Hay muchos otros aspectos de esta ciencia del trabajo. Uno de ellos consiste en conocer la relación entre el pensamiento y la palabra, así como lo que se puede lograr mediante el poder de la palabra. En todas las religiones se reconoce el poder de la palabra, hasta tal punto que en algunas se dice que la creación misma surgió de la palabra. El aspecto exterior del pensamiento de Dios es el Verbo y, como Dios pensó y quiso antes de crear, la creación surgió del Verbo. En el tumulto y la prisa de nuestra vida materialista, nuestros nervios pierden sensibilidad y se endurecen. Cuanto más envejecemos, cuanto más nos zarandea el mundo, más insensibles nos volvemos; y tendemos a pasar por alto cosas que, sin embargo, ocurren a nuestro alrededor de manera insistente y manifiesta. No obstante, la naturaleza humana se afirma a veces, y nos lleva a preguntarnos por algunos de esos acontecimientos cotidianos y a asombrarnos de ellos; ese asombro es el primer paso hacia la adquisición de la luz. Independientemente del valor filosófico y religioso superior del Verbo, podemos observar que los símbolos sonoros desempeñan un papel preponderante en el drama de la vida humana. Le hablo. No lo toco; las vibraciones del aire causadas por mi voz penetran en su oído, tocan sus nervios y producen efectos en su mente. Usted no puede resistirse a ello. ¿Qué hay más asombroso que esto? Un hombre llama idiota a otro; de inmediato, este se levanta, cierra el puño y le da un puñetazo en la nariz. ¡Vea el poder de la palabra! Una mujer llora y se desespera; otra se acerca y le dirige unas palabras dulces. El cuerpo encogido de la mujer que llora se endereza de inmediato, su dolor se desvanece y ya empieza a sonreír. ¡Piense en el poder de las palabras! Son una gran fuerza, tanto en la filosofía superior como en la vida cotidiana. Día y noche manejamos esta fuerza sin pensar en ella ni preguntarnos nada. Conocer la naturaleza de esta fuerza y utilizarla bien también forma parte del Karma-Yoga.
Nuestro deber hacia los demás consiste en ayudarlos, en hacer el bien al mundo. ¿Por qué deberíamos hacer el bien al mundo? Aparentemente, para ayudar al mundo, pero en realidad, para ayudarnos a nosotros mismos. Siempre deberíamos esforzarnos por ayudar al mundo; esa debería ser nuestra motivación más elevada. Pero si lo pensamos bien, constatamos que el mundo no necesita en absoluto nuestra ayuda. Este mundo no fue creado para que usted o yo viniéramos a ayudarlo. Una vez leí un sermón en el que se decía: «Todo este hermoso mundo está muy bien, pues nos da tiempo y oportunidad para ayudar a los demás». Aparentemente, es un sentimiento muy noble, pero ¿no es una blasfemia decir que el mundo necesita nuestra ayuda? No podemos negar que hay mucho sufrimiento en este mundo; por lo tanto, ayudar a los demás es lo mejor que podemos hacer, aunque, a la larga, descubrimos que ayudar a los demás es solo ayudarnos a nosotros mismos. Cuando era niño, tenía ratones blancos. Estaban encerrados en una cajita donde había unas pequeñas ruedas; cuando los ratones intentaban atravesarlas, las ruedas giraban sin parar y los ratones no llegaban a ninguna parte. Lo mismo ocurre con el mundo y la ayuda que le brindamos. La única ayuda que encontramos en ello es un ejercicio moral. Este mundo no es ni bueno ni malo; cada uno crea su propio mundo. Si un ciego se pone a pensar en el mundo, lo verá dulce o áspero, frío o caliente. Somos una masa de felicidad o sufrimiento; lo hemos comprobado cientos de veces en nuestra vida. Por regla general, los jóvenes son optimistas y los ancianos, pesimistas. Los jóvenes tienen la vida por delante; los ancianos se quejan de que su tiempo ya pasó; cientos de deseos que no pueden satisfacer luchan en su corazón. Sin embargo, tanto unos como otros se equivocan. La vida es buena o mala según el estado de la mente con que la consideremos; no es ni lo uno ni lo otro en sí misma. El fuego, en sí mismo, no es ni bueno ni malo. Cuando nos da calor, decimos: «¡Qué hermoso es el fuego!». Cuando nos quema los dedos, lo culpamos. Sin embargo, en sí mismo, no es ni bueno ni malo. Según el uso que le demos, suscita en nosotros la sensación de lo bueno o lo malo; lo mismo ocurre con este mundo. Es perfecto. Por perfección se entiende que está perfectamente adaptado a sus fines. Todos podemos estar completamente seguros de que seguirá funcionando de maravilla sin nosotros, y no necesitamos devanarnos los sesos tratando de ayudarlo.
