Está escrito: «Y Elohim se había acordado de Noé, de todas las bestias salvajes y de todos los animales domésticos que estaban con él en el arca». Rabbi Hiyya comenzó una de sus conferencias de la siguiente manera: La Escritura dice: «El hombre prudente ve el mal y se pone a cubierto». Este versículo se aplica a Noé, que entró en el arca y se ocultó allí. Entró en el arca cuando las aguas lo empujaron hacia ella.
Como dijimos anteriormente, tan pronto como Noé vio al ángel de la muerte, entró en el arca para esconderse de él. Tal es el sentido de las palabras de la Escritura: «El hombre prudente ve el mal», es decir, al ángel de la muerte. La Escritura añade: «… Y se pone a cubierto». Eso fue lo que hizo Noé, tal como está escrito: «… Y Noé entró en el arca, y con él sus hijos, su mujer y las mujeres de sus hijos, para ponerse a salvo de las aguas del Diluvio». Rabbi Yossé dijo: Las palabras de la Escritura: «El hombre prudente ve el mal y se pone a cubierto» se refieren a lo que se ha dicho; pues, cuando la muerte hace estragos en el mundo, el hombre prudente se esconde y no sale afuera, para que no lo vea el ángel destructor, puesto que este tiene autorización para dañar a todos aquellos que se ofrecen a su vista; por eso la Escritura añade, en el segundo miembro de la frase: «El imprudente pasa de largo (abrou) y encuentra su ruina». Con la palabra «abrou», la Escritura quiere decir que el imprudente pasa delante del ángel exterminador y que por ello encuentra su ruina. Según otra interpretación, la palabra «abrou» significa transgredir; por tanto, la Escritura quiere decir que el imprudente transgrede los mandamientos de su Maestro y que por ello encuentra su ruina. Según otra interpretación, la primera parte del versículo: «El hombre prudente ve el mal y se pone a cubierto» se aplica a Noé; la segunda parte del versículo: «… Y los imprudentes pasan de largo y encuentran su ruina» se aplica a los contemporáneos de Noé; pues, si Noé no se hubiera escondido, habría sufrido el castigo de los demás; pero, como permaneció escondido durante todo el tiempo de la catástrofe, sucedió después lo que dice la Escritura: «Y Elohim se había acordado de Noé». Rabbi Siméon dijo: Observen que, durante el tiempo en que el rigor hace estragos en el mundo, la Escritura nunca emplea la palabra «recuerdo» (zacar); solo después de que el rigor ha cesado y de que los culpables de este mundo han sido ya exterminados, la Escritura usa la palabra «recuerdo». Pues, mientras el rigor hace estragos en el mundo, no hay unión; y es entonces el ángel exterminador quien domina el mundo. Pero, cuando el rigor ha cesado y la cólera celestial se ha apaciguado, todo vuelve a su cauce normal. Por eso la Escritura dice aquí: «Y Elohim se había acordado (va-ïzcor) de Noé». Así, la palabra «zacar» se aplica a Noé, porque la Escritura dijo de él que era un hombre justo.
Está escrito: «Tú dominas sobre el poder del mar y calmas el movimiento de sus olas». Es en el momento en que el Santo, bendito sea, lanza hacia el mar una flecha fina como un hilo y procedente del lado derecho, cuando el mar se agita y hace salir las aguas del abismo, que unas veces se elevan y forman olas y otras, hundiéndose en las profundidades, excavan valles. Dios detiene luego las olas y calma la furia de las aguas sin que nadie Lo advierta. Jonás, arrojado al mar, fue engullido por un pez. ¿Cómo pudo Jonás vivir en las entrañas de un pez sin que su alma se separara de inmediato de su cuerpo? Porque Dios domina ese fluido fino como un hilo del lado izquierdo que, por sí solo, agita el mar y hace que sus olas se eleven. Cuando el fluido fino como un hilo del lado derecho desciende al mar, el fluido fino como un hilo del lado izquierdo va a su encuentro para unirse a él; entonces las olas se agitan y rugen como hambrientos ávidos de alimento. Así pues, cuando el mar está agitado por las olas, el Santo, bendito sea, las rechaza y las hace volver a su lugar. Esto es lo que la Escritura quiere decir con las palabras: «Tú calmas el movimiento de sus olas». La palabra «theschabhem» (calmas) significa: Tú quiebras las olas para hacerlas volver a su lugar. Según otra interpretación, la palabra «theschabhem» debe traducirse según su sentido literal, que es: «alabas»; pues Dios, en efecto, alaba a las olas del mar por su deseo de contemplar el fluido fino como un hilo del lado derecho lanzado al mar; pues ese deseo es la única causa de su agitación. Inferimos de este pasaje que todo hombre merece elogios cuando está ávido de conocer los misterios divinos y se esfuerza por penetrarlos; tal hombre es digno de alabanza, aunque nunca alcance su objetivo, porque el cielo no lo ha dotado de suficiente inteligencia para lograrlo.
