(Pronunciado en América)
Según la filosofía Advaita, solo hay una cosa real en el universo, a la que llama Brahman; todo lo demás es irreal, manifestado y producido a partir de Brahman por el poder de Mâyâ. Nuestro objetivo es volver a ese Brahman. Cada uno de nosotros es ese Brahman, esa Realidad, con esta Mâyâ añadida. Si podemos deshacernos de esta Mâyâ o ignorancia, entonces nos convertimos en lo que realmente somos. Según esta filosofía, cada ser humano consta de tres partes: el cuerpo, el órgano interno o la mente y, detrás de este, lo que se llama el Ātman, el Ser. El cuerpo es la envoltura exterior y la mente la envoltura interior del Ātman, que es el verdadero perceptor, el verdadero disfrutador, el ser que está en el cuerpo y lo hace actuar por medio del órgano interno o de la mente.
Según la filosofía Advaita, solo hay una cosa real en el universo, a la que llama Brahman; todo lo demás es irreal, manifestado y producido a partir de Brahman por el poder de Mâyâ. Nuestro objetivo es volver a ese Brahman. Cada uno de nosotros es ese Brahman, esa Realidad, con esta Mâyâ añadida. Si podemos deshacernos de esta Mâyâ o ignorancia, entonces nos convertimos en lo que realmente somos. Según esta filosofía, cada ser humano consta de tres partes: el cuerpo, el órgano interno o la mente y, detrás de este, lo que se llama el Ātman, el Ser. El cuerpo es la envoltura exterior y la mente la envoltura interior del Ātman, que es el verdadero perceptor, el verdadero disfrutador, el ser que está en el cuerpo y lo hace actuar por medio del órgano interno o de la mente.
El Ātman es la única existencia inmaterial en el cuerpo humano. Como es inmaterial, no puede ser un compuesto y, como no es un compuesto, no está sujeto a la ley de causa y efecto; por lo tanto, es inmortal. Lo que es inmortal no puede tener un comienzo, pues todo lo que comienza debe terminar. De ello se desprende también que debe carecer de forma; ninguna forma puede existir sin materia. Todo lo que tiene forma debe tener un comienzo y un fin. Ninguno de nosotros ha visto una forma que no haya tenido un comienzo y no vaya a tener un fin. Una forma es el resultado de una combinación de fuerza y materia. Esta silla tiene una forma particular, es decir, cierta cantidad de materia está sometida a cierta fuerza y adopta una forma determinada. Esta forma es el resultado de una combinación de materia y fuerza. La combinación no puede ser eterna; necesariamente llega un momento en que toda combinación se disuelve. Por lo tanto, todas las formas tienen un comienzo y un fin. Sabemos que nuestro cuerpo perecerá; tuvo un comienzo y tendrá un fin. Pero el Ser, al carecer de forma, no puede estar sujeto a la ley del comienzo y del fin. Existe desde un tiempo infinito; así como el tiempo es eterno, el Ser del hombre es eterno. En segundo lugar, debe ser omnipresente. Solo la forma está condicionada y limitada por el espacio; lo que carece de forma no puede estar circunscrito por el espacio. Así, según el Advaita Vedanta, el Ser, el Ātman, en usted, en mí, en cada persona, es omnipresente. Usted está tanto en el sol ahora como en esta Tierra, tanto en Inglaterra como en América. Pero el Ser actúa por medio de la mente y el cuerpo, y su acción se manifiesta allí donde estos se encuentran.
Cada obra que realizamos, cada pensamiento que tenemos produce una impresión, llamada Samskâra en sánscrito, en la mente, y la suma de estas impresiones se convierte en la inmensa fuerza llamada «carácter». El carácter de un hombre es lo que él mismo se ha creado; es el resultado de las acciones mentales y físicas que ha realizado a lo largo de su vida. La suma de los Samskaras es la fuerza que da al hombre su siguiente dirección después de la muerte. Un hombre muere; el cuerpo cae y vuelve a los elementos; pero los Samskaras permanecen, unidos a la mente, que, al estar hecha de una materia sutil, no se disuelve, pues cuanto más sutil es la materia, más persiste. Pero la mente también se disuelve con el tiempo, y eso es lo que anhelamos. A este respecto, la mejor imagen que me viene a la mente es la de un remolino. Corrientes de aire provenientes de distintas direcciones se encuentran y, en el punto donde confluyen, se unen y comienzan a girar; al girar, forman una masa de polvo, que atrae trozos de papel, paja, etc., hacia un lugar, para luego dejarlos caer y seguir su camino hacia otro sitio; así continúan girando, levantando y formando cuerpos con los materiales que encuentran a su paso. Del mismo modo, las fuerzas llamadas Prâna en sánscrito se reúnen y forman el cuerpo y la mente a partir de la materia, y luego siguen moviéndose hasta que el cuerpo cae; entonces levantan otros materiales para formar otro cuerpo, y cuando este cae, aparece otro; el proceso continúa así. La fuerza no puede viajar sin materia. Así, cuando el cuerpo cae, la sustancia mental permanece, con el Prana actuando sobre ella en forma de Samskaras; luego sigue su camino hacia otro lugar, allí levanta un nuevo remolino a partir de materiales frescos y comienza un nuevo movimiento; viaja así de un lugar a otro hasta que toda la fuerza se agota; entonces cae y se extingue. Así, cuando la mente llegue a su fin, se desintegre por completo sin dejar ningún Samskara, seremos perfectamente libres; hasta entonces, estamos sujetos; hasta entonces, el ātman está velado por el remolino de la mente y se imagina que es arrastrado de un lugar a otro. Cuando el remolino se desvanece, el ātman descubre que es omnipresente. Puede ir adonde quiera, es perfectamente libre y puede crear tantas mentes o cuerpos como desee; pero hasta entonces, solo puede avanzar con el remolino. Esta libertad es la meta hacia la que todos tendemos.
