Hinduismo

Tulsidas, Ramayana, Ayodhyâ-kând

Por el poder de Su nombre, elevo a las regiones de los bienaventurados a toda criatura que veo morir en Kasi; Él es el soberano de toda la creación, animada e inanimada, mi señor Raghubar, que lee en todos los corazones. Al repetir Su nombre, el más abandonado de los pecadores borra los crímenes acumulados en muchas existencias anteriores; y quienes meditan en Él con devoción atraviesan el océano de la vida tan fácilmente como un charco en el camino. Râma, oh Bhavani, es el Espíritu supremo,
y el error que expresaste sobre este punto estaba completamente fuera de lugar. Una duda semejante, cuando se alberga en el corazón, destruye el conocimiento, la sobriedad y toda virtud». Al escuchar la luminosa explicación de Siva, todo el edificio de la herejía se derrumbó; su amor y devoción por Ragupati se fortalecieron y su dolorosa incredulidad se desvaneció.
Dohâ 126.
Una y otra vez, estrechando los pies de loto de su señor y juntando las manos en súplica, con el alma rebosante de afecto, Girija habló así:
Mi funesta ilusión, como el calor febril del otoño, ha cedido ante el encanto lunar de tu voz. Con tu compasión has disipado todas mis dudas y ahora comprendo al verdadero Râmâ. Por la gracia de mi Señor, toda mi aflicción ha desaparecido y su favor me colma de alegría. Ahora considérame tu devota sirvienta, aunque no soy más que una pobre mujer ignorante; si de verdad he hallado gracia ante tus ojos, responde a las preguntas que te hice antes. Si Râma es el Dios invisible e inmortal, sin partes ni pasiones, cuyo corazón es el templo, ¿por qué adoptó forma humana? Explícamelo claramente». Al escuchar las humildes palabras de Umâ y ver su sincero deseo de conocer la historia de Râma,
Dohâ 127.
Sankara, omnisciente y destructor de Kâmadeva, sintió alegría en el corazón y, después de muchas palabras elogiosas, habló así con placer:—
«Escucha, Bhavâni, mientras recito en versos auspiciosos el Râmcharit-mânas, o lago cristalino de las hazañas de Râma, tal como Bhusundi lo contó antaño en presencia de Garur, el rey de las aves. Primero te narraré el contenido de su noble conversación; después oirás hablar de la encarnación de Râma y de sus actos gloriosos e inmaculados. Las virtudes y los nombres de Hari son infinitos, y Su historia, así como sus manifestaciones, son innumerables e inconmensurables; los relato lo mejor que puedo; escucha con respeto, Umâ.
Escucha, Girijâ, el relato edificante de los grandes y santos actos de Hari, tal como quedaron consignados en las Escrituras. La causa de la encarnación de Hari no puede definirse de manera dogmática, pues, a mi juicio, Bhavâni, Râma está más allá de la comprensión del intelecto, del alma y de la palabra. Sin embargo, puesto que los santos y los sabios, los Veda y los Purânas, han expuesto parcialmente la cuestión, dentro de los límites de sus capacidades, ahora te declararé la causa, bella dama, tal como la entiendo. Cada vez que la virtud decae y los espíritus malignos, henchidos de orgullo, cometen iniquidades indescriptibles, para gran consternación de los Brâhmans, las vacas, los dioses y la propia Tierra, el Señor compasivo adopta alguna nueva forma corporal; alivia la aflicción de Sus fieles;
Dohâ 128.
Destruye a los malos espíritus; restablece a los dioses; mantiene el camino de la salvación; y difunde por todo el mundo el resplandor de su gloria. Tales son los motivos de las encarnaciones de Râma.
Al cantar su gloria, los santos escapan de las corrientes de la existencia, y solo por ellos el Compasivo asume un cuerpo. Las causas de las encarnaciones de Râma fueron numerosas y diversas, cada una más maravillosa que la anterior. Te contaré uno o dos de sus nacimientos anteriores, si, Bhavâni, tienes a bien concederme tu piadosa atención. Hari tuvo en otro tiempo dos porteros devotos, los célebres Jaya y Bijaya: los dos hermanos, a raíz de la maldición de un Brahmán, renacieron como los malvados demonios Hiranyakasipu e Hiranyaksha, que se hicieron célebres en todo el mundo por haber doblegado el orgullo del rey del cielo. Encarnado como Jabalí, triunfó en combate sobre el primero de los héroes ilustres y lo destruyó; después, en el avatar Narsinh, mató al segundo: la fama del fiel Prahlad se ha extendido lejos.
Dohâ 129.
Los malos espíritus renacieron entonces como los guerreros audaces y poderosos Kumbha-karn y Râvan, quienes, como sabe todo el mundo, sometieron incluso a los dioses.
Aunque fueron matados por la divinidad, no alcanzaron la liberación, pues el Brahmán los había condenado a tres nacimientos. Más tarde, fueron la causa de la encarnación del protector de los fieles y, en aquella época, sus padres Kasyapa y Aditi se encarnaron con los nombres de Dasarath y Kausalya, cuya memoria es gloriosa. Así, en aquella edad del mundo, descendió del cielo y realizó en la tierra obras salvadoras. En otra época, al ver a los dioses abrumados y librando en vano una batalla contra Jalandhar, Sambhu combatió contra él innumerables veces, pero no pudo doblegar al valiente gigante, pues la extraordinaria virtud de su esposa lo protegía de todos los ataques de Purari.
Dohâ 130.
Par un stratagème, le Señor rompió su voto y cumplió la voluntad de los dioses. Cuando ella descubrió el engaño, lo maldijo en su ira.
Hari acató su maldición; pues, aunque es el Señor Dios, está lleno de picardía y compasión. Así, Jalandhar nació con el nombre de Râvan y, al morir a manos de Râma en combate, alcanzó gran gloria. Tal fue, pues, la causa de uno de sus nacimientos y la razón por la que Râma tomó entonces forma humana. Cada avatâr tiene su leyenda, que los poetas han cantado de diversas maneras, según la tradición. En una ocasión, fue la maldición de Narad la que lo hizo encarnarse. Al oír estas palabras, Giriji quedó asombrada: «Narad es un sabio prudente y devoto de Vishnu; ¿qué motivo tenía para proferir una maldición? ¿Qué ofensa había cometido el señor de Lakshmi? Cuéntame toda la historia, Purâri; es muy extraño que un santo sea presa de la pasión».
Dohâ 131.
Mahâdeva respondió entonces con una sonrisa: «No es ni sabio ni necio; el hombre siempre es como Raghupati quiere».
Sorathâ 14.
Canto la gloria de Râma; escucha con devoción, oh Bharadvâja; y tú, oh Tuki, renuncia a la embriaguez del orgullo y adora a Raghunâth, el destructor de la muerte.
En las montañas del Himâlaya hay una cueva muy sagrada, cerca del santo Ganges. Al contemplar aquel eremitorio puro y encantador, el sabio divino Narad se llenó de alegría; mientras admiraba la belleza de las rocas y de los claros del bosque, se llenó de amor por Dios, y, al meditar en Hari, se rompió la maldición; su alma inmaculada entró de pronto en trance. Cuando el rey del cielo vio el estado del sabio, tuvo miedo y se dirigió a Kâmadeva con gran respeto: «Ve, te lo ruego, con tu ayudante». Entonces el dios del amor partió muy complacido; pero Indra estaba muy inquieto, pues pensaba: «El santo va a arrebatarme el reino». En todo el mundo, un galán o un avaro teme que se atente contra sus intereses tanto como un cuervo ladrón.
Dohâ 132.
Como un perro miserable que, al ver un león, huye con el hueso seco que lleva en las fauces, por miedo a que se lo quiten, así obró Indra con astucia.
Cuando el Amor llegó a la ermita, su poder engañoso hizo surgir una falsa primavera. Todos los árboles se cubrieron de flores multicolores; los cuclillos murmuraban y las abejas zumbaban. Se levantó una brisa deliciosa, suave, fresca y perfumada, que avivaba la llama del deseo; mientras Rambha y las demás ninfas celestiales, todas expertas en el arte del amor, se pusieron a cantar melodías de diversos ritmos y a bailar, con las manos ondulantes. Al verse tan bien secundado, el Amor se alegró y desplegó de nuevo su poder creador de diversas maneras; pero sus estratagemas no surtieron efecto alguno en el santo, y el culpable Amor empezó a temer por sí mismo. ¿Quién osaría traspasar los límites de aquel cuyo guardián es el gran Râmapati?
Dohâ 133.
Profundamente consternados, Kâmadeva y su cómplice se dieron por vencidos; luego fueron a postrarse a los pies del santo, dirigiéndole palabras de la más profunda humildad.
Narad no sentía ira en su alma; respondió a Kâmadeva en términos amistosos y lo tranquilizó. Después, inclinándose a sus pies y recibiendo sus órdenes, ambos se retiraron, el dios y su compañero; se dirigieron a la corte de Indra y le contaron todo lo que habían hecho, así como la clemencia del santo. Al escuchar este relato, todos quedaron asombrados y, postrándose ante Hari, alabaron al santo. Luego Narad fue a ver a Siva, muy orgulloso de su victoria sobre el Amor, y le contó todo lo que había hecho el Amor. Como muestra de su afecto, Mahâdeva le dio un sabio consejo: «Oh gran santo, te ruego encarecidamente que nunca le cuentes a Hari esta historia que acabas de narrarme; si alguna vez llegara a mencionarse, mantenla en secreto tanto como sea posible».
Dohâ 134.
Aunque el consejo era bueno, no le agradó a Nārada. ¡Oh, Bharadvāja!, escucha este extraño relato y contempla el poder de la voluntad de Hari.
Lo que Rāma quiere que se cumpla, se cumple, y nadie puede cambiarlo. Como las palabras de Śambhu no habían agradado al sabio, fue directamente a la corte de Brahmā y, acompañado por la célebre vina que llevaba en la mano, cantó hasta el final el excelente himno de alabanza a Hari. Luego prosiguió su camino hasta el océano de leche, donde reside Viṣṇu, la gloria de la revelación. El Señor corrió a su encuentro, lleno de alegría, y se sentaron uno junto al otro. El soberano del universo dijo sonriendo: «Venerable maestro, hace mucho que no me haces este honor». Entonces Nārada le contó todas las acciones del Amor, aunque Śiva ya le había advertido; tan grande es el poder engañoso de Raghupati que no hay nadie en el mundo que pueda resistirlo.
Y Lakṣmaṇa sentía un gran deseo de ir a ver la ciudad de Janaka; pero, por temor a su hermano y por respeto al sabio, no dijo nada en voz alta y sonrió para sus adentros. Rāma comprendió lo que sucedía en su mente; siempre atento a sus fieles, se alegró y, con una sonrisa sumamente humilde y sumisa, después de pedir permiso a su guru para hablar, dijo: —
« Maestro, Lakshman desea ver la ciudad, pero, por respeto a usted, no se atreve a decirlo. Si usted me lo permite, le mostraré los lugares y lo traeré de vuelta pronto».
El santo respondió con el mayor afecto: «Oh Rāma, ¿cómo podrías obrar de otro modo que haciendo el bien, tú que proteges el puente de la religión y colmas de amor a todos los servidores devotos?
Dohā 230.
Vayan, felices hermanos, a ver la ciudad y a alegrar los ojos de todos sus habitantes con la visión de su belleza».
Chaupāi.
Después de postrarse a los pies del santo, los dos hermanos se marcharon, ellos que alegraban los ojos del mundo entero. Cuando los niños del mercado vieron su incomparable belleza, sus ojos y hasta su propia alma quedaron prendados de ellos. Vestidos de amarillo, con el cinturón y el carcaj a los lados, un hermoso arco y flechas en las manos, formaban una pareja encantadora, uno de tez oscura y el otro de tez clara, con un tilak de sándalo a juego con su complexión; cintura de león, brazos largos, el pecho adornado con hileras de perlas de elefante, orejas bien formadas, ojos semejantes al loto y rostro como la luna, que aliviaba las tres clases de sufrimiento; flores de oro a modo de pendientes, tan hermosas que cautivaban el corazón de todos los que las contemplaban; mirada hechicera, hermosas cejas arqueadas y una estrella en la frente que parecía ser el sello mismo de la belleza;
Dohâ 231.
Con un elegante sombrero sobre sus cabezas y sus hermosos rostros enmarcados por rizos negros, los dos hermanos eran de una belleza perfecta de pies a cabeza y exquisitos en todo.
Chaupâi.
Cuando los habitantes se enteraron de que los príncipes habían venido a visitar la ciudad, todos dejaron sus ocupaciones y corrieron como mendigos que se apresuran a saquear un tesoro. Al contemplar la gracia natural de los dos hermanos, quedaron embelesados y sus ojos se vieron recompensados. Las jóvenes que espiaban por las ventanas de las casas se enamoraron al instante de la belleza de Râma y se dirigieron unas a otras con tono amoroso: «Superan en belleza a mil Amores: ni entre los dioses, ni entre los hombres, ni entre los demonios, ni entre las serpientes, ni entre los santos divinizados se ha oído hablar jamás de una belleza semejante a la suya. En cuanto a Vishnu, de cuatro brazos, a Brahma, de cuatro cabezas, a Purari, de cinco rostros y atavíos maravillosos, y a todos los demás dioses, no hay nadie en todo el universo cuya belleza, amiga mía, pueda compararse con la suya.
Dohâ 232.
En la tierna juventud, verdaderas moradas de belleza, tan encantadores el uno como el otro, ya sean de tez oscura o clara, como si se hubiera prodigado una miríada de Amores en cada uno de los miembros de sus cuerpos.
Chaupâi.
Dime, amiga mía, ¿quién, bajo forma humana, no quedaría hechizado al contemplar semejante belleza?», dijo una de ellas con voz tierna y afectuosa. «Escucha, querida, lo que me han contado. Esa adorable pareja de jóvenes cisnes son los dos hijos del rey Dasarath. Protegieron el sacrificio del santo Visvamitra y mataron en combate a los demonios invencibles. El encantador joven de tez oscura y ojos de loto, que humilló el orgullo de Mârîcha y Subâhu y lleva arco y flechas en la mano, es el dulce hijo de Kausalyâ, llamado Râma. El joven de tez clara, elegantemente vestido, que también lleva arco y flechas y sigue a Râma, se llama Lakshman; es su hermano menor. Su madre, debes saberlo, es Sumitrâ.»
Dohâ 233.
« Después de entablar amistad con los brāhmaṇas y, de camino, liberar a la esposa del sabio, los dos hermanos han venido aquí para presenciar el torneo». Al oír estas palabras, todas las damas se alegraron.
Chaupâi.
Una dijo, después de contemplar la belleza de Rāma: «He aquí un esposo digno de Jānakī. ¡Ojalá el rey lo vea! Renunciará a su voto e insistirá en casarla con él». Otra dijo: «El rey sabe quiénes son y ha recibido con todos los honores a los dos hermanos y al santo. Sin embargo, no ha reconsiderado su voto y, sometido al destino, persiste en su locura». Otra dijo: «Si Dios es bueno y recompensa a cada uno según sus méritos, entonces este es el esposo con quien se casará Jānakī. Querida, no hay duda. Cuando el destino propicia una unión así, todos quedan satisfechos. Amiga, me conmueve profundamente pensar que, si se celebra este matrimonio, él volverá algún día;
Dohâ 234.
de lo contrario, no tendré ninguna oportunidad de volver a verlo; solo una larga acumulación de méritos en existencias pasadas se ve recompensada con un encuentro así.
Chaupâi.
Otra dijo: «Amiga mía, has hablado muy bien; esta es una boda que complacerá a todos». Otra dijo: «El arco de Śiva es difícil de doblar, y este joven de tez oscura es de constitución delicada; es, en verdad, una prueba sumamente injusta». Al oír estas palabras, otra joven de dulce voz dijo: «He oído decir muchas veces que, pese a su apariencia frágil, su fuerza es grande. Al ser tocada por el polvo de sus pies semejantes al loto, la culpable Ahalyā obtuvo la liberación; y él no descansará hasta haber roto el arco: es una convicción de la que nada podrá apartarme. Cuando el Creador dio forma a Sītā, le destinó a este esposo de tez oscura». Al oír estas palabras, todas se alegraron y murmuraron suavemente: «¡Que así sea!».
Con alegría en el corazón, el grupo de damas de rostro encantador y ojos brillantes esparce flores a su paso; por dondequiera que van los dos hermanos, todo es dicha celestial.
Entonces llegaron al sector oriental de la ciudad, donde se había preparado el terreno del torneo. En medio de una hermosa y amplia explanada pavimentada, un altar inmaculado había sido magníficamente adornado; alrededor se extendía una gran tribuna dorada destinada a recibir a los príncipes. Justo detrás, otro graderío circular, algo más elevado y elegantemente decorado, permitía que todos los habitantes de la ciudad vinieran a sentarse. Muy cerca había otra gran y hermosa galería de un blanco resplandeciente, pintada de diversos colores, desde donde las damas podían contemplar el espectáculo con la decencia que correspondía a su rango familiar. Los niños muestran cortésmente a los dos señores todas las instalaciones y, con voz agradable, les explican sin cesar esto y aquello;
así, por afecto, encuentran un pretexto para tocar a menudo sus hermosos cuerpos, mientras el arrobamiento los hace estremecerse por completo, de tanto contemplar una y otra vez a los dos hermanos gemelos.
Al ver que Rama se había dejado conquistar por su devoción, le explican con afecto los distintos lugares y, cada uno según su deseo, se lleva aparte a los dos hermanos, siempre dispuestos a acudir por bondad. Rama se lo muestra todo a Lakshman, mientras sigue hablando con tono ligero y jovial; y él, por cuya voluntad Māyā creó en un instante todo el universo, finge, por compasión hacia sus devotos, maravillarse al ver un terreno de torneo. Después de recorrerlo todo, regresan junto a su guru, preocupados por haberse retrasado tanto; y él, cuyo temor espanta incluso al Terror mismo, manifiesta así la sublime virtud de la devoción. Con muchas palabras amables y corteses, se despiden a regañadientes de los niños;
Con humildad y sumisión, mezclando el temor con el amor, se inclinan a los pies del guru y solo se sientan después de recibir su permiso.
Al caer la tarde, el santo dio la orden, y todos cumplieron sus devociones vespertinas; luego, recitando relatos sagrados, pasaron dos vigilias de aquella noche solemne. Entonces el santo se retiró a su lecho, y los dos hermanos empezaron a masajearle los pies. Ellos, cuyos pies semejantes al loto son objeto de toda clase de austeridades y meditaciones, y que los hombres más santos anhelan contemplar, aquellos dos hermanos, llenos de amor, masajeaban tiernamente los pies semejantes al loto de su maestro. Al fin, ante las insistentes súplicas del santo, el propio Rama se retiró a descansar, mientras Lakshman estrechaba sus pies contra el corazón y los acariciaba con reverencia, en un arrobamiento exquisito. Muchas veces le dijo el Señor: «Duerme, hermano mío», y al fin se tendió, pero mantuvo los pies divinos sobre sus rodillas.
Cuando pasó la noche, al primer canto del gallo, Lakshman se levantó; y Rama, el santo, despertó al Señor del universo, al supremo Siva,
Después de cumplir todos los ritos habituales de purificación y de ir a bañarse, se inclinaron ante el guru y, con su permiso, salieron a recoger flores, como correspondía a esa hora. De camino, vieron un magnífico jardín real, donde reinaba una primavera eterna, plantado de árboles ornamentales de toda clase y cubierto de lianas multicolores, tan abundantes en capullos, frutos y flores que su profusión hacía palidecer incluso al árbol del paraíso; los pavos reales danzaban al son del coro alado de los chátak, los koil, los loros y los chakor. En medio del jardín resplandecía un encantador lago, bordeado de escalones incrustados de joyas y dispuestos en diversos diseños; su clara superficie se alegraba con lotos multicolores, mientras arrullaban las aves acuáticas y zumbaban las abejas.
El señor y su hermano quedaron ambos encantados al ver el lago y el jardín. ¡Qué encantador lugar de recreo debía de ser, puesto que incluso le había agradado a Rama!
