Judaísmo

Zohar I, Sección Bereschith (fol. 54b-57b)

Rabbi Abba preguntó a Rabbi Siméon: Sin embargo, los demonios mueren como todos los hombres; ¿por qué, entonces, Noëma sigue viva hasta hoy? Rabbi Siméon le respondió: En efecto, los demonios mueren como todos los hombres; pero Lilith y Noëma, así como Aghereth, hija de Mahlath, que desciende de las dos primeras, siguen vivas hasta el día en que el Santo, bendito sea, purifique el mundo del espíritu impuro, tal como está escrito: «Y haré desaparecer de la tierra el espíritu de impureza».
Rabbi Siméon dijo: ¡Ay de los hombres ignorantes y ciegos que no se dan cuenta de la multitud de seres malignos que pululan en el mundo! Si se permitiera a los ojos verlos, uno se asombraría de que el mundo pudiera existir. Noten que Noëma era la madre de los demonios y que de su lado emanan todos los demonios que, despertando la concupiscencia de los hombres, les provocan la pérdida seminal. Por eso, todos los que han sido mancillados por la pérdida seminal están obligados a purificarse. No es la pérdida seminal en sí misma lo que mancilla, sino la causa que la determinó, tal como lo explicaron los colegas.
Está escrito: «Este es el libro de la genealogía de Adán: El día en que Dios creó al hombre, Dios lo hizo a Su semejanza». De ello se deduce
que este versículo, y que el libro de Adam del que habla la Escritura, se refería a la imagen del hombre. Rabbi Isaac dijo: El Santo, bendito sea, mostró a Adam los rostros de los hombres de todas las generaciones que se sucederán en el mundo; también le mostró los rostros de todos los sabios futuros, así como los de todos los reyes futuros que reinarán sobre Israel. Cuando llegó a David, rey de Israel, le anunció, mostrándole su rostro, que nacería y moriría con poco intervalo; pues tal era el destino de David. Entonces Adam dijo al Santo, bendito sea: Quiero conceder a David setenta años de la duración de mi vida. El Santo, bendito sea, tomó setenta años de la vida de Adam, que debía ser de mil años, y se los concedió a David. Por eso David alabó al Señor diciendo: «… Porque me has llenado de alegría, oh Señor, con Tus obras; y saltaré de júbilo al contemplar las obras de Tus manos». David dijo a Dios: ¿Quién me ha llenado de alegría concediéndome la vida en la tierra? Y él mismo respondió: Tus obras, es decir, Adam, el primer hombre, es obra del Santo, bendito sea, y no de un hombre de carne y sangre. Por la razón que acabamos de indicar, el Santo, bendito sea, descontó setenta años de los mil que le habían sido asignados originalmente. El Santo, bendito sea, continuó mostrándole a los sabios de todas las generaciones futuras. Cuando llegó a Rabbi Aqiba, Adam se alegró al ver la gran erudición de aquel maestro; pero se entristeció al ver su martirio. Entonces Adam exclamó: «Tus ojos me vieron cuando aún estaba informe, y todo está escrito en Tu libro: cada uno de los días tiene su acontecimiento, y ninguno deja de estar inscrito en él. Pero veo que has honrado a Tus amigos de una manera muy especial, y que su poder se ha afianzado extraordinariamente».
