Sabe, oh hermano, que Dios dijo en el Corán: «Estableceremos una balanza justa el Día de la Resurrección, y ninguna alma será perjudicada en lo más mínimo». Quien haya realizado el peso de un grano de bien o de mal lo verá entonces. También está escrito en el Corán: «Que cada alma considere lo que ha enviado por delante para el Día del Juicio». El califa Omar decía: «Exíjanse cuentas antes de que se les exijan»; y Dios dice: «Oh, ustedes que creen, sean pacientes, luchen contra sus deseos naturales y combatan con valor». Los santos siempre comprendieron que habían venido a este mundo para dedicarse a un comercio espiritual, cuyo beneficio o pérdida resulta en el paraíso o el infierno. Por eso, siempre han vigilado atentamente la carne, que, como un socio traicionero en los negocios, puede causarles grandes pérdidas. El hombre sabio es, pues, aquel que, después de su oración matutina, dedica una hora entera a hacer balance de sus cuentas espirituales y dice a su alma: «Oh, alma mía, solo tienes una vida; ningún instante transcurrido puede recuperarse, pues, según el decreto de Dios, está fijado el número de respiraciones que te ha sido asignado y no puede aumentarse. Cuando tu vida haya terminado, ya no te será posible ningún comercio espiritual; haz ahora, pues, lo que tienes que hacer. Considera este día como si tu vida ya hubiera terminado y este día te hubiera sido concedido como una gracia especial del Todopoderoso. ¿Qué mayor locura hay que desperdiciarlo?».
En el momento de la resurrección, un hombre encontrará todas las horas de su vida dispuestas como una larga serie de cofres del tesoro. Se abrirá la puerta de uno de ellos y se verá que está lleno de luz: representa una hora que pasó haciendo el bien. Su corazón se llenará de tal alegría que una ínfima parte de ella bastaría para hacer olvidar el fuego a los habitantes del infierno. Se abrirá la puerta de un segundo cofre; el interior está completamente oscuro y de él emana un olor tan desagradable que todos se taparán la nariz: representa una hora que pasó haciendo el mal, y sentirá tal terror que una ínfima parte de este bastaría para amargar el Paraíso a los bienaventurados. Se abrirá la puerta de un tercer cofre del tesoro; se verá que está vacío y que su interior no es ni luminoso ni oscuro: representa la hora en que no hizo ni bien ni mal. Entonces sentirá un remordimiento y un desconcierto semejantes a los de un hombre que poseyó un gran tesoro y lo malgastó o dejó que se le escapara. Así, toda la serie de las horas de su vida se ofrecerá a su mirada, una tras otra. Por eso, cada mañana, un hombre debería decirle a su alma: «Dios te ha dado veinticuatro tesoros; ten cuidado de no perder ninguno, porque no podrás soportar el pesar que seguirá a semejante pérdida».
Los santos dijeron: «Incluso suponiendo que Dios Te perdone, después de una vida desperdiciada no alcanzarás los rangos de los justos y tendrás que lamentar tu pérdida; por tanto, vigila con la mayor atención tu lengua, tus ojos y cada uno de tus siete miembros, pues cada uno de ellos es, por así decirlo, una posible puerta al infierno. Dile a tu carne: “Si te rebelas, ciertamente te castigaré”; pues, aunque la carne sea indócil, es capaz de recibir instrucciones y puede ser domada mediante la austeridad». Este es, pues, el propósito del examen de sí mismo, y el Profeta había dicho: «Feliz quien hace desde ahora lo que le será útil después de la muerte».
Pasemos ahora a la evocación de Dios. Consiste en que el hombre recuerde que Dios observa todos sus actos y todos sus pensamientos. La gente solo ve el exterior, mientras que Dios ve tanto al hombre exterior como al hombre interior. Quien crea verdaderamente esto habrá disciplinado su ser exterior y su ser interior. Si no lo cree, es un infiel; y si lo cree, pero actúa en contra de esa creencia, es culpable de la presunción más grave. Un día, un hombre negro fue a ver al Profeta y le dijo: «¡Oh, Profeta de Dios! He cometido muchos pecados. ¿Será aceptado mi arrepentimiento o no?». El Profeta respondió: «Sí». Entonces el hombre negro dijo: «¡Oh, Profeta de Dios! Durante todo el tiempo en que cometía pecados, ¿Dios los veía realmente?». «Sí», respondió el Profeta. El hombre negro lanzó un grito y cayó muerto. Mientras un hombre no esté plenamente convencido de que siempre se encuentra bajo la mirada de Dios, le será imposible actuar con rectitud.
