Había una vez un rey cuyo rostro era hermoso como la luna y resplandeciente como el sol, y que tenía un hijo tan encantador como José. Nadie tuvo jamás un hijo tan hermoso ni estuvo nunca en posesión de tanta importancia y dignidad. Todos lo amaban y con gusto habrían sido el polvo de sus pies; los señores de su corte eran esclavos de su rostro. Si salía de noche detrás de su cortina, se creía que un nuevo sol aparecía en el desierto. No hay manera de describir su rostro, pues el día no es ni siquiera un pelo de ese rostro. Si se hubiera hecho una cuerda con sus negros cabellos, miles de corazones habrían descendido igualmente al pozo. Los cabellos de esa vela encendida incendiaban el mundo y producían en todo el universo una larga sensación. Sería imposible describir, incluso en el espacio de cincuenta años, el anzuelo de los rizos de cabello de ese José de belleza. Cuando miraba con su ojo semejante al narciso, incendiaba el mundo entero. Su sonrisa esparcía azúcar, y cien mil rosas florecían sin esperar a la primavera. Su boca era tan pequeña que no se podría hablar de ella, pues no se puede decir nada de lo que no es apreciable. Cuando salía de detrás de la cortina de sus aposentos, cada uno de sus cabellos causaba mil muertes. El joven príncipe hacía desgraciada el alma del mundo entero. Estaba por encima de todo lo que yo podría decir.
Cuando dirigía su caballo hacia la llanura, se sostenían espadas desenvainadas delante y detrás de él, y se hacía apartar de inmediato del camino a quienquiera que mirase hacia aquel joven príncipe. Pues había un mal-
El pobre derviche que, en su sencillez, había perdido la cabeza por amor a aquel joven príncipe. De aquel amor insensato solo obtenía abatimiento y turbación; su vida se consumía, y no tenía valor para hablar. Como no encontró a nadie que se compadeciera de su desdichado amor, sembró en su corazón la semilla de la aflicción. Estaba sentado día y noche en la calle del joven príncipe, y había cerrado los ojos a las criaturas del mundo. Lloraba en vano, sin obtener lo que deseaba, guardando silencio; se consumía, pues no dormía ni comía. Nadie en el mundo habría podido ser su confidente, y así mantenía oculto su secreto día y noche. Su rostro era amarillo como el oro, y sus lágrimas blancas como la plata; estaba sentado día y noche, con el corazón partido en dos. Lo que, sin embargo, mantenía con vida a aquel impaciente derviche era que, de vez en cuando, el joven príncipe pasaba lejos de él. Cuando aparecía, todo el bazar se alborotaba; todo el mundo se ponía en pie, pero todos huían para no encontrarse en su camino. Sus hombres se colocaban delante y detrás, y mataban a muchos indiscretos. El estruendo que se producía llegaba hasta las nubes y se oía hasta en la luna. La gente del príncipe ocupaba casi una parasanga. Cuando el derviche oía sus gritos, volvía la cabeza y le fallaban las piernas. Se desmayaba, estaba ensangrentado y perdía la conciencia de su existencia. En aquel momento habría necesitado cien mil ojos para derramar a su gusto lágrimas de sangre. A ratos, el rostro de aquel desdichado estaba lívido; a ratos, la sangre le brotaba de los ojos. A veces, sus suspiros helaban sus lágrimas; otras, su dolor las abrasaba. Estaba medio muerto, medio vivo, y, a causa de su miseria, no tenía para comer ni medio pan. ¿Cómo habría podido un príncipe así aliviar a un hombre caído en semejante estado? Aquel hombre sencillo, que no era más que una sombra o la mitad de un átomo, quería estrechar contra su pecho a aquel sol.
Un día, mientras el príncipe estaba al frente del ejército, aquel mendigo lanzó un grito. Entonces, fuera de sí, exclamó: «Mi alma está abrasada y la razón se ha apartado de mí. ¿Por cuánto tiempo seguiré consumiendo mi alma? Pero, de ahora en adelante, ya no tengo ni paciencia ni fuerzas para sufrir».