Finalmente, después de muchos cumplidos y palabras halagadoras, Rama y sus hermanos prosiguieron su camino. Janak se acercó entonces, tomó a Visvamitra por los pies y se puso el polvo de sus pies sobre la cabeza y los ojos: «Escucha, oh, el más grande de los santos; ahora que te he visto, estoy convencido de que nada está fuera de mi alcance. Toda la felicidad y toda la gloria que los soberanos del universo podrían desear, pero que les daría vergüenza reclamar, maestro mío, todo eso está ahora a mi alcance, pues toda prosperidad nace de verte». Después de inclinarse humildemente una y otra vez, el rey recibió su bendición y se despidió. La comitiva nupcial se puso en marcha al son de la música, y toda la población, grandes y pequeños, estaba encantada; al contemplar a Rama y saciar sus ojos con su presencia, cada uno se sentía feliz para toda la vida.
Dohâ 348.
Deteniéndose en lugares propicios a lo largo del camino, para gran dicha de sus habitantes, la comitiva, en un día auspicioso, se acercó a Avadh.
En medio del redoble de los timbales, el estruendo de los numerosos tambores, las chirimías y las conchas, el tumulto de los caballos y los elefantes, el estrépito de los címbalos y los tambores y los sones melodiosos de las trompetas, los ciudadanos, al oír que llegaba la comitiva, fueron presa de una alegría febril; todos se pusieron a decorar sus casas, así como los mercados, las calles, las plazas y las puertas de la ciudad. Toda la calzada fue rociada con perfumes; por todas partes, las plazas festivas estaban adornadas con elegantes diseños; el espectáculo del bazar era indescriptible, con sus guirnaldas, banderas, estandartes y pabellones. Palmeras de areca, plataneros, mangos, mâlaurî, kadamb y tamâla, todos cargados de frutos, fueron trasplantados y se convirtieron en hermosos árboles en cuanto tocaron el suelo, plantados en pedestales de piedras preciosas de exquisita factura.
Dohâ 349.
En cada casa se habían dispuesto en filas recipientes festivos de toda clase, y Brahma y todos los dioses se regocijaban al contemplar la ciudad de Râma.
En ese momento, el palacio del rey resplandecía tanto que el dios del amor quedó deslumbrado. Parecía que todo lo auspicioso, toda belleza, toda abundancia, toda prosperidad, toda alegría, toda felicidad y todo regocijo habían tomado forma para visitar al rey Dasarath. Todos anhelaban ver a Râma y Janakî. Grupos de hermosas mujeres se apretujaban unas contra otras, cada una más bella que la reina del dios del amor; todas llevaban ofrendas festivas y antorchas, y cantaban como otras tantas Sarasvatis. Las celebraciones en el palacio, en aquella feliz ocasión, superan toda descripción. La madre de Râma, Kausalyâ, y las demás reinas estaban tan embargadas de amor que se olvidaban de sí mismas.
Dohâ 350.
Después de rendir culto a Ganesh y a Mahâdeva, hicieron generosas donaciones a los brahmanes y se regocijaron como se regocijaría la Pobreza al descubrir los cuatro grandes bienes de la vida.
Cada madre real estaba tan embargada de amor y alegría que sus pies se negaban a avanzar y todo su cuerpo quedaba paralizado. Ardiendo en deseos de ver a Râma, todas se pusieron a preparar las lámparas de purificación. Los instrumentos musicales tocaban diversas melodías, mientras la alegre Samitrâ preparaba su ofrenda auspiciosa: cúrcuma, hierba dūb, cuajada, ramitas y flores, pân, nuez de areca y raíces de hermoso aspecto, arroz, espigas de trigo, pigmento amarillo, granos tostados y ramilletes del gracioso tulsi, en recipientes de oro cincelado, tan exquisitamente bellos que parecían nidos preparados para los propios pajarillos del Amor. Las ofrendas auspiciosas y los perfumes eran indescriptibles: cada una de las reinas había preparado todo cuanto podía traer buena fortuna. Sosteniendo lámparas de purificación dispuestas en diversas figuras, cantan alegremente melodiosas canciones festivas.
Dohâ 351.
Llevando en sus manos de loto bandejas de oro cargadas con sus ofrendas, y con el cuerpo estremecido por la emoción, las reinas avanzan con alegría para realizar el rito de purificación.
El cielo se oscureció bajo el humo del incienso, como si estuviera cubierto por las nubes de tormenta más densas de Sâran; los dioses hicieron llover guirnaldas de flores del árbol del paraíso, que a los ojos de los espectadores parecían grullas volando con gracia; las guirnaldas centelleantes de piedras preciosas se asemejaban al arcoíris; las jóvenes en los tejados, a veces visibles y a veces ocultas, eran como relámpagos intermitentes; el redoble de los tambores se parecía al estruendo del trueno; los mendigos hacían tanto ruido como los cucos, las ranas y los pavos reales; los dulces perfumes caían en abundantes lluvias, y todos los habitantes de la ciudad eran como pastizales reverdecidos. Al ver que había llegado la hora, el guru dio la señal, y el glorioso descendiente de Raghu entró en la ciudad, guardando en su corazón el recuerdo de Sambhu, de Giriji y de Ganesh; él y todo su séquito estaban llenos de alegría.
Todos los augurios eran favorables; los dioses tocaban sus tambores y hacían llover flores, mientras las ninfas celestiales bailaban de alegría y cantaban jubilosos himnos de triunfo.
Bardos, juglares, recitadores, mimos y actores celebraban su gloria, que ilumina los tres mundos. En las diez regiones del cielo se oían resonantes gritos de victoria mezclados con las solemnes recitaciones de los Veda. Sonaban toda clase de instrumentos, y tanto los dioses en el cielo como los hombres en la tierra estaban encantados. La magnificencia del cortejo superaba toda descripción, y la alegría desbordaba los corazones. Los ciudadanos se inclinaron profundamente ante el rey y luego se alegraron al ver a Râma. Arrojaban a su alrededor joyas y prendas, con los ojos llenos de lágrimas y el cuerpo estremecido por la emoción. Sus esposas hacían girar sobre su cabeza las lámparas rituales y se alegraban enormemente de ver a los cuatro nobles príncipes; pero, cuando levantaron la cortina del pâlki ricamente adornado y vieron a las esposas, su alegría fue aún mayor.
Así llegaron, para alegría de todos, a la puerta del palacio, donde las reinas, transportadas de felicidad, hicieron girar las lámparas rituales ante los príncipes y sus esposas.
Una y otra vez realizan la ceremonia, embargadas por un arrebato de amor que desafía las palabras. Esparcen a su alrededor, en profusión inagotable, adornos de oro y plata, joyas y sedas de toda clase; y, al contemplar a sus cuatro hijos y a sus esposas, se sienten colmadas de dicha celestial. Cada vez que admiran la belleza de Râma y Sita, se alegran pensando que ese instante es el más feliz de sus vidas. Las compañeras de Sita contemplan una y otra vez su rostro, cantando y celebrando su buena fortuna. A cada instante, los dioses hacen llover flores, en medio de danzas, cantos y fervorosos homenajes. Al ver a cuatro parejas tan encantadoras, Saradâ buscó entre todas sus comparaciones, pero ninguna resultaba adecuada; todas le parecían indignas, y no pudo sino quedarse allí, maravillada ante su belleza.
Después de cumplir todos los ritos prescritos por los Vedas o por las costumbres familiares, conducen a sus hijos y a sus esposas al palacio; rocían el camino con agua ritual, extienden alfombras y agitan antorchas.
Tras sentar a las esposas y a sus esposos en cuatro tronos tan magníficos que se diría que los habían labrado las propias manos del Amor, se apresuraron reverentemente a lavarles los pies sagrados y a rendirles homenaje —pues todos ellos eran santos— con incienso, lámparas y ofrendas, conforme al ritual védico. Una y otra vez hacen girar las lámparas ante ellos, agitan sobre sus cabezas suntuosos abanicos y espantamoscas, y reparten generosos regalos; pues cada una de las madres reales estaba tan exultante como un devoto que hubiera alcanzado la bienaventuranza, como un hombre enfermo toda su vida que hubiera obtenido un elixir, como un mendigo de nacimiento que hubiera encontrado la piedra filosofal, como un ciego que hubiera recobrado la vista, como un mudo dotado de elocuencia o como un guerrero victorioso en el combate.
Cien millones de veces mayor era aún la alegría de las reinas cuando Rāma y sus hermanos, ya casados, regresaron al palacio. Mientras las matronas reales realizaban los ritos acostumbrados, las esposas y sus esposos estaban muy avergonzados; pero Rāma sonreía para sí al ver su alegría y su deleite.
Según el rito, rindieron homenaje a los dioses y a los manes de sus antepasados, y todos los deseos de su corazón se vieron colmados. Con humildad, imploraron a todos el más alto favor, a saber, la prosperidad de Rāma y sus hermanos, y los dioses invisibles les concedieron su bendición. En su alegría, las matronas los estrecharon contra su corazón; mientras tanto, el rey hizo llamar a todos los que habían participado en la comitiva y les regaló carros, ropas, joyas y adornos. Luego, tras recibir permiso y llevando siempre en el corazón la imagen de Rāma, partieron alegremente, cada uno hacia su hogar. Todos los habitantes de la ciudad, hombres y mujeres, vestían sus ropas de fiesta, y en cada casa resonaba una música alegre. Todo lo que un mendigo pedía le era concedido de inmediato por el rey jubiloso, y cada sirviente y cada grupo de músicos fue colmado de regalos y elogios.
Todos, inclinándose profundamente, invocaban bendiciones sobre él y cantaban sus alabanzas, mientras el rey, acompañado por su guru y los Brāhmanes, se dirigía al palacio.
Bajo la dirección de Vasishta, cumplió con reverencia todas las ceremonias prescritas por la costumbre o los Veda. Al ver a la multitud de brahmanes, las reinas se consideraron especialmente favorecidas y se levantaron para saludarlos. Después de lavarles los pies y rendirles todos los honores que les correspondían, el rey les ofreció un banquete y los colmó de atenciones afectuosas y regalos. Con el corazón agradecido, lo bendijeron al despedirse. Rindió un homenaje especial al hijo de Gâdhi, diciendo: «Maestro mío, no hay hombre en el mundo tan afortunado como yo»; luego, con muchas otras palabras halagadoras, él y sus reinas recogieron el polvo de sus pies. Después, le asignó un suntuoso aposento en el palacio; el rey y sus esposas reales procuraban satisfacer hasta el menor de sus deseos. De nuevo, adoró sus pies semejantes al loto con la mayor humildad y la más profunda devoción.
Que me proteja aquel cuyo costado izquierdo resplandece con la hija del rey de las montañas; cuya cabeza sostiene el río de los dioses; cuya frente está adornada con la luna creciente; cuya garganta lleva la marca del veneno; cuyo pecho está ceñido por una enorme serpiente; cuyas joyas son franjas de ceniza; el jefe de las divinidades, señor eterno de todos, Siva, perfecto y omnipresente, semejante a la luna, el santo Sankara.
Que el santo hijo de Raghu, de rostro semejante al loto, quien no se alegró cuando lo coronaron rey ni se entristeció más por su doloroso exilio en los bosques, me conceda siempre éxito y prosperidad. Lo adoro a él, cuyo cuerpo es oscuro y suave como el loto, con Sîtâ sentada a su costado izquierdo y un gracioso arco y flechas en la mano: Râma, señor de la raza de Raghu.
Purificando el espejo de mi alma con la arena de los pies de loto del santo maestro, canto la gloria inmaculada de Rāma, que concede todos los bienes.
Desde el regreso de Rāma a su hogar con su esposa, las alegrías y los deleites se sucedieron sin interrupción. Las catorce esferas eran como grandes montañas, de las que nubes de virtud derramaban aguaceros de felicidad; la riqueza, la opulencia y la prosperidad eran ríos caudalosos que desbordaban en Avadh como en el océano; y los nobles ciudadanos, hombres y mujeres, eran las perlas resplandecientes de esos ríos, todas preciosas y de perfecta belleza. La magnificencia de la capital era indescriptible; parecía un regalo del creador. Al contemplar el rostro lunar de Rāmachandra, el pueblo era plenamente feliz; los jardines y todos los que los cuidaban se deleitaban al ver sus corazones colmados; y el rey aún más, mientras oía hablar de la belleza, los talentos y la afabilidad de Rāma, y los constataba con sus propios ojos.
En cada corazón habitaba un mismo deseo, que expresaban en sus plegarias a Mahadeva: «¡Ah! ¡Si el rey, en vida, confiara la regencia a Rāma!»
Un día, el monarca estaba sentado en su trono en la corte, rodeado de todos sus nobles. Encarnación de todas las virtudes, estaba lleno de alegría al oír alabar la fama de Rāma. Todos los reyes aspiraban a su favor, y los propios dioses deseaban su amistad. Nadie era tan bendecido como Dasarath en las tres esferas del universo, ni en ningún tiempo —pasado, presente o futuro—. Las palabras no podrían describir la felicidad de quien tenía por hijo a Rāma, fuente de toda dicha. El rey tomó por casualidad un espejo en la mano y, al mirar su rostro, se acomodó la corona. Junto a su oreja había un cabello blanco, como si la vejez le susurrara: «Oh, rey, nombra regente a Rāma y cumple así el propósito de tu vida».
Tras haber reflexionado así y tomado una decisión en su mente, el rey, un día propicio y a una hora favorable, con el cuerpo estremecido por la emoción y el alma llena de alegría, fue a exponer su propósito a su guru.
Chaupai
El rey dijo: «Escucha, gran santo; rama ha alcanzado ya la perfección en todas las cualidades. Los sirvientes, los ministros y todos los ciudadanos, sean mis enemigos, mis amigos o quienes me son indiferentes, todos quieren a Rama tanto como yo mismo y lo consideran una gloriosa encarnación de la bendición de mi maestro. Los brahmanes y sus familias, venerable maestro, lo quieren tanto como usted. Quienes ponen sobre su cabeza el polvo de los pies de su padre espiritual alcanzan, por así decirlo, el dominio de todos los reinos. Ningún hombre me iguala, pero todo lo que poseo procede de la veneración de sus santos pies. Ahora habita un deseo en mi corazón; solo su benévola aprobación, maestro mío, puede hacerlo realidad». El santo, feliz al constatar su sincera devoción, dijo: «Oh, rey, hazme saber tus órdenes».
Dohâ 4
Su nombre y su gloria, señor, satisfacen todos los deseos; todo anhelo de su alma, joya de los reyes, se cumple naturalmente.
Chaupai
Al ver a su guru tan bien dispuesto, el rey respondió con una sonrisa y voz dulce: «Maestro mío, confiera a Rama los poderes reales; sírvase disponer lo necesario. Que este feliz acontecimiento tenga lugar mientras yo viva, para que todos puedan alegrarse al contemplarlo. Por la bendición de mi maestro, Siva lo ha dispuesto todo felizmente, pero aún habita un solo deseo en mi corazón. Entonces, poco me importará permanecer en mi cuerpo o abandonarlo, si no tengo nada que lamentar al respecto». Cuando el santo oyó las nobles palabras de Dasarath, sintió la mayor alegría: «Escucha, oh rey; el maestro cuyo rostro vuelto hacia otro lado hace llorar a todos los seres, y a quien hay que suplicar para librarse de toda aflicción, ha nacido como tu hijo: es el santo y compasivo Rama».
Dohâ 5
Apresúrate, oh rey, no te demores, sino prepara todo de inmediato; feliz y auspicioso es el día en que se proclama a Râma regente.
Chaupai
El rey, lleno de alegría, se dirigió al palacio e hizo llamar a su servidor, el ministro Sumanta. Este se inclinó exclamando: «¡Saludo!». Entonces el rey le comunicó la grata noticia: «Hoy, para gran alegría mía, el guru me ha encargado instalar a Râma como heredero al trono. Si el consejo considera buena esta propuesta, prepárate con alegría para poner la marca real en la frente de Râma». El ministro se alegró al oír aquellas palabras amables, que cayeron como lluvia sobre el tierno brote de su deseo. Con las manos juntas, presentó esta petición: «Oh señor del mundo, viva usted para siempre; el acto que propone es bueno y beneficioso. Apresúrese, mi señor, no nos demoremos». El rey se alegró mucho del asentimiento de su ministro, como una enredadera que se despliega rápidamente en cuanto se ha aferrado a una rama firme.
Dohâ 6
El rey dijo: «Cualesquiera que sean las órdenes del santo relativas a la coronación de Râma, procura cumplirlas cuanto antes».
Con voz dulce, el santo, lleno de alegría, habló así: «Traigan agua de todos los lugares sagrados, toda clase de hierbas, raíces, frutos y flores (enumerando por su nombre cada variedad auspiciosa), así como abanicos de distintos tamaños, ropas de toda clase, de lana, seda y cualquier otro material, joyas y todos los objetos auspiciosos que haya en el mundo y sean apropiados para la consagración de un rey». Luego, tras recitar todos los ritos prescritos en el Veda, dijo: «Levanten muchos pabellones en la ciudad; planten las calles de todos los barrios con árboles frutales, mangos, palmeras de betel y bananos; dispongan espléndidas plazas adornadas con joyas relucientes; hagan decorar cuanto antes todos los bazares; rindan homenaje a Ganesh, a su guru y a la deidad de su familia, y atiendan con diligencia a los Brahmanes».
Dohâ
« Preparen estandartes, banderas, guirnaldas y jarrones, así como caballos, carros y elefantes». Todos obedecieron las palabras del santo sabio y se ocuparon cada uno de la tarea que le correspondía.
Chaupai
Cualquiera que fuese la orden que el santo hubiera dado a cada uno, este la consideraba lo primero que debía hacer. El rey honra a los Brāhmanes, a los santos y a los dioses, y hace todo lo posible por favorecer la prosperidad de Rāma. Al difundirse la feliz noticia de la entronización de Rāma, todo Avadh resonó con cantos de alegría. Se manifestaron buenos presagios en el cuerpo de Rāma y en el de Sita, mediante un repentino temblor del lado auspicioso, y se dijeron con ternura: «Esto anuncia el regreso de Bharat. Lo hemos extrañado mucho durante largos días. Esta buena señal nos asegura la llegada de un amigo, y en el mundo entero ningún amigo nos es tan querido como Bharat; este presagio solo puede tener un significado». Cada día, Rāma se preocupa por su hermano con tanto afecto como una tortuga por sus huevos enterrados en la arena, lejos de ella.
Dohâs
Al escuchar esta noticia tan alegre, las damas de la corte se sintieron tan dichosas como las olas del océano que se alzan de alegría al ver la luna en todo su esplendor.
Chaupai
Primero se ocuparon de que quienes habían traído la noticia recibieran generosas recompensas de joyas y ropas; luego, con el cuerpo estremecido por la emoción y el alma llena de amor, se pusieron a preparar todos los festejos. Sumitrā adornó un hermoso cuadrado con exquisitas piedras preciosas de toda clase; la madre de Rāma, abrumada de alegría, hizo venir a una multitud de Brāhmanes y los colmó de regalos; luego rindió culto a la divinidad del lugar, a los dioses y a las serpientes, y prometió sacrificios futuros, mientras rogaba: «En su misericordia, concédanme este favor: que Rāma prospere».
Jóvenes de rostro lunar y ojos de cierva cantan melodías propicias con una voz dulce como la del kail.
Dohā 9
Al enterarse de la entronización de Rāma, todas las mujeres virtuosas se alegraron y se pusieron con entusiasmo a preparar la celebración, pensando que Dios les era favorable.
Chaupai
Entonces el rey mandó llamar a Vasishtha y lo envió a los aposentos de Rāma para informarle de lo que iba a suceder. Cuando Raghu-nāth supo que había llegado el guru, fue a la puerta, inclinó la cabeza a sus pies y, después de derramar el agua purificadora con reverencia, lo hizo entrar y le rindió homenaje según los dieciséis ritos prescritos. Luego, de nuevo, junto con Sītā, le tomó los pies y dijo así, con las manos juntas en oración como un loto: «Que un señor visite la casa de su servidor es una gran fuente de alegría, un remedio para toda aflicción; sin embargo, maestro, habría sido más conveniente y más acorde con la costumbre que usted me enviara a decir que deseaba verme. Puesto que mi señor ha renunciado graciosamente a su privilegio, hoy mi casa es grandemente bendecida. Hágame saber, santo padre, cuáles son sus órdenes; al servidor le corresponde servir a su maestro».
Dohā 10
Al oír estas palabras afectuosas, el santo elogió a Raghu-bīr: «Oh Rāma, gloria de la raza solar, es propio de ti hablar así».
