¿Cuál es el ideal del amante que ha superado por completo la idea del egoísmo, del trueque y del regateo, y que no conoce el miedo? Incluso al gran Dios, un hombre así le dirá: «Te daré todo lo que tengo, y no quiero nada de ti; en verdad, no hay nada que pueda llamar mío». Cuando un hombre ha adquirido esta convicción, su ideal pasa a ser el del amor perfecto, el de un amor perfectamente intrépido. El ideal más elevado de una persona así no incluye ninguna estrechez ligada a una particularidad; es el amor universal, el amor sin límites ni ataduras, el amor mismo, el amor absoluto. Este gran ideal de la religión del amor es adorado y amado absolutamente como tal, sin la ayuda de ningún símbolo ni sugerencia. Es la forma más elevada de Para-Bhakti: el culto de un ideal tan abarcador como ideal; todas las demás formas de Bhakti no son más que etapas en el camino que conduce a él.
Todos nuestros fracasos y todos nuestros logros en la práctica de la religión del amor nos acercan a la realización de este único ideal. Objeto tras objeto, el aspirante se vuelve hacia ellos, proyectando sucesivamente sobre cada uno el ideal interior; pero todos estos objetos externos resultan incapaces de expresar el ideal interior, cada vez más vasto, y por eso son rechazados naturalmente uno tras otro. Finalmente, el aspirante empieza a pensar que es inútil tratar de realizar el ideal en objetos externos, que todos estos objetos no son nada en comparación con el ideal mismo; y, con el tiempo, adquiere el poder de realizar el ideal abstracto más elevado y general, enteramente como una abstracción que, para él, está perfectamente viva y es real. Cuando el devoto ha llegado a este punto, ya no siente el impulso de preguntarse si Dios puede demostrarse o no, si es omnipotente y omnisciente o no. Para él, Dios es solo el Dios del amor; es el ideal supremo del amor, y eso basta para todos sus fines. En cuanto amor, es evidente por sí mismo. No hace falta demostrarle al amante que el ser amado existe. Los dioses magistrados de las otras formas de religión pueden exigir muchas pruebas para demostrar su existencia, pero el bhakta no piensa en tales dioses, ni puede pensar en ellos. Para él, Dios existe enteramente como amor. «Nadie, oh amada, ama a su esposo por amor a su esposo; es por amor al Ser que está en él por lo que se ama al esposo; nadie, oh amada, ama a su esposa por amor a su esposa; es por amor al Ser que está en ella por lo que se ama a la esposa».
Algunos afirman que el egoísmo es el único motor de todas las actividades humanas. También es amor, disminuido porque se ha vuelto particular. Cuando pienso que abarco lo Universal, ciertamente no puede haber en mí egoísmo alguno; pero cuando, por error, pienso que no soy más que algo muy pequeño, mi amor se particulariza y se estrecha. El error consiste en hacer estrecho y limitado el campo del amor. Todas las cosas del universo tienen un origen divino y merecen ser amadas; sin embargo, hay que tener presente que el amor al todo incluye el amor a las partes. Este todo es el Dios de los bhaktas, y todos los demás dioses, los Padres celestiales, los Soberanos o los Creadores, así como todas las teorías, las doctrinas y los libros, carecen para ellos de propósito y sentido, pues se han elevado muy por encima de todas estas cosas gracias a su amor supremo y a su devoción. Cuando el corazón se purifica, se limpia y se llena hasta rebosar del néctar divino del amor, todas las demás ideas de Dios se vuelven sencillamente pueriles y se descartan por ser inadecuadas o indignas. Tal es, en verdad, el poder de Para-Bhakti, o Amor supremo; y el bhakta que ha alcanzado la perfección ya no va a buscar a Dios en los templos y las iglesias; no conoce ningún lugar donde no pueda encontrarlo. Lo encuentra en el templo y fuera del templo, lo encuentra en la santidad del santo y en la maldad del hombre malvado, pues él ya mora gloriosamente en su propio corazón, bajo la forma de la única Luz omnipotente e inextinguible del Amor, que brilla eternamente y permanece siempre presente.