Un rey, bondadoso por naturaleza, dio un día una fruta a uno de sus esclavos. Este empezó a comerla con placer, diciendo que nunca había probado una fruta más deliciosa. Estas palabras despertaron en el rey el deseo de comerla también, y pidió al esclavo que le diera la mitad de aquella fruta que encontraba tan excelente. Este último entregó entonces al rey la mitad, y, cuando el monarca la probó, encontró amarga la fruta. Frunció el ceño y expresó su asombro de que su esclavo hubiera encontrado dulce semejante amargura. Pero este esclavo, que había entrado en la vía del espiritualismo, le respondió: «Señor, he recibido de Tu mano tantos dones que no podría rechazar la fruta amarga que Tú me das. Si a cada instante me llega un tesoro de Tu mano, ¿por qué habría de afligirme por una sola amargura? Puesto que estoy colmado de Tus beneficios, ¿por qué una amargura habría de alejarme de Ti?»
Del mismo modo, ¡oh servidor de Dios!, si sientes pesar en la vía espiritual, convéncete de que es un tesoro para ti. La cosa parece estar patas arriba; pero entonces, ¿no debes actuar como este esclavo? ¿Cuándo han probado un bocado de las cosas celestiales las personas experimentadas en la vía espiritual, que avanzan con paso firme por ella, sin que haya sido teñido con la sangre del corazón? Mientras uno no se haya sentado a comer pan y sal a la vez, no podrá partir el pan solo sin una gran energía.