Cómo debe abarcar distintos tipos de mentes y métodos
Dondequiera que alcancen nuestros sentidos, o cualquier cosa que nuestra mente imagine, encontramos la acción y la reacción de dos fuerzas, una que se opone a la otra y provoca el juego constante de los fenómenos mezclados que vemos a nuestro alrededor, así como de aquellos que experimentamos en nuestra mente. En el mundo exterior, la acción de estas fuerzas opuestas se expresa en forma de atracción y repulsión, o de fuerzas centrípetas y centrífugas; en el mundo interior, en forma de amor y odio, de bien y mal. Repelimos ciertas cosas y atraemos otras. Nos sentimos atraídos por unos y repelidos por otros. A menudo, en nuestra vida, constatamos que, sin razón alguna, nos sentimos de algún modo atraídos por ciertas personas; en otros momentos, del mismo modo, sentimos repulsión por otras. Esto es evidente para todos, y cuanto más elevado es el ámbito de acción, más poderosas y notables son las influencias de estas fuerzas opuestas. La religión es el plano más elevado del pensamiento y de la vida humanos; es allí donde constatamos las manifestaciones más marcadas de estas dos fuerzas. El amor más intenso que la humanidad haya conocido jamás surgió de la religión, y el odio más diabólico que la humanidad haya conocido también surgió de la religión. Las más nobles palabras de paz que el mundo haya oído jamás fueron pronunciadas por hombres del plano religioso, y las más amargas denuncias que el mundo haya conocido jamás fueron proferidas por hombres religiosos. Cuanto más elevado es el objeto de una religión y más refinada su organización, más notables son sus actividades. Ningún otro motivo humano ha inundado el mundo de tanta sangre como la religión; al mismo tiempo, nada ha dado origen a tantos hospitales y asilos para los pobres; ninguna otra influencia humana ha cuidado tanto, no solo de la humanidad, sino también de los animales más humildes, como lo ha hecho la religión. Nada nos vuelve tan crueles como la religión, y nada nos vuelve tan compasivos. Así ha sido en el pasado y, con toda probabilidad, así será en el futuro. Sin embargo, de entre este estruendo y este tumulto, estas disputas y luchas, este odio y estos celos entre religiones y sectas, se han alzado de vez en cuando voces poderosas que han acallado todo ese ruido —haciéndose oír, por así decirlo, de un polo al otro— y han proclamado la paz y la armonía. ¿Ocurrirá esto algún día?
¿Es posible que una armonía ininterrumpida reine alguna vez en este plano de luchas religiosas encarnizadas? En la última parte de este siglo, el mundo se pregunta por la armonía; en la sociedad se proponen diversos proyectos y se intenta ponerlos en práctica; pero sabemos lo difícil que es. La gente ve que es casi imposible atenuar la violencia de la lucha por la vida, moderar la extraordinaria tensión nerviosa que habita en el hombre. Ahora bien, si es tan difícil instaurar la armonía y la paz en el plano físico de la vida —su aspecto exterior, grosero y material—, es mil veces más difícil hacer que reinen la paz y la armonía en la naturaleza interior del hombre. Le pediría que, por el momento, salga de la red de las palabras. Desde nuestra infancia, todos hemos oído hablar de cosas como el amor, la paz, la caridad, la igualdad y la fraternidad universal; pero estas palabras se han convertido para nosotros en simples palabras carentes de sentido, que repetimos como loros, y esto se ha vuelto completamente natural para nosotros. No podemos evitarlo. Grandes almas, que fueron las primeras en sentir estas grandes ideas en su corazón, forjaron estas palabras; en aquella época, muchos comprendían su significado. Más tarde, personas ignorantes se apoderaron de estas palabras para jugar con ellas e hicieron de la religión un simple juego de palabras, en lugar de algo que se pone en práctica. Se convierte en «la religión de mi padre», «la religión de nuestra nación», «la religión de nuestro país», y así sucesivamente. Profesar una religión no se convierte más que en una forma de patriotismo, y el patriotismo siempre es parcial. Hacer que reine la armonía en la religión siempre será difícil. Sin embargo, vamos a examinar este problema de la armonía de las religiones.
Vemos que toda religión —me refiero a toda religión reconocida e importante— consta de tres partes. La primera es la filosofía, que presenta la religión en su conjunto, expone sus principios fundamentales, su objetivo y los medios para alcanzarlo. La segunda parte es la mitología, que da forma concreta a la filosofía. Consiste en leyendas que narran la vida de hombres, seres sobrenaturales, etc. Son las abstracciones de la filosofía concretadas en vidas más o menos imaginarias de hombres y seres sobrenaturales. La tercera parte es el ritual. Aún más concreto, está constituido por formas y ceremonias, diversas posturas físicas, flores e incienso, así como muchos otros elementos que apelan a los sentidos. Eso es lo que compone el ritual. Encontrarán estos tres elementos en todas las religiones reconocidas. Algunas ponen más énfasis en uno, otras en otro. Consideremos ahora la primera parte: la filosofía. ¿Existe una filosofía universal? Todavía no. Cada religión expone sus propias doctrinas e insiste en que son las únicas verdaderas. Y no solo lo hace, sino que piensa que quien no crea en ellas debe ir a algún lugar horrible. Algunos incluso esgrimirán la espada para obligar a los demás a creer como ellos. No es por maldad, sino a causa de una enfermedad particular del cerebro humano llamada fanatismo. Estos fanáticos son muy sinceros, los seres humanos más sinceros; pero son tan irresponsables como los demás locos de este mundo. El fanatismo es una de las enfermedades más peligrosas que existen. Despierta toda la perversidad de la naturaleza humana. La ira se exacerba, los nervios se tensan al máximo y los seres humanos se vuelven como tigres.
