Hinduismo

Discursos en el Parlamento de las Religiones — Exposición sobre el hinduismo

Hoy existen en el mundo tres religiones que nos han llegado desde tiempos prehistóricos: el hinduismo, el zoroastrismo y el judaísmo. Todas han sufrido terribles sacudidas y demuestran, con su supervivencia, su fuerza interior. Pero mientras que el judaísmo no logró absorber el cristianismo y fue expulsado de su lugar de nacimiento por su hija, que lo conquistó todo, y un puñado de parsis es todo lo que queda para dar testimonio de la grandeza de su religión, secta tras secta surgió en la India y pareció sacudir hasta sus cimientos la religión de los Vedas; pero, como las aguas de la costa durante un terrible terremoto, solo se retiró por un tiempo, antes de regresar en una marea que lo absorbió todo, mil veces más vigorosa, y, cuando pasó el tumulto de aquella arremetida, todas esas sectas fueron arrastradas, absorbidas y asimiladas por el inmenso cuerpo de la fe madre.
Desde los más elevados impulsos espirituales de la filosofía del Vedānta, cuyas más recientes revelaciones parecen encontrar eco en los descubrimientos de la ciencia, hasta las más bajas concepciones de la idolatría y su mitología exuberante, pasando por el agnosticismo de los budistas y el ateísmo de los jainistas, todas estas corrientes encuentran su lugar en la religión del hindú.
¿Dónde se encuentra, entonces, el centro común hacia el que convergen todos estos rayos que divergen tan ampliamente? ¿Cuál es la base común sobre la que descansan todas estas contradicciones aparentemente irreconciliables? Esta es la pregunta que voy a intentar responder.
Los hindúes recibieron su religión por revelación: los Vedas. Consideran que los Vedas no tienen principio ni fin. A este auditorio puede parecerle absurdo que un libro no tenga principio ni fin. Pero por los Vedas no se entiende ningún libro. Se entiende la acumulación de las leyes espirituales descubiertas por diferentes personas en diferentes épocas. Así como la ley de la gravitación existía antes de que se descubriera y seguiría existiendo aunque toda la humanidad la olvidara, lo mismo ocurre con las leyes que rigen el mundo espiritual. Las relaciones morales, éticas y espirituales entre alma y alma, y entre los espíritus individuales y el Padre de todos los espíritus, existían antes de que se descubrieran y subsistirían incluso si las olvidáramos.
A quienes descubren estas leyes se les llama Rishis, y los honramos como seres realizados. Me alegra decir a este auditorio que algunas de las más grandes entre ellos eran mujeres. Aquí se podría decir que estas leyes, en cuanto leyes, pueden no tener fin, pero que deben haber tenido un principio. Los Vedas nos enseñan que la creación no tiene principio ni fin. La ciencia habría demostrado que la suma total de la energía cósmica es siempre la misma. Entonces, si hubo un tiempo en que nada existía, ¿dónde se encontraba toda esa energía manifestada? Algunos dicen que existía en estado potencial en Dios. En ese caso, Dios sería a veces potencial y a veces cinético, lo que lo haría cambiante. Todo lo que cambia es un compuesto, y todo compuesto debe sufrir ese cambio que llamamos destrucción. Por lo tanto, Dios moriría, lo cual es absurdo. Así pues, nunca hubo un tiempo en que la creación no existiera.
Si usted me permite una comparación, la creación y el Creador son dos líneas paralelas, sin principio ni fin. Dios es la providencia siempre activa, por cuyo poder surgen sistemas tras sistemas del caos, funcionan durante un tiempo y luego vuelven a ser destruidos. Esto es lo que el joven brāhmana repite cada día: «El Señor creó el sol y la luna a imagen de los soles y las lunas de los ciclos anteriores». Y esto concuerda con la ciencia moderna.