Chaupai
Después de celebrar las nobles cualidades de Rāma y su carácter amable, el gran santo explicó con profunda emoción: «El rey ha preparado una entronización real y desea conferirte la dignidad de regente. Hoy, Rāma, debes consagrarte a las prácticas devocionales, para que Dios lleve el asunto a buen término». Tras esta exhortación, el guru regresó junto al rey, mientras el corazón de Rāma se llenaba de asombro: «Mis hermanos y yo nacimos todos juntos, y juntos comimos, dormimos y jugamos durante nuestra infancia;
Luego llegó Lakshman, con el corazón lleno de amor y alegría, y el sol de la dinastía solar, semejante a la luna, lo recibió con palabras afectuosas.
Chaupai
Por todas partes resonaban músicas de toda clase, y la alegría de la ciudad era indescriptible. Todos rogaban que Bharat regresara, para que volviera pronto y pudiera, como ellos, disfrutar del espectáculo. En cada calle, cada callejón, cada casa, cada mercado y cada lugar de reunión, hombres y mujeres se decían unos a otros: «¿Cuándo llegará mañana y la hora propicia en que Dios cumplirá nuestro deseo; cuándo, con Sītā a su lado, Rāma ocupará el trono de oro y se cumplirán todos nuestros deseos?». Todos repetían: «¿Cuándo llegará mañana?». Pero los dioses envidiosos rogaban que surgieran dificultades; las celebraciones de Avadh les agradaban tanto como una noche de luna a un ladrón. Por eso hicieron venir humildemente a Sāradā y, una y otra vez, se postraron a sus pies:
Dohā 12
«Oh madre, considera nuestra gran aflicción y apresúrate a socorrernos. Si Rāma rechaza el trono y se retira al bosque, todo irá bien para nosotros».
Al oír la súplica de los dioses, ella se quedó inmóvil, pensando con tristeza: «Soy para un jardín de lotos como una noche de invierno». Al ver que vacilaba, los dioses exclamaron una vez más: «Oh madre, ni la menor culpa recaerá sobre ti; pues Raghu-râo —conoces bien su naturaleza— está libre tanto del sufrimiento como de la alegría; en cuanto a su pueblo, como todas las demás criaturas, le corresponde su parte de dolor o placer, según la ley de la necesidad: ve, pues, a Avadh y ayúdanos a nosotros, los dioses». Una y otra vez le abrazaron los pies, hasta que ella cedió y se marchó, mientras aún se decía: «Los dioses son una tropa mezquina; aunque habitan en las alturas, sus actos son bajos y no soportan ver la prosperidad ajena».
Al volver a sus reflexiones sobre el futuro, pensando que los poetas más grandes harían su voluntad, recobró el valor y voló hacia la ciudad de Dasarath, como algún funesto aspecto de los planetas, de maleficencia intolerable.
Alborozados por la noticia, varios de los jóvenes amigos de Râma fueron a felicitarlo. El Señor, conmovido por su afecto, los recibió con gracia y preguntó cortésmente por su bienestar. Con su permiso, recorrieron el palacio celebrando sus alabanzas: «¿Hay en el mundo alguien tan bueno y tan amable como Raghu-bîr? Sean cuales sean los nacimientos futuros que el destino nos reserve, que Dios nos conceda tan solo esto: ser siempre servidores del noble esposo de Sita. No pedimos nada más». Tal era el deseo de todos en la ciudad; solo el corazón de Kaikeyi ardía. Pues ¿quién no se deja corromper por las malas compañías? De nada sirve pedir consejo a los malvados.
El deseo del rey era como un agradable bosque, y la alegría general, como una bandada de pájaros; contra ellos, como una cazadora, lanzó el cruel halcón de sus palabras—
Chaupai
«Escucha, amado mío, cuál es el deseo de mi corazón. Concédeme como primer don la entronización de Bharat; y como segundo (te lo ruego, con las manos juntas, señor mío, cumple mi deseo), que Râma sea desterrado a los bosques durante 14 años, donde vivirá vestido como un ermitaño penitente». Al oír estas palabras de la reina, desfalleció el corazón del rey, como el del chakwa turbado por los rayos de la luna: tembló de pies a cabeza y no pudo pronunciar sonido alguno, como una perdiz silvestre al ver que un halcón se abalanza sobre ella; el poderoso monarca quedó abatido como una palmera alcanzada por un rayo. Con las manos en la frente y los dos ojos cerrados, como si el Dolor se hubiera encarnado, se puso a lamentarse: «Mi deseo, que había florecido como el árbol del paraíso, ha sido golpeado y arrancado de raíz, como por un elefante justo cuando daba frutos. Kaikeyi ha devastado Avadh y ha puesto los cimientos de una desdicha eterna».
La vio de pie frente a él, consumida por la pasión, semejante a la espada misma de la Furia desenvainada, con el mal consejo por empuñadura y la crueldad por filo, afilado en la piedra de amolar de la Jorobada. El monarca la vio feroz y terrible: «Me arrebatará la vida o el honor». Pero, dominando su corazón, exclamó en tono suplicante, sin que ella le prestara atención: «Bharat y Rama son como mis dos ojos. Se lo digo con toda verdad y pongo a Siva por testigo. ¡Oh, amada mía!, ¿qué palabras funestas has pronunciado, que destruyen todo orden, toda confianza y todo afecto? No dejaré de enviar un mensajero al amanecer y, tan pronto como se enteren de la noticia, los dos hermanos vendrán. Después, una vez fijado un día propicio y tomadas todas las disposiciones necesarias, conferiré solemnemente el reino a Bharat».
Sus labios se resecaron y todo su cuerpo ardió, como una pobre serpiente a la que le hubieran robado la joya de la cabeza. Al ver a la furiosa Kaikeyi tan cerca, semejante a la muerte contando los minutos, el afligido y amable Raghunath, aunque entonces experimentaba dolor por primera vez y ni siquiera había oído antes hablar de él, recobró la compostura como exigía la circunstancia y preguntó dulcemente a su madre: «Dime, madre, la causa de la aflicción de mi padre, para que me esfuerce en ponerle fin». «Escucha, Rama; esta es la única causa: el rey te ama mucho; me prometió concederme dos favores, y yo pedí lo que deseaba; pero se siente turbado al oírlos y no puede librarse de un escrúpulo con respecto a ti».
« Acepta el deshonor y que mi buen nombre perezca; que me hunda en el infierno antes que ascender al cielo; que me toque soportar el dolor más intolerable antes que ver cómo me arrebatan a Rāma». Pensando así para sí mismo, el rey no pronunció una palabra, mientras su alma temblaba como una hoja de pipal. Al ver a su padre tan abrumado por el amor, Raghupati volvió a hablar, dirigiéndose a su madre con palabras humildes y mesuradas, como lo exigían el lugar, el momento y las circunstancias:
«Padre, si hablo con un poco de atrevimiento, perdona esta ofensa por mi corta edad. Se atormenta usted por algo insignificante; ¿por qué no me lo dijo antes, para que pudiera saberlo? Después de verlo, padre, le pregunté a mi madre y, al oír sus explicaciones, mis temores se disiparon.
Después de permanecer catorce años en los bosques, en obediencia a la orden de mi padre, volveré a contemplar de nuevo sus pies; no se inquiete la mente».
Las palabras suaves y respetuosas de Rāma atravesaron el corazón de su madre como flechas. Al oír sus palabras heladas, ella se marchitó y cayó como el jāyadsa bajo un aguacero de la estación de las lluvias. La angustia de su alma superaba toda expresión, como la de un elefante que se encoge ante el rugido de un tigre. Se le llenaron los ojos de lágrimas y todo su cuerpo tembló, como un pez arrastrado por la corriente de un río desbordado. Reuniendo valor, miró a su hijo de frente y le habló así, con voz vacilante: «Hijo mío, eres el predilecto de tu padre, y él disfruta constantemente observando tus acciones. Había fijado un día propicio para entregarte el cetro; ¿por qué falta te destierra ahora a los bosques? Dime, muchacho, cómo ocurrió todo esto; ¿quién es el fuego devastador de la dinastía del dios Sol?»
Después de contemplar el rostro de Rama, el hijo del ministro le explicó la razón. Al oír su relato, ella quedó muda: las palabras no podrían describir su estado.
No podía retenerlo ni decirle que se fuera; en ambos casos, su corazón se desgarraba de un dolor cruel, como si, en lugar de «luna», se hubiera escrito «eclipse»: la mano de Dios siempre está contra todos nosotros. El deber y el afecto asediaban por igual su alma; su dilema era como el de una serpiente frente a una mangosta. «Si me quedo con mi hijo, será un pecado; mi virtud pasada no servirá de nada y mis amigos me odiarán. Si le ordeno partir al exilio, será una pérdida dolorosa». En aquella penosa situación, la reina sufrió cruelmente. Reflexionando de nuevo con discernimiento sobre su deber de esposa y recordando que Rama y Bharat eran igualmente sus hijos, la reina, con la dulzura de su carácter, cobró valor y pronunció estas dolorosas palabras: «Ojalá muera, hijo mío, pero has obrado bien; la orden de un padre es el deber supremo.
Cuando Rama hubo exhortado así a todos, inclinó con alegría la cabeza a los pies de loto de su guru, invocó a Ganesh, Gauri y Mahadev y, tras recibir su bendición, se puso en camino. Al partir, resonaron por toda la ciudad grandes lamentos y gritos de dolor, terribles de oír. En Lanka, presagios funestos; en Avadh, una aflicción extrema; mientras que los ejércitos celestiales estaban embargados por una alegría mezclada con tristeza. Cuando recobró el conocimiento, el rey despertó e hizo llamar a Sumanta, y luego comenzó así: «Rama se ha ido al bosque, y, sin embargo, mi vida no se marcha; ¿qué bien espera obtener al permanecer aún en mi cuerpo? ¿Qué tormento más cruel podrían infligirle para arrancarla de él?». Recobrando la calma, añadió: «Amigo, toma el carro y parte;
Dohâ 79.
Les deux garçons sont jeunes et délicats, y la hija de Janak es una joven delicada; hazlos subir al carro, muéstrales el bosque y regresa dentro de uno o dos días.
Chaupâi.
Los dos hermanos son valientes, y Raghurai es el océano mismo de la verdad, firme en su palabra; si se niegan a volver, suplícale humildemente, con las manos juntas: «Devuelve, señor mío, a la hija del rey de Mithila». Cuando Sita se alarme al ver el bosque, aprovecha la ocasión para comunicarle mis instrucciones, diciendo: «Este es el mensaje que Te envían tu suegro y tu suegra; regresa, hija mía, el desierto encierra muchos peligros. Puedes, según tu voluntad, alojarte unas veces en casa de tu propio padre y otras en casa de los padres de tu esposo». Intenta así todos los medios posibles; si regresa, mi vida se salvará; si no, acabará con la muerte; ¿qué puedo hacer? Dios está contra mí». Al decir estas palabras, el rey se desmayó y cayó al suelo, gritando: «¡Ah! ¡Si tan solo pudieras traerme de vuelta a Rama, Lakshman y Sita!»
Dohâ 80.
Tras recibir las órdenes del rey, inclinó la cabeza y, apresuradamente, mandó preparar el carro; luego se dirigió al lugar situado fuera de la ciudad donde estaban Sita y los dos hermanos.
Chaupâi.
Allí, Sumanta les transmit el mensaje del rey e hizo subir respetuosamente a Rama al carro. Cuando Sita y los dos hermanos subieron y emprendieron el camino, inclinaron mentalmente la cabeza hacia Avadh. Al ver a Rama partir de la ciudad de luto, todos sus habitantes empezaron a seguirlo en desorden. El bondadoso señor les dirigió todas las palabras apropiadas para consolarlos; volvieron a sus hogares, pero pronto regresaron, nuevamente abrumados por su afecto. Avadh les parecía tan oscura y opresiva como la noche negra de la muerte; los ciudadanos se miraban temblando, como bestias salvajes: su casa les parecía una tumba, sus sirvientes, fantasmas, y sus hijos, amigos y vecinos, mensajeros de la muerte. Todos los árboles y las enredaderas de los jardines se marchitaron; los arroyos y los estanques eran aterradores a la vista.
Dohâ 81.
Todos los caballos, los elefantes y los ciervos domesticados, el ganado de la ciudad, los cucos y los pavos reales, los majestuosos cisnes, los loros, los minás, las garzas, los flamencos y las perdices,
Chaupâi.
quedaron todos atónitos ante la partida de Rama, mudos e inmóviles como estatuas. Toda la ciudad parecía un bosque profundo, donde los habitantes consternados eran como pájaros y ciervos, mientras que Dios había transformado a Kaikeyi en una mujer salvaje del bosque, que lo había incendiado todo con un fuego furioso. Incapaces de soportar el ardor de la partida de Rama, todos los habitantes acudieron tras él, desorientados, diciéndose cada uno a sí mismo: «No hay felicidad sino junto a Rama, Lakshman y Sita. Todo se encuentra allí donde está Rama, y Avadh, sin Raghubir, no vale nada». Firmemente convencidos de ello, lo acompañaron, abandonando hogares cuyas delicias hasta los dioses podrían envidiar. Pues ¿qué poder pueden ejercer los placeres de los sentidos sobre los hombres consagrados a los pies semejantes al loto de Rama?
Dohâ 82.
Jóvenes y ancianos abandonaron todos sus hogares y lo siguieron; Rāma se detuvo en la orilla del Tamasā para pasar la primera noche.
Chaupâi.
Cuando Raghupati vio a su gente abrumada de amor, su corazón compasivo se conmovió profundamente. El misericordioso señor Raghunāth, siempre dispuesto a conmoverse por la aflicción ajena, les dirigió muchas palabras de ternura y afecto e hizo todo lo posible para consolarlos, exhortándolos encarecidamente a cumplir con su deber religioso. Pero, a causa de su apego, no podían separarse de él. Como nada podía vencer su afecto innato, Raghurāi se encontró desconcertado. Agotada por la pena y el cansancio, la gente se durmió —una ilusión divina la ayudaba a olvidar su dolor— y, cuando transcurrieron dos vigilias de la noche, Rāma se dirigió afectuosamente a su ministro: «Padre, conduce el carro de modo que borres las huellas de las ruedas; no hay otra manera de resolver este asunto».
Dohâ 83.
Rāma, Lakshman y Sita subieron entonces al carro, después de inclinar la cabeza ante los pies de Sambhu, y el ministro lo condujo rápidamente en todas direcciones, borrando las huellas.
Chaupâi,
Al amanecer, toda la gente despertó; se elevó un gran clamor: Raghubir se había marchado. No lograban distinguir en absoluto las huellas del carro, aunque corrían en todas direcciones gritando «Rāma, Rāma», como cuando un barco se hunde en el mar y todos los mercaderes se llenan de terror. Uno le dijo a otro: «Rāma nos dejó al ver nuestra aflicción». Se llenaron de reproches y envidiaron a los peces, gritando: «¡Maldita sea nuestra suerte, lejos de Raghu-bir! Puesto que Dios nos arrebató a nuestro Bienamado, ¿Por qué no nos concedió morir, como deseábamos?». Tras lamentarse así largamente, regresaron a Avadh con el corazón apesadumbrado: el dolor de la separación era indescriptible, y solo la esperanza de su regreso los mantenía con vida.
Dohâ 84.
Hombres y mujeres comenzaron por igual a ayunar y a hacer votos para obtener su regreso, como los pobres chakwa y lotos privados del sol.
Chaupâi.
Sîtâ, junto con el ministro y los dos hermanos, llegó en su camino a la ciudad de Sringavera. Al ver el río de los dioses, Râma descendió y le rindió homenaje con gran alegría. El ministro, Lakshman y Sîtâ también lo saludaron, y Râma se alegró tanto como ellos; pues el Ganges es la fuente de toda felicidad y bienaventuranza, el autor de toda dicha y el destructor de toda aflicción. Râma contó muchas historias y leyendas mientras contemplaba su corriente, instruyendo al ministro, a su hermano menor y a su esposa sobre la majestad y la grandeza del río celestial. Se bañaron y desapareció todo el cansancio del viaje; bebieron agua sagrada y sus almas se llenaron de alegría. Solo en el lenguaje vulgar se atribuye cansancio a quien, con su recuerdo, aligera todas las cargas del mundo.
Dohâ 85.
Râma, el campeón de la raza solar, es el Dios santo, de sabiduría y bienaventuranza supremas, el puente que cruza el océano de la existencia, aunque actúe como un hombre común.
Chaupâi.
Cuando Guha, el Nishad, se enteró de la noticia, se alegró y reunió a sus amigos y parientes; luego, tomando una gran cantidad de frutas y verduras como ofrenda, fue a su encuentro con el corazón lleno de alegría infinita. Con profunda reverencia, depositó su ofrenda ante él y contempló al Señor con la mayor devoción. Raghurâi, en su bondad natural, preguntó por su salud y lo hizo sentarse a su lado. «Ver tus pies semejantes al loto, maestro, es la salud misma; me siento colmado de favor, como todos estarán de acuerdo. Mi tierra, mi casa y mi fortuna son tuyas, mi Señor; yo y los míos somos tus humildes vasallos. Concédeme el favor de entrar en mi morada; trátame como a uno de tus sirvientes, y seré la envidia de todos los hombres». «Todo lo que dices, mi buen amigo, es perfectamente cierto; pero mi padre me ha dado otras órdenes».
Dohâ 86.
« Durante catorce años debo vivir en el bosque y seguir las normas, vestir la ropa y comer los alimentos de un ermitaño; me está prohibido permanecer en una aldea». Al oír esto, Guha quedó profundamente afligido.
Chaupâi.
Al ver a Rama, Lakshman y Sita tan hermosos, los ciudadanos protestaron con afecto: «¿Qué clase de padres pueden ser, amigo, quienes han desterrado al bosque a semejantes hijos?». Uno dijo: «El rey ha hecho bien en brindarles semejante espectáculo a nuestros ojos». Luego, tras reflexionar, el jefe de los Nishads escogió un magnífico árbol sinsapa, condujo a Raghunath hasta él y le mostró el lugar; este lo declaró excelente. Después de rendirle homenaje, los ciudadanos volvieron a sus casas, y Rama se preparó para realizar sus devociones vespertinas. Guha le preparó y extendió un encantador lecho de hierba y hojas tiernas; luego le trajo cuencos hechos de hojas, llenos de todos los frutos y verduras que sabía que eran dulces, nutritivos y buenos.
Dohâ 87.
Después de tomar frutos y hierbas con el ministro, Sita y su hermano, la joya del linaje de Ragha se acostó a dormir, mientras Lakshman le masajeaba los pies.
Chaupâi
Cuando supo que su maestro dormía, se levantó y le dijo suavemente a Samanta que descansara, mientras él mismo encajaba una flecha en su arco y adoptaba, a cierta distancia, la posición de un arquero de guardia. El tierno Guha, después de convocar a centinelas de confianza y apostarlos alrededor, fue a sentarse junto a Lakshman, con el carcaj a la espalda y una flecha encajada en su arco. Cuando el Nishad vio a Rama dormido, su alma quedó conmocionada por el exceso de amor, su cuerpo tembló de emoción, sus ojos se llenaron de lágrimas, y se dirigió así a Lakshman con voz tierna: «El palacio del rey es magnífico, y ni siquiera las cortes del cielo podrían compararse con él; sus encantadores pabellones, incrustados de piedras preciosas, parecen haber sido adornados por las propias manos del Amor».
Dohā 88
Sus lechos son ricos y suntuosos, adornados con flores aromáticas y perfumes suaves, lámparas preciosas y toda clase de objetos,
Chaupāī
con cobertores y almohadas de toda clase, y colchones tan suaves y blancos como la espuma de la leche, donde Sita y Rama descansaban por la noche, superando en belleza a Rati y Kamadeva, que ahora duermen sobre una estera, agotados y desnudos, dignos de lástima. Rama, a quien su padre y su madre, su propia familia y toda la población de la ciudad, sus compañeros y parientes, sus sirvientes y sirvientas querían tanto como a su propia vida, ahora duerme en el suelo. Sita, cuyo padre es Janak, de fama universal, cuyo suegro es Dasarath, amigo del rey del cielo, y cuyo esposo es Ramchandra, ahora duerme en el suelo; ¿está Dios, entonces, contra todos nosotros? ¿Están Sita y Rama destinados a habitar el desierto? Bien dicen los hombres: «El destino es soberano».
Dohā 89
La necia hija de Kekaya causó una terrible desgracia al sumir a Rama y Janaki en la aflicción el día de su regocijo.