¿Existe alguna semejanza mitológica, alguna armonía mitológica, una mitología universal aceptada por todas las religiones? Ciertamente no. Todas las religiones tienen su propia mitología, pero cada una afirma: «Mis relatos no son simples mitos». Tratemos de comprender la cuestión con un ejemplo. Solo quiero ilustrar, no criticar ninguna religión. El cristiano cree que Dios tomó la forma de una paloma y descendió a la tierra; para él, eso es historia, no mitología. El hindú cree que Dios se manifiesta en la vaca. Los cristianos dicen que creer eso es pura mitología, no historia, que es una superstición. Los judíos piensan que, si se fabrica una imagen con forma de caja o de cofre, con un ángel a cada lado, se la puede colocar entonces en el Santo de los Santos; es sagrada para Jehová; pero si la imagen tiene la forma de un hombre o una mujer hermosos, dicen: «Es un ídolo abominable; ¡derríbenlo!». ¡Esa es nuestra unidad en materia de mitología! Si un hombre se levanta y dice: «Mi profeta realizó tal o cual maravilla», los demás dirán: «Eso no es más que superstición», pero, al mismo tiempo, afirman que su propio profeta realizó cosas aún más maravillosas, que ellos consideran históricas. Que yo sepa, nadie en el mundo es capaz de discernir la sutil distinción entre la historia y la mitología tal como existe en la mente de esas personas. Todos esos relatos, cualquiera que sea la religión a la que pertenezcan, son en realidad mitológicos, quizá mezclados, a veces, con algo de historia.
Después vienen los rituales. Una secta tiene una forma de ritual propia y piensa que solo ella es sagrada, mientras que los rituales de otra secta no son más que puras supersticiones. Si una secta adora una clase particular de símbolo, otra secta exclama: «¡Oh, eso es horrible!». Tomemos, por ejemplo, una forma general de símbolo. El símbolo del falo es sin duda un símbolo sexual, pero poco a poco ese aspecto se ha olvidado y ahora representa al Creador. Los pueblos que tienen este símbolo nunca lo ven como un falo; es simplemente un símbolo, y nada más. Pero un hombre de otra raza o de otra confesión no ve en él más que un falo y empieza a condenarlo; sin embargo, puede que en ese mismo momento haga algo que les parezca totalmente horrible a los supuestos adoradores del falo. Tomemos dos ejemplos para ilustrarlo: el símbolo del falo y el sacramento de los cristianos. A los ojos de los cristianos, el falo es horrible, y, a los ojos de los hindúes, el sacramento cristiano es horrible. Dicen que el sacramento cristiano —matar a un hombre, comer su carne y beber su sangre para apropiarse de las cualidades de ese hombre— es canibalismo. Eso es lo que hacen algunas tribus salvajes: si un hombre es valiente, lo matan y se comen su corazón, porque piensan que eso les dará las cualidades de valor y valentía que él poseía. Incluso un cristiano tan piadoso como Sir John Lubbock lo admite y afirma que el origen de este símbolo cristiano se encuentra en esa idea salvaje. Por supuesto, los cristianos no aceptan esta interpretación de su origen; y nunca se detienen a pensar en lo que puede implicar. Este símbolo representa cosas sagradas, y eso es todo lo que quieren saber. Así, ni siquiera en los rituales existe un símbolo universal que pueda reconocerse y aceptarse de manera general. ¿Dónde se encuentra entonces alguna universalidad? ¿Cómo puede existir, pues, una forma universal de religión? Sin embargo, ya existe. Veamos, pues, cuál es.
Todos oímos hablar de la fraternidad universal y de esas sociedades que se erigen especialmente para predicarla. Recuerdo una vieja historia. En la India, beber vino se considera algo muy malo. Dos hermanos querían beber vino en secreto una noche; su tío, que era un hombre muy ortodoxo, dormía en una habitación muy cerca de la suya. Antes de empezar a beber, se dijeron: «Hay que hacer muy poco ruido, si no, el tío se despertará». Mientras bebían, no dejaban de repetirse: «¡Silencio! El tío se despertará», cada uno tratando de cubrir la voz del otro. A medida que los gritos aumentaban, el tío se despertó, entró en la habitación y lo descubrió todo. Pues bien, todos gritamos como esos hombres borrachos: «¡Fraternidad universal! Todos somos iguales, formemos una secta». En cuanto forman una secta, protestan contra la igualdad, y la igualdad deja de existir. Los musulmanes hablan de fraternidad universal, pero ¿qué resulta de ello en realidad? Pues bien, a quien no sea musulmán no se le admitirá en la fraternidad; más bien, corre el riesgo de que le corten el cuello. Los cristianos hablan de fraternidad universal, pero quien no sea cristiano debe ir a un lugar donde lo asarán eternamente.
Y así seguimos buscando la fraternidad universal y la igualdad en este mundo. Cuando oigan tales discursos, los invito a ser reservados y prudentes, porque detrás de todo eso suele esconderse el egoísmo más intenso. «En invierno, a veces se forma una nube de tormenta; truena y truena, pero no deja caer lluvia; mientras que, en la estación lluviosa, las nubes no hacen oír su voz, pero inundan el mundo de agua». Quienes actúan de verdad y sienten en lo más profundo del corazón la fraternidad universal de los seres humanos hablan poco y no fundan pequeñas sectas en nombre de la fraternidad universal; pero sus actos, sus acciones, toda su vida muestran claramente que verdaderamente poseen ese sentimiento de fraternidad hacia la humanidad, que sienten amor y compasión por todos. No hablan, actúan y viven. Este mundo está demasiado lleno de discursos ruidosos. Necesitamos un poco más de trabajo serio y menos palabras.
Y así seguimos buscando la fraternidad universal y la igualdad en este mundo. Cuando oigan tales discursos, los invito a ser reservados y prudentes, porque detrás de todo eso suele esconderse el egoísmo más intenso. «En invierno, a veces se forma una nube de tormenta; truena y truena, pero no deja caer lluvia; mientras que, en la estación lluviosa, las nubes no hacen oír su voz, pero inundan el mundo de agua». Quienes actúan de verdad y sienten en lo más profundo del corazón la fraternidad universal de los seres humanos hablan poco y no fundan pequeñas sectas en nombre de la fraternidad universal; pero sus actos, sus acciones, toda su vida muestran claramente que verdaderamente poseen ese sentimiento de fraternidad hacia la humanidad, que sienten amor y compasión por todos. No hablan, actúan y viven. Este mundo está demasiado lleno de discursos ruidosos. Necesitamos un poco más de trabajo serio y menos palabras.