Aquí estoy de pie; si cierro los ojos e intento concebir mi existencia, «yo», «yo», «yo», ¿qué idea se me presenta? La idea de un cuerpo. ¿No soy, entonces, más que un conjunto de sustancias materiales? Los Vedas declaran: «No». Soy un espíritu que vive en un cuerpo. No soy el cuerpo. El cuerpo morirá, pero yo no moriré. Estoy aquí en este cuerpo; este caerá, pero yo seguiré viviendo. También he tenido un pasado. El alma no ha sido creada, pues la creación significa una combinación, que implica una futura disolución. Por lo tanto, si el alma ha sido creada, debe morir. Algunos nacen felices, gozan de una salud perfecta, tienen un cuerpo hermoso, gran vigor mental y todas sus necesidades satisfechas. Otros nacen miserables; algunos carecen de manos o pies, otros son idiotas y no hacen más que arrastrar una existencia lamentable. ¿Por qué, si todos han sido creados, crea un Dios justo y misericordioso a uno feliz y a otro desdichado? ¿Por qué es tan parcial? Y no se solucionaría nada afirmando que quienes son desdichados en esta vida serán felices en una vida futura. ¿Por qué debería ser desdichado un hombre, incluso aquí, bajo el reinado de un Dios justo y misericordioso?
En segundo lugar, la idea de un Dios creador no explica esta anomalía, sino que expresa simplemente el cruel decreto de un ser todopoderoso. Por tanto, debió de haber causas anteriores a su nacimiento para hacer que un hombre fuera desdichado o feliz, y esas causas fueron sus acciones pasadas.
¿No se explican todas las tendencias de la mente y del cuerpo por aptitudes heredadas? Aquí tenemos dos líneas paralelas de existencia: una correspondiente a la mente y otra a la materia. Si la materia y sus transformaciones dan cuenta de todo lo que somos, no es necesario suponer la existencia de un alma. Pero es imposible demostrar que el pensamiento haya evolucionado a partir de la materia; y si el monismo filosófico es inevitable, el monismo espiritual es sin duda lógico y no menos deseable que el monismo materialista; pero aquí ninguno de los dos es necesario.
No podemos negar que los cuerpos adquieren ciertas tendencias por herencia, pero estas tendencias solo determinan la configuración física, a través de la cual únicamente una mente particular puede actuar de una manera particular. Existen otras tendencias propias de un alma, causadas por sus acciones pasadas. Y un alma dotada de cierta tendencia nacería, por las leyes de la afinidad, en un cuerpo que sería el instrumento mejor adaptado para manifestar esa tendencia. Esto concuerda con la ciencia, pues la ciencia quiere explicarlo todo mediante el hábito, y el hábito se adquiere por repetición. Por tanto, las repeticiones son necesarias para explicar los hábitos naturales de un alma recién nacida. Y puesto que no se formaron en esta vida presente, deben provenir de vidas anteriores.
Hay otra objeción. Admitiendo todo esto, ¿cómo es que no recuerdo nada de mi vida pasada? Es fácil de explicar. Ahora hablo inglés. No es mi lengua materna; de hecho, en este momento no me viene a la conciencia ninguna palabra de mi lengua materna. Pero basta con que intente hacerlas aflorar para que acudan en tropel. Esto demuestra que la conciencia es solo la superficie del océano de la mente, y que todas nuestras experiencias se conservan en sus profundidades. Inténtelo y haga el esfuerzo: aflorarán, y tendrá conciencia incluso de su vida pasada.
Esta es una prueba directa y concluyente. La verificación es la prueba perfecta de una teoría, y este es el desafío que los Rishis lanzan al mundo. Hemos descubierto el secreto para agitar las profundidades mismas del océano de la memoria: inténtelo, y recuperará por completo el recuerdo de su vida pasada.
Así pues, el hindú cree que es un espíritu. La espada no puede atravesarlo, el fuego no puede quemarlo, el agua no puede mojarlo, el aire no puede secarlo. El hindú cree que cada alma es un círculo cuya circunferencia no está en ninguna parte, pero cuyo centro se encuentra en el cuerpo, y que la muerte significa el desplazamiento de ese centro de un cuerpo a otro. El alma tampoco está sujeta a las condiciones de la materia. En su esencia misma, es libre, ilimitada, santa, pura y perfecta. Pero, de algún modo, está ligada a la materia y se cree materia.