Sin embargo, debemos hacer el bien; el deseo de hacer el bien es el motivo más poderoso de que disponemos, si sabemos constantemente que ayudar a los demás es un privilegio. No se ponga en un pedestal ni tome quinientas rupias en la mano diciendo: «Tome, mi pobre hombre», sino agradezca que ese hombre pobre esté ahí, porque al hacerle un don, usted puede ayudarse a sí mismo. No es quien recibe quien es bendecido, sino quien da. Agradezca poder ejercer en el mundo su poder de benevolencia y misericordia, y así volverse puro y perfecto. Todos los actos buenos tienden a hacernos puros y perfectos. ¿Qué podemos hacer mejor? Construir un hospital, trazar caminos o edificar asilos de beneficencia. Podemos organizar una obra benéfica y reunir dos o tres millones de dólares, construir un hospital con un millón, dar bailes y beber champán con el segundo, y luego dejar que los administradores malversen la mitad del tercero, mientras que el resto acaba llegando a los pobres; pero ¿qué son todas estas cosas? Un viento poderoso puede reducir a escombros todos sus edificios en cinco minutos. ¿Qué haremos entonces? Una sola erupción volcánica puede arrasar todos nuestros caminos, hospitales, ciudades y edificios. Renunciemos a todas esas palabras insensatas sobre el bien que haríamos al mundo. El mundo no espera su ayuda ni la mía; sin embargo, debemos trabajar y hacer constantemente el bien, porque eso es una bendición para nosotros mismos. Es la única manera de volvernos perfectos. Ningún mendigo al que hayamos ayudado nos ha debido jamás ni un centavo; nosotros se lo debemos todo a él, porque nos ha permitido ejercer nuestra caridad con él. Es completamente erróneo pensar que hemos hecho o podemos hacer el bien al mundo, o pensar que hemos ayudado a tal o cual persona. Es un pensamiento insensato, y todo pensamiento insensato trae sufrimiento. Pensamos que hemos ayudado a alguien y esperamos que nos lo agradezca; como no lo hace, nos invade la tristeza. ¿Por qué esperar algo a cambio de lo que hacemos? Agradezca a quien ayuda; vea en esa persona a Dios. ¿Acaso no es un gran privilegio poder adorar a Dios ayudando a nuestros semejantes? Si estuviéramos verdaderamente desapegados, escaparíamos de todo este dolor nacido de una expectativa vana y podríamos realizar con alegría buenas obras en el mundo. El trabajo realizado sin apego nunca genera tristeza ni sufrimiento. El mundo seguirá eternamente su curso, con su felicidad y su sufrimiento.
Érase una vez un hombre pobre que quería dinero; había oído decir, de algún modo, que si conseguía apoderarse de un fantasma, podría ordenarle que le trajera dinero o cualquier cosa que deseara; por eso, estaba muy empeñado en encontrar uno. Se puso a buscar a alguien que pudiera proporcionarle un fantasma y finalmente encontró a un sabio dotado de grandes poderes, a quien le pidió ayuda. El sabio le preguntó qué haría con un fantasma. «Quiero un fantasma que trabaje a mi servicio; enséñeme a encontrar uno, maestro; lo deseo con todas mis fuerzas», respondió el hombre. Pero el sabio le dijo: «No se preocupe, vuelva a casa». Al día siguiente, el hombre volvió a donde estaba el sabio y se puso a llorar y a suplicarle: «Deme un fantasma; necesito un fantasma, maestro, para que me ayude». Al final, el sabio, exasperado, le dijo: «Tome esta fórmula, repita esta palabra mágica y vendrá un fantasma; hará todo lo que usted le pida. Pero tenga cuidado: son seres terribles y hay que mantenerlos constantemente ocupados. Si no les da trabajo, le quitarán la vida». El hombre respondió: «Eso es fácil; puedo darle trabajo para toda su vida». Entonces se dirigió a un bosque y, después de repetir largamente la palabra mágica, apareció ante él un fantasma inmenso que dijo: «Soy un fantasma. Tu magia me ha sometido, pero debes mantenerme ocupado constantemente. En cuanto dejes de darme trabajo, te mataré». El hombre dijo: «Constrúyeme un palacio», y el fantasma respondió: «Ya está; el palacio está construido». «Tráeme dinero», dijo el hombre. «Aquí tienes tu dinero», respondió el fantasma. «Tala este bosque y construye una ciudad en su lugar». «Ya está —dijo el fantasma—. ¿Algo más?». Entonces el hombre empezó a tener miedo y pensó que ya no podría pedirle nada más; el fantasma lo hacía todo en un instante. El fantasma dijo: «Dame algo que hacer o te devoraré». El pobre hombre ya no encontraba