Chaupāī
Se convirtió en el hacha a la raíz del árbol de la raza solar y, con su maldad, sumió al mundo entero en la tristeza». Al ver a Rama y Sita dormidos en el suelo, el Nishad se entristeció profundamente; pero Lakshman se dirigió a él con voz dulce y tierna, llena de sabiduría, serenidad y fe: «Ningún hombre es causa de la alegría o la pena de otro; todo es fruto de sus propios actos, hermano. La unión y la separación, el placer, el bien y el mal, la amistad, la hostilidad y la indiferencia son trampas de la ilusión. El nacimiento, la muerte, todos los vínculos del mundo, la prosperidad y la adversidad, la fortuna y el destino, la tierra, la casa, las riquezas, la ciudad y la familia, el cielo, el infierno y todos los asuntos humanos; todo lo que puedes ver, oír o imaginar en tu mente es ilusorio e irreal.
Dohā 90
En un sueño, un mendigo se convierte en rey y el Señor del cielo, en pobre; pero, al despertar, el uno no ha ganado nada y el otro no ha perdido nada: así es como usted debe considerar el mundo.
Chaupāī
Razonando así, no se enoje con nadie ni atribuya injustamente culpa a nadie. Todos duermen en una noche de ilusión y tienen toda clase de sueños; en este mundo de tinieblas, solo están despiertos quienes se desapegan de la materia y se absorben en la contemplación del Supremo; y no puede considerarse que ningún alma haya salido del sueño mientras no haya renunciado a todo disfrute de los sentidos. Entonces sobrevienen la iluminación espiritual y la liberación de los errores de la ilusión, y, finalmente, la devoción a Rāma. Amigo, este es el mayor bien del ser humano: ser devoto de Rāma en pensamiento, palabra y acto. Rāma es Dios, la totalidad del bien, imperecedero, invisible, increado, incomparable, exento de todo cambio, indivisible, a quien el Veda declara imposible de definir.
Dohā 91
En Su misericordia, tomó forma humana y realiza actos humanos, por amor a Sus fieles, a la Tierra, a los brahmanes, a las vacas y a los dioses. Al oírlos, se rompen las trampas del mundo.
Chaupāī
Habiendo reflexionado así, amigo, no dejes lugar alguno al engaño, sino apega tus afectos a los pies de Sītā y Rāma.» Mientras aún hablaba de las virtudes de Rāma, amaneció y despertó la alegría del mundo. Después de cumplir todos los ritos de purificación, se bañó él, el hombre perfectamente puro y sabio, y luego pidió leche de baniano y se recogió el cabello en un moño, como hizo también su hermano. Al verlo, los ojos de Sumanta se llenaron de lágrimas. Con el corazón abrumado de dolor, el rostro afligido y las manos juntas, pronunció humildemente estas palabras: «El rey de Kosala, mi maestro, me ha ordenado así: “Toma el carro y parte con Rāma; que vean el bosque y se bañen en el Ganges; luego, regresa pronto a casa con los dos hermanos, Lakshman y Rāma, y con Sītā; tráelos de vuelta disipando todas sus dudas y escrúpulos.”»
Dohā 92
Así habló el rey, maestro; pero, ¡ay!, no puedo hacer sino lo que usted me dice». Cayó a sus pies suplicando, llorando sin poder contenerse, como un niño.
Ayodhyā-kāṇḍ
Rāma levantó al ministro y lo exhortó así: «Padre, usted conoce el camino de la virtud. Sivi, Dadhichi y el rey Harischandra soportaron innumerables aflicciones en nombre de su dharma. Rantideva y el sabio rey Bali conservaron su fe a través de muchas pruebas. Ninguna virtud iguala a la verdad, como declaran los Vedas, los Shāstras y los Purāṇas. He alcanzado esta virtud por un camino fácil: si la abandono, mi vergüenza será conocida en la tierra, en el cielo y en el infierno; y la vergüenza es, para un hombre de honor, un dolor tan terrible como un millón de muertes. Pero ¿por qué decirle todo esto, padre? No hago más que incurrir en pecado al responderle.
Dohā 93
Arrójese humildemente a los pies de mi padre y, con las manos juntas, suplique que no se aflija de ningún modo por mí.
Usted también me es tan querido como mi padre, y le imploro, maestro, que haga todo lo que impida que el rey se aflija por mí». Ante estas palabras intercambiadas entre Raghunāth y el ministro, el Nishād y los suyos quedaron abrumados de tristeza, y Lakshman habló con cierta ira. Pero el Señor lo detuvo, sabiendo que sus palabras estaban completamente fuera de lugar, y rogó con vehemencia a Sumanta, en nombre del afecto que le profesaba, que no repitiera sus palabras. Sumanta prosiguió entonces con el mensaje del rey: «Sita no puede soportar las durezas del desierto; usted debería intentar persuadirla de que regrese a Avadh; de lo contrario, ya no tendré ningún apoyo y moriré inevitablemente, como un pez fuera del agua.
Dohâ 94
Ella tiene un hogar feliz tanto en la casa de su propia madre como en la de los padres de su esposo, y puede vivir cuando lo desee en una u otra, hasta que hayan pasado estos problemas.
El dolor de las súplicas del rey y el ardor de su afecto superan lo que puedo expresar». Al oír el mensaje de su padre, el Todo Misericordioso hizo cuanto pudo para persuadir a Sita: «Regresa, nada más; y el dolor de tus padres, de tu Guru, así como el de todos tus amigos y parientes, llegará a su fin». Vaidehi respondió a las palabras de su esposo: «Escucha, señor mío, tan querido y amado, lleno de compasión y de infinita sabiduría; ¿puede existir una sombra separada de aquello que la proyecta? ¿Dónde está la luz del sol sin el sol, o el resplandor de la luna cuando no está la luna?». Después de dirigir a su esposo esta tierna súplica, se volvió hacia el ministro y le dijo con estas palabras llenas de encanto: «Usted es para mí tanto un benefactor como mi propio padre o mi suegro, y responderle sería la mayor de las faltas de decoro.
Dohâ 95
Sin embargo, señor, no se enoje conmigo si, en mi dolor, me resisto a usted; lejos de los pies de loto del hijo de mi señor, todos mis parientes no son nada.
He visto el lujo y la magnificencia de mi padre, y su escabel rodeado por las coronas enjoyadas de los reyes; sin embargo, por feliz que sea su palacio, no encuentro en él ningún placer sin mi esposo. Mi imperial suegro, el soberano de Kosala, goza de una fama tan gloriosa en las catorce esferas que el rey del cielo saldría a su encuentro y le cedería la mitad de su trono; sin embargo, por grande que sea y por más que Avadh sea su morada, y por mucho que quiera a todos los miembros de su familia, así como a mi suegra, como si fuera mi propia madre, no podría encontrar el menor placer, ni siquiera por un instante, lejos de las flores de loto de los pies de Râma. Aunque el camino del bosque sea áspero, el país montañoso y esté lleno de elefantes y tigres, de innumerables lagos y cursos de agua, de Kolis y Kirâts salvajes, así como de animales y aves, todo es delicioso si mi amado señor está conmigo.
Dohâ 96
Póstrate a los pies de mi suegro y de mi suegra y diles humildemente de mi parte que no se aflijan por mí, pues soy completamente feliz en el bosque.
Con el soberano de mi alma y mi querido hermano, el más valeroso de los campeones, que llevan arco y carcaj, las penosas fatigas del camino no me turbarán en absoluto; por tanto, no se preocupen lo más mínimo por mí». Ante estas abrumadoras palabras de Sîtâ, Sumanta quedó tan desconcertado como una serpiente privada de la joya de su capucha. Sus ojos ya no veían, sus oídos ya no oían y, incapaz de pronunciar palabra, quedó completamente aturdido. Râma hizo todo lo posible por consolarlo, pero su corazón se negaba a dejarse apaciguar. Le suplicó insistentemente que también lo acompañara; pero Raghunandan respondió como correspondía a todo lo que él decía. «No se pueden resistir las órdenes de Râma; el Destino está contra mí, no puedo hacer nada». Inclinando la cabeza a los pies de Râma, Lakshman y Sîtâ, se alejó como un mercader que lo ha perdido todo.
Dohâ 97
Mientras conducía su carro, hasta sus caballos no cesaban de relinchar y de mirar hacia atrás a Râma; al verlo, el Nishâd cedió a su dolor, se golpeó la cabeza y gimió:
Al oír las palabras ásperas, pero afectuosas, del barquero, el Todo Misericordioso sonrió y miró a Janaki y Lakshman;
Entonces exclamó alegremente: «Haz todo lo necesario para salvar tu barca. Trae agua enseguida y lávame los pies; ya hemos perdido tiempo; ayúdame a cruzar». Así dirigió el gracioso Señor su petición a un barquero; Él, que con solo pensar en su nombre hace que la humanidad cruce el ilimitado océano de la existencia, y para cuyos tres pasos no bastaba el universo entero. El Ganges se regocijó al ver las uñas de sus pies y, al oír sus palabras, quedó libre de toda preocupación. Tras recibir las órdenes de Rāma, el barquero trajo una palangana llena de agua y, embargado de alegría y amor, comenzó a lavar Sus pies semejantes al loto. Todos los dioses hicieron llover flores y expresaron sus felicitaciones: «¡Nunca hubo nadie tan meritorio!»
Después de lavarle los pies y beber el agua, él y toda su familia, redimiendo así las almas de sus antepasados, hizo cruzar alegremente a su Señor hasta la otra orilla.
Desembarcaron y se detuvieron en las arenas del Ganges: Sītā, Rāma, Lakṣmaṇa y Guha. El barquero desembarcó a su vez y se postró. El Señor sentía vergüenza por no tener nada que darle. Sītā comprendió lo que pasaba por la mente de su amado y, con un gesto alegre, se quitó del dedo un anillo adornado con joyas. El Todo Misericordioso dijo: «Toma lo que te corresponde». El barquero, conmovido, Le tomó los pies: «¿Qué no he recibido ya, Señor mío? El pecado, la aflicción, la pobreza y todos los males que los acompañan han desaparecido. He trabajado durante largos años, pero hoy Dios me ha pagado por completo. Ahora, gracioso Señor, no pido nada más que Tu favor; cuando regreses, aceptaré agradecido todo lo que me concedas».
Lakshman y el señor insistieron ambos con vehemencia, pero el barquero no quiso aceptar nada; entonces el Todo Misericordioso Lo despidió concediéndole una fe inquebrantable, el mejor de todos los dones.
Después, el Señor de la estirpe de Raghu se bañó e hizo una reverencia para rendir homenaje a Mahadeva; mientras tanto, Sita, con las manos juntas, dirigió estas palabras al río sagrado: «Oh madre, concede mi deseo: que regrese sana y salva con mi esposo y su hermano, y que pueda volver a adorarte». Ante estas palabras humildes y afectuosas de Sita, el río sagrado respondió favorablemente: «Escucha, Vaidehi, amada de Raghu-bir; ¿quién en el mundo ignora tu gloria? Quienes te contemplan se convierten en soberanos de las esferas, y todos los poderes mágicos te sirven humildemente. Al hacerme la petición que te dignaste dirigirme, me has honrado generosamente en exceso; sin embargo, señora, por indigna que sea, te doy mi bendición para que mis palabras resulten verdaderas.
Regresarás sana y salva a Kosala con tu amado y su hermano; todos tus deseos se cumplirán y tu fama se extenderá por el mundo entero».
Al oír las palabras bondadosas del Ganges, Sita se alegró al ver que eran tan favorables. Entonces el Señor le dijo a Guha: «Regresa a casa». Al oír estas palabras, su rostro palideció y su pecho ardió; juntando las manos y con tono suplicante, exclamó: «Nobilísimo hijo de Raghu, escucha mi súplica. Déjame permanecer junto a mi Señor para mostrarle el camino y servirlo durante uno o dos días, y construirle una hermosa choza de ramas en el bosque donde va a alojarse. Después, juro por Raghu-bir que haré lo que me ordene». Al ver su sincero afecto, lo llevó consigo, para gran alegría de Guha, quien convocó entonces a todos sus parientes y los despidió con palabras tranquilizadoras.
Ese día hizo un alto bajo un árbol, y Lakshman y su sirviente atendieron todas sus necesidades. Al amanecer, después de cumplir con sus abluciones matutinas, fue a visitar al rey de los Santuarios. Un rey que tenía a la Verdad por ministro, a la Fe por amada esposa y al dios Madhava por amigo y favorito; su tesoro estaba lleno de los cuatro grandes bienes de la vida, y todos los lugares sagrados constituían su hermoso reino; estaba dotado de un dominio inexpugnable y de magníficas fortalezas, tan poderosas que ningún enemigo podía siquiera pensar en conquistarlas; contaba con un ejército de santuarios de tal virtud y poder que ponía en fuga a todo el ejército del Pecado; tenía por glorioso trono la confluencia de los ríos y por sombrilla real el Akhay-bat, que deslumbraba hasta el alma de un santo; las aguas del Ganga y de la Jamuna eran sus espantamoscas, una visión que disipa toda pena y aflicción:
Dohâ 102.
Sus servidores eran ascetas puros y santos, colmados de todo lo que desean; sus heraldos, los Vedas y los Purânas, proclamaban su virtud irreprochable.
¿Quién puede describir el poder de Prayâg, león que destruye al monstruoso elefante del Pecado? Al contemplar la belleza de este rey de los santuarios, Raghubar, océano de felicidad, se llenó de alegría y, con su santa boca, habló a Sita, a su hermano y a su compañero de su grandeza. Después de rendirle homenaje, recorrió los bosques y las arboledas, evocando su virtud con la más profunda devoción. Así llegó al Tribeni —cuyo solo recuerdo procura toda dicha— y, después de contemplarlo, se bañó allí con arrobamiento y rindió homenaje, según todos los ritos, a Siva y a la divinidad del lugar. Luego el señor llegó a la morada de Bharadvaja; cuando se postró a sus pies, el santo lo estrechó contra su pecho en un arrebato de alegría inexpresable, como si hubiera probado la felicidad perfecta del cielo.
Dohâ 103.
El patriarca lo bendijo con tanta alegría en el corazón como si Dios le hubiera presentado, en forma visible, la recompensa de su virtud.
Después de preguntarle cómo se encontraba, lo condujo a un asiento y dio rienda suelta a su afecto brindándole todas las atenciones. Luego trajo y le ofreció raíces, frutos y hierbas, todos dulces como la ambrosía, de los que Râma, junto con Sita, Lakshman y su compañero, comieron con gran placer y satisfacción. Râma se sintió reconfortado y olvidó todo su cansancio. Entonces Bharadvâja exclamó con satisfacción: «Hoy han sido recompensados mi ascetismo, mis peregrinaciones y mis vigilias; mis oraciones, mis meditaciones y mi desapego del mundo han dado fruto en este día; sí, Râma, todas mis prácticas piadosas han sido recompensadas hoy con verte. Nada más podría igualar esto: es la culminación de la dicha, la culminación de la felicidad; al contemplarte, todos mis deseos quedan satisfechos. Ahora, por tu favor, concédeme esta única gracia: devoción a tus pies de loto durante toda mi vida.
Dohâ 104.
Mientras un hombre no se entregue por completo a Ti, de todo corazón, en palabras y actos, sin reservas, ni siquiera podrá soñar con la felicidad, haga lo que haga».
Al oír las palabras del santo, Râma se desconcertó, pero se alegró de aquella admirable muestra de fe. Luego se puso a proclamar ante todos, de mil maneras, la ilustre fama del santo: «Verdaderamente es grande y está ricamente dotado, oh Santo Padre, aquel a quien te dignas honrar». Así, el santo y Raghubir se inclinaron el uno ante el otro y, mientras conversaban, se llenaron de una felicidad indescriptible. Cuando los habitantes de Prayâg se enteraron de la noticia, todos los estudiosos de la religión, ascetas, monjes, ermitaños y anacoretas acudieron en tropel al ermitorio de Bharadvâja para ver al glorioso hijo de Dasarath. Todos le rindieron homenaje y se alegraron de que sus ojos hubieran recibido tan gran favor. Lo bendijeron y luego se marcharon con inmensa alegría, alabando su belleza.
Dohâ 105.
Râma pasó la noche descansando. Al amanecer, se bañó en Prayâg y, después de inclinarse ante el santo, reanudó alegremente su camino con Sîtâ, Lakshman y su servidor.
Al escuchar sus palabras afectuosas y ver su gran devoción, el compasivo y muy amable Râma, que también notó que Sîtâ estaba cansada, descansó un momento a la sombra de la higuera. Todos estaban encantados con su belleza, hombres y mujeres por igual, y su alma se prendaba de su gracia incomparable. Sus miradas permanecían fijas en él, como un círculo de perdices alrededor de su rostro semejante a la luna. Al ver su cuerpo, oscuro como un joven tamâl, miríadas de dioses del Amor quedaban fascinados; mientras que Lakshman, hermoso de la cabeza a los pies, cautivaba el alma con sus miembros claros, brillantes como el relámpago; vestido de asceta, con el carcaj bien ajustado y el arco en la mano, sus flechas resplandecían en su mano semejante al loto.
Dohâ 111.
El cabello recogido en un moño como una corona sobre sus graciosas cabezas,
el pecho ancho, los brazos poderosos y los grandes ojos profundos, el rostro como
la luna llena de otoño, reluciente de perlas de humedad,
Chaupâi.
La belleza de los dos hermanos supera toda descripción; es ilimitada, y mi mente es pobre. Con todas las facultades de su mente y su alma, todos contemplan al trío encantador; hombres y mujeres, sedientos y desfallecidos de amor, como ciervos deslumbrados por una luz. Las mujeres del pueblo se acercaron a Sîtâ, le preguntaron con ternura y pudor y, besándole de nuevo los pies, le susurraron ingenuamente su pregunta: «Noble señora, tenemos una petición, pero, como somos mujeres, no nos atrevemos a formularla. Perdone nuestra audacia, señora, y no se ofenda por nuestros modales rústicos. Estos dos encantadores jóvenes príncipes, cuyo brillo podrían envidiar la esmeralda y el oro,
Dohâ 112.
uno oscuro, el otro claro, pero ambos hermosos y llenos de encanto, el rostro semejante a la luna otoñal y los ojos semejantes a los lotos otoñales,
Chaupâi.
«Aquel que haría palidecer a mil Amores, dígame, bella dama, ¿qué vínculo la une a ellos?» Ante estas palabras agradables y afectuosas, Sîtâ sonrió, confundida y modesta; mirando primero a las jóvenes y luego al suelo, la hermosa doncella quedó doblemente turbada. Pero, bajando sus ojos de gacela y con una voz dulce como la del koïl, respondió con ternura: «El joven de tez clara, tan apuesto y grácil, se llama Lakshman; es mi cuñado menor. En cuanto al de tez oscura, ojos grandes y brazos poderosos, tan perfecto en todo y de voz tan dulce…» Entonces, velando su rostro lunar con el borde de su ropa, miró a su esposo y, con una mirada de reojo, sus cejas señalaron con gestos a las jóvenes a su señor, como una hermosa bhanjan. Todas las aldeanas quedaron tan encantadas como unos mendigos que hubieran robado un montón de joyas.
Dohâ 113.
Cayendo a los pies de Sîtâ, con el gran amor que le profesaban, le impartieron todas sus bendiciones: «Que su feliz vida matrimonial dure tanto como la Tierra repose sobre la cabeza de la serpiente.
Chaupâi.
Que sea sorda a su esposo como Pârvatî lo es a Śiva. Sin embargo, señora, no deje de prestarnos algo de atención: se lo rogamos una y otra vez, con las manos juntas; si vuelve a pasar por este camino, acuérdese de nosotras, sus servidoras, y permítanos verla de nuevo». Al ver cuánto las consumía el amor, Sîtâ las reconfortó con muchas palabras apaciguadoras, como el claro de luna alegra al lirio. Entonces Lakshman, comprendiendo el deseo de Raghubar, preguntó suavemente a la gente por el camino. Al oír sus palabras, se entristecieron; les temblaban los miembros, se les llenaron los ojos de lágrimas, se apagó su alegría y se les turbó el corazón: «¡Dios nos dio un tesoro para quitárnoslo enseguida!» Luego, reflexionando sobre los designios del Destino y recobrando el ánimo, escogieron el camino más fácil y se lo indicaron.
Dohâ 114.
Raghunâth tomó el camino del bosque, con Lakshman y Janakî;
y todos regresaron a sus hogares, pero no sin dirigirles muchas palabras tiernas y acompañarlos de todo corazón.