Hasta ahora, vemos que es difícil encontrar rasgos universales en materia de religión y, sin embargo, sabemos que existen. Todos somos seres humanos, pero ¿somos todos iguales? Ciertamente no. ¿Quién afirma que somos iguales? Solo un loco. ¿Somos todos iguales en inteligencia, capacidades y cuerpo? Un hombre es más fuerte que otro, un hombre tiene más capacidad intelectual que otro. Si todos somos iguales, ¿por qué existe esta desigualdad? ¿Quién la creó? Nosotros. Como tenemos más o menos capacidades, más o menos inteligencia, más o menos fuerza física, eso debe diferenciarnos. Sin embargo, sabemos que la doctrina de la igualdad toca nuestro corazón. Todos somos seres humanos, pero algunos son hombres y otras son mujeres. Aquí hay un hombre negro, allí un hombre blanco; pero todos son hombres, todos pertenecen a una sola humanidad. Nuestros rostros son diversos; no veo dos que se parezcan y, sin embargo, todos somos seres humanos. ¿Dónde se encuentra esta humanidad única? Me encuentro con un hombre o una mujer, de tez oscura o clara; y entre todos estos rostros, sé que existe una humanidad abstracta que es común a todos. Tal vez no la encuentre cuando intente captarla, percibirla y hacerla concreta, pero sé con certeza que está ahí. Si hay algo de lo que estoy seguro, es de esta humanidad que todos compartimos. Es a través de esta entidad general que los reconozco a usted como hombre o mujer. Lo mismo ocurre con esta religión universal, que atraviesa todas las diversas religiones del mundo bajo la forma de Dios; debe existir, y existe, desde toda la eternidad. «Yo soy el hilo que atraviesa todas estas perlas», y cada perla es una religión, o incluso una secta de ella. Tales son las diferentes perlas, y el Señor es el hilo que las atraviesa todas; solo que la mayoría de la humanidad es completamente inconsciente de ello.
La unidad en la variedad es el propósito del universo. Todos somos seres humanos y, sin embargo, todos somos diferentes unos de otros. Como miembro de la humanidad, soy uno con usted; como el señor Fulano, soy diferente de usted. Como hombre, usted es distinto de la mujer; como ser humano, es uno con ella. Como hombre, usted es distinto del animal, pero como seres vivos, el hombre, la mujer, el animal y la planta son uno; y, como existencia, usted es uno con el universo entero. Esta existencia universal es Dios, la Unidad última del universo. En Él, todos somos uno. Al mismo tiempo, en la manifestación, estas diferencias deben subsistir siempre. En nuestro trabajo, en nuestras energías, cuando se manifiestan en el exterior, estas diferencias deben subsistir siempre. Vemos entonces que, si por religión universal se entiende que toda la humanidad debe creer en un mismo conjunto de doctrinas, esto es completamente imposible. Eso nunca podrá ocurrir; nunca llegará el momento en que todos los rostros sean iguales. Del mismo modo, si esperamos que exista una mitología universal, esto también es imposible; no puede ser. Tampoco puede existir un único ritual universal. Una situación así nunca podrá hacerse realidad; si llegara a existir, el mundo sería destruido, porque la variedad es el primer principio de la vida. ¿Qué es lo que nos constituye como seres? La diferenciación. El equilibrio perfecto causaría nuestra destrucción. Supongamos que el calor de esta habitación, cuya tendencia es difundirse de manera igual y perfecta, se difundiera de esa forma: a todos los efectos prácticos, ese calor dejaría entonces de existir. ¿Qué hace posible el movimiento en este universo? La pérdida del equilibrio. La unidad en la identidad solo puede producirse con la destrucción de este universo; de otro modo, tal cosa es imposible. Y eso no es todo: sería peligroso que existiera. No debemos desear que todos pensemos de la misma manera. Entonces ya no habría ningún pensamiento que pensar. Todos seríamos como las momias egipcias de un museo, mirándonos unos a otros sin tener el menor pensamiento. Esta diferencia, esta diferenciación, esta pérdida del equilibrio entre nosotros es el alma misma de nuestro progreso, el alma de todo nuestro pensamiento. Siempre debe ser así.
¿Qué quiero decir, entonces, con el ideal de una religión universal? No quiero decir una única filosofía universal, ni una única mitología universal, ni un único ritual universal, adoptado por todos de la misma manera; pues sé que este mundo debe seguir funcionando, rueda dentro de rueda, con este complejo conjunto de mecanismos, desde los más complicados hasta los más maravillosos. ¿Qué podemos hacer, entonces? Podemos hacer que funcione sin contratiempos, reducir la fricción, engrasar las ruedas, por así decirlo. ¿Cómo? Reconociendo la necesidad natural de la diversidad. Así como hemos reconocido la unidad por nuestra propia naturaleza, también debemos reconocer la diversidad. Debemos aprender que la verdad puede expresarse de cien mil maneras, y que cada una de ellas es verdadera en la medida en que llega. Debemos aprender que una misma cosa puede considerarse desde cien puntos de vista diferentes y, sin embargo, seguir siendo la misma cosa.
Tomemos, por ejemplo, el sol. Supongamos que un hombre, de pie en la Tierra, mira el sol al salir; ve una gran esfera. Supongamos que emprende un viaje hacia el sol, llevando una cámara y tomando fotografías en cada etapa de su viaje, hasta llegar al sol. Se verá que las fotografías tomadas en cada etapa difieren de las de las demás etapas; de hecho, cuando regresa, parece que trae tantas fotografías de soles diferentes como etapas hay; y, sin embargo, sabemos que ese mismo sol fue fotografiado por ese hombre en las distintas etapas de su avance.
