El vino, iluminado por un rayo de Su rostro,
revela las burbujas de la forma,
como el mundo material y el mundo del alma,
que aparecen como velos ante los santos.
La razón universal, al ver esto, queda atónita,
el alma universal queda reducida a la servidumbre.
¡Bebe vino!, pues la copa es el rostro del Amigo.
¡Bebe vino!, pues el cáliz es Su ojo, ebrio y
arrebatado por el vino.
¡Bebe vino! y libérate de la frialdad del corazón,
pues un borracho vale más que un hombre satisfecho de sí mismo.
El mundo entero es Su taberna,
la copa de vino, el corazón de cada átomo,
la razón está ebria, los ángeles están ebrios, el alma está ebria,
el aire está ebrio, la tierra está ebria, el cielo está ebrio.
El cielo, aturdido por el aroma de los vapores del vino,
vacila de un lado a otro;
los ángeles, sorbiendo el vino puro en cálices,
vierten sus heces sobre el mundo;
el hombre se eleva al cielo por el aroma de estas heces.
Embriagados por el trago, los elementos
vuelven a caer en el agua y el fuego.
Al captar el reflejo, el cuerpo frágil se convierte en un
alma,
y el alma helada, bajo el efecto de su calor,
se derrite y cobra vida.
El mundo de las criaturas permanece aturdido,
errando sin cesar lejos de su morada y de su hogar.
Uno se vuelve filósofo por el aroma de las heces,
otro, al contemplar el color del vino, se vuelve narrador,
uno se vuelve religioso tras medio trago,
otro se vuelve amante tras un cáliz lleno,
otro apura de un solo trago
el cáliz, la taberna, el escanciador y los borrachos;
se lo traga todo, pero mantiene la boca abierta.
revela las burbujas de la forma,
como el mundo material y el mundo del alma,
que aparecen como velos ante los santos.
La razón universal, al ver esto, queda atónita,
el alma universal queda reducida a la servidumbre.
¡Bebe vino!, pues la copa es el rostro del Amigo.
¡Bebe vino!, pues el cáliz es Su ojo, ebrio y
arrebatado por el vino.
¡Bebe vino! y libérate de la frialdad del corazón,
pues un borracho vale más que un hombre satisfecho de sí mismo.
El mundo entero es Su taberna,
la copa de vino, el corazón de cada átomo,
la razón está ebria, los ángeles están ebrios, el alma está ebria,
el aire está ebrio, la tierra está ebria, el cielo está ebrio.
El cielo, aturdido por el aroma de los vapores del vino,
vacila de un lado a otro;
los ángeles, sorbiendo el vino puro en cálices,
vierten sus heces sobre el mundo;
el hombre se eleva al cielo por el aroma de estas heces.
Embriagados por el trago, los elementos
vuelven a caer en el agua y el fuego.
Al captar el reflejo, el cuerpo frágil se convierte en un
alma,
y el alma helada, bajo el efecto de su calor,
se derrite y cobra vida.
El mundo de las criaturas permanece aturdido,
errando sin cesar lejos de su morada y de su hogar.
Uno se vuelve filósofo por el aroma de las heces,
otro, al contemplar el color del vino, se vuelve narrador,
uno se vuelve religioso tras medio trago,
otro se vuelve amante tras un cáliz lleno,
otro apura de un solo trago
el cáliz, la taberna, el escanciador y los borrachos;
se lo traga todo, pero mantiene la boca abierta.