Rabbi Yehouda dice: Mientras Noé permaneció en el arca, temió que el Santo, bendito sea, no se acordara de él; pero después de que el rigor se hubo impuesto y los culpables del mundo fueron exterminados, la Escritura dice: «Y Elohim se había acordado de Noé».
Rabbi Éléazar dice: Observe que, cuando el rigor impera en el mundo, es mejor para el hombre que su nombre nunca sea mencionado ante el Santo, bendito sea, en el cielo; pues, si allí se menciona su nombre, también se recuerdan sus pecados y se examinan sus acciones. ¿De dónde sabemos lo anterior? Lo sabemos por la Sunamita; porque el día en que Eliseo se alojó en casa de la Sunamita era el primer día del año, durante el cual el Santo, bendito sea, juzga al mundo. Por eso Eliseo dijo a la mujer: «¿Quieres que hable por ti ante el Rey?». Aquí, la palabra «Rey» designa al Santo, bendito sea, que es llamado «Rey», «Rey Santo», «Rey de Justicia». Pero la Sunamita le respondió: «Vivo en medio de mi pueblo». Quería decir: «No quiero ser recordada ante Dios sino junto con mi pueblo», de modo que sus acciones no fueran examinadas por separado, sino junto con las de todo el pueblo; pues, cuando se examinan las acciones del pueblo en general, las faltas de cada individuo parecen menos graves; por eso la Sunamita quería que sus acciones fueran examinadas al mismo tiempo que las de todo el pueblo. Observa que, mientras la cólera celestial imperaba en el mundo, no se hacía memoria alguna de Noé; pero, en cuanto cesó el rigor, la Escritura dice: «Y Elohim se acordó de Noé». Según otra interpretación, las palabras de la Escritura: «Y Elohim se acordó de Noé» tienen el mismo significado que las palabras: «Y tengo presente mi Alianza».
Rabbi Hizqiya, yendo un día de Capadocia a Lyda, se encontró con Rabbi Yessa. Este le dijo: Me sorprende que vayas solo, cuando un precepto nos prohíbe emprender el camino solos. Rabbi Hizqiya le respondió: Me acompaña un joven que pronto se reunirá conmigo. Rabbi Yessa le replicó: Estoy
aun así, me sorprende que te hagas acompañar por un muchacho con quien no puedes conversar en absoluto sobre asuntos relativos a la doctrina, cuando, según otro precepto, se expone al peligro quien no conversa durante el viaje sobre asuntos relativos a la doctrina. Rabbi Hizqiya le respondió: En efecto, tienes razón. Mientras tanto, llegó el muchacho. Rabbi Yessa le dijo: Hijo mío, ¿de dónde eres? El muchacho respondió: Soy de la ciudad de Lyda; y como oí que este hombre ilustre se dirigía allí, me apresuré a servirlo durante su viaje y a acompañarlo hasta mi ciudad natal. Rabbi Yessa prosiguió: Hijo mío, ¿tienes algún conocimiento de los asuntos relativos a la doctrina? El muchacho respondió: Sí; pues mi padre me enseñó la sección de los sacrificios; además, a menudo presté oído a las lecciones que mi padre daba a mi hermano mayor. Entonces Rabbi Yessa le dijo: Hijo mío, dime lo que sabes. El muchacho comenzó su exposición de la siguiente manera: Está escrito: «Y Noé construyó un altar al Señor; y, tomando de todos los animales puros y de todas las aves puras, los ofreció en holocausto sobre ese altar». Con las palabras: «Y Noé construyó un altar», la Escritura designa el altar sobre el cual el primer hombre ya había hecho un sacrificio. ¿Por qué Noé había ofrecido un holocausto en vez de otro sacrificio? Porque el holocausto se ofrece únicamente para expiar los pecados cometidos con el pensamiento; y el pecado de Noé era de esa naturaleza: pues Noé había pensado para sí: Como el Santo, bendito sea, ha decretado el castigo del mundo y la exterminación de todos los seres de la tierra, con la sola excepción de mi persona, temo que este favor terrenal me prive de la recompensa celestial y de la vida futura. Ahora bien, como ese pensamiento era criminal, Noé construyó inmediatamente un altar al Señor, que era el mismo sobre el cual Adam había hecho un sacrificio. Si era el mismo altar que el de Adam, ¿por qué Noé necesitaba construirlo, puesto que ya existía? Pero, como los pecados del mundo provocaron el Diluvio, que todo lo destruyó y lo derribó, el altar de Adam había sufrido la misma suerte; por eso Noé tuvo que volver a construirlo. La Escritura dice: «Ofreció holocaustos». La palabra «holocausto» (Oloth) está escrita en singular, aunque se pronuncia en plural. He aquí la razón: Está escrito: «El holocausto es una mujer y un aroma agradable a Dios». Ahora bien, el animal ofrecido en holocausto debe ser macho, tal como está escrito: «Escogerá un macho sin defecto». ¿Por qué, pues, dice la Escritura: «El holocausto es una mujer (ischah)»? Es cierto que la palabra «ischah» se traduce, según el sentido literal, por «ardiente» y designa las ofrendas destinadas a ser consumidas por el fuego; pero, si ese fuera el verdadero sentido de la palabra, debería escribirse «esch», sin la Hé final. La verdad es que, aunque sea macho, el holocausto tiene por