Así habló aquel hombre desdichado, y a cada instante se golpeaba la cabeza contra las piedras del camino, afligido. Cuando hubo dicho estas palabras, su espíritu desfalleció, y la sangre le brotó de los ojos y de los oídos. Un servidor del príncipe se dio cuenta y, queriendo hacer perecer al derviche, fue ante el rey, a quien dijo: «Manifiesta su amor por el príncipe, su hijo». El rey quedó tan afectado por esta noticia que el ardor de la indignación le hizo hervir el cerebro, y dijo: «Levántense y vayan a empalar a ese audaz. Átenle los pies y pónganlo cabeza abajo en el palo». Enseguida partieron los jinetes del rey; echaron una soga corrediza al cuello de aquel mendigo, y luego lo arrastraron hacia el palo, mientras una multitud intentaba arrancarlo de sus manos. Sin embargo, nadie conocía la causa de su dolor ni intercedía por él. Cuando el visir lo hubo conducido bajo la horca, lanzó un grito que le arrancó el fuego de la pena y dijo al visir: «¡Por Dios, concédame algún tiempo, para que al menos pueda rezar bajo la horca!». El visir, aunque de ánimo sombrío, le concedió la prórroga que pedía. El faquir apoyó, pues, la cabeza en la tierra. Luego, en medio de sus postraciones, dijo: «¡Oh, Dios! Puesto que el rey me hace morir, a mí, que soy inocente, concede a este ignorante, antes de que deje la vida, la buena fortuna de ver la belleza de ese joven. Haz que al menos una vez contemple su rostro y pueda ofrecerle en esa ocasión mi vida en sacrificio. Si veo bien el rostro de este príncipe, podré entregar gustosamente cien mil almas. ¡Oh, Dios mío y Rey mío! Tu servidor Te suplica; está enamorado y consiente en que lo hagas perecer en la senda del amor. Estoy unido de corazón a esta puerta, y soy un verdadero amante, muy lejos de ser infiel. Puesto que concedes cien mil deseos, concede este y cumple mis anhelos».
Este derviche, apartado del camino del amor, no había terminado de expresar lo que deseaba cuando la flecha de su anhelo llegó a su destino. El visir adivinó su plegaria secreta, y su corazón sintió dolor por el dolor de aquel derviche. Fue ante el rey y lloró. Le contó al rey la verdadera situación de aquel pobre derviche, que había entregado su corazón. Le habló de los gemidos que había dejado oír en su plegaria,
de los deseos que había expresado en sus prosternaciones. Entonces la compasión se apoderó también del corazón del rey; quedó satisfecho con aquellas explicaciones y dispuso su ánimo a perdonar al derviche. Enseguida le dijo a su hijo, el príncipe: «No apartes la mirada de ese desgraciado que se ha humillado. Levántate y corre hacia la horca, junto a ese hombre que te ha entregado su corazón y está ensangrentado. Habla con ese derviche que te desea. Ha perdido su corazón por ti; devuélveselo. Sé bondadoso con él, pues ha soportado tu ira; bebe con él, pues ha probado tu veneno. Tómalo del lado del camino en que se encuentra y condúcelo hacia el jardín; tráelo contigo y llévalo ante mí».
de los deseos que había expresado en sus prosternaciones. Entonces la compasión se apoderó también del corazón del rey; quedó satisfecho con aquellas explicaciones y dispuso su ánimo a perdonar al derviche. Enseguida le dijo a su hijo, el príncipe: «No apartes la mirada de ese desgraciado que se ha humillado. Levántate y corre hacia la horca, junto a ese hombre que te ha entregado su corazón y está ensangrentado. Habla con ese derviche que te desea. Ha perdido su corazón por ti; devuélveselo. Sé bondadoso con él, pues ha soportado tu ira; bebe con él, pues ha probado tu veneno. Tómalo del lado del camino en que se encuentra y condúcelo hacia el jardín; tráelo contigo y llévalo ante mí».
El joven príncipe, otro José, partió para ir junto al derviche. Aquel sol de rostro de fuego se puso en camino para estar a solas con un átomo. Aquel océano lleno de las perlas más hermosas quiso ir en busca de una gota de agua.
Golpéense la cabeza de alegría, agiten los pies y aplaudan.
En fin, el joven príncipe fue bajo la horca, él cuya vista suscitaba una turbación semejante a la de la resurrección. El príncipe vio al derviche en el mayor abatimiento, con el rostro vuelto hacia el polvo. El polvo se había convertido en barro por efecto de la sangre de sus dos ojos; un mundo entero estaba lleno de sus suspiros. Aniquilado, perdido, reducido a nada, ¿podía encontrarse en un estado más penoso? Cuando el joven príncipe vio al derviche así tendido en la sangre, se le llenaron los ojos de lágrimas. Quiso ocultar sus lágrimas al ejército, pero fue en vano. Cuando se puso así a llorar, cien mundos fueron ganados para el derviche. En efecto, cuando se alcanza el amor verdadero, el objeto pasivo del amor se convierte en sujeto activo. Sí, si estás en posesión del amor verdadero, tu amigo vendrá a buscarte por sí mismo.