¿Por qué el ser libre, perfecto y puro estaría así bajo el dominio de la materia? Esta es la siguiente pregunta. ¿Cómo puede el alma perfecta ser engañada hasta el punto de creer que es imperfecta? Se nos ha dicho que los hindúes eluden la pregunta y afirman que una pregunta así no puede plantearse. Algunos pensadores intentan responderla postulando uno o varios seres casi perfectos, y recurren a grandes nombres científicos para llenar el vacío. Pero nombrar no es explicar. La pregunta sigue siendo la misma. ¿Cómo puede lo perfecto convertirse en casi perfecto? ¿Cómo puede lo puro, lo absoluto, modificar siquiera una partícula microscópica de su naturaleza? Pero el hindú es sincero. No quiere refugiarse tras sofismas. Es lo bastante valiente como para afrontar la pregunta con dignidad; y su respuesta es: «No lo sé. No sé cómo el ser perfecto, el alma, llegó a creerse imperfecta, unida a la materia y condicionada por ella». El hecho sigue siendo un hecho. Es un hecho, en la conciencia de cada uno, que uno mismo se cree el cuerpo. El hindú no intenta explicar por qué uno se cree el cuerpo. Responder que es la voluntad de Dios no es una explicación. Simplemente equivale a decir, como hace el hindú: «No lo sé».
Así pues, el alma humana es eterna e inmortal, perfecta e infinita, y la muerte no significa más que el traslado del centro de un cuerpo a otro. El presente está determinado por nuestras acciones pasadas, y el futuro, por el presente. El alma seguirá evolucionando hacia arriba o retrocediendo, de nacimiento en nacimiento y de muerte en muerte. Pero aquí surge otra pregunta: ¿es el hombre una pequeña barca en medio de la tempestad, alzada por un instante sobre la cresta espumosa de una ola y, al instante siguiente, precipitada en el abismo abierto, zarandeada a merced de las buenas y las malas acciones —un naufragio impotente y desamparado, arrastrado por una corriente de causas y efectos que ruge y avanza sin detenerse jamás; una pequeña polilla colocada bajo la rueda de la causalidad, que avanza aplastándolo todo a su paso y no se detiene ante las lágrimas de la viuda ni los gritos del huérfano? El corazón se encoge ante esta idea y, sin embargo, tal es la ley de la Naturaleza. ¿No hay esperanza? ¿No hay escapatoria? —tal fue el grito que surgió de las profundidades de un corazón desesperado. Llegó hasta el trono de la misericordia, y descendieron palabras de esperanza y consuelo, que inspiraron a un sabio védico, quien se puso de pie ante el mundo y proclamó a viva voz esta feliz noticia: «¡Escuchen, hijos de la dicha inmortal! ¡También ustedes, que habitan en las esferas superiores! He encontrado al Anciano, que está más allá de toda oscuridad y de toda ilusión: con solo conocerlo a Él, escaparán de la muerte, una y otra vez». «Hijos de la dicha inmortal»: ¡qué nombre tan dulce, qué nombre tan lleno de esperanza! Permítanme llamarlos, hermanos, con este dulce nombre: herederos de la dicha inmortal. Sí, el hindú se niega a llamarlos pecadores. Ustedes son hijos de Dios, partícipes de la dicha inmortal, seres santos y perfectos. ¡Ustedes, divinidades en la tierra: pecadores! Llamar así a un hombre es un pecado; es una calumnia permanente contra la naturaleza humana. Levántense, ¡oh, leones!, y sacúdanse la ilusión que les hace creer que son ovejas; son almas inmortales, espíritus libres, dichosos y eternos; no son materia, no son cuerpos; la materia es su sirvienta, ustedes no son siervos de la materia.
Así, los Vedas no proclaman una espantosa combinación de leyes implacables, ni una prisión interminable de causa y efecto, sino que, a la cabeza de todas estas leyes, en cada partícula de materia y de fuerza y a través de ellas, se encuentra el Uno, «por cuya orden sopla el viento, arde el fuego, las nubes derraman la lluvia y la muerte ronda por la tierra».
¿Cuál es Su naturaleza?
Él está en todas partes, el Uno puro y sin forma, el Todopoderoso y el Todomisericordioso. «Tú eres nuestro padre, Tú eres nuestra madre, Tú eres nuestro amigo amado, Tú eres la fuente de toda fuerza; danos fuerza. Tú eres quien sostiene el peso del universo; ayúdame a llevar el pequeño peso de esta vida». Así cantaban los Rishis de los Vedas. ¿Y cómo adorarlo? Con amor. «Hay que adorarlo como al único amado, más querido que todo en esta vida y en la próxima».
Esta es la doctrina del amor proclamada en los Vedas; veamos cómo Krishna, a quien los hindúes creen que es Dios encarnado en la tierra, la desarrolla plenamente y la enseña.