objeto unir el principio masculino con el principio femenino, que nunca deben permanecer separados; el holocausto tiene por objeto hacer ascender el principio femenino hacia el principio masculino y unirlos. Aunque la palabra «ischeh» se interpreta como «consumido», según una tradición, esta palabra tiene también un sentido anagógico. Noé debía necesariamente ofrecer un holocausto, puesto que representaba el principio masculino, que el Santo, bendito sea, une al arca, símbolo del principio femenino. Por eso Noé ofreció un holocausto, que es también símbolo de la unión del principio masculino y el femenino; y por esta razón la Escritura designa el holocausto con el nombre de «ischah», palabra compuesta de «esch» y de la Hé, que simboliza la unión del principio femenino, que emana del lado izquierdo, con el principio masculino, que emana del lado derecho. He aquí la razón por la que el holocausto (Olah) es llamado «mujer» (ischah). «Ischah» designa el vínculo de amor que une el lado izquierdo al holocausto, símbolo del lado masculino, para que el lado derecho haga ascender consigo al lado izquierdo y lo una a sí. Por eso dice la Escritura: «El holocausto (Olah) es una mujer (ischah)», lo que quiere decir que el holocausto realiza la unión del principio masculino con el principio femenino.
La Escritura dice: «... Y Dios percibió el olor agradable»; y en otra parte está escrito: «Ischeh es un olor agradable». Esto es lo que hemos oído acerca de la palabra «ischeh»: El humo y el fuego están unidos; pues no hay humo sin fuego, como está escrito: «Y el monte de Sion estaba cubierto de humo, porque el Señor había descendido allí en medio de los fuegos». Ahora bien, observen que el fuego es un elemento interior de gran sutileza y solo es visible a la vista cuando sale del interior y se une a un cuerpo menos sutil que él mismo. Así, puesto que el fuego solo es visible unido a otro cuerpo palpable, se deduce que todo fuego produce humo, porque el humo no es sino el efecto del contacto del fuego, muy sutil, con un elemento más denso. Puede observarse la exactitud de este hecho en el aliento que sale de las narices, que es el humo que sale del fuego; por eso la Escritura dice: «Pondrán incienso en Tus narices». Porque el fuego vuelve a su lugar de origen, y las narices, al percibir el olor, lo respiran y lo absorben, de modo que forman un todo y lo devuelven a su origen; y todo vuelve a entrar en el Pensamiento y forma un solo deseo. Por eso la Escritura dice «olor agradable» (nihoah). «Nihoah» quiere decir: que apacigua la cólera y trae la paz; pues el humo ha entrado allí y se ha unido al fuego, penetrando en el interior hasta apaciguar la cólera. Y, cuando se ha consumado la unión perfecta y se ha apaciguado la cólera, la alegría reina en todas partes y hace brillar luces resplandecientes; por eso el versículo dice: «... Y Dios percibió el olor agradable», como si Dios respirara y lo absorbiera todo en Sí.
Rabbi Yessa se acercó al joven y lo besó, diciéndole: ¡Posees un tesoro tan grande, y no lo sospechábamos cuando te encontramos! Quiero volver sobre mis pasos y acompañarte. Los tres tomaron entonces el mismo camino. Rabbi Hizqiya dijo: La Shejiná nos acompaña en este viaje, pues nos concede aprender estos misterios que desconocíamos. Entonces tomó al joven de la mano, y los tres continuaron su camino.
Rabbi Hizqiya y Rabbi Yessa dijeron después al joven: Recítanos uno de esos versículos cuya interpretación aprendiste de tu padre. El joven comenzó a hablar así: La Escritura ha dicho: «Que me dé un beso de su boca». Este versículo designa el deseo celestial y significa que el deseo emana de su boca y no del fuego de sus narices; pues, cuando la boca besa, el fuego sale con amor, con el resplandor del rostro, y con la alegría universal, y con la unión que apacigua. Por eso la Escritura añade: «... Porque tus pechos son mejores que el vino». La Escritura se refiere a ese vino que alegra y que hace reflejar la alegría en el rostro y en los ojos de quienes lo beben, pero no a ese vino que embriaga, que provoca la ira, que ensombrece el rostro y que opaca los ojos; a tal vino se lo llama «vino de ira». Y, como este vino es bueno, ilumina el rostro, da brillo a los ojos y provoca el deseo y el amor. Por eso se hacían cada día libaciones de vino sobre el altar en una cantidad tal que alegrara a quienes lo bebían, como está escrito: «Y ofrecerás como ofrenda líquida una medida de vino de la cuarta parte del him». Tal es el sentido de las palabras de la Escritura: «... Porque tus pechos son mejores que el vino», lo que quiere decir: de ese vino que provoca la alegría y los deseos. Pues todo se forma arriba y abajo; y, cuando el deseo despierta abajo, también despierta arriba. Son dos lámparas; cuando la de arriba se apaga, la llama de la de abajo, que asciende en el humo del holocausto, vuelve a encender la de arriba.