Lo mismo ocurre con el Señor. Mediante la filosofía más elevada o la más sencilla, mediante la mitología más sublime o la más burda, mediante el ritualismo más refinado o el fetichismo más desenfrenado, cada secta, cada alma, cada nación, cada religión, consciente o inconscientemente, lucha por elevarse hacia Dios; toda visión de la verdad que posee el ser humano es una visión de Él, y de nadie más.
Supongamos que todos nos dirigimos a la orilla de un lago, cada uno con un recipiente en la mano para recoger agua. Uno tiene una taza, otro una jarra, otro un cubo, y así sucesivamente, y todos llenamos nuestros recipientes. Naturalmente, el agua adopta en cada caso la forma del recipiente que cada uno de nosotros ha traído. Quien ha traído una taza tiene agua con forma de taza; quien ha traído una jarra tiene agua con forma de jarra, y así sucesivamente; pero, en cada caso, en el recipiente solo hay agua, nada más que agua.
Lo mismo ocurre con la religión; nuestras mentes son como esos recipientes, y cada uno de nosotros se esfuerza por alcanzar la realización de Dios. Dios es como esa agua que llena esos distintos recipientes y, en cada uno, la visión de Dios adopta la forma del recipiente. Sin embargo, Él es Uno. En cada caso, es Dios. Esta es la única manera en que podemos reconocer la universalidad.
Tomemos, por ejemplo, el sol. Supongamos que un hombre, de pie en la Tierra, mira el sol al salir; ve una gran esfera. Supongamos que emprende un viaje hacia el sol, llevando una cámara y tomando fotografías en cada etapa de su viaje, hasta llegar al sol. Se verá que las fotografías tomadas en cada etapa difieren de las de las demás etapas; de hecho, cuando regresa, parece que trae tantas fotografías de soles diferentes como etapas hay; y, sin embargo, sabemos que ese mismo sol fue fotografiado por ese hombre en las distintas etapas de su avance.
Lo mismo ocurre con el Señor. Mediante la filosofía más elevada o la más sencilla, mediante la mitología más sublime o la más burda, mediante el ritualismo más refinado o el fetichismo más desenfrenado, cada secta, cada alma, cada nación, cada religión, consciente o inconscientemente, lucha por elevarse hacia Dios; toda visión de la verdad que posee el ser humano es una visión de Él, y de nadie más.
Supongamos que todos nos dirigimos a la orilla de un lago, cada uno con un recipiente en la mano para recoger agua. Uno tiene una taza, otro una jarra, otro un cubo, y así sucesivamente, y todos llenamos nuestros recipientes. Naturalmente, el agua adopta en cada caso la forma del recipiente que cada uno de nosotros ha traído. Quien ha traído una taza tiene agua con forma de taza; quien ha traído una jarra tiene agua con forma de jarra, y así sucesivamente; pero, en cada caso, en el recipiente solo hay agua, nada más que agua.
Lo mismo ocurre con la religión; nuestras mentes son como esos recipientes, y cada uno de nosotros se esfuerza por alcanzar la realización de Dios. Dios es como esa agua que llena esos distintos recipientes y, en cada uno, la visión de Dios adopta la forma del recipiente. Sin embargo, Él es Uno. En cada caso, es Dios. Esta es la única manera en que podemos reconocer la universalidad.
Hasta aquí, todo está bien en el plano teórico. Pero ¿existe algún medio para poner en práctica esta armonía entre las religiones? Observamos que este reconocimiento de la verdad de todas las diversas concepciones de la religión es muy antiguo. Se han hecho cientos de intentos en la India, en Alejandría, en Europa, en China, en Japón, en el Tíbet y, por último, en América, para formular un credo religioso armonioso, para hacer que todas las religiones confluyan en el amor. Todos han fracasado porque no adoptaron ningún plan práctico. Muchos han admitido que todas las religiones del mundo son justas, pero no muestran ningún medio concreto para acercarlas, que permita a cada una preservar su individualidad en esta confluencia. El único plan práctico es el que no destruye la individualidad religiosa de ningún hombre y que, al mismo tiempo, le muestra un punto de unión con todos los demás. Pero, hasta ahora, todos los planes de armonía religiosa que se han puesto a prueba, aunque proponían acoger las diversas concepciones de la religión, han intentado, en la práctica, someterlas todas a unas pocas doctrinas; así han generado nuevas sectas, que se combaten, luchan y se oponen unas a otras.
También tengo mi pequeño proyecto. No sé si tendrá éxito o no, y quiero presentárselo para que lo analicemos. ¿Cuál es mi proyecto? En primer lugar, pediría a la humanidad que reconociera esta máxima: «No destruyan». Los reformadores iconoclastas no hacen ningún bien al mundo. No rompan nada, no derriben nada, sino construyan. Ayuden, si pueden; si no pueden, junten las manos y manténganse al margen, dejando que las cosas sigan su curso. No hagan daño si no pueden ayudar. No digan nada contra las convicciones de una persona, siempre que sean sinceras. Después, tomen a la persona tal como es y, desde ahí, ayúdenla a elevarse. Si es cierto que Dios es el centro de todas las religiones y que cada uno de nosotros se dirige hacia Él a lo largo de uno de estos rayos, entonces es seguro que todos debemos alcanzar ese centro. Y en el centro, donde se encuentran todos los rayos, cesarán todas nuestras diferencias; pero mientras no lo hayamos alcanzado, es inevitable que existan diferencias. Todos estos rayos convergen en el mismo centro. Una persona, según su naturaleza, sigue una de estas líneas, y otra, una distinta; y si todos avanzamos por nuestras propias líneas, sin duda alcanzaremos el centro, pues «todos los caminos conducen a Roma». Cada uno de nosotros crece y se desarrolla naturalmente según su propia naturaleza; cada uno acabará por conocer la verdad suprema, porque, después de todo, los seres humanos deben enseñarse a sí mismos. ¿Qué podemos hacer usted y yo? ¿Cree que puede enseñar siquiera a un niño? No puede. El niño se enseña a sí mismo. Su deber es ofrecerle oportunidades y eliminar los obstáculos. Una planta crece. ¿Es usted quien la hace crecer? Su deber es rodearla con una cerca y cuidar de que ningún animal la devore; ahí termina su deber. La planta crece por sí misma. Lo mismo ocurre con el crecimiento espiritual de cada persona. Nadie puede enseñarle; nadie puede hacer de usted un ser espiritual. Usted debe enseñarse a sí mismo; su crecimiento debe venir desde dentro.
