Un sufí escuchó, mientras caminaba, los gritos de un individuo que había perdido una llave y decía: «¿Alguien ha encontrado aquí una llave? Mi puerta está cerrada y yo estoy en el polvo del camino. Si mi puerta permanece cerrada, ¿qué debo hacer? ¿Debo seguir atormentándome? Entonces, ¿qué debo hacer?»
«¿Por qué te afliges? —le dijo el sufí—; puesto que conoces tu puerta, quédate junto a ella aunque esté cerrada. Si permaneces sentado mucho tiempo al lado de esa puerta cerrada, no hay duda de que alguien acabará por abrírtela. Tu asunto es fácil y el mío es difícil, pues mi alma se consume en su estupor. Mi asunto no tiene ni cabeza ni pies; no tiene ni puerta ni llave. ¡Ojalá pudiera ir a toda prisa y encontrar la puerta abierta o cerrada!»
«¿Por qué te afliges? —le dijo el sufí—; puesto que conoces tu puerta, quédate junto a ella aunque esté cerrada. Si permaneces sentado mucho tiempo al lado de esa puerta cerrada, no hay duda de que alguien acabará por abrírtela. Tu asunto es fácil y el mío es difícil, pues mi alma se consume en su estupor. Mi asunto no tiene ni cabeza ni pies; no tiene ni puerta ni llave. ¡Ojalá pudiera ir a toda prisa y encontrar la puerta abierta o cerrada!»
El hombre no tiene en común más que la imaginación; nadie conoce el verdadero estado de las cosas. A quien le diga: «¿Qué haré?», dígale: «No haga lo que ha hecho; no actúe como ha actuado hasta ahora».
Quien entra en el valle del asombro entra a cada instante en un dolor tal que bastaría para afligir a cien mundos. Pero ¿hasta cuándo soportaré la aflicción y la turbación del espíritu? Puesto que me he extraviado, ¿adónde llevaré mis pasos? Lo ignoro, pero ¡ojalá Dios me lo hiciera saber! Y si lo supiera, ¡estaría estupefacto! Aquí, la queja del hombre es una acción de gracias, la infidelidad se ha convertido en la fe y la fe en la infidelidad.
Quien entra en el valle del asombro entra a cada instante en un dolor tal que bastaría para afligir a cien mundos. Pero ¿hasta cuándo soportaré la aflicción y la turbación del espíritu? Puesto que me he extraviado, ¿adónde llevaré mis pasos? Lo ignoro, pero ¡ojalá Dios me lo hiciera saber! Y si lo supiera, ¡estaría estupefacto! Aquí, la queja del hombre es una acción de gracias, la infidelidad se ha convertido en la fe y la fe en la infidelidad.