La Escritura dice: «Este es el libro de la genealogía de Adán». Estas palabras deben tomarse al pie de la letra, pues se trataba de un libro propiamente dicho que Adán tenía en su poder, como ya se ha dicho más arriba. Cuando Adán se encontraba en el jardín del Edén, el Santo, bendito sea, le hizo bajar un libro por mediación del ángel Raziêl, ángel de las regiones sagradas y jefe de los Misterios supremos. En ese libro estaba grabado el santo misterio de la «Sabiduría» (Hocmâ). El nombre sagrado de setenta y dos letras se explicaba allí mediante los seiscientos setenta misterios que contiene. En medio del libro estaba grabado el misterio de la «Sabiduría eterna», por medio del cual se descubren las mil quinientas llaves que no se confían a ningún ser celestial. Este misterio permaneció oculto a todos los seres celestiales hasta el día en que el libro llegó a manos de Adán. Entonces los Ángeles se reunieron alrededor de Adán para escuchar la lectura de ese libro y llegar así a conocer el misterio de la «Sabiduría». Los Ángeles exclamaron: «Oh Señor, elévate sobre los cielos, y que Tu gloria resplandezca sobre toda la tierra». En ese momento, el ángel sagrado llamado Hadraniel mandó llamar a uno de sus subordinados, quien le dijo: «¡Adán, Adán! Sé celoso del glorioso don del que Tu Maestro te ha juzgado digno, y no se lo muestres a nadie, pues a ninguno de los seres celestiales le está permitido conocer el misterio del Maestro; solo tú posees su secreto». Entonces Adán escondió ese libro, que conservó en su poder hasta el día en que salió del jardín del Edén. Mientras lo tuvo en su poder, no hizo sino estudiarlo con recogimiento, y descubrió en él misterios ignorados incluso por los ángeles superiores, llamados «los soles celestiales». Pero cuando pecó al transgredir el mandamiento de su Maestro, el libro salió volando. Entonces Adán se golpeó la cabeza, lloró y se sumergió hasta el cuello en las aguas del río Ghion, de modo que todo su cuerpo se cubrió de arrugas hasta el punto de volverlo irreconocible. El Santo, bendito sea, hizo entonces una señal al ángel Rafael, quien le devolvió el libro. Adán volvió a estudiarlo y se lo legó a su hijo Seth, quien a su vez lo transmitió a su descendencia. Así fue como ese libro llegó a Abraham, quien, gracias a los misterios contenidos en él, supo penetrar la gloria de su Maestro, como ya se ha dicho. Henoch también poseía ese libro, gracias al cual supo penetrar la gloria de su Maestro.
Está escrito: «Los creó varón y hembra». Rabbi Siméon dice: Estos dos versículos del comienzo del quinto capítulo del Génesis encierran grandes misterios. En las palabras: «Los creó varón y hembra», se expresa el misterio supremo que constituye la gloria de Dios, que es inaccesible al entendimiento humano y que es objeto de la Fe. Por este misterio fue creado el hombre. Observen que el hombre fue creado por el mismo misterio que el cielo y la tierra; pues, para la creación del cielo y de la tierra, la Escritura emplea el término: «Esta es la Génesis del cielo y de la tierra», y, para la creación del hombre, emplea un término semejante: «Este es el libro de la Génesis del hombre». Además, para la creación del cielo y de la tierra, la Escritura emplea el término: «be hibaram» (cuando fueron creados); y, para la creación del hombre, la Escritura emplea un término análogo, «be iom hibaram» (el día en que fueron creados). La Escritura dice: «Los creó varón y hembra». De ello inferimos que toda figura que no representa al varón y a la hembra no se asemeja a la figura celestial. Este misterio ya ha sido explicado. Observen que el Santo, bendito sea, no establece Su morada donde el varón y la hembra no están unidos; solo colma con Sus bendiciones el lugar donde el varón y la hembra están unidos. Por eso la Escritura dice: «Los bendijo y les dio el nombre de Adán». Así, la Escritura no dice: «Lo bendijo y le dio el nombre de Adán», porque Dios solo bendice cuando el varón y la hembra están unidos. El varón solo ni siquiera merece el nombre de «hombre» mientras no esté unido a la hembra; por eso la Escritura dice: «Y les dio el nombre de hombre».
Rabbi Yehouda dit : Depuis le día de la destrucción del templo, las bendiciones celestiales ya no alcanzan a Israel, y así todas las bendiciones que el Santo, Bendito sea, derrama cada día sobre el mundo se pierden para Israel, tal como está escrito: «El justo perece, y nadie lo toma en cuenta». ¿Qué significan las palabras: «El justo perece»? La Escritura quiere decir que se pierden las bendiciones celestiales que reposan sobre él, tal como está escrito: «Las bendiciones están sobre la cabeza del justo»; y tal como está escrito: «Este es el pueblo que no escuchó la voz del Señor, su Dios, y no quiso recibir Sus enseñanzas; ha perdido la Fe; esta ha sido desterrada de su boca». Por eso la Escritura dice: «Y los bendijo». Y para especificar de quién emanan las bendiciones, añade en otro lugar: «Y Elohim los bendijo».