Supongamos que hay una pelota en esta habitación y que cada uno de nosotros tiene un mazo en la mano. Empezamos a golpear la pelota, dándole cientos de golpes y empujándola de un lugar a otro, hasta que finalmente sale volando de la habitación. ¿Con qué fuerza y en qué dirección saldrá? Eso lo determinarán las fuerzas que hayan actuado sobre ella a lo largo de su recorrido por la habitación. Todos los diferentes golpes que haya recibido habrán producido sus efectos. Cada una de nuestras acciones, mentales y físicas, es un golpe de ese tipo. La mente humana es una pelota a la que golpean. Nos sacuden constantemente en esta habitación que es el mundo, y la fuerza de todos esos golpes determina cómo salimos. En cada caso, la velocidad y la dirección de la pelota están determinadas por los golpes que ha recibido; del mismo modo, todas nuestras acciones en este mundo determinarán nuestro nacimiento futuro. Por lo tanto, nuestro nacimiento presente es el resultado de nuestro pasado. He aquí un ejemplo: supongamos que le doy una cadena sin fin, compuesta alternativamente por un eslabón negro y uno blanco, sin principio ni fin, y le pregunto cuál es la naturaleza de esa cadena. Al principio le costará determinarlo, puesto que la cadena es infinita en ambos extremos, pero poco a poco acabará comprendiendo que se trata de una cadena. Pronto descubrirá que esta cadena infinita es la repetición de los dos eslabones, el negro y el blanco, y que su multiplicación hasta el infinito forma una cadena completa. Si conoce la naturaleza de uno de esos eslabones, conoce la de toda la cadena, porque es una repetición perfecta. Todas nuestras vidas, pasadas, presentes y futuras, forman, por así decirlo, una cadena infinita, sin principio ni fin, cuyo eslabón es una vida con dos extremos: el nacimiento y la muerte. Lo que somos y lo que hacemos aquí se repite una y otra vez, con muy pocas variaciones. Así pues, si conocemos esos dos eslabones, conoceremos todos los pasos que tendremos que dar en este mundo. Vemos, entonces, que nuestro paso por este mundo ha sido determinado exactamente por nuestros pasos anteriores. Del mismo modo, estamos en este mundo por nuestras propias acciones. Así como salimos de él llevando con nosotros la suma total de nuestras acciones presentes, vemos que entramos en él llevando la suma total de nuestras acciones pasadas; lo que nos hace salir de él es exactamente lo que nos hace entrar. ¿Qué nos hace entrar en él? Nuestros actos pasados. ¿Qué nos hace salir de él? Nuestros propios actos aquí, y así sucesivamente, indefinidamente. Como la oruga que saca el hilo de su propia boca y teje su capullo, para acabar encerrada en su interior, nos hemos atado con nuestras propias acciones, hemos tejido a nuestro alrededor la red de nuestras acciones. Hemos puesto en marcha la ley de causalidad, y nos resulta difícil escapar de ella. Hemos puesto la rueda en movimiento, y nos aplasta con su peso. Esta filosofía nos enseña, por tanto, que estamos invariablemente ligados por nuestras propias acciones, buenas o malas.
