y yo tenemos la misma edad. Todos los seres y yo somos uno en el origen. Puesto que todo es uno objetiva y realmente, ¿por qué distinguir entidades con palabras, que solo expresan aprehensiones subjetivas e imaginarias? Si usted empieza a nombrar y contar, no se detendrá, pues la serie de las perspectivas subjetivas es infinita. — Antes del tiempo, todo era uno, en el principio cerrado como un pliegue sellado. Entonces, en cuanto a términos, solo había un verbo general. Todo lo que se añadió después es subjetivo, imaginario. Tales son la diferencia entre la derecha y la izquierda, las distinciones, las oposiciones, los deberes. Otros tantos seres de razón, designados por palabras a las que nada corresponde en la realidad.
Así, el Sabio lo estudia todo, tanto en el mundo material como en el mundo de las ideas, pero sin pronunciarse sobre nada, para no añadir una opinión subjetiva más a las que ya se han formulado. Guarda silencio, recogido, mientras el vulgo perora, no por amor a la verdad, sino para lucirse, dice el adagio. — ¿Qué puede decirse del ser universal, sino que es? ¿Es afirmar algo decir que el ser es? ¿Es afirmar algo decir que la humanidad es humana, que la modestia es modesta, que la valentía es valiente? ¿No son acaso frases vacías que no significan nada?.. Si se pudiera distinguir en el Principio y atribuirle cualidades, no sería el Principio universal. Saber detenerse allí donde la inteligencia y la palabra faltan: he ahí la sabiduría. ¿De qué sirve buscar términos imposibles para expresar un ser inefable? Quien comprende que lo tiene todo en uno ha conquistado el tesoro celeste, inagotable, pero también inescrutable. Tiene la iluminación comprensiva, que ilumina el conjunto sin hacer aparecer los detalles. Es esta luz, superior a la de diez soles, la que antaño Shun elogiaba ante el viejo Yao.
Todo, en el mundo, es personal, es subjetivo, dijo Wang-i a Nie-k’ue. Un hombre acostado en el barro contraerá allí un lumbago, mientras que una anguila no podría estar mejor en ninguna otra parte. Un hombre subido a un árbol se sentirá incómodo allí, mientras que un mono encontrará la posición perfecta. Unos comen esto, otros aquello. Unos buscan tal cosa, otros tal otra. Todos los hombres corrían tras las dos famosas bellezas Mao ts’iang y Li-ki; mientras que, al verlas, los peces se sumergían espantados, los pájaros se refugiaban en lo alto del cielo y los antílopes huían al galope. Usted no sabe qué efecto me causa tal cosa, y yo no sé qué impresión produce en usted. Esta cuestión de los sentimientos y los gustos, al ser enteramente subjetiva, es insoluble por principio. No queda más que dejarla de lado. Los hombres nunca se pondrán de acuerdo sobre este asunto. —Los hombres vulgares, de acuerdo, dijo Nie-k’ue; ¿pero el superhombre? —El superhombre, dijo Wang-i, está por encima de estas nimiedades. En su elevada trascendencia, está por encima de toda impresión y emoción. En un lago hirviente, no siente el calor; en un río helado, no siente el frío. Que el rayo parta las montañas, que el huracán trastorne el océano, él no se inquieta. Cabalga las nubes, monta el sol y la luna, recorre el universo. ¿Qué interés pueden tener para quien considera la vida y la muerte como una sola cosa las distinciones menores?
El maestro K’iu-ts’iao le dijo al maestro K’iou de Tch’ang-ou: Se afirma del Sabio que no se preocupa por las cosas de este mundo; que no busca su propio provecho ni retrocede ante el peligro; que no se aferra a nada; que no busca agradar a nadie; que se mantiene lejos del polvo y del barro… Yo lo definiré mejor, con menos palabras —dijo el maestro K’iou—. El Sabio abstrae del tiempo y lo ve todo como uno. Guarda silencio, conservando para sí sus impresiones personales y absteniéndose de disertar sobre cuestiones oscuras e insolubles. Este recogimiento, esta concentración, le dan, en medio del apasionado ajetreo de los hombres vulgares, un aire apático, casi bobo. En realidad, por dentro, está entregado a la más elevada ocupación: la síntesis de todas las edades, la reducción de todos los seres a la unidad.
Y en cuanto a la distinción que más atormenta a los hombres, la de la vida y la muerte… ¿no es una ilusión el amor a la vida? ¿No es un error el temor a la muerte? ¿Es realmente una desgracia esa partida? ¿No conduce, como la de la novia que abandona la casa paterna, a otra felicidad?.. Antaño, cuando la bella Ki de Li fue raptada, lloró hasta empapar su vestido. Cuando se convirtió en la favorita del rey de Tsinn, comprobó que se había equivocado al llorar. ¿No ocurre lo mismo con muchos muertos? Habiéndose marchado antaño a regañadientes, ¿no piensan ahora que amaban la vida por error?.. ¿No será la vida un sueño? A algunos, al despertarlos de un sueño alegre, les causa pesar; a otros, al despertar de un sueño triste, les causa alegría. Unos y otros, mientras soñaban, creyeron que su sueño era real. Después de despertar, se dijeron: no era más que un sueño vano. Así ocurre con el gran despertar, la muerte, después del cual se dice de la vida: no fue más que un largo sueño. Pero, entre los vivos, pocos comprenden esto. Casi todos creen estar bien despiertos. Se creen de verdad, unos reyes, otros criados. Todos soñamos, usted y yo. Yo, que le digo que usted sueña, también sueño mi sueño.
— La identidad de la vida y la muerte parece increíble a muchas personas. ¿Se las podrá persuadir alguna vez? Es poco probable. Pues, en esta materia, no hay demostración evidente, ninguna autoridad decisiva, sino una multitud de sentimientos subjetivos. Solo la regla celestial resolverá esta cuestión. ¿Y qué es esta regla celestial? Situarse, para juzgar, en el infinito… Es imposible resolver el conflicto de los contrarios, decidir cuál es verdadero y cuál es falso. Entonces situémonos fuera del tiempo, más allá de los razonamientos. Consideremos la cuestión desde el infinito, distancia en la que todo se funde en un todo indeterminado.
Todos los seres pertenecen al Todo; sus acciones no son libres, sino que están determinadas por sus leyes… Un día, la penumbra preguntó a la sombra: ¿por qué se mueve usted en tal dirección?.. No me muevo, dijo la sombra. Soy proyectada por algún cuerpo, que me produce y me orienta según las leyes de la opacidad y del movimiento… Así ocurre con todos los actos.
No hay individuos que sean realmente tales, sino solo prolongaciones de la norma… Antaño, cuenta Chuang-tsé, una noche fui una mariposa que revoloteaba, contenta con su suerte. Luego desperté siendo Tchoang-tcheou. ¿Quién soy, en realidad? ¿Una mariposa que sueña que es Tchoang-tcheou, o Tchoang-tcheou que se imagina que fue una mariposa? En mi caso, ¿hay dos individuos reales? ¿Ha habido una transformación real de un individuo en otro? —Ni lo uno ni lo otro, dice la Glosa. Ha habido dos modificaciones irreales del ser único, de la norma universal, en la cual todos los seres, en todos sus estados, son uno.

Fuente Tchoang-tzeu, trad. Léon Wieger, Les Pères du système taoïste (1913), fr.wikisource.org — traducción I Choose Peace desde el francés · Índice