De Seth proceden todas las generaciones y todos los justos del mundo. Rabbi Yossé dice: Después de que Adán transgredió el mandamiento de Dios, ya no tenía derecho a emplear las letras del alfabeto que habían servido de instrumento para ese mismo mandamiento. Pero, como aún quedaba en Adán algo de bueno, las dos últimas letras del alfabeto todavía estaban a su alcance. Por eso las usó para el nombre de su hijo Seth. Cuando hizo penitencia y se reconcilió con su Maestro, las letras comenzaron a estar de nuevo a su alcance, poco a poco; pero lo estuvieron en sentido inverso: primero, la Thav; después, la Schin; luego, la Resch, la Couph, y así sucesivamente. He aquí la razón por la que Adán llamó Seth a su hijo, nombre compuesto por la Schin y la Thav. Desde ese momento, las letras permanecieron dispuestas en sentido inverso, hasta el día en que Israel fue situado al pie del monte Sinaí; solo entonces volvieron a disponerse en el orden normal que tenían el día de la creación de los cielos y de la tierra. Esta nueva ordenación de las letras del alfabeto contribuyó a embalsamar el mundo y a consolidarlo.
Rabbi Abba dice: El día en que Adam transgredió el mandamiento de su Señor, los cielos y la tierra sintieron el deseo de desaparecer. ¿Por qué? Porque no están fundados sino en la alianza de Dios con el hombre,
tal como está escrito: «Si no existiera la alianza del día y de la noche, no habría establecido las leyes que rigen ambos y la tierra». Ahora bien, Adam rompió la Alianza, tal como está escrito: «Rompieron, como Adam, la Alianza que habían hecho conmigo». Si el Santo, bendito sea, no hubiera previsto que Israel estaría un día al pie del monte Sinaí para aceptar la Alianza, el mundo no habría subsistido.
Rabbi Hizqiya dice: El Santo, bendito sea, perdona los pecados a todo aquel que los confiesa. Observen que, al mismo tiempo que el Santo, bendito sea, creó el mundo, estableció la Alianza sobre la cual se funda el mundo. ¿Cómo sabemos que fue así? Lo sabemos por el término de la Escritura: «Bereschith», que debe interpretarse de esta manera: «Bara schith», es decir: «Creó el fundamento», de donde emanan las bendiciones del cielo y sobre el cual se funda el mundo. Esta es la Alianza que Adán había quebrantado, y por eso fue expulsado del lugar que ocupaba. La Alianza está simbolizada aquí por la letra Yod de la palabra «schith»; por pequeña que sea esta letra, simboliza el fundamento del mundo. Cuando Adán tuvo un hijo, confesó sus pecados y Dios se los perdonó. Por eso llamó a su hijo Seth, nombre formado por las mismas letras que la palabra «schith», con excepción de la letra Yod, que falta en este nombre porque esta letra designa la Alianza que Adán había quebrantado. Por eso el Santo, bendito sea, afianzó el mundo e hizo descender de Seth a todas las generaciones de los justos.
Observen, además, que cuando Israel fue colocado al pie del monte Sinaí, la Alianza fue colocada entre estas dos letras, es decir, entre la Schin y la Thav; pues la Alianza está simbolizada aquí por la letra Beth. Así, la Alianza, simbolizada por la letra Beth y colocada entre las letras Schin y Thav, forma la palabra «sábado» (schabath), tal como está escrito: «Que los hijos de Israel observen el sábado y lo celebren de generación en generación; porque es la Alianza eterna entre Mí y los hijos de Israel, y una señal que durará para siempre».
Rabbi Yossé dijo: Las dos letras Schin y Thav fueron así unidas a la letra Beth, lo que prueba que, en el momento de ser colocado al pie del monte Sinaí, Israel ya podía servirse de todas las letras del alfabeto, aunque en la época del nacimiento de Seth solo las dos letras que componían su nombre estaban al alcance de los hombres.
Rabbi Yehouda dice: Desde el nacimiento de Seth hasta el acontecimiento del monte Sinaí, las letras fueron haciéndose accesibles gradualmente a los hombres; pero solo en el monte Sinaí las letras aparecen completas y dispuestas en el orden normal.
