Un hombre sin recursos que vivía en una zanja excavada para un canal pidió prestado un asno a un vecino; luego se durmió profundamente sobre la muela de un molino, y el asno se escapó. Entonces un lobo despedazó al asno y lo devoró. Al día siguiente, aquel a quien se había pedido prestado el asno reclamó al primero su precio. Los dos hombres llegaron corriendo por el camino hasta el ingeniero de la zanja; le contaron lo sucedido y le preguntaron quién debía pagar el precio del asno prestado. «Le corresponde precisamente a todo lobo hambriento que aparezca en la llanura desierta pagar el precio de este asno —respondió el ingeniero—, y ustedes dos deben reclamárselo».
¡Oh Dios! ¡Qué bien hará el lobo esta retribución, pues todo lo que hace no es acaso una retribución!
¿Qué no les ocurrió a las mujeres de Egipto porque una hermosa criatura pasó cerca de ellas? ¿Qué tiene de extraño que un loco experimente una sensación extraordinaria al ver un palacio? Mientras se encuentre en ese estado excepcional, no mirará nada ni delante ni detrás. Hablará de todo por sí mismo y desde sí mismo; buscará todo por sí mismo y desde sí mismo.
¡Oh Dios! ¡Qué bien hará el lobo esta retribución, pues todo lo que hace no es acaso una retribución!
¿Qué no les ocurrió a las mujeres de Egipto porque una hermosa criatura pasó cerca de ellas? ¿Qué tiene de extraño que un loco experimente una sensación extraordinaria al ver un palacio? Mientras se encuentre en ese estado excepcional, no mirará nada ni delante ni detrás. Hablará de todo por sí mismo y desde sí mismo; buscará todo por sí mismo y desde sí mismo.