¿Qué puede hacer un maestro externo? Puede apartar algunos obstáculos, y ahí termina su deber. Ayude, pues, si puede; pero no destruya. Abandone toda idea de que usted podría hacer espirituales a los hombres. Es imposible. No hay otro maestro para usted que su propia alma. Reconózcalo. ¿Qué se deduce de esto? En la sociedad vemos tantas naturalezas diferentes. Hay miles y miles de variedades de mentalidades e inclinaciones. Es imposible generalizarlas por completo, pero, para nuestro propósito práctico, basta con dividirlas en cuatro clases. Primero está el hombre activo, el trabajador; quiere actuar, y sus músculos y nervios están llenos de una energía considerable. Su objetivo es actuar: construir hospitales, realizar obras de caridad, acondicionar calles, elaborar proyectos y organizar. Después está el hombre emotivo, que ama en exceso lo sublime y lo bello. Le gusta pensar en lo bello, disfrutar del aspecto estético de la naturaleza y adorar al Amor y al Dios del Amor. Con todo su corazón, ama a las grandes almas de todos los tiempos, a los profetas de las religiones y a las Encarnaciones de Dios en la tierra; le importa poco que la razón pueda o no demostrar que Cristo o Buda existieron; le importa poco la fecha exacta del Sermón de la Montaña o el momento preciso del nacimiento de Krishna; lo que cuenta para él son sus personalidades, sus figuras amables. Tal es su ideal. Tal es la naturaleza del amante, del hombre emotivo. Luego está el místico, cuya mente quiere analizar uno mismo, comprender los mecanismos de la mente humana, descubrir qué fuerzas actúan en él y saber cómo conocerlas, manejarlas y dominarlas. Tal es la mente mística. Por último, está el filósofo, que quiere sopesarlo todo y hacer uso de su intelecto más allá incluso de las posibilidades de toda filosofía humana.
Ahora bien, para satisfacer a la mayor parte de la humanidad, una religión debe poder nutrir todos estos diferentes tipos de mente; donde falta esta capacidad, todas las sectas existentes se vuelven parciales. Supongamos que usted va a una secta que predica el amor y la emoción. Sus miembros cantan, lloran y predican el amor. Pero en cuanto usted dice: «Amigo mío, todo eso está muy bien, pero quiero algo más sólido: un poco de razón y de filosofía; quiero comprender las cosas paso a paso y de manera más racional», le responden: «Váyase»; y no solo le piden que se vaya, sino que lo enviarían al otro mundo si pudieran. El resultado es que esta secta solo puede ayudar a las personas de temperamento emotivo. No solo no ayuda a los demás, sino que trata de destruirlos; y lo más odioso de todo esto es que no solo no quiere ayudar a los demás, sino que tampoco cree en su sinceridad. También hay filósofos que hablan de la sabiduría de la India y de Oriente y emplean grandes términos psicológicos de cincuenta sílabas; pero si un hombre común como yo va a verlos y les dice: «¿Puede decirme algo que me ayude a volverme espiritual?», lo primero que harían sería sonreír y decir: «Oh, su razón es muy inferior a la nuestra. ¿Qué podría usted comprender de la espiritualidad?». Son grandes filósofos. Simplemente le muestran la puerta. Luego están las sectas místicas, que hablan de toda clase de cosas relacionadas con los distintos planos de existencia, los diferentes estados de la mente, lo que puede hacer el poder de la mente, y así sucesivamente; y si usted es un hombre común y dice: «Muéstreme algo bueno que pueda hacer; no me interesa mucho la especulación; ¿puede darme algo que me convenga?», sonríen y dicen: «Escuchen a este tonto; no sabe nada, su existencia no sirve de nada». Y esto ocurre en todas partes del mundo. ¡Me gustaría reunir a los representantes más extremos de todas estas diferentes sectas, encerrarlos en una habitación y fotografiar sus hermosas sonrisas burlonas!
Tal es la condición actual de la religión, tal es la condición actual de las cosas. Lo que quiero propagar es una religión que sea igualmente aceptable para todas las mentes; debe ser igualmente filosófica, igualmente emocional, igualmente mística e igualmente propicia para la acción. Si vienen profesores universitarios, hombres de ciencia y físicos, se remitirán a la razón. Que tengan tanta como quieran. Habrá un punto más allá del cual pensarán que no pueden ir sin romper con la razón. Dirán: «Estas ideas de Dios y de la salvación son supersticiosas, ¡disfrácelas!». Yo respondo: «Señor filósofo, su cuerpo es una superstición mucho mayor. Renuncie a él, no vuelva a casa a cenar ni a sentarse en su sillón de filósofo. Renuncie a su cuerpo; y si no puede hacerlo, pida clemencia y siéntese». Porque la religión debe poder mostrar cómo realizar la filosofía que nos enseña que este mundo es uno, que solo hay una Existencia en el universo. Del mismo modo, si viene el místico, debemos acogerlo, estar dispuestos a enseñarle la ciencia del análisis de la mente y a demostrársela en la práctica. Y si vienen personas inclinadas a las emociones, debemos sentarnos, reír y llorar con ellas en nombre del Señor; debemos «beber la copa del amor y enloquecer». Si viene un hombre enérgico y activo, debemos trabajar con él, con toda la energía de que dispongamos. Esta combinación constituirá el ideal que más se acerque a una religión universal. ¡Ojalá todos los hombres estuvieran constituidos de tal manera que todos estos elementos de filosofía, misticismo, emoción y acción estuvieran presentes en ellos por igual, en toda su plenitud! Este es el ideal, mi ideal del hombre perfecto. A cualquiera que posea solo uno o dos de estos elementos de carácter lo considero «unilateral»; y este mundo está casi totalmente lleno de tales hombres «unilaterales», que solo conocen un camino, el que siguen, y para quienes todo lo demás es peligroso y horrible. Alcanzar un equilibrio armonioso en estas cuatro direcciones: ese es mi ideal de la religión. Y esta religión se alcanza mediante lo que llamamos, en la India, yoga: la unión. Para el hombre de acción, es la unión de los hombres con toda la humanidad; para el místico, la unión de su Ser inferior con su Ser superior; para quien ama, la unión de uno mismo con el Dios del Amor; y para el filósofo, la unión de toda existencia. Eso es lo que significa yoga. Es un término sánscrito, y estas cuatro divisiones del yoga tienen en sánscrito nombres diferentes. Al hombre que busca esta forma de unión se lo llama yogui. Al hombre de acción se lo llama Karma-Yogi. A quien busca la unión por medio del amor se lo llama Bhakti-Yogi. A quien la busca por medio del misticismo se lo llama Râja-Yogi. Y a quien la busca por medio de la filosofía se lo llama Jnâna-Yogi. Así, la palabra yogui los engloba a todos.
