El único propósito de todo desapego del mundo es poder concentrar todo el corazón en el único objeto del amor del Creador y llenarse del deseo de cumplir Su voluntad. Este amor perfecto a Dios es el propósito y la intención primordiales, así como el fin y la realización, de todas las obligaciones enseñadas por la Razón, por la Escritura o por la Tradición.
Este amor a Dios es el anhelo ardiente del alma por el Creador y su inclinación espontánea hacia Él, para unirse a Su luz, que es la más elevada. Es decir, el alma, que es en sí misma puro espíritu, se siente atraída, más que cualquier otro ser espiritual, hacia aquello que se le asemeja y, por su propia naturaleza, se aleja de aquello que se le opone: la materia grosera.
Este amor a Dios es el anhelo ardiente del alma por el Creador y su inclinación espontánea hacia Él, para unirse a Su luz, que es la más elevada. Es decir, el alma, que es en sí misma puro espíritu, se siente atraída, más que cualquier otro ser espiritual, hacia aquello que se le asemeja y, por su propia naturaleza, se aleja de aquello que se le opone: la materia grosera.
Quienes aman a Dios harán todo lo que es justo, sin esperar recompensa, y dejarán todo lo que es malo, sin temer el castigo. No temerán nada ni a nadie, en este mundo ni en ningún otro, salvo al Creador. Al cumplir la voluntad de Dios, serán indiferentes a las alabanzas y a las críticas de los hombres. Serán puros de cuerpo y de espíritu, y huirán de toda clase de actos malos. Servirán al Creador no solo obedeciendo las leyes de la revelación, algunas de las cuales son obligatorias únicamente en determinadas circunstancias, sino también cumpliendo los deberes que dictan la razón y la conciencia, y cultivando toda buena cualidad espiritual.