Chaupâi.
Hombres y mujeres, de regreso, se lamentaban profundamente y culpaban al Destino, diciéndose tristemente unos a otros: «Todas las obras de Dios son perversas. Es absolutamente incontrolable, cruel y despiadado; Él hizo que la luna palideciera y se cubriera de manchas, que el árbol del paraíso quedara inerte como un tocón y que todo el océano fuera salado, y ahora acaba de enviar a estos jóvenes príncipes al bosque. Si el bosque es su morada natural, ¿para quién ha destinado entonces la comodidad y el placer? Si deben recorrer descalzos su camino, de nada servía inventar tantas clases de carruajes. Si deben dormir en el suelo, sobre un simple lecho de hierbas y hojas, ¿para quién creó Dios camas cómodas? Si hace que vivan bajo los árboles, ¿por qué se tomó tantas molestias para construir espléndidos palacios?
Dohâ 115.
Si estos niños tan hermosos y delicados llevan la áspera vestimenta y el cabello enmarañado
de los ascetas, en vano el gran Creador confeccionó tantas clases
de prendas y adornos.
Chaupâi.
Con las manos juntas y el corazón rebosante de amor, el sabio se inclinó a los pies de Rāma, quien lo abrazó al reconocer al santo y venerable sabio de los poetas. Su alegría era imposible de describir; luego, después de inclinarse y sentarse, dijo con voz serena: «Sé quién eres, tú que conoces todo y comprendes a todos los seres humanos; Señor, sabes por qué has venido. Tus pies permanecen sin cesar en mi corazón; no tengo otro deseo que este: sentir devoción por Ti, soberano de la raza de Raghu, y dedicar mi vida a cantar Tus alabanzas». Rāma, el Señor de la creación, se alegró de sus palabras sencillas y sinceras, y le respondió: «Sabio, nunca olvides que eres Dios. Dedícame tu corazón y no desees nada más; ten por seguro que siempre estoy satisfecho con todos los santos». Después de este intercambio, recibió su homenaje, pues el Hijo de Raghu solo encuentra placer en el amor de sus siervos. Entonces el soberano de la tierra partió con Sita y su hermano Lakshman.
Dohā 121.
Tras inclinarse ante aquel sabio semejante a un dios y emprender el camino, el héroe se detuvo poco después en las orillas del Ganges, con el corazón lleno de alegría y amor reverente.
Chaupad.
Luego continuó su camino, el que Bhān le había indicado. ¿Cómo describir la belleza del camino? Sus encantos deleitaban su mente. Deseoso de viajar de incógnito, había cambiado sus adornos, sus ropas y sus armas por el atuendo de un ermitaño, como una serpiente que se desprende de su piel. El camino era bello e inmaculado como la sabiduría de un santo, y estaba compuesto por todos los senderos bien conocidos de la devoción, la acción y el conocimiento. El bosque, las colinas, los ríos y los arroyos eran todos encantadores, y los bosques estaban poblados de aves y ciervos que, al ver a Rāma, olvidaron su ferocidad natural, su miedo y su enemistad mutua. Quedaron cautivados por su belleza y lo seguían pacíficamente por el camino. Las aves y las bestias se reunieron y le rindieron homenaje; el pavo real desplegó su danza, y los ciervos se detuvieron al oír su voz. Permanecían embelesados ante su belleza de loto y, como la luna deleitaba al chakor, su soberano los cautivaba. Sītā, Rāma y Lakshman, fuentes de toda belleza, fascinaban a cada uno de los tres mundos.
Dohā 122.
Cuando las miradas de Sītā y Rāma se cruzaron, Lakshman se llenó de alegría; y contemplaron con amor las aguas sagradas del Ganges.
Chaupad.
Pasaron la primera noche en las orillas del Ganges y, por la mañana, se despidieron del río, después de adorarlo e inclinarse ante Él. Llegaron a la confluencia del Ganges y el Yamuna, donde había un hermoso y encantador eremitorio, fundado por el gran santo Bharadwaja. Al enterarse de su llegada, el sabio salió a su encuentro con sus discípulos. Cayó a los pies de Râma, quien lo levantó y lo abrazó, rebosante de alegría y amor. El Señor, fuente de misericordia, se inclinó a los pies del sabio, y conversaron con el mayor respeto. El sabio los condujo a su eremitorio y les ofreció un lugar encantador donde descansar; allí se celebraron los ritos, mientras los devotos del santo cantaban las alabanzas de Râma. La belleza del eremitorio de Bharadwaja era indescriptible. Allí, la diosa Ganges se regocijó, y la divinidad del Yamuna acudió en persona a contemplarla. Sita, Lakshman y el Señor descansaron allí y luego reanudaron su camino al amanecer. Los sabios del bosque se alegraron al verlos y los recibieron bajo una lluvia de bendiciones. Después de bañarse en las aguas cristalinas, preguntaron a los santos qué camino conducía a Chitrakut. Cada santo se ofreció a guiarlos, y todos emprendieron el camino de regreso, dejándolos continuar más allá de la senda de los ermitaños. Los árboles celestiales que bordeaban el camino se inclinaban bajo el peso de sus abundantes frutos y flores, como si rindieran homenaje al Señor.
Dohd 123.
Así, atravesaron el bosque. Sita, Lakshman y Rima seguían su camino con el corazón en paz, mientras que todos los que los veían eran bendecidos por aquella visión.
Chaupad.
Había ermitas, con manantiales de agua dulce, donde los sabios vivían en paz. Allí había flores y frutos de toda clase, agua pura y hermosas sombras. Los ciervos y las aves vivían allí sin temor, y cada lugar ofrecía una paz deliciosa. Así, el héroe proseguía su camino, contemplando las montañas y los arroyos.
La montaña Chitrakut apareció ante su vista, un cúmulo de belleza, verdadera morada de todo lo que es encantador. Los arroyos, las cascadas y los manantiales, los estanques y las albercas, así como sus aguas frescas y cristalinas, cautivaron su corazón. Los maravillosos árboles, las aves y los ciervos de toda clase, y los insectos de todos los colores deleitaban sus ojos. El cuco cantaba, el pavo real bailaba y el chakor contemplaba la luna. Así, el bosque estaba lleno de delicias.
La montaña tenía altas cumbres que parecían abrazar las nubes; estaba adornada con arboledas siempre verdes y frondosos bosques, donde las aves y los animales vivían en paz. Cuando Rima contempló aquella encantadora montaña, su corazón se alegró y dijo a su hermano: «Lakshman, esta colina es de lo más encantadora; alegra la mente. Los sabios que viven en el bosque son felices; las aves y los ciervos, las montañas y los arroyos, todo es hermoso. Deberíamos construir aquí una cabaña y podríamos vivir en ella algún tiempo». Construyeron una cabaña que el Señor embelleció, y allí vivieron. Pasó el tiempo de muchas maneras, en compañía de Sita y de su hermano.
Rama se postró ante Él mientras el santo le daba su bendición. Al contemplar la belleza de Rama, sus ojos se llenaron de alegría; lo condujo con todos los honores hasta Su ermita. Allí le ofreció un asiento de honor, como a un huésped tan querido para Él como su propia vida, y luego mandó traer hierbas y frutas sabrosas, de las que comieron Sita, Lakshman y Rama. Grande era la alegría del alma de Valmiki cuando sus ojos contemplaban la imagen de la dicha. Entonces, uniendo las manos en forma de loto, Rama Le dirigió estas palabras que cautivaban el oído: «Rey de los sabios, conoces todo el tiempo, pasado, presente y futuro, y el universo es como una pequeña ciruela en la palma de tu mano». Dicho esto, el Señor le contó toda la historia y cómo la reina lo había desterrado.
Bajo la apariencia de Kols y Kirats, llegaron y construyeron dos lindas chozas de ramas y hierba, ambas más hermosas de lo que se puede expresar, una grande y la otra, una encantadora casita.
Cuando la reina vio a Bharat, se levantó precipitadamente, pero cayó al suelo, desmayada y aturdida. Al verla, Bharat quedó profundamente conmovido y se arrojó a sus pies, olvidándose de sí mismo: «Madre, déjame ver a mi padre; ¿dónde está Sita, y dónde están Râma y Lakshman, mis dos hermanos? ¿Por qué Kaikeyi vino al mundo? Y, puesto que había nacido, ¿por qué no fue estéril, en vez de darme a luz a mí, que deshonro a la familia, verdadero abismo de infamia, maldición de mi hogar? ¿Quién hay en los tres mundos tan desdichado como yo, por cuya causa, madre, has quedado reducida a esta situación? Mi padre ha muerto, Râma está desterrado, ¡y yo soy el único causante de toda esta desgracia! ¡Ay de mí, verdadero incendio entre los juncos, fuente de un tormento, una angustia y una ofensa intolerables!»
Dohâ 158.
Al oír hablar a Bharat con tanto cariño, su madre recobró el ánimo, se levantó, lo alzó y lo estrechó contra su pecho, mientras se enjugaba las lágrimas de los ojos.
Chaupâi
Sencilla y bondadosa, lo estrechó contra su corazón con tanto amor como si el propio Râma hubiera regresado. Luego también abrazó al hermano menor de Lakshman, mientras su alma rebosaba de dolor y afecto. Todos los que fueron testigos de su bondad dijeron: «Es la madre de Râma; es natural en ella». Sentando a Bharat en sus rodillas, le secó las lágrimas y le dijo con voz apacible: «Ahora, hijo mío, te lo ruego, serénate; considera que los tiempos son malos y deja de lamentarte. No pienses más en tu pérdida ni en tu aflicción; recuerda que el curso del tiempo y del destino es inmutable. No culpes a nadie, hijo mío; Dios se ha vuelto contra mí. Me ha hecho pasar por semejante desgracia; ¿quién sabe qué más puede depararme?»
Dohâ 159.
Por orden de su padre, Raghu-bir se quitó sus adornos y sus ropas ordinarias, y luego se vistió con el atuendo de corteza, sin abatimiento ni exaltación.
Chaupâi
Con el rostro sereno y el alma libre de ira y de apego, hizo todo lo que estaba en su poder para consolarnos. Sita, al enterarse de que él partía al bosque, también partió; por su devoción a los pies de Râma, no podía quedarse. Lakshman también, al enterarse de la noticia, se dispuso a acompañarlo y, pese a todas las súplicas de Râma, se negó a quedarse atrás. Entonces Raghupati se inclinó ante cada uno por turno y partió acompañado de Sita y de su hermano menor. Así partieron al exilio Râma, Lakshman y Sita. Yo no los acompañé, ni tampoco envié con ellos mi mente. Todo esto ocurrió ante mis ojos y, sin embargo —desdichada de mí—, la vida no abandonó mi cuerpo. No sentí vergüenza, pese a todo mi amor, teniendo un hijo como Râma y siendo yo su madre. El rey sabía bien cuándo debía vivir y cuándo debía morir; pero mi corazón es cien veces más duro que el diamante.
Dohâ 160.
Al oír las palabras de Kausalyâ, Bharat y todas las mujeres del palacio prorrumpieron en dolorosos lamentos; el palacio parecía la morada misma de la aflicción.
Chaupâi
Bharat, y también sus dos hermanos, lloraron amargamente. Kausalyâ los estrechó contra su pecho y consoló a Bharat de todas las maneras, con palabras de gran sabiduría. Todas las reinas razonaron con Bharat, apoyándose en las máximas pertinentes de los Purânas y los Vedas. Entonces, puro, franco y sincero, respondió como correspondía, con las manos juntas: «Que recaiga sobre mí, oh dios, el crimen de haber matado al padre, a la madre o al guru; de haber quemado vacas en sus establos o una ciudad de Brâhmans; el crimen de haber asesinado a la esposa o al hijo; de haber envenenado a un amigo o a un rey; que recaiga sobre mí todo pecado, grave o venial, de pensamiento, palabra u obra, como lo han enumerado los sabios, si, madre, esta conspiración fue mía.
Dohâ 161.
Que dios me reserve el destino de quienes abandonan los pies de Hari y Hara y adoran a demonios abominables, si, madre, esta conspiración fue siquiera en lo más mínimo mía.
Chaupâi
Que tenga el fin de quienes venden los Veda y hacen negocio con la piedad; de los calumniadores, que hablan de las faltas ajenas; de los traidores, los perversos, los pendencieros, los violentos; de quienes insultan a los Veda, los enemigos de toda criatura; de los codiciosos, los libertinos, los inconstantes, los fanfarrones, que codician los bienes de su prójimo o a su esposa, si, madre, consentí en esta conspiración. Que Sankara me asigne un destino igual al de los miserables que no siguen el ejemplo de las personas virtuosas, rechazan el camino de la salvación, no adoran la encarnación de Hari y no se deleitan con la gloria de Hari y Hara, abandonan el camino de las Escrituras para seguir otro y engañan al mundo con sus tretas y falsedades, si, madre, tuve conocimiento de esta conspiración.
Chhand 6.
Escucha, madre; en todos mis pensamientos, palabras y acciones, soy el esclavo del Todo Misericordioso. Râma, que todo lo sabe, mora en mi corazón y distingue perfectamente el afecto sincero del fingido». Mientras hablaba así, sus ojos derramaban lágrimas, su cuerpo temblaba y los dedos de sus pies trazaban líneas en el suelo. Su madre volvió a tomarlo en sus brazos y lo estrechó contra su pecho, sabiendo que era verdaderamente un devoto de Râma.
Dohâ 162.
Al escuchar las palabras sinceras, honestas y generosas de Bharat, su madre exclamó: «Hijo mío, siempre has sido, de pensamiento, palabra y acción, amigo de Râma».
Chaupâi.
La leche brotó de sus pechos y sus ojos se llenaron de lágrimas. Mientras permanecían sentados lamentándose durante largo rato, transcurrió toda la noche. Los santos Yamadeva y Vasishtha llegaron y convocaron a todos los ministros y nobles, y luego hicieron todo lo que estuvo a su alcance para consolar a Bharat con discursos apropiados sobre asuntos religiosos.
Dohâ 163.
«Hijo mío, cobra ánimo y cumple con los deberes del día». Bharat se levantó por orden del guru y dispuso todos los preparativos.
Chaupâi.
De acuerdo con las prescripciones de los Veda, hizo lavar el cuerpo del rey y preparar un suntuoso carro fúnebre. Luego, tras estrechar los pies de cada una de las reinas, les pidió que se quedaran. Ellas se quedaron con la esperanza de ver a Râma. Se trajeron numerosas cargas de madera de sándalo y aloe, así como enormes cantidades de especias aromáticas. La pira se erigió a orillas del Sarju, como una hermosa escalera que ascendiera hasta el cielo. Así se cumplieron todos los ritos de la cremación: el baño ritual prescrito, la ofrenda de semillas de sésamo y la ceremonia de las diez bolas de arroz, que Bharat realizó después de estudiar debidamente los Veda, los Purâna y el Código ritual. Cada vez que el gran sabio daba una orden, esta se cumplía mil veces. Para su purificación, hizo ofrendas muy abundantes: vacas, caballos, elefantes, toda clase de carros,
Dohâ 164.
Bharata tomó tronos, joyas, vestiduras, cereales, tierras, dinero y casas, y los ofreció a los Brâhmanes: cada uno de ellos recibió cuanto deseaba.
Chaupâi.
Todos los ritos que Bharata realizó en memoria de su padre fueron más numerosos de lo que un millón de lenguas habría podido contar. Entonces los grandes sabios, después de fijar un día propicio, convocaron a todos los nobles y ministros, quienes acudieron a la sala del consejo real y se sentaron allí; luego mandaron llamar a Bharata y a su hermano. Vasishtha hizo sentar a Bharata a su lado y se dirigió a él con palabras llenas de sabiduría y piedad. Primero, el santo recordó toda la historia de los actos monstruosos de Kaikeyi y elogió la piedad del rey, así como su fidelidad a su promesa, él que, con su muerte, había manifestado su amor. Mientras evocaba las nobles cualidades de Râma y su carácter amable, los ojos del santo se llenaron de lágrimas y su cuerpo tembló de emoción. Luego, cuando pasó a hablar del afecto demostrado por Lakshman y Sîtâ, el sabio asceta quedó embargado por el amor y el dolor.
Dohâ 165.
«Escucha, Bharata», dijo con tristeza el príncipe de los sabios. «El destino es todopoderoso; la pérdida y la ganancia, la vida y la muerte, el honor y el deshonor están en manos de Dios».
Chaupâi.
Siendo así, ¿por qué culpar a alguien o enojarse con alguien sin razón? Medita sobre esto en tu corazón, hijo mío; el rey Dasarath no es digno de lástima. Digno de lástima es el Brâhmane que ignora el Veda, ha abandonado su fe y se ha entregado a los placeres de los sentidos; digno de lástima es el rey que desconoce los principios del gobierno y para quien sus súbditos no son tan queridos como su propia vida; digno de lástima es el mercader, avaro y rico, que no respeta ni los deberes de la hospitalidad ni el servicio de Mahadev; digno de lástima es el Sûdra que insulta a un Brâhmane, es fanfarrón, ambicioso y está orgulloso de sus conocimientos; digna de lástima es también la esposa que engaña a su propio marido y se muestra obstinada, pendenciera y testaruda; digno de lástima es el estudiante religioso que quebranta sus votos y no obedece las órdenes de su guru;
Dohâ 166.
Piedad por el jefe de familia que, vencido por la ilusión, abandona el camino de la religión; piedad por el asceta enamorado del mundo, que ha perdido el discernimiento y el dominio de sí mismo;
Chaupâi.
piedad por el anacoreta que ha renunciado a la austeridad y se complace en los placeres; piedad por el difamador y por el hombre que se enfurece sin motivo, enemigos de sus propios padres, de su maestro espiritual y de sus parientes; en todo sentido, piedad por el malvado que se aferra a uno mismo y carece por completo de compasión; en todo sentido, piedad por quien no renuncia al engaño ni se convierte en discípulo de Hari; pero el rey de Kosala no es digno de lástima: su gloria se extiende por los catorce mundos. Nunca hubo, no hay ni habrá rey semejante a tu padre, Bharata. Brahma, Vishnu, Siva, Indra y todos los Regentes del aire cantan las virtudes de Dasarath.
Dohâ 167.
Dime, hijo mío, ¿cómo podría elogiarse a un hombre que tiene hijos tan nobles como Râma, Lakshman, tú y Satrughna?
El rey es completamente feliz; es inútil llorarlo. Así pues, después de escuchar y reflexionar, deja de afligirte; sométete obedientemente a las órdenes reales. El rey te ha dado el trono, y necesariamente debes cumplir la palabra de tu padre. El monarca que, por fidelidad a su palabra, abandonó a Rama y, aunque perdió la vida angustiado por estar separado de él, tuvo así su palabra por más preciada que la vida, es un padre cuya voluntad debes obedecer, hijo mío. Inclina la cabeza ante la orden real; te será beneficiosa en todo sentido. Parasurama, para obedecer la orden de su padre, mató a su propia madre, como atestigua el mundo entero; y el hijo de Yayati le cedió su juventud: en la orden de un padre no puede haber pecado ni deshonra.
Dohâ 168.
Quienes respetan las palabras de su padre, sin discutir lo justo y lo injusto, son dignos de honor y gloria, y moran en el palacio del rey del cielo.
Debes cumplir a toda costa la palabra del rey; cuida de tus súbditos y deja de afligirte. Él hallará consuelo en el cielo; para ti, esto será un mérito y un honor, no una falta. Los Veda lo enseñan, y todos los hombres lo aprueban: la corona corresponde a aquel a quien se la entrega su padre. Gobierna, pues, no te atormentes más y acepta mi consejo, que es lo mejor para ti. Rama y Sita se alegrarán al saberlo, y ningún sabio lo juzgará malo. Kausalya y todas las reinas estarán felices por la dicha del pueblo. Rama conoce tus pensamientos secretos y aceptará muy bien la decisión; cuando regrese, podrás entregarle el trono y servirlo con afecto y alegría.
Dohâ 169.
Los ministros exclamaron, con las manos juntas: «Debes obedecer necesariamente la orden de tu guru; cuando Raghupati regrese, podrás actuar entonces como te parezca».
