El Parlamento de las Religiones del Mundo se ha convertido en una realidad, y el Padre misericordioso ha ayudado a quienes trabajaron para hacerlo realidad, coronando sus esfuerzos más desinteresados con el éxito.
Doy las gracias a esas almas nobles cuyos corazones generosos y amor a la verdad primero soñaron este maravilloso sueño y luego lo hicieron realidad. Doy las gracias a esta profusión de sentimientos liberales que inundó esta tribuna. Doy las gracias a su esclarecido auditorio por la constante benevolencia que me ha mostrado y por la acogida que ha brindado a todo pensamiento que tienda a apaciguar las fricciones entre las religiones. De vez en cuando, se han oído unas cuantas notas discordantes en esta armonía. Les doy las gracias muy especialmente, pues, por su marcado contraste, han hecho aún más dulce la armonía general.
Se ha hablado mucho del terreno común sobre el que descansa la unidad religiosa. No voy a arriesgarme, por ahora, a exponer mi propia teoría. Pero si alguien aquí espera que esta unidad nazca del triunfo de una religión y de la destrucción de las demás, le digo: «Hermano, tu esperanza es imposible». ¿Deseo que el cristiano se vuelva hindú? Dios no lo permita. ¿Deseo que el hindú o el budista se vuelva cristiano? Dios no lo permita.
Se pone la semilla en la tierra y se la rodea de tierra, aire y agua. ¿Se convierte la semilla en tierra, aire o agua? No. Se convierte en una planta, crece según las leyes de su propio crecimiento, asimila el aire, la tierra y el agua, los transforma en materia vegetal y crece hasta convertirse en una planta.
Doy las gracias a esas almas nobles cuyos corazones generosos y amor a la verdad primero soñaron este maravilloso sueño y luego lo hicieron realidad. Doy las gracias a esta profusión de sentimientos liberales que inundó esta tribuna. Doy las gracias a su esclarecido auditorio por la constante benevolencia que me ha mostrado y por la acogida que ha brindado a todo pensamiento que tienda a apaciguar las fricciones entre las religiones. De vez en cuando, se han oído unas cuantas notas discordantes en esta armonía. Les doy las gracias muy especialmente, pues, por su marcado contraste, han hecho aún más dulce la armonía general.
Se ha hablado mucho del terreno común sobre el que descansa la unidad religiosa. No voy a arriesgarme, por ahora, a exponer mi propia teoría. Pero si alguien aquí espera que esta unidad nazca del triunfo de una religión y de la destrucción de las demás, le digo: «Hermano, tu esperanza es imposible». ¿Deseo que el cristiano se vuelva hindú? Dios no lo permita. ¿Deseo que el hindú o el budista se vuelva cristiano? Dios no lo permita.
Se pone la semilla en la tierra y se la rodea de tierra, aire y agua. ¿Se convierte la semilla en tierra, aire o agua? No. Se convierte en una planta, crece según las leyes de su propio crecimiento, asimila el aire, la tierra y el agua, los transforma en materia vegetal y crece hasta convertirse en una planta.
Lo mismo ocurre con la religión. El cristiano no debe convertirse en hindú o budista, así como el hindú o el budista no debe convertirse en cristiano. Pero cada uno debe asimilar el espíritu de los demás, preservando su individualidad y creciendo según su propia ley de crecimiento.
Si el Parlamento de las Religiones ha mostrado algo al mundo, es esto: ha demostrado al mundo que la santidad, la pureza y la caridad no son patrimonio exclusivo de ninguna Iglesia del mundo, y que cada sistema ha dado origen a hombres y mujeres de la más elevada calidad moral. A la luz de esta prueba, si alguien sueña con la supervivencia exclusiva de su propia religión y la destrucción de las demás, siento por él una profunda compasión y le señalo que pronto, pese a toda resistencia, en la bandera de cada religión se inscribirá: «Ayudar y no combatir», «Asimilar y no destruir», «Armonía y paz, y no discordia».
Si el Parlamento de las Religiones ha mostrado algo al mundo, es esto: ha demostrado al mundo que la santidad, la pureza y la caridad no son patrimonio exclusivo de ninguna Iglesia del mundo, y que cada sistema ha dado origen a hombres y mujeres de la más elevada calidad moral. A la luz de esta prueba, si alguien sueña con la supervivencia exclusiva de su propia religión y la destrucción de las demás, siento por él una profunda compasión y le señalo que pronto, pese a toda resistencia, en la bandera de cada religión se inscribirá: «Ayudar y no combatir», «Asimilar y no destruir», «Armonía y paz, y no discordia».