Enseñó que un hombre debe vivir en este mundo como una hoja de loto, que crece en el agua sin mojarse nunca; así, un hombre debe vivir en el mundo, con el corazón vuelto hacia Dios y las manos trabajando.
Es bueno amar a Dios con la esperanza de obtener una recompensa en este mundo o en el otro, pero es mejor amarlo por el amor mismo, y la oración dice: «Señor, no deseo riquezas, ni hijos, ni conocimiento. Si es Tu voluntad que vaya de nacimiento en nacimiento, que así sea, pero concédeme esto: que pueda amarte sin esperanza de recompensa —amar desinteresadamente, por el amor mismo». Uno de los discípulos de Krishna, entonces emperador de la India, fue expulsado de su reino por sus enemigos y tuvo que refugiarse con su reina en un bosque del Himalaya. Un día, la reina le preguntó cómo era posible que él, el más virtuoso de los hombres, sufriera tantas desgracias. Yudhishthira respondió: «Mira, reina mía, el Himalaya: ¡qué majestuoso y hermoso es! Lo amo. No me da nada, pero mi naturaleza es amar lo que es majestuoso y hermoso; por eso lo amo. Del mismo modo, amo al Señor. Él es la fuente de toda belleza, de toda grandeza. Es el único objeto digno de ser amado; mi naturaleza es amarlo, y por eso lo amo. No rezo por nada; no pido nada. Que Él me ponga donde le plazca. Debo amarlo por el amor mismo. No puedo comerciar con el amor».
Los Vedas enseñan que el alma es divina, pero está retenida en la esclavitud de la materia; la perfección se alcanzará cuando se rompa ese vínculo, y la palabra que emplean para designarla es, por tanto, Mukti: la libertad, la libertad de las cadenas de la imperfección, la libertad de la muerte y del sufrimiento.
Esta esclavitud solo puede deshacerse por la gracia de Dios, y esa gracia llega a los seres puros. La pureza es, por tanto, la condición de su gracia. ¿Cómo actúa esta gracia? Él se revela al corazón puro; los seres puros e inmaculados ven a Dios, sí, incluso en esta vida; entonces, y solo entonces, toda la tortuosidad del corazón se endereza. Entonces cesan todas las dudas. Uno ya no es el juguete de una terrible ley de causalidad. Este es el centro mismo, la concepción vital misma del hinduismo. El hindú no quiere vivir de palabras y teorías. Si existen realidades más allá de la existencia ordinaria de los sentidos, quiere encontrarse cara a cara con ellas. Si hay en uno mismo un alma que no es materia, si existe un Alma universal e infinitamente misericordiosa, irá directamente a ella. Debe verla, y solo eso puede destruir todas las dudas. Así, la mejor prueba que un sabio hindú ofrece acerca del alma y de Dios es: «He visto el alma; he visto a Dios». Y esta es la única condición de la perfección. La religión hindú no consiste en luchar y esforzarse por creer en una doctrina o un dogma, sino en realizar: no en creer, sino en ser y llegar a ser.
Así pues, el objetivo íntegro de su sistema es esforzarse constantemente por llegar a ser perfectos, llegar a ser divinos, alcanzar a Dios y ver a Dios; alcanzar a Dios, ver a Dios, llegar a ser perfectos como el Padre celestial es perfecto: eso es lo que constituye la religión de los hindúes.
¿Y qué le sucede a un hombre cuando alcanza la perfección? Lleva una vida de dicha infinita. Disfruta de una dicha infinita y perfecta, habiendo obtenido lo único de lo que el hombre debe obtener placer, es decir, Dios, y disfruta de esa dicha con Dios.
Hasta aquí, todos los hindúes están de acuerdo. Esta es la religión común a todas las sectas de la India; pero la perfección es absoluta, y lo absoluto no puede ser ni dos ni tres. No puede tener ninguna cualidad. No puede ser un individuo. Así pues, cuando un alma llega a ser perfecta y absoluta, debe hacerse una con Brahman, y solo reconocerá al Señor como la perfección, la realidad de su propia naturaleza y de su existencia: existencia absoluta, conocimiento absoluto y dicha absoluta. A menudo hemos leído que esto se llamaba la pérdida de la individualidad y el hecho de llegar a ser un tronco o una piedra.