Abordemos ahora primero el Rāja-Yoga. ¿Qué es este Rāja-Yoga, este dominio de la mente? En este país, me temo que asocian toda clase de fantasmas con la palabra yoga. Por eso debo empezar por decirles que no tiene nada que ver con tales cosas. Ninguno de estos yogas renuncia a la razón; ninguno les pide que se dejen engañar ni que pongan su razón en manos de sacerdotes, sean quienes sean. Ninguno les pide que juren lealtad a un mensajero sobrehumano. Cada uno les dice que se aferren a su razón y se mantengan firmes en ella. Encontramos en todos los seres tres clases de instrumentos de conocimiento. El primero es el instinto, que alcanza su mayor desarrollo en los animales; es el más bajo de los instrumentos de conocimiento. ¿Cuál es el segundo instrumento de conocimiento? El razonamiento. Se encuentra en su mayor desarrollo en el ser humano. En primer lugar, el instinto es un instrumento insuficiente; el campo de acción de los animales es muy limitado, y el instinto actúa dentro de esos límites. En el ser humano, ven que se ha desarrollado ampliamente hasta convertirse en razón. El campo de acción también se ha ampliado. Sin embargo, incluso la razón sigue siendo muy insuficiente. Solo puede llegar hasta cierto punto y luego se detiene; no puede avanzar más. Si intentan llevarla más allá, el resultado es una confusión total, y la razón misma se vuelve irracional. La lógica da vueltas en círculo. Tomemos, por ejemplo, el fundamento mismo de nuestra percepción: la materia y la fuerza. ¿Qué es la materia? Aquello sobre lo que actúa la fuerza. ¿Y la fuerza? Lo que actúa sobre la materia. Ven la complicación, lo que los lógicos llaman el vaivén: una idea depende de la otra, que a su vez depende de la primera. La razón tropieza con una poderosa barrera que no puede atravesar; sin embargo, sigue sintiendo el impulso de penetrar en la región del Infinito que se extiende más allá. Este mundo, este universo que perciben nuestros sentidos o que piensa nuestra mente, no es, por así decirlo, más que un átomo del Infinito proyectado sobre el plano de la conciencia; y dentro de estos estrechos límites, definidos por la red de la conciencia, opera nuestra razón, sin poder sobrepasarlos. Por tanto, debe existir otro instrumento que nos lleve más allá, y este instrumento se llama inspiración. Así, el instinto, la razón y la inspiración son los tres instrumentos de conocimiento. El instinto pertenece a los animales, la razón al ser humano y la inspiración a los hombres divinos. Pero en todos los seres humanos se encuentran, en mayor o menor grado de desarrollo, las semillas de estos tres instrumentos de conocimiento. Para que estos instrumentos mentales puedan desarrollarse, sus semillas deben estar presentes. También hay que recordar que uno de estos instrumentos es el desarrollo de otro y, por tanto, no lo contradice. La razón se desarrolla hasta convertirse en inspiración; por eso, la inspiración no contradice la razón, sino que la completa. Lo que la razón no puede alcanzar es revelado por la inspiración, sin contradecir por ello a la razón. El anciano no contradice al niño: lo completa. Por tanto, tengan siempre presente que el gran peligro consiste en tomar la forma inferior de un instrumento por su forma superior. Muy a menudo, se presenta al mundo el instinto como inspiración, de donde surgen todas esas pretensiones engañosas de tener el don de la profecía. Un necio o un medio loco cree que la confusión que reina en su cerebro es inspiración y quiere que los hombres lo sigan. Los discursos más absurdos, irracionales y contradictorios que se han predicado en el mundo no son más que el balbuceo instintivo de cerebros confusos y perturbados que intentan hacerse pasar por el lenguaje de la inspiración.
