Amado, ¿quién te dijo que dejaras de preguntar
cómo va mi vida? ¿Que te hicieras mi enemigo
y no preguntaras dónde vive quien fue tu amigo?
Tú eres el aliento de la misericordia que pasa
por el vasto mundo entero, y yo, el culpable;
¡ah, que cese la herida que mis lágrimas han abierto,
no preguntes más por el pasado!
Si quieres conocer el secreto del fuego del amor,
se revelará ante tus ojos:
pregunta a la llama de la antorcha que arde sin desfallecer,
pero no preguntes más qué rumbo sigue el dulce viento caprichoso.
Pregúntame por la fe y el amor que nunca mueren;
sobre la soberanía de Darío y Alejandro,
ya no canto.
No pidas al monje que te dé el oro puro de la Verdad,
no esconde riqueza alguna bajo su apariencia engañosa;
y no pidas que te enseñe la alquimia
a quien tiene el tesoro vacío y el hogar frío.
Pregunta hacia qué meta se apresura el derviche errante:
quienes te aconsejaron ignoraban su deseo;
¡no preguntes más por sus harapos!
Y en sus libros doctos buscarás en vano
la llave de la puerta cerrada del Amor; al corazón vuelto sabio
por el dolor y la pena, ¡no le pidas remedio alguno!
Pero cuando vuelva el tiempo de las rosas,
toma lo que te ofrece, oh Hafiz, antes de que se escape,
y no preguntes por qué la hora te lo ha traído,
¡y por qué seguir preguntando!
cómo va mi vida? ¿Que te hicieras mi enemigo
y no preguntaras dónde vive quien fue tu amigo?
Tú eres el aliento de la misericordia que pasa
por el vasto mundo entero, y yo, el culpable;
¡ah, que cese la herida que mis lágrimas han abierto,
no preguntes más por el pasado!
Si quieres conocer el secreto del fuego del amor,
se revelará ante tus ojos:
pregunta a la llama de la antorcha que arde sin desfallecer,
pero no preguntes más qué rumbo sigue el dulce viento caprichoso.
Pregúntame por la fe y el amor que nunca mueren;
sobre la soberanía de Darío y Alejandro,
ya no canto.
No pidas al monje que te dé el oro puro de la Verdad,
no esconde riqueza alguna bajo su apariencia engañosa;
y no pidas que te enseñe la alquimia
a quien tiene el tesoro vacío y el hogar frío.
Pregunta hacia qué meta se apresura el derviche errante:
quienes te aconsejaron ignoraban su deseo;
¡no preguntes más por sus harapos!
Y en sus libros doctos buscarás en vano
la llave de la puerta cerrada del Amor; al corazón vuelto sabio
por el dolor y la pena, ¡no le pidas remedio alguno!
Pero cuando vuelva el tiempo de las rosas,
toma lo que te ofrece, oh Hafiz, antes de que se escape,
y no preguntes por qué la hora te lo ha traído,
¡y por qué seguir preguntando!