Un sheij tenía antes un discípulo al que prefería por encima de sus otros discípulos, lo que suscitaba los celos de estos. Un día, el sheij dio a cada uno de ellos un ave y les dijo que fueran a matarla en un lugar donde nadie pudiera verlos. Así pues, cada uno mató su ave en algún lugar apartado y la trajo de vuelta, salvo el discípulo favorito del sheij, que la trajo viva, diciendo: «No encontré ningún lugar así, pues Dios ve en todas partes». El sheij dijo a los demás: «Ahora ven el verdadero rango de este joven; ha alcanzado el recuerdo constante de Dios».
Cuando Zuleikha tentó a José, cubrió el rostro del ídolo al que solía adorar. José le dijo: «Oh, Zuleikha, sientes vergüenza ante un bloque de piedra; ¿no debería sentir yo vergüenza ante Aquel que creó los siete cielos y la tierra?». Un hombre fue un día a ver al santo Junaid y le dijo: «No puedo evitar lanzar miradas lascivas. ¿Qué puedo hacer?». «Recuerda —respondió Junaid— que Dios te ve con mucha más claridad de la que tú ves a cualquiera». Está escrito en las tradiciones que Dios dijo: «El Paraíso es para quienes tienen la intención de cometer un pecado, pero luego recuerdan que Mi ojo está posado sobre ellos y se abstienen». Abdullah Ibn Dinar relata: «Un día caminaba con el califa Omar cerca de La Meca, cuando nos encontramos con un joven esclavo pastor que conducía su rebaño. Omar le dijo: “Véndeme una oveja”. El muchacho respondió: “No son mías, sino de mi amo”. Para ponerlo a prueba, Omar le dijo entonces: “Bueno, puedes decirle que un lobo se llevó una, y él no se enterará”. “No se enterará, pero Dios, Él sí lo sabrá”, dijo el muchacho. Entonces Omar se echó a llorar y, haciendo venir al amo del muchacho, lo compró y lo liberó, exclamando: “Por esas palabras, eres libre en este mundo y lo serás en el otro”».
Hay dos grados en este recuerdo de Dios. El primero es el de los santos cuyos pensamientos están completamente absorbidos por la contemplación de la majestad de Dios y cuyo corazón no deja lugar a nada más. Este es el grado inferior del recuerdo, pues, cuando el corazón de un hombre es firme y sus miembros están tan bien gobernados por él que se abstienen incluso de los actos lícitos, no necesita ningún medio ni protección contra los pecados. A este tipo de recuerdo aludía el Profeta cuando decía: «A quien se levanta por la mañana con Dios solo en su pensamiento, Dios cuidará de él, tanto en este mundo como en el otro».
Algunos de los que recuerdan a Dios están tan absortos en el pensamiento de Él que, si alguien les habla, no lo oyen, y si alguien pasa delante de ellos, no lo ven; entonces tropiezan como si hubieran chocado contra una pared. Un santo cuenta lo siguiente: «Un día pasé cerca de un lugar donde unos arqueros participaban en una competición de tiro. Un poco apartado, un hombre estaba sentado solo. Me acerqué a él e intenté entablar conversación, pero me respondió: “El recuerdo de Dios vale más que las palabras”. Le dije: “¿No está usted solo?”. “No —respondió—, Dios y dos ángeles están conmigo”. Señalando a los arqueros, pregunté: “¿Quién de ellos ganó el premio?”. “Aquel —respondió— a quien Dios se lo destinó”. Luego le pregunté: “¿Adónde lleva este camino?”. Entonces alzó los ojos al cielo, se levantó y se marchó diciendo: “¡Oh, Señor! ¡Muchas de Tus criaturas impiden que se Te recuerde!”»