El primer criterio de una enseñanza auténtica debe ser que no contradiga la razón. Usted puede comprobar que ese es el fundamento de todos estos yogas. Tomemos el Raja-Yoga, el yoga psicológico, la vía psicológica hacia la unión. Es un tema vasto, y por ahora solo puedo indicarles la idea central. Solo tenemos un método para adquirir conocimiento. Desde el más humilde de los hombres hasta el más grande de los Yogis, todos deben recurrir al mismo método; ese método se llama concentración. El químico que trabaja en su laboratorio concentra todas las facultades de su mente, las reúne en un solo punto y las dirige hacia los elementos; estos son entonces analizados, y así obtiene conocimiento. El astrónomo también ha concentrado las facultades de su mente y las ha reunido en un solo punto; las dirige hacia los objetos a través de su telescopio, y las estrellas y los sistemas se acercan y le revelan sus secretos. Lo mismo sucede en cualquier circunstancia: con el profesor en su cátedra, con el estudiante y su libro, con cualquier hombre que busca conocer. Usted me escucha y, si mis palabras le interesan, su mente se concentrará en ellas; entonces, supongamos que suena un reloj, usted no lo oirá, debido a esa concentración. Cuanto más capaz sea de concentrar su mente, mejor me comprenderá; y cuanto más concentre yo mi amor y mis facultades, mejor podré expresar lo que quiero transmitirle. Cuanto mayor sea el poder de concentración, más conocimiento se adquiere, porque ese es el único método para adquirir conocimiento. Incluso el más humilde lustrabotas, si concentra más su atención, lustrará mejor los zapatos; el cocinero que se concentra preparará una comida mucho mejor. Ya sea para ganar dinero, rendir culto a Dios o hacer cualquier cosa, cuanto más fuerte sea el poder de concentración, mejor se llevará a cabo la tarea. Es el único llamado, el único golpe en la puerta que abre las puertas de la naturaleza y deja brotar torrentes de luz. Este poder de concentración es la única llave del tesoro del conocimiento. El sistema del Raja-Yoga trata casi exclusivamente de esto. En el estado actual de nuestro cuerpo, estamos tan distraídos que la mente dispersa sus fuerzas en un centenar de cosas diferentes. En cuanto intento calmar mis pensamientos y concentrar mi mente en un solo objeto de conocimiento, miles de impulsos indeseables irrumpen en el cerebro, miles de pensamientos invaden la mente y la perturban. Cómo detenerlos y poner la mente bajo control: ese es todo el tema de estudio del Raja-Yoga.
Consideremos ahora el Karma-Yoga, la realización de Dios por medio del trabajo. Es evidente que, en la sociedad, muchas personas parecen haber nacido para una actividad u otra, cuya mente no puede concentrarse únicamente en el plano del pensamiento y que solo tienen una idea, concretada en el trabajo, visible y tangible. También debe existir una ciencia para este tipo de vida. Cada uno de nosotros está ocupado en algún trabajo, pero la mayoría desperdiciamos gran parte de nuestra energía porque no conocemos el secreto del trabajo. El Karma-Yoga revela este secreto y enseña dónde y cómo trabajar, cómo emplear de la manera más provechosa posible la mayor parte de nuestra energía en el trabajo que se nos presenta. Pero, junto con este secreto, debemos tener en cuenta la principal objeción al trabajo: causa sufrimiento. Toda miseria y todo sufrimiento provienen del apego. Quiero trabajar, quiero hacer el bien a un ser humano; y hay nueve posibilidades de cada diez de que ese ser humano, a quien he ayudado, se muestre ingrato y se vuelva contra mí; el resultado, para mí, es el sufrimiento. Cosas así alejan a los hombres del trabajo; este temor al sufrimiento y a la miseria perjudica gran parte del trabajo y de la energía de la humanidad. El Karma-Yoga nos enseña a trabajar por el trabajo mismo, sin apego, sin preocuparnos por quién recibe la ayuda ni con qué propósito. El Karma-Yogi trabaja porque esa es su naturaleza, porque siente que actuar así es bueno para él y no tiene ningún otro objetivo. En este mundo, es quien da y nunca se preocupa por recibir nada. Sabe que da y no pide nada a cambio; por eso escapa al dominio de la miseria. El dominio del sufrimiento, cuando este aparece, es el resultado de la reacción del «apego».
Luego está el Bhakti-Yoga, destinado al hombre de naturaleza afectiva, al amante. Quiere amar a Dios; se apoya en toda clase de rituales y los pone en práctica: flores, incienso, hermosos edificios, formas y otras cosas por el estilo. ¿Quiere decir que son malos? He aquí un hecho que debo contarle. Es bueno que recuerde, sobre todo en este país, que los grandes gigantes espirituales del mundo han sido producidos únicamente por sectas religiosas en posesión de una mitología y un ritual muy ricos. Todas las sectas que han intentado adorar a Dios sin ninguna forma ni ceremonia han aplastado implacablemente todo lo bello y sublime de la religión. En el mejor de los casos, su religión es fanatismo, algo árido. La historia del mundo da testimonio permanente de ello. No denigre, pues, estos rituales y mitologías. Que la gente los conserve; que quienes lo deseen los tengan. No exhiba esa sonrisa burlona e indigna diciendo: «Son unos tontos; que los conserven». No es así: los hombres más grandes que he visto en mi vida, los seres más maravillosamente desarrollados en lo espiritual, han seguido todos la disciplina de estos rituales. No me considero digno de sentarme a sus pies; ¡y yo voy a criticarlos! ¿Cómo saber cómo actúan estas ideas sobre la mente humana, cuáles debo aceptar y cuáles rechazar? Tendemos a criticarlo todo en el mundo sin justificación suficiente. Que la gente tenga toda la mitología que quiera, con sus hermosas inspiraciones; pues siempre debe tener presente que a las naturalezas afectivas no les interesan las definiciones abstractas de la verdad. Para ellas, Dios es algo tangible, lo único que es real; lo sienten, lo oyen, lo ven y lo aman. Deje que tengan su Dios. A sus ojos, su racionalista se parece al insensato que, ante una hermosa estatua, quería romperla para descubrir de qué material estaba hecha. El Bhakti-Yoga les enseña a amar sin segundas intenciones, a amar a Dios y a amar el bien porque es bueno hacerlo, y no para ir al cielo, tener hijos, adquirir riquezas u obtener cualquier otra cosa. Les enseña que el amor mismo es la recompensa más alta del amor, que Dios mismo es amor. Les enseña a rendir homenaje a Dios en todas sus formas: el Creador, el Omnipresente, el Omnisciente, el Todopoderoso, el Soberano, el Padre y la Madre. La fórmula más elevada que puede expresarlo, la idea más elevada que la mente humana puede formarse de él, es que es el Dios del Amor. Donde hay amor, él está. «Donde hay el menor amor, él está; allí está presente el Señor». Allí donde el marido besa a su esposa, él está, en el beso; allí donde la madre besa a su hijo, él está, en el beso; allí donde los amigos se estrechan la mano, está presente el Señor, como Dios del Amor. Cuando un gran hombre ama a la humanidad y desea ayudarla, él está allí, prodigando generosamente sus bendiciones por amor a la humanidad. Dondequiera que el corazón se abre, él se manifiesta. Esto es lo que enseña el Bhakti-Yoga.