Rabbi Hizqiya dice: En verdad, esto es exacto; el mundo de arriba depende del de abajo, y el de abajo depende del de arriba. Y desde la destrucción del Templo, en Jerusalén, las bendiciones ya no se han derramado ni en el mundo de arriba ni en el de abajo, pues estos dos mundos dependen el uno del otro. Rabbi Yossé dice también que, desde ese día, las bendiciones ya no se han derramado; pero las maldiciones sí se derraman en el mundo, dado que la fuente de las bendiciones se ha secado. ¿Y por qué? Porque Israel ya no reside
sobre la tierra y ya no cumple los deberes indispensables para encender las candelas celestiales y obtener las bendiciones. Por eso, desde ese día, ya no hay bendiciones, ni arriba ni abajo, y el mundo ya no se encuentra en su estado normal. Rabbi Hizqiya dijo además: La Escritura dice: «Ya no volveré a maldecir la tierra a causa del hombre». ¿Qué significan las palabras «lo osiph»? Rabbi Yessa respondió: Esta es la interpretación de este versículo que oí de Rabbi Siméon: Mientras el Fuego supremo desprende un calor intenso, produce, al entrar en contacto con la materia, un humo espeso que constituye el rigor de abajo; así, cuanto mayor es la cantidad de calor celestial que llega a los hombres, más funesto les resulta a causa del humo que desprende y que termina por exterminarlos a todos. Pero cuando el calor celestial no llega en gran abundancia, el humo que desprende y que constituye el rigor de abajo no es lo bastante espeso para exterminar a los hombres. Este es el sentido de las palabras de la Escritura: «lo osiph», que quiere decir: No aumentaré el calor celestial que envío abajo y que, al entrar en contacto con la materia, produce el humo que constituye la maldición de la tierra.
El joven dijo entonces: He oído que, desde el momento en que Dios dijo a Adán: «Que la tierra sea maldita por tu causa», la serpiente maligna obtuvo autorización para dominar la tierra, destruirla y exterminar a sus habitantes. Pero, desde el día en que Noé ofreció un holocausto cuya fragancia percibió el Santo, bendito sea, la tierra obtuvo autorización para librarse del yugo de la serpiente y purificarse de la impureza que la infectaba. Por eso Israel ofrece holocaustos al Santo, bendito sea, para iluminar el rostro de la tierra. Rabbi Hizqiya dijo: Estas palabras son justas; solo que la tierra no quedó totalmente librada del yugo de la serpiente ni purificada por completo hasta el día en que Israel fue situado al pie del monte Sinaí. Rabbi Yessa dijo: El Santo, bendito sea, disminuyó la luz de la luna y concedió a la serpiente el dominio sobre la tierra; y todo esto a causa del pecado del hombre, pues todas las obras de la creación fueron malditas por causa de él; desde el día en que Noé ofreció un holocausto, la tierra quedó liberada de la maldición que pesaba sobre ella; pero la luna conservó su mella, excepto durante el tiempo en que se ofrecían holocaustos en este mundo y en que Israel habitaba en su tierra.
Dirigiéndose entonces al joven, Rabbi Yessa le preguntó: ¿Cuál es tu nombre? Este respondió: Abba (Padre). Rabbi Yessa le dijo: Que seas padre en todo, tanto en sabiduría como en años. Rabbi Yessa le aplicó el siguiente versículo: «Que tu padre y tu madre se regocijen; que la que te dio a luz exulte de alegría». Rabbi Hizqiya dijo: Llegará un día en que el Santo, bendito sea, hará desaparecer de este mundo el espíritu de impureza, como está escrito: «Y haré desaparecer de la tierra el espíritu impuro»; y en otro lugar está escrito: «Aniquilará la muerte para siempre; y el Señor Dios secará las lágrimas de todos los rostros; y borrará de toda la tierra el oprobio de Su pueblo; porque el Señor ha hablado». Llegará el día en que el Santo, bendito sea, iluminará la luna con una luz semejante a la del sol y la librará de esa oscuridad temporal que le causó la serpiente malvada, como está escrito: «Y la luz de la luna será tan brillante como la del sol; y la luz del sol será siete veces mayor, como la luz de los siete días». ¿Qué significan las palabras: «… como la luz de los siete días»? Significan: como la luz primitiva que el Santo, bendito sea, ocultó durante los siete días de la creación.