«Se burla de las cicatrices quien nunca conoció una herida».
Les digo que no es así. Si es feliz disfrutando de la conciencia de este pequeño cuerpo, debe ser aún más feliz disfrutando de la conciencia de dos cuerpos; la medida de la felicidad aumenta con la conciencia de un número cada vez mayor de cuerpos, y la felicidad alcanza su objetivo último cuando se convierte en conciencia universal.
Por lo tanto, para alcanzar esta individualidad universal infinita, esta miserable y pequeña individualidad-prisión debe desaparecer. Solo entonces puede cesar la muerte, cuando no soy más que uno con la vida; solo entonces puede cesar el sufrimiento, cuando no soy más que uno con la felicidad misma; solo entonces pueden cesar todos los errores, cuando no soy más que uno con el conocimiento mismo; esta es la conclusión científica necesaria. La ciencia me ha demostrado que la individualidad física es una ilusión, que mi cuerpo no es, en realidad, más que un pequeño cuerpo en cambio continuo, dentro de un océano ininterrumpido de materia; y el Advaita (la unidad) es la conclusión necesaria con respecto a mi otra contraparte, el alma.
La ciencia no es más que el descubrimiento de la unidad. En cuanto la ciencia alcanzara la unidad perfecta, dejaría de progresar, pues habría alcanzado su objetivo. Así, la química no podría avanzar más cuando hubiera descubierto un elemento a partir del cual pudieran formarse todos los demás. La física se detendría cuando hubiera llegado a descubrir una energía de la que todas las demás no son más que manifestaciones, y la ciencia de la religión se volvería perfecta cuando descubriera a Aquel que es la única vida en un universo de muerte, a Aquel que es el fundamento constante de un mundo en perpetuo cambio, a Aquel que es la única Alma de la que todas las almas no son más que manifestaciones ilusorias. Así, a través de la multiplicidad y la dualidad, se alcanza la unidad última. La religión no puede ir más allá. Este es el objetivo de toda ciencia.
Toda ciencia está destinada, tarde o temprano, a llegar a esta conclusión. Hoy, el término de la ciencia es «manifestación», y no «creación», y el hindú se alegra simplemente de que aquello que ha apreciado en su corazón durante siglos se enseñe en un lenguaje más convincente, iluminado además por las últimas conclusiones de la ciencia.
Dejemos ahora las aspiraciones de la filosofía para abordar la religión de los ignorantes. De entrada, puedo decirles que en la India no hay politeísmo. En cualquier templo, si uno se detiene a escuchar, encontrará a los fieles atribuyendo a las imágenes todos los atributos de Dios, incluida la omnipresencia. Esto no es politeísmo, y el término henoteísmo tampoco explicaría la situación. «Una rosa, cualquiera que sea el nombre que se le dé, exhalará el mismo perfume». Los nombres no son explicaciones.
Recuerdo haber oído, cuando era niño, a un misionero cristiano predicar ante una multitud en la India. Entre las amables palabras que les dirigía, les dijo que, si golpeaba su ídolo con su bastón, ¿qué podría hacer este? Uno de sus oyentes le respondió secamente: «Si insulto a su Dios, ¿qué puede hacer Él?». «Usted será castigado después de su muerte», dijo el predicador. «Entonces mi ídolo lo castigará después de su muerte», replicó el hindú.
El árbol se conoce por sus frutos. Cuando he visto, entre aquellos a quienes llaman idólatras, a hombres como nunca he encontrado en ninguna otra parte, ni por su moralidad, ni por su espiritualidad, ni por su amor, me detengo y me pregunto: «¿Puede el pecado engendrar la santidad?»
La superstición es un gran enemigo del ser humano, pero el fanatismo es peor. ¿Por qué va un cristiano a la iglesia? ¿Por qué es sagrada la cruz? ¿Por qué se vuelve el rostro hacia el cielo al rezar? ¿Por qué hay tantas imágenes en la Iglesia católica? ¿Por qué tienen los protestantes tantas imágenes en la mente cuando rezan? Hermanos míos, no podemos pensar en nada sin una imagen mental, del mismo modo que no podemos vivir sin respirar. Según la ley de asociación, la imagen material evoca la idea mental, y viceversa. Por eso el hindú emplea un símbolo externo cuando adora. Les dirá que eso le ayuda a mantener la mente fija en el Ser al que dirige su oración. Sabe tan bien como usted que la imagen no es Dios, que no es omnipresente. Al fin y al cabo, ¿qué significa la omnipresencia para casi todo el mundo? No es más que una palabra, un símbolo. ¿Tiene Dios una superficie? Si no es así, cuando repetimos la palabra «omnipresente», pensamos en el inmenso cielo o en el espacio, y nada más.