Kausalya recobró el ánimo y exclamó: «Hijo mío, has recibido las órdenes de tu padre y de tu guru, que debes respetar y cumplir con afecto. Deja de lamentarte, sabiendo que el Destino ha querido que Rama esté en el exilio, que el rey esté en el cielo y que tú te encuentres en semejante perplejidad. Tú, hijo mío —continuó su madre—, eres el único refugio de tu familia, de tu pueblo y de los ministros del Estado. Al ver que Dios está contra nosotros y que el destino es adverso, cobra valor. Yo, tu madre, te lo ruego: obedece la orden de tu guru; cuida de tu pueblo, alivia la aflicción de tu familia». Las palabras del guru y la aprobación de los ministros habían sido tan agradables al oído de Bharat como los perfumes del sándalo; pero, cuando oyó el tierno ruego de su madre, cargado de la emoción de un afecto sincero—
Cuando Bharat oyó el doloroso llamado de su madre, quedó abrumado; sus ojos semejantes al loto comenzaron a derramar lágrimas que regaron los jóvenes brotes de desesperación en su alma. Todos los que contemplaron entonces su estado se olvidaron por completo de sí mismos, ¡oh, Tulsî!, y lo alabaron con reverencia como la perfección misma del verdadero amor.
Juntando sus manos semejantes al loto, Bharat, campeón del honor, les respondió a todos con firmeza, en términos nobles que parecían estar impregnados de néctar.
«El guru me ha dado un buen consejo, aprobado por los ministros, el pueblo y todos los demás. Mi madre también me ha dado órdenes justas, y debo inclinarme y obedecer. Las órdenes de un guru, de un padre o una madre, de un maestro o de un amigo deben cumplirse de buen corazón tan pronto como se oyen, y tenerse por lo mejor; preguntarse si son justas o no es faltar al deber y exponerse a un grave pecado. Ahora me han dado un consejo sincero que me convendría seguir; sin embargo, aunque lo comprendo claramente, mi alma permanece insatisfecha. Escuchen, pues, mi ruego y, según mi situación, denme sus instrucciones, perdonando mi presunción al responderles: cuando un hombre está en apuros, las personas virtuosas no llevan la cuenta de sus méritos y faltas.
Dohâ 170.
Mi padre está en el cielo, y Sita y Rama en el exilio, y ustedes me dicen que me convierta en rey; ¿espero obtener de ello algún beneficio para mí o para ustedes?
Mi felicidad consiste en servir al Señor de Sītā, y la maldad de mi madre me privó de ello. Después de reflexionar y examinar mis pensamientos, no encuentro otro camino hacia la felicidad. ¿De qué sirve un trono con todas sus preocupaciones si no puedo ver los pies de Lakshman, Rāma y Sītā? Sin ropa, un montón de joyas no sirve de nada; el ascetismo no sirve de nada sin meditación divina; ningún placer sirve a un cuerpo enfermo; las oraciones y las penitencias no conducen a nada sin fe en Hari; sin vida, la belleza del cuerpo no es nada; y para mí, todo es vano sin Rāma. Permítame reunirme con Rāma; en una palabra, esa es mi única felicidad. Si, al hacerme rey una vez más, busca su propio beneficio, habla bajo los efectos de un apego insensato.
Dohā 171
En su extravío, espera encontrar la felicidad bajo el reinado de un miserable como yo, el hijo de Kaikeyi, de naturaleza malvada, enemigo de Rāma y sin vergüenza.
Digo la verdad; escuchen todos y créanme: un rey debe tener una disposición virtuosa. Si persiste en darme la corona, la tierra se hundirá en el infierno. ¿Qué miserable culpable me iguala a mí, que causé el exilio de Sītā y Rāma? El rey desterró a Rāma, pero murió por haberlo perdido. Yo, miserable causa de toda esta culpa, me quedo aquí escuchando todo esto sin conmoverme. Veo el palacio donde Rāma ya no está, y, sin embargo, vivo para soportar las burlas del mundo. El santo Rāma renuncia a todos los placeres de los sentidos, y yo, rey codicioso, me muero de ganas de disfrutar. ¿Qué palabras podrían expresar la dureza de mi corazón, que supera incluso a la del diamante?
Dohā 172
No es culpa mía que cada efecto sea más duro que su causa; el rayo es más duro que el hueso, y el hierro, más rígido e inflexible que la roca de la que se extrae.
Si mi indigna vida puede apegarse a un cuerpo nacido de Kaikeyi, conocerá un aumento de sufrimientos; si, privado de mi amada, la vida todavía me es querida, tendré muchas cosas que ver y oír más adelante. Kaikeyi ha desterrado a Lakshman, Rāma y Sītā y, por su propio beneficio, ha causado la muerte del rey; se ha atraído la viudez y el deshonor, ha causado pena y aflicción al pueblo, me ha concedido gloria, honor y poder, y ha dispuesto los asuntos de todos. ¿De qué me sirve eso ahora? Y, sin embargo, ustedes también claman para hacer de mí un rey. Vine al mundo del vientre de Kaikeyi, y todo esto no es más que lo que me corresponde; Dios ha moldeado todo mi destino; pero ¿por qué habría de unirse mi pueblo para prestarme ayuda?
Dohā 173
Abrumado como estoy por el destino, abatido por una enfermedad del cuerpo y luego picado por un escorpión, ustedes me dan vino para beber; díganme, díganme, ¿qué clase de tratamiento es ese?
El sabio Creador ha dispuesto para mí todo lo que le corresponde a un hijo de Kaikeyi. Que también sea hijo de Dasarath y hermano menor de Rāma es un honor que Dios me ha concedido en vano. Todos me dicen que me deje coronar, pues el poder real es codiciado por todos los hombres. ¿Cómo responder y a quién? Hablan al azar, según les place. Aparte de mí y de mi desdichada madre, díganme quién afirmará que he obrado bien. Aparte de mí, ¿quién, en toda la creación, animada o inanimada, no ama a Sītā y Rāma como a su propia vida? Que mi gran provecho sea la desgracia de todos: esa es mi desdicha, y nadie tiene la culpa. A ustedes los mueven la preocupación, la bondad y el afecto, y todo lo que dicen es para bien.
Dohā 174
La madre de Rāma es tan perfectamente inocente y me quiere con un afecto tan grande que, al ver mi remordimiento, habla con bondad natural.
El guru, como todos saben, es un océano de sabiduría, y el universo no es más que una ciruela en la palma de su mano. Él también prepara mi coronación: cuando Dios está en mi contra, todo el mundo también lo está. A excepción de Rāma y Sītā, no hay nadie en el mundo que no diga que todo esto fue una maquinación mía, y debo escuchar y soportar pacientemente esos reproches: donde hay agua, siempre acaba habiendo barro. No temo que el mundo me tenga por vil; no pienso en el cielo: la única angustia insoportable de mi alma es que, por mi culpa, Sītā y Rāma hayan sido desdichados. Lakshman sí ha cosechado el fruto de su vida, pues lo dejó todo para unirse a Rāma; mientras que mi nacimiento causó el exilio de Rāma. ¡Desdichada de mí! ¿Por qué me lamento así en vano?
Las mujeres quedaron convencidas por sus argumentos y exclamaron: «Nadie es tan hábil como usted». Después de elogiarla y admirar la sensatez de sus palabras, otra mujer tomó la palabra con tono afectuoso y contó con cariño toda la historia: cómo Bharat había perdido las delicias del imperio; luego volvió a elogiar a Bharat por su carácter afectuoso y su naturaleza feliz.
Dohâ 214.
Il voyage à pied, se nourrissant uniquement de fruits sauvages et renonçant à la corona que lui entregó su padre; va a buscar a Rāma para persuadirlo de que regrese. ¿Existe hoy alguien como Bharata?
Chaupâi.
Contar y escuchar hablar de la devoción fraternal de Bharata y de su conducta disipa todo pecado y toda tristeza. Todo lo que pudiera decir de él, amigo, sería muy poco; es el hermano de Rāma; ¿cómo podría ser distinto de lo que es? Todos nosotros, que lo vimos a él y a Satrughna, nos hemos convertido verdaderamente en las mujeres más afortunadas». Al oír hablar de sus virtudes y ver el estado de abatimiento en que se encontraba, ellas se lamentaron: «No es un hijo digno de una madre como Kaikeyi». Una dijo: «No hay que culpar a la reina: Dios ha sido muy bueno con nosotros. ¿Qué somos nosotras, rechazadas por el mundo y los Veda, mujeres de baja cuna que vivimos de unos ingresos escasos, cuyo hogar es una humilde choza en algún pobre pueblo de este país desolado, para merecer una visión semejante, recompensa suficiente del más alto mérito religioso?». En cada ciudad se sentía la misma alegría y el mismo asombro, como si el árbol del paraíso hubiera crecido en el desierto.
Dohâ 215.
Al ver a Bharata, la buena fortuna de los habitantes que se encontraban al borde del camino se manifestó de igual modo, como si, por voluntad de la Providencia, Prayāg se hubiera vuelto accesible para los habitantes de Laṅkā.
Chaupâi.
Tras escuchar estas alabanzas de sus propias virtudes y de las numerosas virtudes de Râma, prosiguió su camino, manteniendo siempre a Raghunâth en su mente. Cada vez que veía un lugar sagrado, una ermita o un templo, se bañaba allí y lo saludaba con reverencia, rogando de todo corazón obtener este único favor: perseverar en la devoción a los pies de Sita y Râma. Si encontraba a un Kirât o a un Kol, o a cualquier otro habitante del bosque, anacoreta o estudiante, ermitaño o asceta, quienquiera que fuese, lo saludaba y le preguntaba en qué parte del bosque se encontraban Lakshman, Râma y la princesa de Videha. Ellos le contaban todo lo relativo al Señor y, al ver a Bharat, cosechaban el fruto de su vida. Si alguien decía: «Los hemos visto con buena salud», se lo consideraba tan querido como Râma y Lakshman mismos. Así, preguntando cortésmente a todos, conoció toda la historia de la vida de Râma en el bosque.
Dohâ 216.
Después de hacer un alto aquel día, Bharat reanudó la marcha al amanecer, invocando a Raghunâth; todos los que lo acompañaban deseaban ver a Râma tanto como él.
Chaupâi.
Todos tuvieron presagios favorables: felices estremecimientos de los ojos y los brazos. Bharat y su grupo se alegraron: «Encontraremos a Râma y nuestra profunda aflicción llegará a su fin». Cada uno se entregaba a sus propios pensamientos y, mientras avanzaban, todos parecían embriagados por el vino del amor; tenían los miembros relajados, daban pasos vacilantes sobre el suelo y, por el exceso de emoción, sus palabras eran inarticuladas. Fue entonces cuando el guía de Râma les señaló al rey de las montañas, con toda su belleza, cerca del cual, en la ribera del río, moraban los dos héroes y Sita. Al verlo, todos se arrojaron al suelo exclamando: «¡Gloria a Râma, la vida de Jânaki!». La comitiva real quedó sobrecogida por la emoción, como si Râma hubiera regresado a Avadh.
Dohâ 217.
El amor de Bharat en aquel tiempo era tal que ni siquiera Seshnâg habría podido describirlo; estaba tan fuera del alcance del poeta como la dicha del cielo lo está para un hombre manchado de egoísmo y sensualidad.
Chaupâi.
Completamente conmovidos por su amor a Raghubar, al caer la tarde solo habían recorrido dos kos; tras examinar la tierra y las aguas, se detuvieron. Cuando pasó la noche, el amado de Raghunâth reanudó la marcha. Por su parte, Râma, cuando aún era de noche, se despertó, y Sita le contó el sueño que había tenido: «Me pareció que Bharat había venido con un ejército, con el cuerpo torturado por la fiebre de la separación de su señor; todos estaban tristes, desdichados y abatidos, y las reinas consortes habían cambiado mucho». Al escuchar el sueño de Sita, quien alivia las penas se entristeció, y sus ojos se llenaron de lágrimas: «Este sueño, Lakshman, no anuncia nada bueno: vamos a enterarnos de algo que de ningún modo habríamos deseado». Dicho esto, él y su hermano se bañaron, adoraron a Girâri y honraron a los santos.
Chhand.
Después de honrar a los dioses y venerar a los santos, el señor fue a sentarse, mirando hacia el norte. El polvo en el aire y las numerosas aves y ciervos que huían lo inquietaron, y regresó a la ermita. Se levantó y miró a lo lejos, preocupado por la causa de aquella inquietud. Entonces llegaron unos Kirats y Kols, que le comunicaron todas las noticias.
Sorathâ 7.
Al oír la buena noticia, su corazón se llenó de alegría y todo su cuerpo se estremeció; sus ojos, semejantes al loto otoñal, se llenaron de lágrimas de afecto.
Chaupâi.
El señor de Sita volvió a inquietarse: «¿Cuál puede ser el motivo de la llegada de Bharat?». Entonces alguien vino a decirle: «Viene acompañado de un ejército numeroso y completamente equipado». Al oír estas palabras, Rāma se turbó profundamente; por un lado, el mandato de su padre y, por otro, su afecto por su hermano. Al reflexionar sobre las intenciones de Bharat, la mente del señor no encontró ningún punto de apoyo seguro; pero al fin se tranquilizó al pensar: «Dicen que Bharat es bueno y sensato».
Lakshman vio que su señor estaba turbado en lo más profundo de su corazón y tomó la palabra, juzgando que la ocasión lo requería: «Hablo, señor, antes de que me lo pidan; pero a veces la insolencia de un sirviente no es tal. Usted, maestro, es la flor y nata de los sabios; yo no soy más que un simple sirviente, pero digo lo que pienso».
Como Sita y las reinas estaban así conmocionadas por la emoción, el erudito guru les pidió a todos que se sentaran. Primero les expuso la inestabilidad del mundo y habló brevemente de las alegrías del cielo; luego anunció la muerte del rey. Al recibir la noticia, Raghunath quedó abrumado por el dolor; al pensar que su padre había muerto por amor a él, el más firme de los hombres firmes se estremeció profundamente. Al conocer esta triste noticia, que cayó sobre ellos como un rayo, Lakshman, Sita y todas las reinas rompieron en lamentos, y toda la asamblea quedó tan conmocionada como si el rey acabara de morir en ese instante. Entonces el gran sabio exhortó a Rama y le ordenó, a él y a todo el pueblo, bañarse en el río sagrado. Ese día, el señor se abstuvo incluso de beber agua; y, aunque el santo les dio permiso, nadie más quiso beber tampoco.
La coronación de Rāma será conveniente para todos, pues será una fuente segura de felicidad y el único camino hacia la dicha. ¿Cómo hacer que regrese a Avadh? Reflexionen antes de hablar, y actuaremos según el plan que propongan». Todos escucharon con respeto el discurso de Yasishtha, lleno de justicia, religión y sabiduría mundana; pero nadie respondió. Todos permanecieron en silencio, hasta que Bharat, con la cabeza inclinada y las manos juntas, tomó la palabra: «En la dinastía solar hubo muchos reyes, cada uno más grande que el anterior; todos debían su nacimiento a sus padres, pero Dios les concedía la buena o la mala fortuna. Y, como todo el mundo sabe, gracias a su bendición triunfaron sobre el dolor y alcanzaron una prosperidad plena; cualquiera que fuera el curso del destino que usted les había asignado, nadie podía cambiarlo: estaba fijado irrevocablemente.
Por eso venimos a pedirle consejo: demasiado agitados y demasiado implicados personalmente en este asunto, no podemos juzgarlo nosotros mismos con calma e imparcialidad.
Chaupai
Al oír las palabras del santo, y habiendo recibido ya el consentimiento de Rāma, se había asegurado la benevolencia de su guru y la de su maestro; pero, al ver que todo el peso de este asunto recaía sobre sus hombros, no pudo decir nada y permaneció sumido en sus pensamientos. De pie en la asamblea, con todo el cuerpo tembloroso y los ojos como lotos llenos de lágrimas de afecto, se decía: «El rey de los santos ya ha hablado en mi favor: ¿qué más tengo que decir? Conozco el carácter benevolente de mi Señor: nunca manifiesta desagrado, ni siquiera hacia los culpables; y siente por mí una ternura y un amor especiales; ni siquiera cuando jugábamos me miró jamás con enojo. Desde mi infancia, nunca me he separado de él, y jamás ha herido mis sentimientos. He observado los graciosos modales de mi Señor; cuando me vencía en un juego, me dejaba ganar.
Dohâ 250
Me abruman tanto el afecto y el pudor que no puedo pronunciar una palabra ante él; hasta hoy, mis ojos, sedientos de su amor, no se han saciado de contemplarlo.
Chaupai
Dios no pudo soportar mi apego y me cerró cruelmente el camino por medio de mi madre. Al hablar así, no me hago ningún honor. ¿Quién se vuelve virtuoso por considerarse virtuoso? Pensar que mi madre es una desgraciada y que yo mismo soy bueno y recto es mil veces peor. ¿Pueden las espigas de kodo producir arroz, o las conchas de un estanque sudar perlas? Nadie tiene culpa ni es culpable de nada; es mi mala fortuna, semejante a un océano sin fondo. Sin comprender que es fruto de mis propios pecados, culpo a mi madre, para mi propia perdición. Examino mi corazón, pero estoy derrotado por todos lados. Sin embargo, en un solo aspecto soy verdaderamente feliz: con Vasistha como guru y con Sita y Râma como maestros, todo acabará por arreglarse.
Dohâ 251
En esta noble asamblea, en presencia de mi señor y de mi guru, y en este lugar sagrado, expreso mis verdaderos sentimientos; el santo y Râma saben si mi afecto es sincero o fingido, y si mis palabras son verdaderas o falsas.
Chaupai
El mundo entero es testigo de la muerte del rey, consecuencia de su amor inquebrantable, y de la maldad de mi madre; las reinas están tan abrumadas por el dolor que no puedo soportar mirarlas; los ciudadanos están consumidos por una angustia intolerable; y yo soy la causa de todas sus desgracias; sin embargo, aunque oigo y siento todo esto, todavía puedo soportar este tormento. Cuando supe que Raghunâth se había llevado a Lakshman y a Sita y había partido hacia el bosque, vestido de peregrino, sin zapatos y a pie, que Sankara sea mi testigo: ¡cómo sobreviví a aquella aflicción! Después, cuando vi la devoción del Nishâd, mi corazón debía de ser más duro que el diamante para no romperse. Y ahora he venido y lo he visto todo con mis propios ojos; sin duda, en esta vida, mi desdichada alma ha soportado todo lo que es posible soportar. Al verlos, las serpientes y los escorpiones del camino olvidan su veneno virulento y su ferocidad salvaje;
Dohâ 252
pero, a sus ojos, Râma, Lakshman y Sita eran enemigos; ¿y cómo podría Dios perdonar a su hijo, o a quién preferiría infligir un dolor intolerable?»
Chaupai
Al oír estas palabras desgarradoras de Bharat, cargadas de dolor y amor, humildad y discernimiento, toda la asamblea quedó presa de la tristeza y la inquietud, como cuando una helada azota un parterre de lotos. El sabio erudito consoló a Bharat evocando diversas leyendas antiguas, y Râma, luna entre los lirios de la raza solar, habló así con sabiduría: «Hermano, no dejes que tu corazón se aflija en vano; sabe que los caminos de la vida están en manos de Dios. A mis ojos, hermano, todos los hombres más célebres por su virtud, en cualquier época —pasada, presente o futura— y en las tres esferas de la creación, son inferiores a ti. Quienquiera que siquiera imagine que puedes ser malvado perecerá en esta vida y en la siguiente. Solo los insensatos, que nunca han estudiado en la escuela de la filosofía y la religión, atribuyen una falta a tu madre.»
Dohâ 253
La invocación de Tu nombre destruye el pecado, la Ilusión y la carga de todos los males; procura gloria en este mundo y felicidad eterna en el otro.
Chaupai
Que Śiva sea mi testigo; digo la verdad: el mundo, oh Bharata, subsiste gracias a Tu apoyo. No albergues, hermano, vanas sospechas; el amor y el odio no pueden ocultarse: los pájaros y las bestias se acercan a un santo, pero huyen al ver a un cazador de aves, aunque intente retenerlos. Si las bestias y los pájaros saben distinguir a sus amigos de sus enemigos, con mayor razón el hombre, cuyo cuerpo es un receptáculo de virtud e inteligencia. Te conozco perfectamente, hermano; ¿cómo podría actuar en contra de tus sentimientos? Para cumplir su palabra, el rey me abandonó y, para ser fiel a su voto de amor, renunció a la vida; si ahora traicionara su palabra, me afligiría profundamente; sin embargo, mi respeto por Ti es aún mayor; además, el guru me ha dado sus órdenes; en suma, diga lo que digas, estoy dispuesto a hacerlo.
