¡Qué asombroso! Lo que concernía al Simorg comenzó a manifestarse en China en mitad de la noche. Entonces cayó allí una de Sus plumas, en China, y Su fama llenó el mundo entero. Cada uno tomó el dibujo de esa pluma, y quienquiera que la vio se interesó por el asunto. Actualmente, esta pluma se encuentra en la sala de pinturas de China, y por eso el Profeta dijo: «¡Vayan en busca de la ciencia, aunque esté en China!». Si la manifestación de esta pluma del Simorg no hubiera tenido lugar, no habría habido tanto ruido en el mundo acerca de este ser misterioso. Esta huella de Su existencia es una garantía de Su gloria; todas las almas llevan la huella del dibujo de esta pluma. Como Su descripción no tiene ni principio ni fin, no es necesario decir sobre esto más de lo que digo. Ahora, ustedes que son hombres del camino, emprendan esta ruta y pongan en ella el pie.
Se reunieron, pues, todos los pájaros, como se ha dicho. Estaban agitados al pensar en la majestad del rey de quien les había hablado la abubilla. El deseo de tenerlo por soberano se había apoderado de ellos y los había sumido en la impaciencia. Así pues, hicieron sus planes para partir y quisieron avanzar; se hicieron amigos de Él y enemigos de sí mismos. Pero, como el camino era largo y lejano, cada uno de ellos, sin embargo, estaba inquieto al momento de emprenderlo y dio una excusa distinta para eximirse, pese a la buena voluntad que parecía tener.