Rabbi Éléazar dice: En la época de Enós, los hombres eran muy versados en la ciencia oculta, en el arte mágico y en todas las ciencias propias para poner en movimiento las fuerzas sobrenaturales. Desde Adam, quien, después de haber sido expulsado del Edén, se dedicó también al estudio de las «hojas del árbol del Bien y del Mal», nadie conoció las ciencias ocultas tan bien como Enós. Este las enseñó a sus contemporáneos, y así fueron transmitidas a la generación del Diluvio, que, sabiendo servirse de este arcano, desafió a Noé, afirmando que podía, gracias a su conocimiento del arte mágico, apartar los castigos con que Dios la amenazó. Como fue solo a partir de Enós cuando los hombres comenzaron a hacer uso del arte mágico, la Escritura dice: «También le nació a Seth un hijo, al que llamó Enós. Este comenzó a invocar el nombre de Jehová».
Rabbi Isaac dice: Todos los justos que vivieron después de Enós se esforzaron por hacer que sus contemporáneos abandonaran la práctica del arte mágico. Así, Jared, Matusalén y Henoc hicieron tentativas en el mismo sentido; pero no pudieron lograrlo. La práctica de esta ciencia llegó a adquirir tales proporciones que los culpables ya pensaron en rebelarse contra su Señor, exclamando: «¿Quién es el Todopoderoso (Schadaï) para obligarnos a servirlo? ¿Y qué bien nos reportará si le oramos?». Ciertamente, no eran tan insensatos como para creer que el Todopoderoso no pudiera obligarlos a servirlo; pero, versados en la ciencia oculta, esperaban poder valerse de ella para apartar de sí los castigos
con que fueron amenazados de ser aniquilados. Entonces el Santo, bendito sea, devolvió el mundo a su estado primitivo; pues, primitivamente, la tierra estaba toda cubierta de agua, y, en el momento del Diluvio, sucedió lo mismo. Pero después del Diluvio, Dios devolvió la tierra a los hombres con la promesa de que el mundo ya no sería destruido, pues los miró con misericordia. Por eso dice la Escritura: «Jehová hizo permanecer un diluvio sobre la tierra». La Escritura dice: «Jehová»; pero no dice «Elohim»; pues «Jehová» es la misericordia; «Elohim» es el rigor. En la época de Enós, hasta los niños conocían los Misterios supremos y eran capaces de penetrarlos. Rabbi Yessa objetó: Si era así, aquellos hombres eran grandes insensatos, pues, a pesar de conocer los misterios, no podían prever que el Santo, bendito sea, se disponía a aniquilarlos con el Diluvio que sería su perdición. Rabbi Isaac respondió: Sí lo previeron; pero, en su ceguera, razonaron así: Conocemos al ángel encargado del fuego, y conocemos también al ángel encargado del agua. Además, tenemos el poder de impedir los actos del primero de estos ángeles y de obstaculizar los del segundo. Si alguna vez nos viéramos amenazados por el fuego o el agua, detendríamos la mano del ángel encargado de estas calamidades. Pero no sabían que era el Santo, bendito sea, Él mismo, quien afligía al mundo con los castigos que decretaba, y que los ángeles encargados no eran más que los ejecutores de esas órdenes. Solo se dieron cuenta de esta verdad el día en que el Diluvio destruyó el mundo. Antes del Diluvio, el Espíritu Santo hizo resonar cada día en el mundo estas palabras: «Que los pecadores y los injustos sean borrados de sobre la tierra, para que ya no existan». El Santo, bendito sea, prolongó su paciencia mientras los piadosos Jared, Matusalén y Henoc estuvieron en este mundo. Pero, tan pronto como aquellos justos desaparecieron del mundo, el Santo, bendito sea, afligió a los hombres con los castigos con que los había amenazado, y fueron exterminados, como está escrito: «Todo pereció de sobre la tierra».
