Cuando se alcanza este ideal supremo del amor, se rechaza la filosofía; ¿a quién le importará entonces? La libertad, la salvación, el Nirvāṇa: todo eso se rechaza; ¿a quién le importa ser libre cuando disfruta del amor divino? «Señor, no quiero riqueza, ni amigos, ni belleza, ni conocimiento, ni siquiera la libertad; deja que vuelva a nacer una y otra vez, y sé siempre mi Amor. Sé por siempre mi Amor». «¿A quién le importa convertirse en azúcar?», dice el Bhakta. «Yo quiero saborear el azúcar». ¿Quién deseará entonces ser libre y hacerse uno con Dios? «Puedo saber que soy Él; sin embargo, me apartaré de Él y seré distinto, para poder disfrutar del Bienamado». Esto es lo que dice el Bhakta. El amor por el amor es su mayor alegría. ¿Quién no se dejaría atar con mil cadenas para disfrutar del Bienamado? Al Bhakta no le importa nada más que el amor, amar y ser amado. Su amor, desprendido del mundo, es como la marea que remonta el río; este amante remonta el río a contracorriente. El mundo lo considera loco. Conozco a alguien a quien el mundo solía considerar loco, y esto fue lo que respondió: «Amigos míos, el mundo entero es un manicomio. Algunos están locos de amor terrenal, otros de renombre, otros de gloria, otros de dinero, otros de salvación y de paraíso. En este vasto manicomio, yo también estoy loco; estoy loco por Dios. Si ustedes están locos por el dinero, yo estoy loco por Dios. Ustedes están locos; yo también. Después de todo, creo que mi locura es la mejor». El amor del verdadero Bhakta es esta locura ardiente ante la cual todo lo demás desaparece de su vista. A sus ojos, el universo entero está lleno de amor, y solo de amor; así es como se le aparece al amante. Por eso, cuando un hombre lleva este amor dentro de sí, se vuelve eternamente bienaventurado, eternamente feliz. Esta bienaventurada locura del amor divino es lo único que puede curar para siempre la enfermedad del mundo que hay en nosotros. Con el deseo, el egoísmo ha desaparecido. Se ha acercado a Dios; ha rechazado todos esos vanos deseos de los que antes estaba lleno.
Todos debemos comenzar como dualistas en la religión del amor. Para nosotros, Dios es un Ser distinto, y nosotros también nos sentimos seres distintos. Entonces interviene el amor, y el hombre comienza a acercarse a Dios, mientras que Dios se acerca cada vez más al hombre. El hombre retoma todas las relaciones de la vida —las de padre, madre, hijo, amigo, maestro, amante— y las proyecta en su ideal de amor, en su Dios. Para él, Dios existe bajo todas estas formas, y alcanza el último grado de su progreso cuando siente que se ha fundido por completo con el objeto de su adoración. Todos comenzamos amándonos a nosotros mismos, y las injustas exigencias del pequeño yo hacen que incluso el amor sea egoísta. Pero, finalmente, llega el pleno resplandor de la luz, en el que se ve que ese pequeño yo no es más que uno con el Infinito. En presencia de esta Luz del Amor, el hombre mismo se transfigura y, por fin, comprende esta hermosa e inspiradora verdad: el Amor, el Amante y el Amado no son más que Uno.