Está escrito: «Y Elohim bendijo a Noé y a sus hijos, y les dijo: Crezcan, multiplíquense y llenen la tierra». Rabbi Abba inició una de sus conferencias de la siguiente manera: La Escritura dice: «La bendición del Señor enriquece a los hombres, y la aflicción no tendrá parte con ellos». Las palabras «la bendición del Señor» designan a la Shejiná, que está encargada de las bendiciones del mundo; pues de ella emanan
las bendiciones de cada hombre. Observen que, anteriormente, la Escritura dijo: «Y Jéhovah dijo a Noé: Entra en el arca, tú y toda tu casa, etc.». Como ya hemos explicado antes, era el permiso concedido al huésped por el dueño de la casa para entrar en ella. Después, es la esposa quien autoriza al huésped a salir de la casa. Así, el huésped entró primero con el permiso del esposo y después salió con el permiso de la esposa. Inferimos de estas palabras de la Escritura que corresponde al dueño de la casa autorizar al huésped a entrar en ella y a la esposa autorizarlo a salir. Por eso la Escritura dice: «Y Élohim dijo a Noé: Sal del arca, etc.»; pues Élohim, que es la esposa celestial, solo tenía poder para invitar a salir de la casa hospitalaria, pero no para invitar a entrar en ella. Después de salir de la casa hospitalaria, Noé ofreció un presente a la esposa, porque es ella quien permanece siempre en la casa y porque es ella quien domina. Pero este presente que Noé ofreció a la esposa solo le llegó por medio del esposo, como dice la Escritura: «Y Noé erigió un altar a Jéhovah». El presente que el anfitrión hace a la esposa de la casa tiene por objeto que su esposo la ame aún más. De estas palabras de la Escritura inferimos que corresponde a todo anfitrión hacer un presente, al salir de la casa, a la esposa de quien lo invitó, y que ese presente debe entregarse al esposo, para que este se lo transmita a su esposa. Por eso la esposa bendijo a Noé, como está escrito: «Y Élohim bendijo a Noé y a sus hijos; y les dijo: Crezcan y multiplíquense, y llenen la tierra». Este es también el sentido del versículo: «La bendición del Señor enriquece a los hombres»; pues, en efecto, es la Shejiná, llamada bendición del Señor, la que enriquece a los hombres, como ya hemos dicho. La Escritura añade: «… Y la aflicción no tendrá parte con ellos». Para expresar la idea de aflicción, la Escritura emplea la palabra «etzeb», que significa también «tristeza», porque alude al misterio expresado en estas palabras: «Maldita sea la tierra por tu causa; y de ella te alimentarás durante toda la vida con tristeza (beitzabon)». La palabra «etzeb» designa la ira celestial que hace desaparecer del rostro todo rayo de alegría; es la época en que la luz de la luna se oscurece y las bendiciones celestiales no se derraman sobre el mundo. Al decir a Adán: «… De ella te alimentarás durante toda la vida con tristeza (beitzabon)», Dios quería decir que el hombre ya no recibiría su alimento celestial sino rodeado y perturbado por los malos espíritus, que impiden que las bendiciones celestiales lleguen al mundo en su estado de pureza primitiva. Por eso la Escritura dice: «… Y no aumentará (iosiph) la tristeza (etzeb) con ella». Así, el versículo citado expresa el mismo misterio que encierran estas palabras de la Escritura: «Ya no volveré a maldecir la tierra». La Escritura añade: «Que todos los animales de la tierra y todas las aves del cielo sientan terror y tiemblen ante ustedes, junto con todo lo que se mueve sobre la tierra». Dios dijo a Noé: A partir de hoy, volverán a estar dotados de figura humana; pues, antes de este día, los hombres ya no tenían figuras humanas. Observen que, por primera vez, la Escritura dice: «… Porque el hombre fue creado a imagen de Élohim», mientras que anteriormente está escrito: «El día en que Élohim creó al hombre, lo hizo a semejanza de Élohim». Pues, después de los primeros pecados, los rostros de los hombres se transformaron y dejaron de parecerse a la imagen de lo alto, de modo que los hombres temían a las bestias salvajes, en lugar de ser temidas por ellas. Antes del pecado de los hombres, todas las criaturas temblaban y retrocedían ante el hombre cuando, al alzar los ojos, veían la imagen sagrada. Pero, después de su pecado, los rostros humanos ya no aparecían ante las bestias salvajes como rostros humanos, sino como rostros de otras criaturas. Por eso, en vez de ser temidos, los hombres comenzaron a temer a los animales. Observen que todos los hombres que no pecan
contra su Señor y que no transgreden los mandamientos de la doctrina conservan en sus rostros, sin alteración alguna, la impronta de los rasgos del rostro celestial; por eso todas las criaturas del mundo tiemblan ante ellos. Pero en cuanto los hombres transgreden los mandamientos de la doctrina, los rasgos de sus rostros se alteran y empiezan a temer a las demás criaturas; y cuando los rasgos celestiales desaparecen de sus rostros, los animales salvajes se atreven a atacarlos, pues ya no ven en ellos los rasgos del rostro celestial que deberían estar impresos en cada rostro humano. Así, como el mundo acababa de ser renovado después del Diluvio y restablecido en su estado primitivo, Dios, al dar esta bendición a los hombres, los restableció como dueños de todas las criaturas, tal como está escrito: «He puesto en sus manos todos los peces del mar». Así, Dios puso bajo el poder del hombre no solo a las criaturas que vivían en la misma región que él, sino también a los peces del mar. Rabbi Hiyà dijo: Las palabras de la Escritura: «He puesto en sus manos todos los peces del mar» significan: Los puse bajo su poder desde la primera hora, tal como está escrito: «... Y dominen sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, etc.». Así, el Santo, bendito sea, puso todas las criaturas bajo el poder de los hombres desde la creación del mundo.