nada que hacerle y estaba aterrorizado. Así que echó a correr lo más rápido que pudo y finalmente llegó hasta el sabio, a quien le dijo: «¡Oh, maestro, sálveme la vida!». El sabio le preguntó qué pasaba, y el hombre respondió: «Ya no tengo nada que darle a hacer al fantasma. Hace en un instante todo lo que le pido y amenaza con devorarme si no le doy trabajo». En ese momento, llegó el fantasma diciendo: «Voy a devorarte», y estaba a punto de tragarse al hombre. Este se puso a temblar y le suplicó al sabio que le salvara la vida. El sabio dijo: «Encontraré una salida para ti. Mira ese perro de cola rizada. Saca rápido tu espada, córtale la cola y dásela al fantasma para que la enderece». El hombre le cortó la cola al perro y se la dio al fantasma, diciendo: «Enderézame esto». El fantasma la tomó y la enderezó lenta y cuidadosamente, pero, apenas la soltó, volvió a curvarse de inmediato. La enderezó otra vez, con dificultad, pero descubrió que volvía a curvarse en cuanto intentaba soltarla. La enderezó otra vez pacientemente, pero, apenas la soltó, volvió a curvarse. Siguió así durante días y días, hasta que se agotó y dijo: «Nunca en mi vida he conocido un tormento semejante. Soy un fantasma viejo y experimentado, pero nunca antes me había encontrado en semejante apuro». «Haré un trato contigo —le dijo al hombre—: déjame ir y podrás quedarte con todo lo que te he dado; además, te prometo que no te haré daño». El hombre se alegró mucho y aceptó gustosamente la oferta.
Este mundo es como la cola rizada de un perro, y los hombres se han esforzado durante cientos de años por enderezarla; pero, en cuanto la sueltan, vuelve a curvarse. ¿Cómo podría ser de otro modo? Primero hay que aprender a trabajar sin apego; entonces, uno no será fanático. Cuando sepamos que este mundo es como la cola rizada de un perro y que nunca se enderezará, no nos volveremos fanáticos. Si no hubiera fanatismo en el mundo, este progresaría mucho más que ahora. Es un error creer que el fanatismo puede contribuir al progreso de la humanidad. Al contrario, es un elemento que frena el progreso, engendra odio e ira, hace que los hombres luchen entre sí y los vuelve incapaces de sentir simpatía. Pensamos que lo que hacemos o poseemos es lo mejor del mundo, y que lo que no hacemos o no poseemos carece de valor. Recuerde, entonces, siempre el ejemplo de la cola rizada del perro cada vez que sienta que empieza a surgir en usted una tendencia al fanatismo. No tiene que preocuparse por el mundo ni privarse del sueño por él; seguirá adelante sin usted. Solo después de evitar el fanatismo trabajará bien. Es el hombre ponderado, tranquilo, dotado de buen juicio y nervios sólidos, de gran simpatía y gran amor, quien realiza buenas obras y así se hace bien a sí mismo. El fanático es insensato y carece de simpatía; nunca podrá enderezar el mundo ni llegar a ser puro y perfecto él mismo.
Para recapitular los puntos principales de la conferencia de hoy: primero, debemos tener presente que todos somos deudores del mundo y que el mundo no nos debe nada. Es un gran privilegio para todos nosotros poder hacer algo por el mundo. Al ayudar al mundo, en realidad nos ayudamos a nosotros mismos. El segundo punto es que hay un Dios en este universo. No es cierto que este universo vaya a la deriva y necesite de su ayuda y de la mía. Dios está siempre presente en él; es inmortal, eternamente activo e infinitamente vigilante. Cuando el universo entero duerme, Él no duerme; obra sin cesar; todos los cambios y todas las manifestaciones del mundo son Suyos. Tercero, no debemos odiar a nadie. Este mundo siempre será una mezcla de bien y mal. Nuestro deber es compadecernos de los débiles y amar incluso al malhechor. El mundo es un gran gimnasio moral donde todos debemos ejercitarnos para volvernos cada vez más fuertes espiritualmente. Cuarto, no debemos ser fanáticos de ninguna clase, porque el fanatismo se opone al amor. Usted oye a los fanáticos decir con facilidad: «No odio al pecador. Odio el pecado», pero estoy dispuesto a ir muy lejos para ver el rostro del hombre que realmente puede distinguir el pecado del pecador. Es fácil decirlo. Si podemos distinguir bien la cualidad de la sustancia, podemos llegar a ser hombres perfectos. Eso no es fácil. Y, además, cuanto más tranquilos estemos y menos agitados tengamos los nervios, más amaremos y mejor será nuestro trabajo.