Puesto que vemos que, de un modo u otro, las leyes de nuestra constitución mental nos obligan a asociar nuestras ideas de lo infinito con la imagen del cielo azul o del mar, asociamos naturalmente nuestra idea de santidad con la imagen de una iglesia, una mezquita o una cruz. Los hindúes han asociado la idea de santidad, pureza, verdad, omnipresencia y otras ideas semejantes con diversas imágenes y formas. Pero existe esta diferencia: mientras que algunos consagran toda su vida a su ídolo, la iglesia, y nunca se elevan más, porque para ellos la religión consiste en dar su asentimiento intelectual a ciertas doctrinas y hacer el bien a sus semejantes, toda la religión del hindú se centra en la realización. El ser humano debe volverse divino realizando lo divino. Los ídolos, los templos, las iglesias y los libros no son más que apoyos, ayudas de su infancia espiritual; pero debe avanzar cada vez más.
No debe detenerse en ningún punto. «El culto externo, el culto material, dicen las Escrituras, es la etapa más baja; el esfuerzo por elevarse más, la oración mental, constituye la etapa siguiente, pero la etapa más elevada es aquella en la que se ha realizado al Señor». Observe que el mismo hombre sincero que se arrodilla ante el ídolo le dice: «El Sol no puede expresarlo, ni la luna, ni las estrellas; el relámpago no puede expresarlo, ni lo que llamamos fuego; es por Él que brillan». Pero no denigra el ídolo de nadie ni califica su culto de pecado. Reconoce en él una etapa necesaria de la vida. «El niño es el padre del hombre». ¿Sería justo que un anciano dijera que la infancia es un pecado, o que la juventud es un pecado?
Si un hombre puede realizar su naturaleza divina con la ayuda de una imagen, ¿sería justo calificarlo de pecado? Incluso cuando ha superado esa etapa, no debería calificarla de error. Para el hindú, el hombre no pasa del error a la verdad, sino de verdad en verdad, de una verdad inferior a una verdad superior. A sus ojos, todas las religiones, desde el fetichismo más elemental hasta el absolutismo más elevado, representan otros tantos intentos del alma humana por comprender y realizar el Infinito, cada uno determinado por las condiciones de su nacimiento y de su entorno, y cada uno marcando una etapa del progreso; cada alma es un águila joven que se eleva cada vez más alto, ganando cada vez más fuerza, hasta alcanzar el Sol glorioso.
La unidad en la variedad es el propósito de la naturaleza, y el hindú lo ha reconocido. Toda otra religión establece ciertos dogmas fijos e intenta obligar a la sociedad a adoptarlos. Solo ofrece a la sociedad una prenda, que debe quedarle a Santiago, a Juan y a Enrique, a todos por igual. Si no les queda ni a Juan ni a Enrique, estos deben quedarse sin ropa para cubrirse el cuerpo. Los hindúes han descubierto que lo Absoluto solo puede realizarse, pensarse o expresarse mediante lo relativo, y que las imágenes, las cruces y las medias lunas no son más que símbolos: otros tantos soportes de los que penden las ideas espirituales. Esta ayuda no es necesaria para todo el mundo, pero quienes no la necesitan no tienen derecho a decir que es mala. Tampoco es obligatoria en el hinduismo.
Debo decirles una cosa. La idolatría en la India no tiene nada de horrible. No es la madre de las prostitutas. Al contrario, es el intento de espíritus poco desarrollados de captar altas verdades espirituales. Los hindúes tienen sus defectos, y a veces hacen excepciones; pero observen esto: siempre están dispuestos a castigar su propio cuerpo, nunca a degollar a sus vecinos. Si el fanático hindú se quema en la hoguera, nunca enciende el fuego de la Inquisición. Y ni siquiera esto puede imputarse a su religión, del mismo modo que no se pueden imputar a la cristiandad las hogueras de las brujas.