Está escrito: «Y Elohim bendijo a Noé». Rabbi Hizqiya comenzó una de sus conferencias de la siguiente manera: La Escritura dice: «Salmo de David para la inteligencia: Bienaventurados aquellos cuyas faltas son perdonadas y cuyo crimen es ocultado». Este versículo ya ha sido interpretado; pero, además, encierra un misterio de la Sabiduría; pues sabemos, por una tradición, que David alabó al Santo, bendito sea, con diez géneros distintos de cánticos, es decir, con cánticos que comienzan con diez términos diferentes, uno de los cuales es «inteligencia» (maschil). La inteligencia constituye uno de los diez grados celestiales designados por los diez términos con los que comienzan los distintos Salmos. David se preparaba antes de que la inteligencia descendiera sobre él. Las palabras de la Escritura: «Bienaventurados aquellos cuyas faltas son perdonadas» tienen el siguiente significado: en el momento en que el Santo, bendito sea, pone en la balanza las faltas y los méritos de los hombres, sucede que, cuando el hombre es digno, el platillo en que están depositados los pecados sube hacia lo alto, contrapesado por el otro platillo, en el que están depositados los méritos y que baja hacia abajo. Tal es el sentido de las palabras de la Escritura: «Bienaventurada la suerte de aquellos cuyos pecados son elevados», es decir: cuyo platillo que contiene los pecados se eleva hacia lo alto. La Escritura añade: «... Y cuyo crimen es ocultado». La Escritura quiere decir: cuyos crímenes oculta Dios en el momento en que la severidad se abate sobre el mundo, para que el ángel exterminador no pueda apoderarse de ellos, como ocurrió con Noé, cuyo crimen atrajo Adán al mundo y que el Santo, bendito sea, ocultó. Pues mientras este crimen subsista en el mundo, el hombre padece; las demás criaturas tienen poder sobre el mundo; el hombre las teme y el mundo no está en su estado normal. Por eso, cuando Noé salió del arca, el Santo, bendito sea, lo bendijo, como está escrito: «Y Elohim bendijo a Noé y a sus hijos, etc.»
La Escritura añade: «Y ustedes, crezcan y multiplíquense; entren en la tierra y llénenla». En la bendición que Dios dio a Noé, no se habla de las mujeres: la Escritura dice solamente: «Y Elohim bendijo a Noé y a sus hijos»; pero no habla de las mujeres. Rabbi Siméon dice: La palabra «y ustedes» (veathem) comprende tanto a los varones como a las mujeres. Además, la palabra «eth», colocada antes del nombre de Noé, comprende también a la mujer de Noé en la bendición de Dios; y la palabra «ve-eth», colocada antes de la palabra «sus hijos», comprende también a las mujeres de los hijos en la bendición divina. Precisamente porque Dios bendijo a los hombres y a las mujeres a la vez, les dice después: «Y ustedes, crezcan y multiplíquense; entren en la tierra y llénenla». Aquí el Santo, bendito sea, dio a Noé los siete mandamientos de la doctrina que él y todos sus descendientes debían observar hasta el día en que Israel fue colocado al pie del monte Sinaí, día en que se dieron todos los mandamientos a la vez.