Está escrito: «Y Henoc caminó con Elohim, y ya no apareció, porque Elohim se lo llevó». Rabbi Yossé comenzó una de sus conferencias con el siguiente exordio: Está escrito: «Mientras el rey está en su aposento (bimsibo), el nardo que me perfumaba ha difundido su buen aroma». Este versículo ya ha sido interpretado; pero he aquí otra interpretación: Observen el proceder del Santo, bendito sea. Mientras el hombre permanece unido a Dios, Él fija Su morada en ese hombre. Pero si Dios prevé que un justo acabará por degenerar, se apresura a llevárselo de este mundo mientras el aroma que emana de ese hombre todavía es bueno. Tal es el sentido del versículo citado. «Mientras el Rey…» designa al Santo, bendito sea. «… Está en su aposento» designa al hombre unido a Dios y que camina por el buen camino, hombre en quien Dios establece Su morada. «El nardo que me perfumaba ha difundido su buen aroma» designa las buenas obras del hombre, por las cuales Dios se lleva prematuramente de este mundo a muchos justos, a fin de que las buenas obras no pierdan su buen aroma a causa de las malas acciones que las seguirían si el hombre continuara con vida. Por eso el rey Salomón dijo: «Hay justos a quienes les suceden desgracias como si hubieran cometido las acciones de los malvados; y hay malvados que viven seguros, como si hubieran realizado las obras de los justos». Porque, en efecto, hay justos que son llevados prematuramente de este mundo, como si hubieran cometido las acciones de los malvados, porque el Santo, bendito sea, prevé que, si viven, acabarán por cometer malas acciones. El Santo, bendito sea, se lleva a estos justos de este mundo antes del día fijado, para preservarlos del castigo en que incurrirían si continuaran con vida. Pero también hay malvados que gozan de una larga vida, como si hubieran realizado las obras de los justos; son los malvados a quienes el Santo, bendito sea, concede una larga vida para permitirles arrepentirse y convertirse. Así, los justos mueren a veces prematuramente para que su conducta posterior no destruya las buenas obras.
ya hechas; y los malvados a veces gozan de una larga vida, para que reparen, mediante su conducta posterior, las malas acciones cometidas, o bien para que engendren hijos virtuosos.
Observen que Henoch era justo; pero el Santo, bendito sea, previó que acabaría pecando; por eso lo sacó de este mundo antes de la hora fijada. Por eso dijo la Escritura: «... Para recoger lirios». La Escritura quiere decir que el Santo, bendito sea, saca a los justos de este mundo mientras esparcen su buen aroma, y antes de que este se altere. La Escritura añade: «... Y ya no apareció, porque Elohim se lo llevó». Con «ya no apareció», la Escritura quiere decir que murió antes de alcanzar la edad de los demás hombres de su generación. ¿Por qué? Porque el Santo, bendito sea, se lo llevó prematuramente.
Rabbi Éléazar dijo: El Santo, bendito sea, sacó a Henoch de este mundo, lo elevó a los cielos superiores y le confió todos los tesoros celestiales, así como las cuarenta y cinco llaves de las combinaciones de las letras grabadas, que los ángeles superiores utilizan, como ya se ha dicho.
Está escrito: «Y Dios vio que la maldad de los hombres que vivían sobre la tierra era grande y que todos los pensamientos de su corazón estaban en todo momento inclinados al mal». Rabbi Yehouda inició una de sus conferencias con el siguiente exordio: La Escritura dice: «Tú no eres un Dios que aprueba la iniquidad; el espíritu maligno no permanecerá junto a Ti». Este versículo ya ha sido explicado; pero observen, además, que de este versículo se deduce que quien se apega al espíritu tentador y se deja guiar por él cae en una impureza tal que contamina a todos aquellos a quienes se acerca, como ya se ha dicho.
La Escritura dice: «... La maldad de los hombres era grande». Dios ejerció Su longanimidad y no quiso abrumar con males a los hombres de aquella generación, a pesar de sus malas acciones, hasta que derramaron inútilmente sangre sobre la tierra, es decir, hasta que practicaron el onanismo, que se equipara al asesinato. ¿Y quién los había incitado a practicar el onanismo? La Escritura responde: «... Y los pensamientos de su corazón estaban en todo momento inclinados al mal (ra)». En este pasaje, la Escritura emplea la palabra «mal» (ra). Y en otra parte dice: «Y Er, primogénito de Judá, obró mal (ra) ante Dios». Ahora bien, se sabe que el crimen de Er consistía en practicar el onanismo.
Rabbi Yossé preguntó: «¿“Râ” no es, pues, sinónimo de “rascha” (malvado)?» Rabbi Yehouda le respondió: «No; estos dos calificativos no son sinónimos. Se califica de “rascha” (malvado) a alguien por el solo hecho de haber levantado la mano contra su prójimo, aunque no le haya hecho ningún daño, tal como está escrito: “Y dijo al que golpeaba al otro: Malvado (rascha), ¿por qué golpeas a tu hermano?” La Escritura no dice: “¿Por qué golpeaste a tu hermano?” Porque si la Escritura se hubiera expresado así, se habría podido suponer que el acto se había consumado, es decir, que realmente había golpeado a su prójimo; pero dice: “¿Por qué golpeas a tu hermano?”, lo cual prueba que el acto todavía no se había consumado, sino que apenas se disponía a golpearlo; y, sin embargo, la Escritura lo califica de “rascha”.»