Finalmente llegamos al Jnana-Yogi, el filósofo, el pensador, aquel que quiere ir más allá de lo visible. No se satisface con las pequeñas cosas de este mundo. Quiere ir más allá de la rutina diaria de comer, beber y demás; ni siquiera las enseñanzas de miles de libros lo satisfarán. Las ciencias mismas no lo satisfarán; en el mejor de los casos, solo le presentan este pequeño mundo. ¿Qué podrá satisfacerlo? Ni siquiera miríadas de sistemas de mundos lo satisfarán; a sus ojos, no son más que una gota en el océano de la existencia. Su alma quiere ir más allá de todo esto, hasta el corazón mismo del ser, viendo la Realidad tal como Ella es; realizándola, siendo Ella, haciéndose uno con ese Ser universal. Ese es el filósofo. Decir que Dios es el Padre o la Madre, el Creador de este universo, su Protector y su Guía, es, a sus ojos, totalmente insuficiente para expresar a Dios. Para él, Dios es la vida de su vida, el alma de su alma. Dios es su propio Ser. No subsiste nada más que Dios. Todas sus partes mortales quedan aplastadas bajo los pesados golpes de la filosofía y luego barridas. Lo que verdaderamente permanece al final es Dios mismo.
En el mismo árbol hay dos pájaros, uno en la parte más alta y el otro más abajo. El que está arriba es sereno, silencioso y majestuoso, absorto en su propia gloria; el que está en las ramas inferiores, comiendo alternativamente frutos dulces y amargos y saltando de rama en rama, se siente por momentos feliz y por momentos desdichado. Después de un tiempo, el pájaro de abajo come un fruto excepcionalmente amargo, siente repugnancia, levanta la mirada y ve al otro pájaro, ese ser maravilloso de plumaje dorado, que no come ni frutos dulces ni amargos, que no es feliz ni desdichado, sino sereno, centrado en el Ser, y que no ve nada más allá de su Ser. El pájaro de abajo aspira a ese estado, pero pronto lo olvida y vuelve a comer frutos. Poco después, come otro fruto excepcionalmente amargo, que lo hace desdichado; vuelve a levantar la mirada e intenta acercarse al pájaro de arriba. Una vez más, lo olvida y, después de un tiempo, levanta la mirada; así continúa, una y otra vez, hasta que se acerca mucho al hermoso pájaro y ve el reflejo de la luz de su plumaje jugar alrededor de su propio cuerpo. Entonces siente que se produce un cambio y parece fundirse; se acerca más, y todo lo que lo rodea se funde, hasta que por fin comprende esa maravillosa transformación. El pájaro de abajo no era, por así decirlo, más que la sombra aparentemente real, el reflejo del pájaro de arriba; en esencia, él mismo siempre había sido el pájaro de arriba. Este saborear frutos dulces y amargos, este pajarillo de abajo, a veces llorando y a veces feliz, no era más que una vana ilusión, un sueño: durante todo ese tiempo, el verdadero pájaro permanecía allí arriba, sereno y silencioso, glorioso y majestuoso, más allá del pesar, más allá del dolor. El pájaro de arriba es Dios, el Señor de este universo; el pájaro de abajo es el alma humana, que saborea los frutos dulces y amargos de este mundo. De vez en cuando, un golpe terrible cae sobre el alma. Por un tiempo, deja de comer y se dirige hacia el Dios desconocido; entonces un torrente de luz la inunda. Piensa que este mundo no es más que un espectáculo ilusorio. Sin embargo, los sentidos vuelven a arrastrarla hacia abajo, y empieza de nuevo, como antes, a saborear los frutos dulces y amargos del mundo. Una vez más, cae sobre ella un golpe excepcionalmente duro. Su corazón se abre de nuevo a la luz divina; así se acerca poco a poco a Dios y, a medida que se acerca, ve cómo su antiguo yo se funde. Cuando se ha acercado lo suficiente, ve que no es otro que Dios y exclama: «Aquel a quien les describí como la Vida de este universo, presente en el átomo, en los soles y las lunas, es el fundamento de nuestra propia vida, el Alma de nuestra alma. No, tú eres Eso». Esto es lo que enseña este Jnana-Yoga. Le dice al hombre que es esencialmente divino. Revela a la humanidad la verdadera unidad del ser y muestra que cada uno de nosotros es el Señor Dios mismo, manifestado en la tierra. Todos somos manifestaciones del mismo Señor, desde el gusano más humilde que se arrastra bajo nuestros pies hasta los seres más elevados que contemplamos con asombro y veneración.
Finalmente, es imperativo que se practiquen todas estas diferentes formas de yoga; las simples teorías sobre ellas no servirán de nada. Primero debemos escucharlas y luego reflexionar sobre ellas. Debemos examinar nuestros pensamientos mediante el razonamiento, imprimirlos en nuestra mente y meditar sobre ellos, realizarlos, hasta que finalmente se conviertan en toda nuestra vida. La religión ya no será un montón de ideas o teorías, ni una adhesión intelectual; penetrará hasta lo más profundo de nuestro ser. Mediante una simple adhesión intelectual, hoy podemos aceptar muchas ideas absurdas y cambiar por completo de opinión mañana. Pero la verdadera religión nunca cambia. La religión es realización; no son palabras, ni una doctrina, ni teorías, por hermosas que sean. Es ser y llegar a ser, no escuchar ni reconocer; es toda el alma transformándose en aquello que cree. Eso es la religión.