Para el hindú, entonces, el mundo entero de las religiones no es más que un camino, una progresión de hombres y mujeres, a través de diversas condiciones y circunstancias, hacia el mismo fin. Cada religión no hace sino elevar a un Dios a partir del hombre material, y ese mismo Dios las inspira a todas. ¿Por qué, entonces, tantas contradicciones? Solo son aparentes, responde el hindú. Las contradicciones provienen de la misma verdad, que se adapta a las circunstancias variables de distintas naturalezas.
Es la misma luz la que atraviesa vidrios de diferentes colores. Y estas ligeras variaciones son necesarias para permitir esa adaptación. Pero en el corazón de todas las cosas reina la misma verdad. El Señor declaró al hindú, en Su encarnación como Krishna: «Estoy en cada religión como el hilo que atraviesa un collar de perlas. Dondequiera que veas una santidad extraordinaria y un poder extraordinario que elevan y purifican a la humanidad, debes saber que Yo estoy allí». ¿Y cuál ha sido el resultado? Desafío al mundo a encontrar, en todo el sistema de la filosofía sánscrita, alguna afirmación según la cual solo el hindú se salvará y los demás no. Vyāsa dice: «Encontramos hombres perfectos incluso más allá de los límites de nuestra casta y de nuestra creencia». Una cosa más. ¿Cómo puede entonces el hindú, cuyo pensamiento entero está centrado en Dios, creer en el budismo, que es agnóstico, o en el jainismo, que es ateo?
Los budistas o los jainistas no dependen de Dios; pero toda la fuerza de su religión está dirigida a la gran verdad central de toda religión: hacer surgir un Dios del ser humano. No han visto al Padre, pero han visto al Hijo. Y quien ha visto al Hijo también ha visto al Padre.
Hermanos, este es un breve esbozo de las ideas religiosas de los hindúes. El hindú quizá no haya logrado realizar todos sus proyectos, pero, si algún día ha de existir una religión universal, deberá ser una religión que no tenga lugar ni en el espacio ni en el tiempo; que sea infinita como el Dios que predique, y cuyo sol brille tanto sobre los fieles de Krishna y de Cristo como sobre los santos y los pecadores; que no sea ni brahmánica ni budista, ni cristiana ni mahometana, sino la suma de todas estas religiones, dejando al mismo tiempo un espacio infinito para su desarrollo; que, en su carácter universal, acoja en sus brazos infinitos y encuentre un lugar para cada ser humano, desde el salvaje más vil y abyecto, apenas alejado de la bestia, hasta el hombre más elevado, que, por las virtudes de su mente y de su corazón, se eleva casi por encima de la humanidad, inspirando tal reverencia a la sociedad que esta llega a dudar de su naturaleza humana. Será una religión que no dará lugar a la persecución ni a la intolerancia en su régimen, que reconocerá la divinidad en cada hombre y cada mujer, y cuya única ambición, cuya única fuerza, consistirá en ayudar a la humanidad a realizar su verdadera naturaleza divina.
Ofrezcan una religión así, y todas las naciones los seguirán. El concilio de Aśoka fue un concilio de la fe budista. El de Akbar, aunque avanzó más en esa dirección, no fue más que una reunión de salón. Le correspondía a América proclamar a los cuatro rincones del mundo que el Señor está presente en cada religión.
¡Que Aquel que es el Brahman de los hindúes, el Ahura-Mazda de los zoroastrianos, el Buda de los budistas, el Jehová de los judíos, el Padre celestial de los cristianos, les dé la fuerza para poner en práctica su noble idea! La estrella se elevó en Oriente; prosiguió su curso hacia Occidente, a veces velada, a veces resplandeciente, hasta dar la vuelta al mundo; y ahora vuelve a elevarse en el mismo horizonte de Oriente, en los confines del Sanpo, mil veces más resplandeciente que nunca.
¡Salud a ti, Columbia, patria de la libertad! A ti, que nunca has empapado tu mano en la sangre de tu vecino, que nunca has descubierto que el medio más rápido de enriquecerse era despojar a tus vecinos, se te ha concedido marchar a la vanguardia de la civilización, llevando el estandarte de la armonía.

Fuente Swami Vivekananda, The Complete Works, Volume 1, en.wikisource.org — traduction I Choose Peace depuis l’anglais · Índice