En cambio, el nombre de «Râ» solo se aplica a quien practica el onanismo y así se contamina a sí mismo, así como a todo el mundo, al prodigar su fuerza al espíritu impuro llamado «Râ». Este es el sentido de las palabras de la Escritura: «... Y que todos los pensamientos de su corazón estaban dedicados al «Râ» (mal).» El hombre mancillado por esta impureza nunca entrará en el Palacio celestial ni verá jamás el rostro de la Shejiná, a quien alejó de este mundo a causa de su pecado.
¿De dónde sabemos que la Shejiná es alejada de este mundo por la práctica del onanismo? Lo sabemos por Jacob. Pues, cuando la Shejiná se alejó de Jacob, este temió que hubiera alguna mancha entre sus hijos; es decir, que, a raíz de una pérdida seminal, hubiera engendrado un hijo del lado del demonio. Temía que ese pecado hubiera dado acceso al espíritu impuro en el mundo y hubiera disminuido la luz de la luna al prestarle su forma mellada. Ahora bien, si Jacob temía que el alejamiento de la Shejiná se debiera a una simple pérdida seminal...
Entonces, con mayor razón, la Shejiná no se alejaría del mundo como consecuencia de la práctica del onanismo, que mancilla al hombre que se entrega a ella y contribuye a fortalecer el espíritu de impureza. Por eso, quien practica el onanismo es llamado «Râ». Observen que el Santo, bendito sea, nunca visita a ningún hombre que se entrega a este vicio; pero, en cambio, cada día lo visita el demonio llamado «Râ», tal como está escrito: «El temor del Señor conduce a la vida; proporciona noches apacibles, preservando de la visita del mal (Râ)». La Escritura quiere decir que quienquiera que ande por el camino del bien no es visitado por el demonio denominado «Râ». Tal es el sentido de las palabras de la Escritura: «... Y que todos los pensamientos de su corazón estaban en todo tiempo inclinados al mal (Râ)». Tal es también el sentido de las palabras de la Escritura: «El espíritu maligno (Râ) no permanecerá cerca de ti». El demonio que posee a quienes practican el onanismo es llamado «Râ», y no «Rascha». Lo anterior explica, por último, las palabras de la Escritura: «Aunque camine en medio de la sombra de la muerte, no temeré el mal (Râ), porque Tú estás conmigo».
Está escrito: «Y Dios se arrepintió de haber hecho al hombre sobre la tierra; y se llenó de tristeza hasta lo más profundo de Su corazón». Rabbi Yossé comenzó una de sus conferencias con el siguiente exordio: La Escritura dice: «¡Ay de ustedes, que arrastran tras de sí la mentira con cordeles y tiran tras de sí el pecado con correas que arrastran el carro!». Las palabras: «... Que arrastran tras de sí la mentira con cordeles» designan a esa clase de hombres que se hacen culpables cada día ante su Maestro y a cuyos ojos los pecados que cometen parecen tener muy poca importancia; por eso la Escritura habla de cordeles, porque la mentira les parece a esas personas un pecado tan pequeño como un cordel. El Santo, bendito sea, ejerce Su paciencia con esa clase de personas y no las castiga sino cuando se hacen culpables de actos cuya gravedad no puede escapar ni siquiera a sus propios ojos. A ese grado de impiedad se refiere la Escritura cuando dice: «... Y tiran tras de sí el pecado con correas que arrastran el carro». Adviertan que, cuando el Santo, bendito sea, juzga a los culpables de este mundo, no puede decidirse a exterminarlos, aunque pequen contra Él y lo hagan enojar todos los días; porque, cuando los mira, se arrepiente de la sentencia pronunciada contra ellos, pues son obra de Sus manos. Y aun cuando el castigo de los culpables se vuelve indispensable, el Santo, bendito sea, se compadece de su suerte y, —si se permite expresarse así—, queda «lleno de tristeza hasta lo más profundo de Su corazón». Se llena de tristeza porque se trata de la obra de Sus manos, tal como está escrito: «El Rey, después de entrar en su casa, se acostó sin haber comido: no se sirvió ningún alimento en su mesa y se vio privado