Está escrito: «Y Elohim dijo a Noé: He aquí la señal de la Alianza que establezco para siempre entre Mí y ustedes, etc. He puesto (nathathi) mi arco en las nubes». La palabra «nathathi» designa el pasado, pues el arco ya había sido puesto en las nubes antes de este acontecimiento. Rabbi Siméon inició una de sus conferencias de la siguiente manera: La Escritura dice: «Y sobre este firmamento, que estaba por encima de sus cabezas, se veía algo semejante a un trono que parecía de zafiro». Y, anteriormente, la Escritura había dicho: «Y el ruido que oía de sus alas era como el ruido de las aguas más caudalosas y como la voz que Dios (Schadaï) hace oír desde lo alto del cielo. Hacían ruido cuando caminaban, como el ruido de una gran multitud y como el ruido de todo un ejército; y, cuando se detenían, bajaban sus alas». Estas palabras designan a los cuatro ángeles celestiales, poderosos y santos, que sostienen el firmamento. Para cubrirse el cuerpo, todos extienden sus alas y las juntan unas con otras; y, en el momento en que las extienden, se oye el ruido producido por este movimiento; pues es el momento en que entonan himnos a la gloria de Dios, tal como está escrito: «... Como la voz que Dios (Schadaï) hace oír desde lo alto del cielo». La Escritura compara sus alabanzas con la voz de Dios, porque, al igual que la voz de Dios, sus alabanzas nunca dejan de resonar, tal como está escrito: «... Para que la gloria cante tus alabanzas sin enmudecer jamás». ¿Y cuál es el contenido de las alabanzas que cantan? Cantan: «El Señor ha dado a conocer su salvación; ha manifestado Su justicia ante los ojos de las naciones». La Escritura añade: «Hacían ruido cuando caminaban, como el ruido de una gran multitud». La Escritura quiere decir: Como el ruido que hace el ejército celestial cuando todas las legiones sagradas reunidas hacen resonar las alabanzas de Dios. ¿Y cuál es el contenido de las alabanzas que canta el ejército celestial? Canta: «Santo, santo, santo es el Señor, Dios de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria». Los cuatro ángeles del carro dicen «santo» mientras vuelven sus rostros hacia el sur; dicen «santo» mientras vuelven sus rostros hacia el norte; repiten «santo» al volverse hacia el este; y dicen «bendito» al volverse hacia el oeste. El firmamento mencionado se extiende sobre la cabeza de estos cuatro ángeles, que siempre vuelven sus rostros hacia las direcciones que este firmamento sigue sucesivamente, de modo que el firmamento refleja las figuras vueltas hacia él. Como estas cuatro figuras están dispuestas en las cuatro esquinas del firmamento, se sigue que este refleja primero los cuatro colores propios de las cuatro figuras, que son: la figura del león, la figura del buey, la figura del águila y la figura del hombre. Incluso en las tres primeras figuras predomina la imagen del hombre, de modo que el ángel cuya figura es la del león se parece a un león-hombre; el que tiene la figura del águila se parece a un águila-hombre; el que tiene la figura de un buey se parece a un buey-hombre. Así, en todas las figuras está igualmente impresa la del hombre; por eso la Escritura dice: «Los cuatro tenían rostro de hombre». Y como este firmamento refleja cada una de estas figuras con un color distinto, resulta que presenta cuatro colores que corresponden a los cuatro signos sagrados grabados en lo alto (es decir, a las cuatro letras del nombre de Jehová) y a los cuatro colores principales de aquí abajo. Cuando estos cuatro colores se descomponen, presentan doce variedades de colores. Los cuatro colores principales son: el verde, el rojo, el blanco y el azul; estos cuatro colores contienen todos los demás matices; por eso la Escritura dice: «Y como el arco que aparece en el cielo en un día de lluvia, tal era la luz que brillaba alrededor de la imagen de la gloria del Señor». Estas palabras aluden a los cuatro colores principales que contienen todos los demás matices. Tal es el misterio de las palabras de la Escritura: «He puesto mi arco en las nubes». ¿Qué significa la palabra «mi arco»? Esta palabra tiene el mismo significado que aquella que la Escritura aplica a José: «Ha puesto su arco en el Fuerte; y las cadenas de sus manos y de sus brazos fueron rotas por la mano del Dios todopoderoso de Jacob. De allí salió para ser el pastor y la fuerza de Israel». Como José era un justo, la Escritura dice de él que puso su arco en Dios; esto quiere decir: la Alianza simbolizada por el arco, la cual también está simbolizada por el Justo. Pues la Alianza está simbolizada tanto por uno como por el otro. Y como Noé también fue un justo, él
Se le mostró el arco. ¿Qué significa la palabra «vaïspozou»? Esta palabra significa que la luz que se irradia del arco de la Alianza alegra a todo el mundo, tal como está escrito: «Son más deseables que la abundancia de oro y piedras preciosas, y más dulces que la miel o el más excelente panal de miel». Estas luces iluminaban a José debido a su castidad; y esto es lo que le valió el nombre de «José el Justo». Por eso el arco se llama el arco de la Alianza, porque la descomposición de la luz del sol que se observa en el arcoíris es el símbolo de la descomposición de la luz celestial y suprema que refleja el firmamento sostenido por los cuatro ángeles del carro. Por eso está prohibido contemplar el arcoíris cuando aparece, porque es una profanación de la Shejiná, de la cual es imagen; y como la majestad celestial impone el respeto que consiste en no mirarla, tampoco se debe mirar el espectáculo solar visible en el arcoíris. Y cuando la tierra ve aparecer el arcoíris, es natural que se convenza de que la unión celestial es perfecta. Por eso dice la Escritura: «... Para que sea la señal de la Alianza que hice con la tierra». Como dijimos anteriormente, el arcoíris presenta tres colores diferentes reunidos en un solo haz. Y todo forma un único misterio; y es en la nube donde asciende para hacerse visible. La Escritura añade: «Y sobre este firmamento, que estaba por encima de sus cabezas, se veía como un trono que parecía de zafiro».
