La taberna es la morada de los amantes,
el lugar donde anida el ave del alma,
la posada que no existe
en un mundo sin forma.
Quien frecuenta la taberna está desolado en un desierto solitario,
donde ve el mundo como un espejismo.
El desierto no tiene límites ni fin,
pues ningún hombre ha visto su principio ni su fin.
Aunque vagues febrilmente durante cien años,
siempre estarás solo.
Porque sus habitantes no tienen cabeza ni pies,
no son fieles ni infieles,
han renunciado al bien y al mal,
y han rechazado el nombre y la fama,
por haber bebido de la copa del desasimiento de sí;
sin labios ni boca,
están más allá de las tradiciones, las visiones y los estados,
más allá de los sueños de cámaras secretas, luces y milagros.
Yacen tendidos, ebrios, bajo el efecto del perfume de las heces del vino,
y han entregado como rescate
el bastón y la cantimplora del peregrino,
el dentífrico y el rosario.
A veces, se elevan al mundo de la dicha,
con el cuello erguido como el de los corredores,
o con el rostro ennegrecido, vuelto hacia la pared,
a veces, con el rostro enrojecido, atados al
poste.
Ahora, en la danza mística del gozo en el Amado,
pierden cabeza y pies, como los cielos que giran.
En cada melodía que oyen del
juglar,
el arrobamiento les llega del mundo invisible.
Porque en las sencillas palabras y sonidos
del canto místico
reposa un precioso misterio.
Al beber una copa de vino puro,
al barrer de su alma el polvo de los montones de estiércol,
al aferrar los bordes de las vestiduras de los borrachos,
se han convertido en sufíes.
el lugar donde anida el ave del alma,
la posada que no existe
en un mundo sin forma.
Quien frecuenta la taberna está desolado en un desierto solitario,
donde ve el mundo como un espejismo.
El desierto no tiene límites ni fin,
pues ningún hombre ha visto su principio ni su fin.
Aunque vagues febrilmente durante cien años,
siempre estarás solo.
Porque sus habitantes no tienen cabeza ni pies,
no son fieles ni infieles,
han renunciado al bien y al mal,
y han rechazado el nombre y la fama,
por haber bebido de la copa del desasimiento de sí;
sin labios ni boca,
están más allá de las tradiciones, las visiones y los estados,
más allá de los sueños de cámaras secretas, luces y milagros.
Yacen tendidos, ebrios, bajo el efecto del perfume de las heces del vino,
y han entregado como rescate
el bastón y la cantimplora del peregrino,
el dentífrico y el rosario.
A veces, se elevan al mundo de la dicha,
con el cuello erguido como el de los corredores,
o con el rostro ennegrecido, vuelto hacia la pared,
a veces, con el rostro enrojecido, atados al
poste.
Ahora, en la danza mística del gozo en el Amado,
pierden cabeza y pies, como los cielos que giran.
En cada melodía que oyen del
juglar,
el arrobamiento les llega del mundo invisible.
Porque en las sencillas palabras y sonidos
del canto místico
reposa un precioso misterio.
Al beber una copa de vino puro,
al barrer de su alma el polvo de los montones de estiércol,
al aferrar los bordes de las vestiduras de los borrachos,
se han convertido en sufíes.