Otro pájaro dijo a la abubilla: «Soy mi propio enemigo; ¿cómo aventurarme por este camino, puesto que llevo conmigo al ladrón que debe detenerme? Mi alma concupiscente, mi alma de perro, no quiere someterse; ni siquiera sé cómo salvar mi alma espiritual. Reconozco bien al lobo en el campo; pero esta perra de alma, bella en apariencia, aún no me es bien conocida. Estoy perplejo a causa de esta alma infiel, pues quisiera saber si al fin podría llegar a conocerla».
La abubilla respondió: «¡Oh, tú, que eres como un perro siempre errante! ¡Tú, que eres pisoteado como la tierra! Tu alma es a la vez taimada y tuerta. Es vil como un perro, perezosa e infiel. Si un hombre falso se apodera de ti, es porque está deslumbrado por el falso resplandor de tu alma. No está bien que se mime a esta alma perra y que se la engorde artificialmente. Al comienzo de la vida todo ha sido inutilidad, niñería, debilidad e insensatez. En la mitad de la vida todo ha sido singularidad y locura juvenil. Al final, cuando la vejez se apodera de nosotros, el alma se vuelve lánguida y el cuerpo, débil. Con una vida así, dispuesta por la locura, ¿cómo podrá el alma adornarse con cualidades espirituales? Vivimos en la insensatez desde el comienzo hasta el final, por eso el resultado que obtenemos es nulo. Y el hombre suele acabar obedeciendo al alma concupiscente que esclaviza a tanta gente. Miles de corazones han muerto de pena, y esta alma perra e infiel nunca muere.»
Un sepulturero llegó a una edad avanzada. Alguien le dijo: «Responde a la pregunta que voy a hacerte: tú, que has pasado toda tu vida cavando tumbas en la tierra, ¿no has visto allí nada maravilloso?». El sepulturero respondió: «Lo más asombroso que he visto allí es que mi alma perversa me ha visto cavar tumbas durante setenta años y no ha muerto ni una sola vez, ni ha obedecido un solo instante la ley de Dios».
Una noche, ‘Abbâçah dijo: «¡Oh, ustedes que están aquí presentes! Supongamos que los infieles que llenan el mundo, e incluso los locuaces turcomanos, aceptaran sinceramente la fe; la cosa podría hacerse. Pero ciento veinte mil profetas vinieron para que esta alma infiel se volviera musulmana de una vez por todas o pereciera, y, sin embargo, no pudieron lograrlo, aunque fuera justo. ¿De dónde puede venir esta diferencia entre su celo y el resultado?».
Una noche, ‘Abbâçah dijo: «¡Oh, ustedes que están aquí presentes! Supongamos que los infieles que llenan el mundo, e incluso los locuaces turcomanos, aceptaran sinceramente la fe; la cosa podría hacerse. Pero ciento veinte mil profetas vinieron para que esta alma infiel se volviera musulmana de una vez por todas o pereciera, y, sin embargo, no pudieron lograrlo, aunque fuera justo. ¿De dónde puede venir esta diferencia entre su celo y el resultado?».
« Todos nosotros estamos bajo el dominio de esta alma infiel y desobediente; nosotros mismos la alimentamos en nuestro interior. ¿Será, pues, fácil destruirla? Cuando esta alma recibe ayuda de dos lados, sería en verdad asombroso que pereciera. El espíritu, como un jinete, recorre con constancia el reino espiritual; pero, día y noche, esta alma vil es su comensal. Por mucho que el jinete haga galopar a su caballo, esta alma lo sigue siempre sin descanso, como un perro. Todo lo que el corazón ha recibido del objeto de su amor, el alma lo ha tomado también del corazón. Sin embargo, quien ata con firmeza a este perro atrapará en su red al león de los dos mundos. Quien somete a este perro se adelanta tanto a sus rivales que estos ni siquiera alcanzan el polvo de su calzado; y, si ata con fuerza a este perro, el polvo de sus zapatos valdrá más que la sangre de los demás. »
Un hombre entregado a la vía del espiritualismo y cubierto de harapos seguía su camino cuando un rey lo vio y le dijo: «¡Oh, tú, que estás cubierto de harapos! ¿Soy yo mejor que tú, o eres tú mejor que yo?». El espiritualista le respondió: «¡Oh, ignorante! Golpéate el pecho y guarda silencio. Aunque no me corresponde elogiarme a mí mismo, pues quien se alaba a sí mismo no sabe lo que dice, sin embargo, puesto que debo hacerlo, no cabe duda de que un hombre como yo es mil veces mejor que un hombre como tú. En efecto, no conoces el sabor de la religión, y tu alma concupiscente te ha reducido al estado de un asno. —Esta alma concupiscente te domina, señor, y estás agobiado por su peso. Día y noche te cubre la cabeza con una cabezada, y no actúas sino por orden suya. Todo lo que te ordena, a ti, que no sirves para nada, acción o inacción, debes hacerlo sin réplica; pero yo, que he conocido el secreto del corazón, he hecho, por el contrario, de esa perra de alma mi asno. Cuando esa alma se convirtió en mi asno, me senté sobre ella. La perra de tu alma te domina, y yo la domino; pero cuando mi asno sube sobre ti, entonces eres como yo, y cien mil veces mejor que tus semejantes».
¡Oh, tú, que te contentas con esta alma perra! Tú, a quien devora el fuego de la concupiscencia, sabe que el fuego de esta concupiscencia arrebata el agua de tu honor, la luz de tu corazón y la fuerza de tu cuerpo. La oscuridad de los ojos y la sordera de los oídos, la vejez, el debilitamiento de tu espíritu y el abatimiento de tu inteligencia: todo esto forma su ejército y sus soldados, que en realidad son los servidores del príncipe de la muerte. Día y noche, este envía sin descanso a ese ejército: lo envía por delante y por detrás, y cuando llega por todas partes, caes con tu alma lejos del camino. Te divertiste con tu alma perra y te entregaste al gozo, pero te convertiste en su esclavo, te sometiste a su poder. Cuando el rey de la muerte y su séquito lleguen junto a ti, esa alma perra se separará de ti, y tú de ella; pero si deciden separarse ahora el uno del otro, ¿estarán entonces sometidos a esa separación? No te aflijas si no están juntos en este mundo, pues ella estará sin duda contigo en el infierno.