Estas palabras designan la piedra fundamental (schethiyâ), que forma el punto central de todo el mundo y sobre la cual está asentado el Santo de los Santos del Santuario de Jerusalén. ¿Y qué es esta piedra fundamental? Es el trono sagrado y celestial colocado sobre las cuatro figuras grabadas en los cuatro lados del carro celestial. Este trono está simbolizado por la ley tradicional. La Escritura añade: «... Y parecía como un hombre sentado en este trono». Este hombre está simbolizado por la ley escrita. Inferimos de estas palabras que la ley escrita debe estar colocada por encima de la ley tradicional, puesto que el hombre parecía sentado en el trono; y como este trono constituye la piedra fundamental, Jacob, que era la imagen del hombre de la visión de Ezequiel, apoyó su cabeza sobre esta piedra.
Rabbi Yehouda se levant une vez durante la noche para consagrar la hora de la medianoche al estudio de la doctrina. Esto sucedía en una posada de la ciudad de Mahseya, donde también se alojaba un mercader judío que había venido a esta ciudad para vender allí dos fardos de ropa. Rabbi Yehouda abrió su conferencia de la manera siguiente: La Escritura dice: «Y esta piedra, que he erigido como monumento, será llamada la casa de Elohim». Estas palabras designan la piedra fundamental (schethiyâ), que sirvió de punto de partida para la creación del mundo y sobre la cual fue edificado el Santuario. El mercader judío, que en aquel momento estaba en la cama, levantó la cabeza y dijo a Rabbi Yehouda: tus palabras no pueden ser exactas, puesto que la piedra fundamental existía antes de la creación del mundo, ya que sirvió de punto de partida para la creación de este; ahora bien, la Escritura dice: «Y esta piedra, que he erigido como monumento, será llamada la casa de Elohim». Con el término «que he erigido», la Escritura da a entender que Jacob erigió esta piedra por primera vez, pero que no estaba erigida ya anteriormente. Además, la Escritura dice también: «Tomó la piedra que había puesto
debajo de su cabeza y la erigió como monumento». Además, Jacob se encontraba en ese momento en Beth-El, mientras que la piedra fundamental de la que habla la tradición se encuentra en Jerusalén. Rabbi Yehouda ni siquiera volvió la cabeza hacia su interlocutor para responderle; y continuó hablando así: Está escrito: «Prepárate, Israel, para ir al encuentro de tu Dios»; y, en otra parte, está escrito: «Presta atención, Israel, y escucha». Inferimos de estas palabras de la Escritura que el estudio de la doctrina exige atención de la mente y que requiere, junto con la atención, decoro exterior. El comerciante judío se levantó, se vistió y se sentó junto a Rabbi Yehouda, a quien dijo: ¡Dichosa su suerte, ustedes, justos, que consagran sus días y sus noches al estudio de la doctrina!
Rabbi Yehouda le dijo: Ahora que te has arreglado, repíteme la objeción que acabas de plantear, para que ambos conversemos sobre asuntos relativos a la doctrina. Pues debes saber que el estudio de la doctrina exige el arreglo del cuerpo al mismo tiempo que la atención del espíritu. Yo también podría haberme quedado en la cama y meditar en mi corazón sobre el tema relativo a la doctrina. Pero esta es la razón por la que preferí levantarme: La tradición nos enseña que la Shejiná acompaña a quien se consagra al estudio de la doctrina, aunque se consagre a él completamente solo, es decir, sin alumnos ni compañeros. Ahora bien, ¿cómo habría podido quedarme en la cama, sabiendo que la Shejiná estaba aquí presente? Además, el estudio de la doctrina exige serenidad de espíritu, una disposición del alma que difícilmente se alcanza estando acostado. Por último, preferí dejar la cama porque el Santo, bendito sea, pasea por el jardín del Edén con los justos cuando el hombre se levanta durante la noche para consagrarse al estudio de la ley, desde la medianoche hasta el amanecer, cuando sopla la brisa del norte; y todos los justos que pasean a esa hora por el jardín del Edén escuchan atentamente las palabras que salen de la boca del hombre. ¿Cómo habría podido quedarme en la cama a una hora en que el Santo, bendito sea, y todos los justos se deleitan escuchando las palabras relativas a la doctrina? Rabbi Yehouda añadió: Repíteme tu objeción.