Golpéense la cabeza de alegría, agiten los pies y aplaudan.
En fin, el joven príncipe fue bajo la horca, él cuya vista suscitaba una turbación semejante a la de la resurrección. El príncipe vio al derviche en el mayor abatimiento, con el rostro vuelto hacia el polvo. El polvo se había convertido en barro por efecto de la sangre de sus dos ojos; un mundo entero estaba lleno de sus suspiros. Aniquilado, perdido, reducido a nada, ¿podía encontrarse en un estado más penoso? Cuando el joven príncipe vio al derviche así tendido en la sangre, se le llenaron los ojos de lágrimas. Quiso ocultar sus lágrimas al ejército, pero fue en vano. Cuando se puso así a llorar, cien mundos fueron ganados para el derviche. En efecto, cuando se alcanza el amor verdadero, el objeto pasivo del amor se convierte en sujeto activo. Sí, si estás en posesión del amor verdadero, tu amigo vendrá a buscarte por sí mismo.
Al final, el joven príncipe, hermoso como el sol, llamó amablemente al derviche. Este nunca había oído la voz del príncipe, pero lo había visto a menudo desde lejos. Cuando levantó la cabeza del polvo del camino, vio cara a cara el rostro del príncipe; entonces hubo un fuego ardiente y un océano de agua, pues, por mucho que ardiera, no comunicaba ningún calor al corazón del príncipe. Este derviche, privado de su corazón, era como un fuego que tuviera por vecino el océano. Puso su alma en sus labios y dijo: «¡Oh, príncipe! Puesto que estoy en este estado, bien puedes privarme por completo de la vida. No tenías necesidad de traer contigo este ejército».
Así habló, y se vio que iba a dejar de existir. En efecto, lanzó un grito, entregó su alma y murió. Cuando supo que estaba unido a su Amado, quedó por completo aniquilado y destruido. Quienes recorren el hipódromo del amor espiritual saben lo que produce entre ellos la aniquilación en el amor.
Así habló, y se vio que iba a dejar de existir. En efecto, lanzó un grito, entregó su alma y murió. Cuando supo que estaba unido a su Amado, quedó por completo aniquilado y destruido. Quienes recorren el hipódromo del amor espiritual saben lo que produce entre ellos la aniquilación en el amor.
¡Oh tú, cuya existencia está mezclada con la nada y cuya felicidad está mezclada con el dolor! Mientras no hayas permanecido algún tiempo en la inquietud, ¿cómo podrás apreciar el descanso? Te agitas como el relámpago, con la mano abierta, y te detienen unas escobas ante un poco de nieve. ¿Lo piensas? Entra con valentía en el camino espiritual, quema la razón y entrégate a la locura. Si quieres valerte de esta alquimia, muéstrate al menos una vez. Reflexiona un poco y, siguiendo mi ejemplo, renuncia a ti mismo; ocúpate unos instantes, en el interior de tu alma, de tus propios pensamientos, para que llegues finalmente a la pobreza espiritual (faqr) y a la perfección del gusto por la abnegación. En cuanto a mí, que no he permanecido ni siendo yo ni siendo otro que yo, lo bueno y lo malo que hay en mí valen más que mi razón. Me he extraviado por completo, lejos de mí; no encuentro otro remedio para mi estado que la desesperación. Cuando el sol de la pobreza espiritual brilló sobre mí, quemó los dos mundos con más facilidad que un grano de mijo. Cuando vi los rayos de ese sol, no permanecí aislado; la gota de agua regresó al océano. Aunque en mi juego a veces haya ganado y a veces perdido, sin embargo, acabé arrojándolo todo al agua negra. Fui borrado, desaparecí; no quedó nada de mí mismo; no fui más que una sombra, no quedó de mí ni el más pequeño átomo. Era una gota perdida en el océano del misterio y ahora ni siquiera encuentro esa gota. Aunque no a todo el mundo le sea dado desaparecer de este modo,
Pude perderme en la aniquilación junto con muchos otros que fueron como yo. ¿Hay en el mundo, desde el pez hasta la luna, alguien que no desee perderse aquí?