Cuando Janak la vio con su hábito de asceta, se llenó de amor y consuelo: «Hija mía, has santificado a las dos familias; todos proclaman en el mundo tu brillante fama. El curso de tu gloria supera al Ganges y se ha extendido por millones de universos. El Ganges solo tiene tres grandes lugares santos en la tierra, pero las asambleas de santos que tú has suscitado son innumerables». Ante las palabras sinceras y afectuosas de su padre, Sita se sintió avergonzada y se replegó sobre sí misma. Su padre y su madre volvieron a estrecharla entre sus brazos, le dieron tiernos consejos y le prodigaron abundantes bendiciones. Sita no podía hablar, pero estaba inquieta en el fondo de su corazón: «No estaría bien que pasara aquí la noche». La reina comprendió su deseo y se lo explicó al rey, mientras elogiaba en su interior la excelencia de su carácter.
Dohâ 276.
Después de abrazarla una y otra vez, le concedieron con bondad permiso para partir. Aprovechando entonces una excelente ocasión, la sabia reina mencionó con habilidad la partida de Bharat.
Chaupâi.
Cuando el rey oyó hablar de la conducta de Bharat, resplandeciente como el oro, deleitosa como dulces perfumes, consoladora como la ambrosía o la suave luz de la luna, cerró los ojos anegados en lágrimas, y su cuerpo tembló de dicha mientras prorrumpía en elogios extáticos de su gloria. «Escúchame bien, dama de hermoso rostro y ojos brillantes: el relato de Bharat basta para desatar los lazos de la existencia. Dentro de mis capacidades, también he estudiado un poco de teología, el arte de gobernar y la meditación espiritual; pero, por grandes que sean mis capacidades, si quisiera expresar la grandeza de Bharat, no podría afirmar que alcanzo siquiera su sombra. Brahma, Ganes, Sesh-nâg, Siva, Sarasvati, los poetas inspirados y los sabios más célebres por su sabiduría, cuando oyen hablar de los actos de Bharat o los contemplan, de su gloria, su vigor, su devoción, su carácter, sus virtudes y su dignidad intachable, todos quedan maravillados; tiene un sabor de pureza semejante al del Ganges, que supera a la ambrosía.
Dohâ 277.
Su perfección no tiene límites; es el principio primordial incomparable; no conozco a nadie semejante a Bharat, salvo él mismo. ¿Se puede pesar el monte Meru en una balanza? El ingenio de toda la raza de los poetas queda en falta.
Chaupâi.
Dama, es tan imposible de describir como que un pez camine sobre tierra firme. Escucha, dama: Râma lo sabe, pero ni siquiera él puede describir la inconmensurable grandeza de Bharat. Si Lakshman regresa y Bharat parte hacia el bosque, todos creerán que es por el bien de todos; pero, señora, el amor y la confianza de Bharat en Râma están más allá de toda palabra. Bharat es la perfección del amor y la devoción, pero Râma es el señor de la imparcialidad. La mente de Bharat ni siquiera ha soñado jamás con todas las dichas de este mundo y del otro; solo su amor por las sandalias de Râma le ha dado el éxito. Tal es, a mi juicio, la convicción de Bharat.
Dohâ 278.
« Nunca se dejaría inducir a desobedecer una orden de Râma; no ceda, pues, al dolor por afecto», dijo el rey, dando un suspiro.
Chaupâi.
Mientras los dos esposos conversaban así, con afecto, sobre las virtudes de Bharat, la noche pasó como un minuto. Al amanecer, los dos campamentos reales despertaron, se bañaron y adoraron a los dioses. Después de bañarse, Râma se acercó a su guru, abrazó sus pies y, tras recibir su permiso, habló así: «Mi señor, Bharat, la gente y mis madres están afligidos y padecen por su estancia en el bosque. El rey de Mithilâ y su séquito también llevan muchos días soportando pruebas; sírvase hacer, mi señor, lo que considere oportuno; la felicidad de todos está en sus manos». Al decir esto, Râma quedó muy turbado. El santo se estremeció de alegría al ver su amable disposición. «Sin usted, Râma, la mayor felicidad les parecería un infierno a los dos campamentos.
Dohâ 279.
¡Oh, Râma, usted es el alma de su alma, la vida de su vida, la alegría de su alegría! Quien, hijo mío, lo abandonara por los placeres del hogar tendría al destino en su contra.
Chaupâi.
¡Que perezcan la felicidad, la vida y la religión que no conocen el amor por los pies semejantes al loto de Râma! ¡Que esa devoción sea irreligión, y esa sabiduría ignorancia, si el amor de Râma no reina en ellas! Gracias a usted, los hombres son felices, y sin usted son desdichados; usted conoce el corazón de cada uno. Sus órdenes rigen a todos, y cada uno de sus movimientos es plenamente manifiesto a su benevolencia. Regrese ahora al ermita». El rey de los santos quedó sobrecogido de amor. Cuando Râma se inclinó y se retiró, el guru se recompuso, fue junto a Janak y le relató las palabras de Râma, alabando su amabilidad, su afecto y su excelente disposición: «Ahora, señor, haga todo lo que sea en interés de todos, sin perjudicar la religión.
Dohâ 280
Oh, rey de los hombres, usted es el más sabio entre los sabios, el campeón de la verdadera piedad; ¿quién, si no usted, puede poner fin en este momento a estos tormentos?
Janak quedó tan profundamente conmovido por las palabras del santo y por el espectáculo de su agitación que olvidó toda su filosofía y su ascetismo. Desfallecido de amor, se dijo a sí mismo: «Me equivoqué al venir aquí. Dasarath envió a Râma al exilio, pero él mismo dio la mejor prueba de su afecto; por mi parte, lo envié de un bosque a otro y regreso triunfante, con mi reputación de sabiduría aún mayor, ¡por mi fe!». Al ver la agitación de los anacoretas, los santos y los Brâhmans, el rey quedó aún más turbado; pero, considerando las circunstancias, hizo un esfuerzo y, acompañado de su séquito, fue a visitar a Bharat. Bharat salió a su encuentro y le ofreció el mejor lugar que la ocasión permitía. «Hijo Bharat —dijo el rey de Tirhut—, conoces bien el carácter de Râma.
Dohâ 281
Es devoto de la verdad, ferviente en la religión; por bondad, soporta las molestias sin quejarse; pero si tienes órdenes que dar, habla».
Al oír estas palabras, todo el cuerpo de Bharat tembló y sus ojos se llenaron de lágrimas; pero, haciendo un firme esfuerzo por dominarse, respondió: «Mi señor, lo amo y lo venero como a mi padre, y lo quiero tanto como a mi propio guru familiar; no tengo padre ni madre. Aquí están Visvamitra y los demás sabios, así como toda esta asamblea; usted también, océano de sabiduría; soy su hijo y su obediente servidor: considéreme así, mi señor, e instrúyame. En esta asamblea y en este lugar sagrado, usted me pregunta, y debo responder, aunque mi alma esté manchada y mi mente extraviada. ¿Puedo pronunciar grandes palabras con mi pequeña boca? Perdóneme, padre; los destinos me son adversos. Está declarado en los Vedas, los Tantras y los Purânas, y todo el mundo lo sabe, que el servicio leal es difícil. El deber hacia un maestro se opone al interés personal; los sordos y los ciegos no pueden demostrar su amor».
Dohâ 282
Ten presentes los deseos de Râma, puesto que es tan piadoso, y recuerda que no soy más que un servidor; haz lo que todos aprueban y lo que será mejor para todos, pero no olvides su amor.»
Cuando el rey oyó las palabras de Bharat y vio su generosidad, él y su corte prorrumpieron en alabanzas. Sencillas, pero profundas; dulces y delicadas, pero firmes; llenas de significado en pocas palabras, sus palabras eran tan misteriosas como el reflejo de un rostro en un espejo, que ninguna mano puede alcanzar. El rey, Bharat, el santo y toda la venerable asamblea fueron a ver a Râma, que alegraba a los dioses como la luna alegra a los lirios. Al enterarse de la noticia, todos quedaron tan turbados como peces sumergidos en aguas desconocidas. Los dioses, al ver primero la emoción del gurú de la familia, luego el profundo afecto de Janak y la devoción de Bharat por Râma, se inquietaron profundamente y comenzaron, en su egoísmo, a perder la esperanza. La bondad de Râma consternó más allá de toda expresión a la asamblea celestial.
Dohâ 283
Indra exclamó con tristeza: «Râma ha sido vencido por el amor y la modestia: debemos unirnos para idear algún ardid, de lo contrario estamos perdidos.»
Los dioses invocaron a Sâradâ con palabras halagadoras: «Protege, oh diosa, a los dioses que imploran tu ayuda. Despliega tu poder de ilusión y cambia los propósitos de Bharat; mediante algún engaño, salva al ejército celestial.» Cuando la sabia diosa oyó su plegaria, comprendió su insensato egoísmo y dijo: «Me piden que cambie los propósitos de Bharat; tienen mil ojos y, sin embargo, no ven el monte Meru. El poder de ilusión de Brahma, Vishnu y Siva es inmenso, pero no puede penetrar los propósitos de Bharat, y aun así me piden que los desvíe. ¡Qué! ¿Puede la luz de la luna despojar a la luna? El corazón de Bharat está habitado por Sita y Râma; ¿pueden las tinieblas invadir el resplandor del sol?» Dicho esto, Sâradâ se retiró al cielo de Brahma, y los dioses quedaron tan abatidos como el chakora al caer la noche.
Dohâ 284
Los dioses egoístas, con el corazón perturbado, concibieron malos designios y estratagemas; mediante una poderosa ilusión, suscitaron artimañas de temor, confusión, dolor y aflicción.
Indra se entregó a esta vileza, pensando: «El éxito o el fracaso dependen por entero de Bharat». Cuando Janak se acercó a Râma, la gloria del linaje de Raghu los recibió a todos con honor. Entonces Vasishtha habló con palabras apropiadas al momento, a la asamblea y a los principios de la religión; evocó la conversación entre Janak y Bharat y repitió elocuentemente todo lo que Bharat había expuesto. «Hijo Râma, cualquiera que sea la orden que des, todos la obedecerán; tal es mi conclusión». Entonces Raghunâth, juntando las manos, respondió con dulzura, con toda sinceridad y sin rodeos: «En presencia de usted, maestro, y del rey de Mithilâ, de ningún modo corresponde que yo hable. Cualquiera que sea la orden que usted tenga a bien dar, le juro que estoy dispuesto a cumplirla».
Dohâ 285
Al oír el juramento de Râma, el santo, Janak y toda la asamblea quedaron consternados; todos miraron impotentes el rostro de Bharat, sin poder responder.
Bharat vio la angustia de la asamblea y, por ser hermano de Râma, se contuvo con gran esfuerzo. Al ver que el momento no era propicio, dominó su emoción, como Agastya había hecho descender las montañas Vindhya.
El dolor, como Hiranyâksha, parecía arrastrar su alma, tal como este había arrastrado la Tierra; pero, de inmediato, desde su pura perfección, semejante al seno del universo, surgió el poderoso Jabalí de la Discreción y lo liberó al instante. Juntando las manos, se inclinó reverentemente ante todos: Râma, el rey, el guru y los santos. «Perdónenme si hoy actúo de la manera más impropia y pronuncio, con lengua de niño, palabras obstinadas». Mientras invocaba mentalmente a la benévola Saradâ, desde lo más profundo de su alma brotó hasta sus labios, semejantes a lotos, un canto como el de un cisne, impregnado de inteligencia pura, devoción y rectitud.
Dohâ 286.
A través de los ojos de su mente, Bharat vio que la asamblea carecía de amor; se inclinó profundamente e, invocando a Sita y Râma, habló así:
«Mi señor es mi padre y mi madre, mi amigo, mi guru y mi maestro; el objeto de mi adoración, mi mayor benefactor, quien lee en mi corazón; el más bondadoso de los protectores, la perfección de la amabilidad, el defensor de los humildes; el erudito por excelencia, el sabio por excelencia; el poderoso aliado de quienes imploran su ayuda; pronto para reconocer el mérito y pasar por alto los defectos y la maldad; mi soberano, mi Dios semejante a un dios; mientras que ningún servidor podría ser tan malvado como yo. En mi extravío, he venido aquí al frente de un ejército, desobedeciendo las órdenes de mi señor y de mi padre. En el mundo hay buenos y viles, grandes y pequeños, ambrosía y cielo, veneno y muerte; sin embargo, nunca he visto ni oído decir que alguien haya podido, siquiera en pensamiento, transgredir una orden de Râma. Y, no obstante, así he desobedecido, y mi Señor, en su bondad, lo ha considerado un servicio.
Dohâ 287,
Por su sola misericordia y bondad, Me ha hecho bueno; mis errores se han convertido en adornos y mi buena fama se ha difundido por todas partes.
Su conducta, sus palabras bondadosas y su generosidad son conocidas en todo el mundo; se cantan en los Vedas y los Tantras. Los crueles, los perversos, los viles, los mezquinos, los parias, los seres abyectos, los malintencionados, los impíos, los imprudentes, tan pronto como usted se entera de que se han presentado ante usted como suplicantes y se han postrado una sola vez, son considerados amigos. Aunque ve sus defectos, nunca se los toma a pecho; y si solo oye hablar de sus virtudes, las proclama en la asamblea de los santos. ¿Qué otro maestro es tan bueno con sus servidores, tan perfecto en todo sentido, que nunca piensa en llevar la cuenta de sus propios actos y se aflige sinceramente por cualquier dificultad que se les cause a sus servidores? Él es mi soberano señor, y no hay otro; Lo declaro bajo juramento, con los brazos en alto. Una bestia puede bailar y un loro hablar con elocuencia; pero todo depende de la música del maestro de danza y del método del profesor,
Dohâ 288.
Aquel que ahora ha corregido a su servidor, lo ha tratado con honor y lo ha hecho corona de los justos. ¿Quién, sino el Todomisericordioso, protege nuestro buen nombre, lo queramos o no?
Ya haya venido aquí por dolor y afecto, o por simple infantilismo, desobedeciendo sus órdenes, usted, con su compasión, me ha considerado un amigo y ha tomado todo a bien. Al ver sus benditos pies y conocer la bondad natural de mi señor, considero esta gran asamblea un acontecimiento feliz, y mi gran pecado, una prueba de la bondad de mi señor; pues, por su benevolencia, ha colmado todo mi ser, y su compasión ha superado todo. Por la bondad de su propio carácter, mi buen señor se ha asegurado de mi fidelidad. Ahora he mostrado una gran audacia al olvidar el respeto debido a esta augusta asamblea y hablar con atrevimiento o humildad, según mi ánimo; pero perdóneme, señor, pues estoy muy desconcertado.
Dohâ 289.
Es un gran error decir demasiado a un verdadero amigo, a un hombre verdaderamente sabio o a un buen maestro. Le ruego, señor, que me dé sus órdenes y ponga todo en orden para mí.
Lo juro por el polvo de los pies semejantes al loto de mi señor, supremo cumplimiento de la verdad, la virtud y la dicha; declaro bajo juramento que el deseo de mi alma, ya esté despierto, dormido o soñando, es servir a mi señor con devoción espontánea, sin tener en cuenta mi interés personal, el engaño ni mis propios fines, en esta vida o en la otra. Ningún deber es tan imperioso como la sumisión; que su servidor obtenga este favor, señor». Al decir esto, quedó completamente embargado por la emoción; su cuerpo tembló, sus ojos se llenaron de lágrimas y, en medio de una gran agitación, tomó los pies semejantes al loto de su señor. Una escena tan conmovedora desafía toda descripción. El Océano de compasión lo honró con palabras bondadosas, lo tomó de la mano y lo hizo sentarse a su lado; mientras él mismo y toda la asamblea estaban desfallecidos de amor, después de oír la súplica de Bharat y ver la nobleza de su alma.
Chhand 12.
Raghu-Rao mismo, la augusta asamblea, el santo y el rey de Mithila estaban todos embargados de amor y, en su mente, aplaudían la extraordinaria grandeza del afecto fraternal y la devoción de Bharat. Los dioses también alabaron a Bharat e hicieron llover flores, aunque tenían el corazón apesadumbrado. Cada cual, dice Tulsi, estaba tan afligido por lo que había oído como el loto que se marchita al caer la noche.
Sarathā 11.
Al ver a todos los hombres y mujeres de ambas asambleas tan abatidos y desalentados, Indra, miserable individuo, no buscó más que su propia felicidad, como si matara a quienes ya estaban muertos.
Chaupāi
Aunque es el rey de los dioses, su engaño y su vileza no tienen límites; se regocija por la pérdida ajena y su propio beneficio; las maneras de Pakaripu son las de un cuervo: astuto, despreciable e incapaz de confiar en nadie. Tras concebir primero un mal designio y urdir engaños, amontonó pruebas sobre la cabeza de todos. Cada cual estaba bajo el dominio del poder ilusorio del dios; su amor por Rama era tan intenso que no querían separarse de Él. Todos estaban perturbados, sin tener nada claro en la mente; a ratos anhelaban ir al bosque y a ratos deseaban volver a casa. En su aflicción, el curso de los pensamientos de la gente estaba tan dividido como las aguas en la confluencia de un río y el mar. Así, desgarrados en su mente, no hallaban consuelo en ninguna parte; nadie confiaba a otro sus pensamientos secretos. Al ver esto, el Océano de la compasión sonrió para sus adentros y dijo: «Indra se comporta como un perro».
Dohā 290.
A excepción de Bharat, Janak, los santos, los ministros y los nobles más sabios, la ilusión enviada desde el cielo surtió efecto en todos, según la disposición de cada uno.
Chaupāi
El Océano de compasión vio al pueblo abrumado por su amor y por el poderoso engaño de Indra; la asamblea, el rey, el guru, los Brahmanes y los ministros, todos con el corazón bajo el dominio de la devoción de Bharat; inmóviles como imágenes, con los ojos fijos en Rama, pronunciaban con vacilación palabras que parecían haber aprendido de memoria. El elogio del afecto y de la constante humildad de Bharat es delicioso de escuchar, pero difícil de expresar. Con solo ver el más mínimo fragmento de su devoción, los santos y el rey de Mithila quedaron absortos en el amor; ¿cómo podría entonces yo, Tulsi, expresar toda su grandeza? Solo gracias a la bendición de la fe prosperó el ambicioso proyecto de mi corazón. Soy pequeño; conozco la inmensa grandeza de mi tema y me siento confundido ante la multitud de los otros poetas; incapaz de expresar el ardor de mi apasionado amor por su perfección, los movimientos de mi imaginación parecen balbuceos de un niño.
Dohā 291
La brillante fama de Bharat es como la luna resplandeciente que se alza en el cielo despejado de un corazón fiel; mi audaz imaginación la contempla sin cesar con fervor, como una joven perdiz.
La generosidad de Bharat apenas puede sondearse en los Vedas; perdonen, poetas, las frivolidades de mi pobre mente. ¿Quién, al oír hablar de la perfecta naturaleza de Bharat o al contarla, no se enamora de los pies de Sita y Rama? Quienquiera que invoque a Bharat y, sin embargo, encuentre difícil amar a Rama es un monstruo sin igual.
Al ver el estado en que se encontraba cada uno, el misericordioso y bondadoso Rama, que conocía la devoción que sentían por Él, firme defensor de la religión, maestro en política, océano de verdad, amor, amabilidad y toda virtud, después de considerar el lugar y las circunstancias, el momento y la asamblea, Raghuraj, guardián de la justicia y del afecto, pronunció un discurso, quintaesencia de la elocuencia, dulce como la ambrosía al escucharlo y también beneficioso para el futuro: «Hermano Bharat, eres el campeón de la rectitud, perfectamente versado en todas las leyes del mundo y de los Vedas; en cuanto a la pureza del pensamiento, la palabra y la acción, hermano, no tienes otro igual que tú mismo. En esta venerable asamblea y en circunstancias tan difíciles, ¿cómo podría exponerse todas las virtudes de mi hermano menor?
Hermano, conoces las costumbres de la raza solar, así como la fama y el afecto de nuestro padre, ese océano de verdad; comprendes las circunstancias del momento y de esta asamblea, el respeto debido a estos venerables personajes, los pensamientos secretos de todos los hombres, ya sean indiferentes, amigos o enemigos, así como tu mayor bien, el mío y las exigencias de la religión. Confío plenamente en ti y, sin embargo, hablo según lo que dictan las circunstancias. Hermano, en ausencia de nuestro padre, mis palabras solo conservaron su rectitud gracias al favor de nuestro guru; de otro modo, todos mis súbditos, junto con los ciudadanos, la gente del palacio y yo mismo, habríamos perecido. Si el señor del día sale a deshora, dime, ¿no quedaría el mundo entero sumido en el desorden? Hermano, el destino había dispuesto una prueba semejante; pero el santo y el rey de Mithila la evitaron.»