El Ātman no viene ni se va, nunca nace ni muere. Es la naturaleza la que se mueve delante del Ātman, y el reflejo de ese movimiento se proyecta sobre el Ātman; el Ātman, en su ignorancia, cree entonces que es él quien se mueve, y no la naturaleza. Cuando el Ātman lo cree, está en servidumbre; pero cuando descubre que nunca se mueve, que es omnipresente, entonces llega la libertad. Al Ātman en servidumbre se le llama Jiva. Así, usted ve que, cuando se dice que el Ātman viene y se va, solo se dice para facilitar la comprensión, del mismo modo que, para estudiar la astronomía con más comodidad, se le pide que suponga que el sol gira alrededor de la tierra, aunque no sea así. Así, el Jiva, el alma, pasa a estados superiores o inferiores. Esta es la conocida ley de la reencarnación, y esta ley rige toda la creación. En este país, la gente considera demasiado horrible que el hombre pueda provenir de un animal. ¿Por qué? ¿Qué será de esos millones de animales? ¿No son nada? Si nosotros tenemos un alma, ellos también la tienen; y si ellos no la tienen, nosotros tampoco. Es absurdo decir que solo el hombre tiene un alma y que los animales no tienen ninguna. He visto hombres peores que los animales.
El alma humana ha habitado formas inferiores y superiores, migrando de una a otra según los Samskaras, o impresiones; pero solo en la forma más elevada, la del hombre, alcanza la libertad. La forma humana es superior incluso a la forma angélica, y es la más elevada de todas las formas; el hombre es el ser más elevado de la creación porque alcanza la libertad.
El alma humana ha habitado formas inferiores y superiores, migrando de una a otra según los Samskaras, o impresiones; pero solo en la forma más elevada, la del hombre, alcanza la libertad. La forma humana es superior incluso a la forma angélica, y es la más elevada de todas las formas; el hombre es el ser más elevado de la creación porque alcanza la libertad.
Todo este universo estaba en Brahman y, por así decirlo, fue proyectado fuera de Él; desde entonces, sigue moviéndose para regresar a la fuente de la que fue proyectado, como la electricidad que sale de la dinamo, completa el circuito y vuelve a ella. Lo mismo ocurre con el alma. Proyectada fuera de Brahman, ha atravesado toda clase de formas vegetales y animales, y finalmente se encuentra en el ser humano, que es lo que más se acerca a Brahman. El gran esfuerzo de la vida consiste en regresar a Brahman, de quien fuimos proyectados. Poco importa que las personas lo sepan o no. En el universo, todos los movimientos que observamos, todas las luchas de los minerales, las plantas o los animales, son esfuerzos por regresar al centro y recuperar el reposo. Había un equilibrio que fue destruido; todas las partes, todos los átomos y todas las moléculas se esfuerzan por recuperar su equilibrio perdido. En esta lucha, se unen y se recomponen, dando origen a todos los maravillosos fenómenos de la naturaleza. Todas las luchas y competencias en la vida animal, en la vida vegetal y en todas partes, todas las luchas sociales y las guerras no son más que expresiones de esta lucha eterna por recuperar ese equilibrio.
El paso del nacimiento a la muerte, este viaje, es lo que en sánscrito se llama Samsara, literalmente el ciclo de los nacimientos y las muertes. Toda la creación, al atravesar este ciclo, tarde o temprano acabará siendo libre. Uno puede preguntarse: si todos debemos alcanzar la libertad, ¿por qué luchar para obtenerla? Si todos han de ser libres, sentémonos y esperemos. Es cierto que todo ser llegará a ser libre, tarde o temprano; nadie puede perderse. Nada puede ser aniquilado; todo debe elevarse. Si es así, ¿para qué luchar? En primer lugar, la lucha es el único medio que nos conducirá al centro; en segundo lugar, no sabemos por qué luchamos. Nos vemos obligados a ello. «Entre miles de hombres, algunos despiertan a la idea de que llegarán a ser libres». Las grandes masas de la humanidad se contentan con las cosas materiales, pero algunos despiertan y quieren regresar; están hartos de este juego aquí abajo. Esos luchan conscientemente, mientras que los demás lo hacen inconscientemente.