del sueño durante la noche». Y en otro lugar se dice: «Ante Él hay gloria y alabanza; la santidad y la magnificencia resplandecen en Su santo lugar». Rabbi Yossé dijo: Adviertan que la Escritura dice: «... Y se llenó de tristeza hasta lo más profundo de Su corazón». Por tanto, este versículo se refiere únicamente a la esencia divina llamada «corazón», pero no a la otra, pues la otra esencia divina es llamada «espíritu», tal como está escrito: «Y suscitaré para Mí un sacerdote fiel que actuará según Mi corazón y Mi espíritu». Rabbi Isaac dijo: Las palabras: «Y Dios se arrepintió de haber hecho al hombre sobre la tierra» tienen el mismo significado que las palabras: «Y Dios se arrepintió del mal que había anunciado contra Su pueblo». Según Rabbi Yessa, la interpretación de Rabbi Isaac favorece a los hombres; según Rabbi Hizqiya, por el contrario, los perjudica. Según Rabbi Yessa, Rabbi Isaac quiere decir que las palabras de la Escritura significan que Dios se arrepintió de los castigos
decretados contra los hombres que son obra de Sus manos. Según Rabbi Hizqiya, por el contrario, Rabbi Isaac quiere decir que el Santo, bendito sea, se consoló por la pérdida del hombre, aunque este fuera obra de Su mano, como quien se consuela por la pérdida de un miembro de su familia; en otras palabras, el Santo, bendito sea, tomó la decisión de hacer desaparecer de este mundo a los culpables. Adviertan que, cada vez que se decreta un castigo contra un culpable, el Santo, bendito sea, necesita consolarse antes de colmar de males a Su propio hijo. El arrepentimiento puede apartar el castigo decretado, mientras el Santo, bendito sea, todavía no se haya consolado; pero, si ya lo ha hecho, el arrepentimiento es incapaz de apartar el castigo decretado. Por eso la Escritura dice primero: «Y Dios se consoló»; y después añade: «Y se entristeció hasta lo más profundo de Su corazón». Así, solo se entristeció después de haberse consolado; pues únicamente entonces el mal se volvió inevitable y ni siquiera el arrepentimiento podía ya apartarlo. Rabbi Hiyâ dijo: Las palabras del versículo citado significan que el Santo, bendito sea, se consoló por la pérdida del hombre. Cuando el Santo, bendito sea, creó al hombre sobre la tierra, lo formó a imagen de la figura celestial; y, al ver la figura del hombre, tan semejante a la de lo alto, todos los ángeles superiores alabaron al Santo, bendito sea, exclamando:
« Lo has hecho un poco inferior a Elohim; lo has coronado de gloria y honor». Pero cuando el hombre pecó, el Santo, bendito sea, se entristeció, porque aquel pecado dio a los ángeles la ocasión de renovar el reproche que ya habían formulado antes de la creación del hombre. Pues cuando Dios quiso crear al hombre, los ángeles exclamaron: «¿Qué es el hombre para que Te acuerdes de él? ¿Qué es el hombre para que sea digno de que lo visites?». Rabbi Yehouda dijo: Dios se había entristecido porque tenía que castigar a los hombres, tal como está escrito: «Marchaban delante del ejército, y todos formaban un solo coro; cantaban este cántico: Alaben al Señor, porque Su misericordia es eterna». Ahora bien, Rabbi Isaac preguntó: ¿Por qué no estaba formulado este cántico como los cánticos análogos de los Salmos, que comienzan con las palabras: «Alaben al Señor, porque es bueno»? Pero la verdad es que no se debía emplear la palabra «bueno» en una circunstancia en que Israel exterminó a tantos hombres que son obra de Dios. Asimismo, cuando Israel atravesó el mar Rojo, los ángeles superiores vinieron a cantar un cántico ante el Santo, bendito sea. Él les dijo: ¡Cómo! Mi obra se ahoga en el mar y ustedes se disponen a cantar un cántico. Por eso la Escritura dice: «De modo que los dos ejércitos no pudieron acercarse durante todo el tiempo de la noche». Lo mismo ocurre cada vez que un culpable es exterminado en este mundo; el Santo, bendito sea, se entristece. Rabbi Abba dijo: El Santo, bendito sea, no se entristece