Un día, el santo Shibli fue a visitar al sufí Thaury; lo encontró sentado, tan inmóvil en su contemplación que ni un pelo de su cuerpo se movía. Le preguntó: «¿De quién aprendiste a mantener semejante inmovilidad en la contemplación?». Thaury respondió: «De un gato que vi acechando ante un agujero de ratón, en una postura aún más inmóvil que esta». Ibn Hanif cuenta: «Supe que en Sur un cheikh y su discípulo estaban siempre sentados, absortos en el recuerdo de Dios. Fui allí y los encontré a ambos sentados, con el rostro vuelto hacia La Meca. Los saludé tres veces, pero no respondieron. Dije: “Les ruego, por Dios, que me devuelvan el saludo”. El joven levantó la cabeza y respondió: “¡Oh, Ibn Hanif! El mundo solo dura un breve instante, y de ese breve instante solo queda una pequeña parte. Nos estorba al exigir que le devolvamos el saludo”. Luego volvió a inclinar la cabeza y guardó silencio. En ese momento tenía hambre y sed, pero la vista de aquellos dos hombres me hizo salir por completo de mí mismo. Me quedé de pie y recé con ellos la oración de la tarde y luego la de la noche. Después les pedí algunos consejos espirituales. El más joven respondió: “¡Oh, Ibn Hanif!, estamos afligidos; no poseemos esa lengua que da consejos”. Me quedé allí de pie tres días y tres noches; no intercambiamos palabra y ninguno de nosotros durmió. Entonces me dije: “Voy a rogarles, por Dios, que me den un consejo”. El más joven, adivinando mis pensamientos, levantó una vez más la cabeza: “Ve a buscar a un hombre cuya visita te recuerde a Dios y arraigue Su temor en tu corazón; él te dará ese consejo que transmite el silencio, y no la palabra”».
Tal es la «rememoración» de los santos, que consiste en estar completamente absorto en la contemplación de Dios. El segundo grado de la rememoración de Dios es el de los «compañeros de la derecha». Estos saben que Dios conoce todo acerca de ellos y se sienten avergonzados en Su presencia; sin embargo, el pensamiento de Su majestad no los arrebata de sí mismos: siguen siendo plenamente conscientes de sí mismos y del mundo. Su estado se parece al de un hombre que, sorprendido de repente desnudo, se cubriera apresuradamente, mientras que la otra clase se parece a alguien que se encontrara de repente en presencia del rey y quedara turbado y sobrecogido de temor. Los primeros someten a un examen minucioso todo proyecto que les viene a la mente, pues, en el Día Final, se harán tres preguntas acerca de cada acción: la primera, «¿Por qué hiciste esto?»; la segunda, «¿De qué manera hiciste esto?»; la tercera, «¿Con qué propósito hiciste esto?». La primera se hará porque el hombre debe actuar por un impulso divino, y no por un impulso meramente satánico o carnal. Si la respuesta a esta pregunta es satisfactoria, la segunda examinará de qué manera se realizó la acción: con sabiduría, o con descuido y negligencia; y la tercera, si se realizó únicamente para agradar a Dios, o para obtener la aprobación de los hombres. Si un hombre comprende el sentido de estas preguntas, velará atentamente por el estado de su corazón y por los pensamientos que admite, susceptibles de conducir a una acción. Discernir correctamente tales pensamientos es una tarea muy difícil y delicada; quien no sea capaz de ello debería acogerse a un guía espiritual, cuya compañía podrá iluminar su corazón. Debería evitar con el mayor cuidado al erudito meramente mundano, que es un agente de Satanás. Dios le dice a David: «¡Oh, David! No pidas consejo a ningún erudito embriagado de amor por el mundo, pues te robará Mi amor», y el Profeta ha dicho: «Dios ama al hombre que se esfuerza por discernir lo dudoso y que no deja que su razón se vea arrastrada por los embates de la pasión». La razón y el discernimiento están estrechamente unidos, y quien no deja que la razón gobierne la pasión no se esforzará por discernir.