El alfa y el omega de la filosofía del Vedanta consisten en «renunciar al mundo», en renunciar a lo irreal y tomar lo real. Quienes están apegados al mundo pueden preguntar: «¿Por qué deberíamos intentar salir de él, regresar al centro? Admitamos que todos hemos venido de Dios, pero encontramos este mundo agradable y placentero; ¿por qué no habríamos de procurar obtener cada vez más de él? ¿Por qué intentar salir de él?». Dicen: miren los maravillosos progresos que se realizan cada día en el mundo, todo el lujo que se fabrica en él. Es muy agradable. ¿Por qué irnos y esforzarnos por alcanzar algo que no es esto? La respuesta es que el mundo está destinado a perecer, a quedar reducido a pedazos, y que hemos disfrutado de los mismos placeres muchas veces. Todas las formas que vemos ahora se han manifestado una y otra vez, y el mundo en el que vivimos ya ha existido muchas veces. Yo ya he estado aquí y les he hablado muchas veces. Comprenderán que debe ser así, y ya han oído muchas veces las palabras a las que acaban de prestar atención. Y muchas veces más sucederá lo mismo. Las almas nunca han sido diferentes; los cuerpos no han dejado de disolverse y reaparecer. En segundo lugar, estas cosas ocurren periódicamente. Supongamos que tenemos aquí tres o cuatro dados y que, al lanzarlos, uno cae en cinco, otro en cuatro, otro en tres y otro en dos. Si siguen lanzándolos, necesariamente llegará el momento en que vuelvan a salir esos mismos números. Sigan lanzando los dados: por largo que sea el intervalo, esos números acabarán repitiéndose. No se puede afirmar cuántos lanzamientos tendrán que hacerse para que reaparezcan; esa es la ley del azar. Lo mismo ocurre con las almas y sus asociaciones. Por distantes que sean los períodos, las mismas combinaciones y disoluciones volverán a producirse una y otra vez. El mismo nacimiento, el hecho de comer y beber, y luego la muerte, vuelven una y otra vez. Algunos no encuentran nada más elevado que los placeres del mundo, pero quienes quieren elevarse más descubren que esos placeres nunca son definitivos y que solo son pasajeros.
Toda forma, digamos, desde el pequeño gusano hasta el ser humano, se parece a una de las cabinas de la gran rueda de Chicago, que gira sin parar mientras sus ocupantes cambian. Un hombre sube a una cabina, acompaña a la rueda en su movimiento y luego baja de ella. La rueda, por su parte, sigue girando. Un alma entra en una forma, permanece allí durante algún tiempo y luego la abandona para entrar en otra, que a su vez deja para pasar a una tercera. Así, el ciclo continúa hasta que sale de la rueda y se vuelve libre.
En todos los países y en todas las épocas se han conocido facultades asombrosas que permiten leer el pasado y el futuro de la vida de un hombre. Esto se explica porque, mientras el Ser se encuentra en el ámbito de la causalidad —aunque su libertad inherente no se haya perdido por completo y pueda afirmarse, hasta el punto incluso de sustraer al alma de la cadena causal, como ocurre con quienes se vuelven libres—, sus acciones están fuertemente influidas por la ley de causalidad. Así, quienes poseen la perspicacia necesaria para seguir la cadena de los efectos pueden discernir el pasado y el futuro.
Mientras haya deseo o carencia, eso es una señal segura de imperfección. Un ser perfecto y libre no puede tener ningún deseo. Dios no puede desear nada. Si deseara, no podría ser Dios. Sería imperfecto. Así pues, todo lo que se dice acerca de Dios deseando esto o aquello y pasando de la ira a la satisfacción no es más que un discurso infantil y no significa nada. Por eso, todos los maestros han enseñado: «No desees nada, renuncia a todos los deseos y permanece perfectamente satisfecho».
En todos los países y en todas las épocas se han conocido facultades asombrosas que permiten leer el pasado y el futuro de la vida de un hombre. Esto se explica porque, mientras el Ser se encuentra en el ámbito de la causalidad —aunque su libertad inherente no se haya perdido por completo y pueda afirmarse, hasta el punto incluso de sustraer al alma de la cadena causal, como ocurre con quienes se vuelven libres—, sus acciones están fuertemente influidas por la ley de causalidad. Así, quienes poseen la perspicacia necesaria para seguir la cadena de los efectos pueden discernir el pasado y el futuro.
Mientras haya deseo o carencia, eso es una señal segura de imperfección. Un ser perfecto y libre no puede tener ningún deseo. Dios no puede desear nada. Si deseara, no podría ser Dios. Sería imperfecto. Así pues, todo lo que se dice acerca de Dios deseando esto o aquello y pasando de la ira a la satisfacción no es más que un discurso infantil y no significa nada. Por eso, todos los maestros han enseñado: «No desees nada, renuncia a todos los deseos y permanece perfectamente satisfecho».
Un niño llega al mundo gateando y sin dientes, y el anciano lo deja sin dientes y gateando. Los extremos se parecen, pero uno no tiene experiencia de la vida que le espera, mientras que el otro ha atravesado toda esa vida. Cuando las vibraciones del éter son muy débiles, no vemos la luz: es la oscuridad; cuando son muy intensas, el resultado también es la oscuridad. Los extremos suelen parecer idénticos, aunque uno esté tan lejos del otro como los polos. La pared no tiene deseos, y el hombre perfecto tampoco. Pero la pared no es lo bastante sensible para desear, mientras que el hombre perfecto no tiene nada que desear. Hay idiotas que no tienen ningún deseo en este mundo porque su cerebro es imperfecto. Al mismo tiempo, el estado más elevado es aquel en el que no tenemos ningún deseo, pero estos dos estados son los polos opuestos de una misma existencia. Uno está cerca del animal; el otro, de Dios.