cuando el culpable es exterminado, sino cuando peca y transgrede el mandamiento de su Amo. Cuando Adam pecó, el Santo, bendito sea, le dijo: ¡Ay de ti, que has debilitado la fuerza de lo alto y has apagado la luz celestial! Y enseguida lo expulsó del jardín del Edén. El Santo, bendito sea, dijo además a Adam: Te había hecho subir al jardín del Edén para que ofrecieras allí sacrificios, pero profanaste el altar; por eso decreto que, de ahora en adelante, te veas reducido a labrar la tierra. Después, el Santo, bendito sea, decretó la muerte del hombre. Sin embargo, antes de la muerte de Adam, el Santo, bendito sea, tuvo piedad de él y le permitió ser sepultado cerca del jardín del Edén; pues Adam hizo una cueva cerca del jardín del Edén y se escondió allí con su mujer, hasta el día de su muerte. ¿Cómo podía saber Adam que aquella cueva se encontraba cerca del jardín del Edén? Vio un rayo de luz salir de sus alrededores y penetrar en su cueva, y enseguida reconoció que aquella luz emanaba del Edén del que acababa de ser expulsado. Observen que nadie abandona este mundo sin ver, inmediatamente después de su muerte,
Adán, el primer hombre. Este le pregunta cuál es la causa de su muerte y en qué estado moral dejó el mundo. Entonces, el hombre que acaba de morir le dice a Adán: «¡Ay de ti, pues tú has sido la causa de mi muerte!». Pero Adán le responde: «Yo no transgredí más que un solo mandamiento y sufrí un castigo tan grande; piensa, pues, cuál debe ser tu castigo, tú que has transgredido tantos mandamientos y te has hecho culpable de tantas malas acciones».
Rabbi Hiyâ dice: Adán ve todos los días, en dos ocasiones distintas, a los patriarcas; les confiesa su pecado y les muestra el lugar donde antaño gozaba de la gloria celestial. Adán ve allí también a todos los justos y a todos los celosos que descienden de él y que han recibido como recompensa gozar de la gloria celestial en el jardín del Edén. Entonces, todos los patriarcas alaban a Dios exclamando: «¡Cuán grande es Tu gracia, oh Señor, que pones a cubierto a los hijos de Adán bajo Tus alas!».
Rabbi Yessa dice: En el momento de abandonar el mundo, todos los hombres ven a Adán, para que cada uno se vea obligado a reconocer que murió por su propio pecado, y no solo a causa del pecado de Adán. Lo anterior concuerda con la tradición que nos enseña que nadie muere sin pecado, salvo tres hombres cuya muerte se debió únicamente al mal consejo de la primera serpiente; estos tres hombres son: Amram, Leví y Benjamín; según algunos, hay que añadir a Jesé. Estos hombres no cometieron ningún pecado que mereciera la muerte, y no abandonaron este mundo sino a raíz del consejo de la mala serpiente, como hemos dicho.
Observen que todas las generaciones de la época de Noé cometieron sus pecados a la vista de todo el mundo. Un día, mientras paseaba junto a la puerta de la ciudad de Tiberíades, Rabbi Siméon vio a unos hombres lanzar hondas contra vasijas de barro, es decir, practicar el onanismo. Rabbi Siméon exclamó: «¡Cómo! ¡Estos criminales se atreven a irritar públicamente a su Maestro!». Lanzó una mirada a los culpables, y estos fueron precipitados al mar y allí perecieron.
Observe que todo pecado cometido públicamente aleja a la Shejiná de la tierra y hace que la Shejiná abandone su morada en este mundo. La generación de la época de Noé pecaba descaradamente y cometía crímenes a la vista de todos; por eso alejó a la Shejiná del mundo, lo que hizo que el Santo, bendito sea, la rechazara y la apartara de Él; por eso dice la Escritura: «Quita la escoria de la plata, y se formará un vaso muy puro. Quita la impiedad de delante del Rey, y su trono se afirmará por la justicia».
Está escrito: «Y Élohim dijo: Mi espíritu no permanecerá para siempre con el hombre, porque es carne».

Fuente Sepher ha-Zohar, tome I, trad. Jean de Pauly (1906), archive.org SepherHaZoharLeLivre1 (OCR corrigé) — traducción I Choose Peace desde el francés · Índice