Dohâ 293
El reino, nuestro honor y nuestra buena fama; la religión; nuestra tierra, nuestras riquezas y nuestros hogares: todo ha sido protegido por el poder del maestro, y todo terminará bien.
Mis partidarios y los tuyos, el palacio y el bosque, ambos están protegidos por su favor. La orden de un padre o de una madre, de un maestro espiritual o de un maestro, es como Sheshnag, el sostén de todo un mundo de justicia. Obedécela tú mismo, hermano, y deja que yo también la obedezca, para que así nos convirtamos en protectores de todo el linaje solar. La obediencia es el único medio de alcanzar todo éxito, triple corriente de Gloria, Salvación y Poder. Tras reflexionar así, soporta esta pesada carga y haz felices a tu pueblo y a tu familia. He repartido mis aflicciones entre todos ustedes, pero sobre ti recae la mayor dificultad. Conozco tu ternura, aunque hable con tanta dureza; los tiempos, hermano, son difíciles; la culpa no es mía. En una situación crítica, se usa a un hermano como escudo, igual que la mano detiene el golpe de una espada».
Dohâ 294
Un sirviente es como una mano, un pie o un ojo; un maestro es como la cabeza. Al oír esta descripción del amor, dice Tulsi, los más grandes poetas quedan llenos de admiración.
Todos se dirigieron entonces a Raghunath y le hablaron de las virtudes del pozo; y Atri le explicó los beneficios sagrados de los lugares santos.
Así, la noche transcurrió agradablemente entre conversaciones sobre la religión y relatos sagrados, hasta el amanecer. Después de cumplir con sus deberes diarios, Bharat y su hermano, con el permiso de Rama y del santo Atri, se pusieron en camino a pie para visitar el bosque de Rama, vestidos con sencillez y acompañados por todo su séquito. La Tierra, turbada al ver sus delicados pies descalzos pisar su suelo, se allanó y apartó todas las hierbas punzantes, las espinas, las piedras, los surcos y cuanto había de áspero y desagradable. Les hizo el camino deliciosamente fácil; suaves brisas frescas y perfumadas los refrescaban; los dioses hacían llover flores; las nubes les ofrecían sombra; los árboles daban flores y frutos; la hierba formaba una alfombra mullida; los ciervos, con sus tímidas miradas, y los pájaros, con sus dulces cantos, reconocieron todos a los amigos de Rama y les rindieron homenaje.
¿Y qué tiene de extraordinario esto tratándose de Bharat, el amigo más querido de Rama? Cualquier persona común puede alcanzar fácilmente la más alta realización si tan solo repite el nombre de Rama mientras bosteza.
Chaupai
Así recorrió Bharat los bosques, y los santos, testigos de su fe y de su amor, quedaron asombrados. Al ver que todo era divino, preguntó por los estanques sagrados y los distintos lugares, por los pájaros y los ciervos, los árboles y las hierbas, las colinas, los bosques y los huertos, hermosos, variados y sumamente sagrados; y, con el corazón alegre, el gran santo le contó la historia de cada uno, con su nombre, sus virtudes y su poder espiritual. Se bañaba en un lugar y se postraba en otro; aquí admiraba la belleza del bosque, allí se sentaba a descansar, siguiendo las indicaciones del santo, mientras meditaba en Sita y los dos hermanos. Al ver la bondad de su carácter, su amor y su fidelidad en el servicio, los dioses del bosque se sintieron encantados y le concedieron su bendición. Ya había transcurrido la mitad de la tercera vigilia del día cuando regresó para contemplar los pies de loto de su señor.
Dohā 300
En cinco días, Bharat visitó todos los santuarios y lugares sagrados. El día transcurrió hablando de la gloria de Hari y Hara, hasta el anochecer.
Chaupai
A la mañana siguiente, después del baño, se reunió toda la asamblea: Bharat, los brahmanes y el rey de Tirhut. Rama sabía en lo más profundo de su ser que aquel día era propicio, pero, por bondad, vacilaba en decirlo. Miró al guru, al rey, a Bharat y a la asamblea, y luego, turbado, bajó los ojos hacia el suelo. Todos los presentes admiraron su generosidad, pensando: «¡Jamás hubo un maestro tan considerado como Rama!». Bharat comprendió sabiamente el deseo de Rama. Se levantó y, con amor, imponiéndose la mayor contención, se inclinó profundamente y, con las manos juntas, habló así: «Mi señor ha satisfecho todos mis deseos. Por mí, soportó todas las aflicciones y padeció él mismo toda clase de penas. Ahora, señor, concédame su fiel permiso para partir y servir en Avadh hasta que se cumpla el plazo fijado».
Dohā 301
Pero, oh rey de Kosala, misericordioso y compasivo, enséñeme un medio por el cual su servidor pueda volver a ver sus pies una vez transcurrido el plazo.
Chaupai
Sus ciudadanos, sus parientes y todos sus súbditos, señor, le son fieles y leales, y los lazos del afecto los unen a usted. Los sufrimientos de esta miserable vida, soportados por orden suya, son un gozo; sin mi señor, el cielo supremo sería una ganancia sin valor. El maestro omnisciente conoce los pensamientos, los deseos y las disposiciones mentales de todos sus servidores: el protector de quienes imploran su ayuda será nuestro protector y asegurará nuestra liberación, tanto en este mundo como en el otro. Por eso tengo plena confianza; ni la menor inquietud perturba mis resoluciones. Mi propia aflicción y la indulgencia de mi señor se han combinado para volverme tan presuntuoso. Perdóneme, mi señor, esta gran ofensa de mi parte, y no deje de indicar a su servidor lo que debe hacer». Todos los que oyeron la súplica de Bharat la aprobaron; como un cisne, había separado la leche de la verdad del agua del error.
Dohā 302
Rama, omnisciente, hermano de los humildes, tras escuchar las palabras humildes y sinceras de su hermano, le respondió con términos adecuados al lugar, a las circunstancias y al momento:
Chaupai
«El guru y el rey, hermano mío, velan por ti, por mí y por nuestro pueblo, tanto si estamos en el palacio como en el bosque. Mientras Viśvāmitra, Vasiṣṭha y Janaka nos guíen, ni tú ni yo podemos pensar en desgracia alguna. Para nosotros dos hermanos, tanto para ti como para mí, obedecer las órdenes de nuestro padre es el mayor objetivo que podemos perseguir, nuestro mayor bien, nuestra gloria, nuestro deber y nuestra salvación. El bien del rey es un bien, tanto a los ojos de los Vedas como a los del mundo. Quien observa los mandatos del guru, del padre y de la madre, o del maestro, sigue un camino fácil y nunca tropieza. Recuérdalo y, dejando de lado toda pena, ve a gobernar en Avadh durante el tiempo señalado. La carga del reino, del tesoro, del pueblo y de la familia no pesará más que el polvo de los pies del guru. Sigue las instrucciones del santo, de tu madre y del ministro, y protege tu país, a tus súbditos y tu capital».
Dohā 303
Un jefe debería ser como la boca que, por sí sola, dice Tulsi, ingiere toda la comida y toda la bebida, mientras sostiene y alimenta debidamente a cada uno de los miembros del cuerpo.
Chaupâî
Le deber de un rey lo abarca todo, así como todo deseo latente existe en potencia en la mente. Consoló a su hermano de diversas maneras; pero, sin algún recuerdo que conservar, su mente no habría encontrado satisfacción ni sosiego. El guru, el ministro y toda la asamblea compartían los sentimientos de Bharat; y Râma, abrumado por la modestia y el afecto, se compadeció de él y le dio sus sandalias, que Bharat recibió con reverencia y colocó sobre su cabeza. No eran simples calzados del Muy Misericordioso, sino las dos guardianas de la vida de su pueblo; un cofre destinado a contener la joya del amor de Bharat; las dos letras del alfabeto por las que lucha el alma; las puertas plegables que protegen la casa; las manos consagradas a las obras santas; los ojos puros del servicio y la rectitud. Bharat se alegró de recibir este recuerdo tanto como si Râma y Sita se hubieran quedado ellos mismos.
Dohâ 304.
Cuando se inclinaba y pedía permiso para partir, Râma lo tomó en sus brazos y lo estrechó contra su corazón. El malvado Indra, al encontrar allí una ocasión propicia para su pesar, afligió al pueblo.
Chaupâî
Pero su maldad fue beneficiosa para todos; la esperanza de que el tiempo del exilio llegaría pronto a su fin era la vida de su vida. De otro modo, la separación de Lakshman, Sita y Râma habría sido un golpe tan terrible que todos habrían muerto. La misericordia de Râma resolvió esta dificultad, y los dioses hostiles se convirtieron en valiosos aliados. Râma rodeó a Bharat con sus brazos en un arrebato de afecto indescriptible. El cuerpo, el alma y la palabra rebosaban de amor; el más firme de los hombres perdió toda firmeza, y sus ojos como lotos se inundaron de lágrimas. Los dioses reunidos se afligieron al verlo en ese estado; los santos y los gurus, firmes como Janak, cuyo oro del alma había sido probado en el fuego de la sabiduría, y a quienes el Creador había creado tan indiferentes a las cosas del mundo como las hojas del loto al agua;
Dohâ 305.
Incluso ellos, al ver el afecto incomparable e ilimitado de Râma y Bharat, quedaron conmovidos en cuerpo, alma y palabra, y perdieron toda razón y todo comedimiento.
Chaupâî
Si Janak y Vasishtha estaban asombrados, no hace falta hablar de la emoción de la gente común. Cualquiera juzgaría cruel a un poeta al oírlo describir la despedida de Râma y Bharat; la propia Elocuencia, al recordar el indecible patetismo de esa escena, quedaría confundida y reducida al silencio. Raghubar abrazó primero a Bharat y lo consoló, y luego se alegró de estrechar a Satrughna entre sus brazos. Conociendo los deseos de Bharat, sus sirvientes y sus ministros se pusieron cada uno a cumplir su tarea. En ambos campamentos, la noticia causó una profunda aflicción, mientras comenzaban los preparativos para la partida. Los dos hermanos, después de venerar los pies semejantes al loto de su maestro y recibir sus órdenes con sumisión, se pusieron en camino, inclinándose ante los santos, los ermitaños y los dioses del bosque, y mostrándoles su respeto una y otra vez.
Dohâ 306.
También abrazaron a Lakshman y, después de inclinarse, depositaron sobre su cabeza el polvo de los pies de Sita y recibieron su afectuosa bendición, fuente de felicidad.
Chaupâî
Râma y su hermano inclinaron la cabeza ante el rey, multiplicando las palabras de humildad y alabanza: «Por su bondad, maestro, usted y su séquito se han tomado muchas molestias al venir al bosque; ahora, concédame su bendición y regrese a la ciudad». El monarca contuvo su emoción y partió. Después de venerar a los santos, los Brâhmanes y los nobles, y despedirse de ellos como si fueran iguales a Hari y Hara, los dos hermanos se acercaron a su madrastra y luego regresaron tras besar sus pies y recibir su bendición. Después, se despidieron de Visvamitra, Vâmadeva y Jâbâli, de los cortesanos, los ciudadanos, los buenos ministros y todos los demás, con palabras y muestras de cortesía, como correspondía. El Océano de compasión se despidió respetuosamente de todos, hombres y mujeres, de condición alta, media y baja.
Dohâ 307.
Con sincero afecto, el Señor besó los pies de la madre de Bharat y la abrazó; luego, conduciéndola al palanquín que había mandado preparar, disipó todos sus temores y su angustia.
Chaupâî
Después de saludar a su padre, a su madre y a la corte, Sita regresó, purificada por el amor de su amado. Con reverencia, abrazó a todas sus suegras, con un afecto que el alma del poeta se niega a describir. Al escuchar sus consejos y recibir de ellas la bendición que deseaba, Sita quedó abrumada por sentimientos de amor encontrados. Tras mandar traer elegantes palanquines, Rama, con palabras reconfortantes, acompañó a cada una de sus madres hasta su vehículo. Una y otra vez, los dos hermanos las abrazaron y llevaron a cada una de la mano, con el mismo afecto. Cuando los caballos, los elefantes y los diversos vehículos estuvieron listos, el rey y Bharat pusieron en marcha al grupo. Con el corazón lleno de Rama, Sita y Lakshman, toda la gente partió abrumada por la tristeza; incluso los bueyes, los caballos, los elefantes y el ganado estaban abatidos y avanzaban solo por obligación, contra su voluntad.
Dohâ 308.
El Señor, acompañado de Sita y Lakshman, besó los pies del guru y de la esposa del guru; luego se volvió y regresó a su choza de hojas, dividido entre el placer y el asombro.
El Nishad se despidió con honor y se marchó, con el corazón afligido únicamente por tener que partir. Los Kols, los Kirats y los Bhils, gente de los bosques, una vez despedidos, se volvieron una y otra vez para hacer una última reverencia. El Señor, con Sita y Lakshman, se sentó a la sombra de la higuera y lloró la pérdida de sus queridos amigos. Rama, abrumado por el afecto, habló elocuentemente a su esposa y a su hermano del amor y la generosidad de Bharat, y declaró con su propia boca bendita que la fe y la devoción animaban cada uno de sus pensamientos, palabras y acciones. En ese instante, las aves, los ciervos y los peces, todas las criaturas de Chitra-kut, animadas o inanimadas, estaban abrumadas por la tristeza. Los dioses, al ver el estado de Raghubar, hicieron llover flores y le contaron lo que sucedía en sus respectivas esferas. El Señor se inclinó y los tranquilizó; ellos se marcharon felices, sin la menor inquietud en la mente.
Dohā 309.
Junto con Sītā y su hermano, el Señor resplandecía en la choza de hojas, radiante como la encarnación de la Fe, la Sabiduría y el Ascetismo.
Vasiṣṭha, los Brahmanes, Viśvāmitra, Bharata y el rey estaban todos afligidos por tener que dejar a Rāma; caminaban en silencio, repasando en su mente todas las virtudes de Rāma. Después de cruzar el Yamunā, pasaron todo ese día sin comer. Al día siguiente, cruzaron el Ganges, donde el amigo de Rāma lo había dispuesto todo para ellos. Luego cruzaron el Sāī, se bañaron en el Gomati y, el cuarto día, llegaron a Ayodhyā. Janaka permaneció cuatro días en la ciudad, organizó toda la administración del reino, confió el gobierno al ministro, al guru y a Bharata, y luego emprendió el camino de Tirhut con todo su séquito. Por instrucciones del guru, todos los habitantes se establecieron pacíficamente en la capital de Rāma.
Ayunando y languideciendo por volver a verlo, habiendo renunciado a todo adorno personal, a todo placer y a todo deleite, y viviendo únicamente con la esperanza de su regreso.
Bharata dio instrucciones a sus ministros y a sus fieles servidores, quienes las ejecutaron, cada uno en el ámbito que le había sido asignado. Luego habló con su hermano menor y le dio sus indicaciones, confiándole el cuidado de las reinas viudas. Con las manos juntas, también se dirigió a los Brahmanes, inclinándose profundamente y rogándoles con humildad: «Den sus órdenes sin vacilar, a grandes y pequeños, para los asuntos importantes y para los menores». Después, hizo venir a la gente del palacio, de la ciudad y a todos sus súbditos; los tranquilizó y les asignó lugares donde vivir. Luego, acompañado de su hermano, fue a ver al guru y, tras postrarse y juntar las manos en oración, dijo: «Con su permiso, desde ahora llevaré una vida ascética». El santo, rebosante de un afecto jubiloso, respondió: «Todo lo que piensas, dices o haces es siempre lo mejor».
Dohā 311.
Después de recibir su orden y su bendición, hizo venir a un gran astrólogo y fijó el día; luego colocó devotamente en el trono las sandalias de su señor.
Tras rendir homenaje a los pies de la madre de Rāma y del Guru, y recibir las órdenes de las sandalias de su señor, el paladín de la virtud se construyó una choza de hojas en Nandigrama, donde permaneció, con el cabello recogido en lo alto de la cabeza, vestido como un ermitaño y acostado sobre una estera de hierba tendida en una cueva excavada en la tierra, practicando con amor las austeridades de la vida religiosa en su comida, su vestimenta, su postura, el ayuno y la oración; rechazando en pensamiento, palabra y obra, como si no valieran más que una brizna de hierba rota, toda ropa, todo adorno y cada lujo y placer. La ciudad del cielo envidiaba la capital de Avadh, y el dios de las riquezas quedaba confundido ante la fortuna de Dasarath; sin embargo, en aquella ciudad, Bharat vivía tan indiferente como una abeja en un bosquecillo de champa. Un hombre tan inmensamente bendecido que está enamorado de Rāma rechaza todas las delicias de Lakshmi como si fueran un vómito.
Dohā 312.
Eso no es una hazaña tan grande para Bharat, santuario mismo del amor de Rāma; el chātak y el cisne también son, cada uno a su manera, modelos: uno por su maravillosa constancia, el otro por su discernimiento.
Chaupāī.
Día tras día, su cuerpo se consumía, pero su esplendor y su vigor no disminuían, y la belleza de su rostro permanecía intacta. Alimentada por una devoción siempre creciente, su virtud se fortalecía y su alma permanecía sin nubes: como bajan las aguas bajo la claridad del otoño, mientras crecen los juncos y florecen los lotos. Su serenidad, su dominio de uno mismo, su piedad, sus ayunos y sus oraciones eran como estrellas en el cielo puro del alma de Bharat: su fe, como la estrella polar; el regreso del exilio, como la luna llena; su recuerdo constante del Señor, como la resplandeciente Vía Láctea; su devoción, como una luna inmóvil y sin mancha, que siempre brillaba con un resplandor puro entre una galaxia de estrellas. Los más grandes poetas serían incapaces de describir la serenidad, la sabiduría y la magnanimidad de Bharat, su fe, su impasibilidad y el perfecto esplendor de sus virtudes; ni siquiera Shesha, Ganesa y Sarasvati podrían igualarlas.
Dohā 313.
Rindiendo homenaje cada día a las sandalias de su Señor, su afecto desbordaba su corazón: recurría a ellas sin cesar para resolver todos los asuntos del Estado,
Chaupāī.
con el cuerpo tembloroso de emoción, Sita y Rāma en su corazón, sus nombres en sus labios y lágrimas en los ojos. Rāma, Lakshman y Sita vivían en el bosque, mientras Bharat, que permanecía en el palacio, soportaba las mortificaciones del cuerpo. Tras sopesar ambos lados, todos decían que Bharat era digno de elogio en todos los aspectos. Los hombres piadosos quedaban desconcertados al enterarse de sus ayunos y penitencias; el rey de los santos, que veía su estado, se sentía avergonzado. El modo de vida de Bharat era de absoluta santidad, dulce y encantador, y fuente de todas las bendiciones; disipa la terrible aflicción de esta era pecadora; es el sol que dispersa las tinieblas de la gran ilusión; el león que pone en fuga a la tropa de elefantes del pecado; el alivio de toda clase de sufrimiento; la alegría de los fieles; el que libera de la carga de la existencia; la esencia del néctar del amor de Rāma.
Chaupāī 13.
Si Bharat no hubiera nacido, colmado del néctar de la devoción a Rāma y Sita, ¿quién habría practicado semejante dominio de sí mismo y semejante penitencia, semejante serenidad, semejante paciencia y ayunos tan rigurosos, que superan todo lo que los santos pueden imaginar? ¿Quién, bajo la apariencia de un personaje legendario, habría alejado nuestras ardientes penas y nuestra pobreza, nuestro orgullo y nuestro pecado? ¿Qué pobre miserable, como Tulsi en esta era de hierro, se habría atrevido a presentarle a usted a Rāma?
Sorathā 12.
Todos los que hagan voto de escuchar con reverencia las acciones de Bharat, dice Tulsi, adquirirán sin duda una gran devoción a los pies de Sita y Rāma, así como aversión por los placeres de la vida.

Fuente The Râmâyana of Tulsi Dâs, trad. F. S. Growse, 1883, archive.org — traduction I Choose Peace depuis l’anglais — traducción I Choose Peace desde el francés · Índice