Hinduismo

Tulsidas, Ramayana, Ayodhyâ-kând, Dohâ 36

El rey cayó al suelo, gritando una y otra vez: «¿Por qué has causado esta ruina?». Pero la reina pérfida no dijo una palabra, semejante a una pira funeraria que arde sin cesar.
El rey, en su aflicción, sollozando «Rāma, Rāma», parecía un ave desdichada a la que le hubieran cortado las alas. En su corazón, rogaba: «¡Que el día no llegue nunca y que nadie vaya a anunciarle la noticia a Rāma! No te levantes, gran patriarca de la raza solar, pues, al ver Avadh, tu corazón se consumirá de dolor». Tanto el afecto del rey como la crueldad de Kaikeyi eran extremos, como solo Dios podía hacerlos. Mientras el monarca aún se lamentaba, amaneció y resonó a su puerta la música del laúd, la flauta y la caracola. Los bardos recitaban sus títulos, los juglares cantaban sus alabanzas; pero, al oírlos, sus cantos lo hirieron como flechas. Todos los signos de alegría le agradaban tan poco como los adornos de una viuda que sube a la pira funeraria. Aquella noche nadie había dormido, pues todos se regocijaban ante la idea de ver a Rāma.

Fuente The Râmâyana of Tulsi Dâs, trad. F. S. Growse, 1883, archive.org — traduction I Choose Peace depuis l’anglais — traducción I Choose Peace desde el francés · Índice