Además de esta prudencia al discernir antes de actuar, el hombre debe interrogarse rigurosamente sobre sus acciones pasadas. Cada noche, debe examinar su corazón y lo que ha hecho, para ver si ha ganado o perdido de su capital espiritual. Esto es tanto más necesario cuanto que el corazón se parece a un socio pérfido, siempre dispuesto a engatusar y engañar; a veces presenta su egoísmo bajo la apariencia de obediencia a Dios, de modo que el hombre cree haber ganado, cuando en realidad ha perdido.
Un santo llamado Amiya, de sesenta años, contó los días de su vida. Encontró veintiún mil seiscientos. Se dijo: «¡Ay de mí! Si he cometido un pecado cada día, ¿cómo podré escapar al peso de veintiún mil seiscientos pecados?». Lanzó un grito y cayó al suelo; cuando fueron a levantarlo, lo encontraron muerto. Pero la mayoría de la gente es despreocupada y nunca piensa en pedirse cuentas. Si, por cada pecado cometido, un hombre depositara una piedra en una casa vacía, pronto la encontraría llena de piedras; si los ángeles encargados de registrar sus actos le exigieran un salario por haber anotado sus pecados, pronto se le acabaría todo el dinero. La gente desgrana sus rosarios con satisfacción, contando las veces que ha recitado el nombre de Dios, pero no tiene ningún rosario para contar las innumerables palabras vanas que pronuncia. Por eso el califa Omar decía: «Pesa bien tus palabras y tus actos antes de que sean pesados en el Juicio». Él mismo, antes de retirarse por la noche, solía golpearse los pies con un látigo y exclamar: «¿Qué has hecho hoy?». Abu Talha rezaba un día en un palmeral cuando se distrajo al ver un hermoso pájaro que alzó el vuelo y se equivocó al contar sus postraciones. Para castigarse por su falta de atención, donó el palmeral. Estos santos sabían que su naturaleza sensual tendía a extraviarse; por eso la vigilaban de cerca y la castigaban por cada transgresión.
Si un hombre se siente apático y siente aversión por la austeridad y la autodisciplina, debería frecuentar a alguien que sobresalga en estas prácticas, para empaparse de su entusiasmo. Un santo decía: «Cuando mi ardor por la autodisciplina decae, miro a Muhammad Ibn Wasi y su vista reaviva mi fervor durante al menos una semana». Si no se encuentra cerca un modelo semejante de austeridad, es bueno estudiar la vida de los santos; también se debería exhortar un poco al alma de la siguiente manera: «¡Oh, alma mía! Te crees inteligente y te irrita que te traten de insensata; pero, al fin y al cabo, ¿qué otra cosa eres? Preparas ropa para protegerte del frío del invierno, pero no haces preparativo alguno para el más allá. Tu estado se parece al de un hombre que, en pleno invierno, dijera: “No me pondré ropa abrigada, sino que confiaré en la misericordia de Dios para que me proteja del frío”. Olvida que Dios, al mismo tiempo que creó el frío, mostró al hombre cómo confeccionar ropa para protegerse de él y le proporcionó el material necesario para esa ropa. Recuerda también, oh alma mía, que tu castigo en el más allá no se deberá a la ira de Dios por tu desobediencia; y no digas: “¿Cómo podría mi pecado perjudicar a Dios?”. Serán tus propias pasiones las que habrán encendido en ti las llamas del infierno; del mismo modo que una comida insalubre provoca una enfermedad en el cuerpo de un hombre, y no porque su médico esté irritado porque no haya seguido sus indicaciones.
« ¡Vergüenza debería darte, oh alma, por el amor desmedido que profesas al mundo! Si no crees ni en el Paraíso ni en el Infierno, al menos crees en la muerte, que te arrancará todos los placeres terrenales y te hará sentir el dolor de separarte de ellos, un dolor tanto más intenso cuanto más te hayas apegado a ellos. ¿Por qué estás loca por el mundo? Aunque te perteneciera entero, de Oriente a Occidente, y te adorara, en poco tiempo todo eso se convertiría en polvo contigo, y el olvido borraría tu nombre, como ha borrado los de los antiguos reyes que te precedieron. Pero ahora, puesto que solo posees una ínfima parte del mundo, y además mancillada, ¿serás tan insensata como para cambiarla por la alegría eterna, una joya preciosa por una vasija de barro rota, y convertirte en el hazmerreír de todos los que te rodean?»